DILEMA

   Mauricio de Sully fue, solo, la noche del lunes, a verificar si Fabrice había vuelto. Aun así, incumpliendo la palabra dada a John Temple Graves, no llamó a la policía. Bastantes escándalos envolvían, durante los últimos tiempos, a la Iglesia como para cometer un error por una precipitación no del todo justificada y en relación con un simple sacristán. Si le ha pasado algo al pelagatos este, merecido se lo tiene, porque en el fondo no es más que un capullo. Con tanto tiempo que ha tenido desde que está aquí para hacernos la astracanada de marras y se le ocurre llevarla a cabo justamente en este momento crucial e incluso osaría decir que dramático. Menuda chacota que nos ha preparado el pelafustán. Días antes de lo que va a ocurrir en esta misma catedral, que pondrá al mundo patas arriba, y he aquí que nos manda a la policía, nada menos, a la policía, para que meta las narices en todos los rincones del edificio buscando a este pelaire que Dios confunda. No, si hay gente que tiene definitivamente el don de la oportunidad.

   Irritado, el arcipreste rector se retiró a sus aposentos y, a pesar de todo, durmió sobre las dos orejas.

   Al día siguiente se levantó renovado y sin pensar en lo más mínimo en el asunto. Tras lavarse la complicada cara que era de su propiedad, fue al comedor en busca del desayuno y de los periódicos de la mañana. Como de costumbre, todo estaba ya dispuesto. Se sirvió hasta los mismos bordes un vaso de zumo de naranja recién exprimido y lo bebió de un solo trago. Lo volvió a llenar, pero esta vez, antes de dar buena cuenta de él, como solía, con celeridad y determinación, alargó la mano y echó un vistazo a los titulares del primer periódico. Se quedó blanco. Los globos oculares parecían querer salírsele de sus cuencas y caer, como pelotas de pingpong, sobre la mesa. Todos los diarios llevaban los mismos titulares o parecidos. “Ola de desapariciones en París intramuros. Se han registrado no menos de media docena en veinticuatro horas y la policía sospecha que habrá más.” Luego leyó los detalles: “Según medios oficiales, las desapariciones se han producido todas dentro del radio de acción indicado, aunque en los escenarios más heterogéneos, la calle, el metro, un cine e incluso el interior de una casa particular. Jamás en la historia del crimen se ha registrado una actividad semejante. Toda la policía de París se halla en estado de alerta máxima y se recomienda encarecidamente la mayor precaución, evitando, por ejemplo, desplazarse solo, por lugares apartados y solitarios. Las víctimas no tienen un perfil preciso. Cualquiera puede considerarse en peligro.”

   Monseñor de Sully se quedó anonadado. No por ello dejó de beberse de un trago, como siempre, el vaso de zumo y ponerse entre pecho y espalda el entero desayuno, sin desperdiciar una sola miga.

   Seguidamente fue a buscar la llave del apartamento sacristanesco y efectuar una última verificación.

   Como se lo temía, se hallaba vacío y la cama tan hecha como el día anterior. No ha vuelto, el grandísimo cabrón. Como me haga llamar a la policía y luego no le haya pasado nada, le voy a pegar uno de esos puros… Un puro que ni Fidel Castro habría podido soñar que le fabricaran en el mismísimo país de los puros. Un habano que no lo va a poder sostener con las dos manos el danzante de sacristán que nos ha tocado. Se va a pasar un año tocando las campanas de la catedral, manualmente, a la antigua.

   Regresó al comedor y se puso el móvil delante, sobre el blanco mantel. Negro sobre blanco. Así estaba él de escindido. Si llamo, pongo en peligro algo muy gordo, una operación inaudita y corro incluso el riesgo de atraerme la ira del Inveterado Enemigo, quien podría acusarme de traición. Por otra parte, el plan de la Verdadera Iglesia podría venirse abajo. Y todo por un sacristán. No, si la cosa tiene huevos. Vaya que los tiene.

   En el otro platillo de la balanza está que, si no llamo, dadas las circunstancias, podría incluso verme en el banquillo de los acusados por no prestar auxilio a persona en peligro. Más aún, si el plan, a pesar de todo, sigue su curso y llega a culminarse, tal actitud podría levantar las sospechas de la policía, la que llevaría el caso desde el campo y la perspectiva oficial.

   Mal si ando y mal si no ando. ¿Qué hacer? Porque, cualquiera que sean las circunstancias, siempre hay que actuar, máxime cuando alguien detenta algún tipo de autoridad. Autoridad es responsabilidad. Y ¿a dónde irá el buey que no are?

   Alargó la mano izquierda hacia el móvil. Se iluminó la pantalla y marcó el código de acceso al aparato. A la policía sí, habrá que llamar, pero no a cualquiera. Buscó en su repertorio a la persona adecuada. Dejó caer con cuidado la ancha yema de su dedo índice que podría llamar, si eso fuera posible, a tres contactos contiguos a la vez. El nombre correcto apareció en la pantalla y, a la tercera señal, emergió una voz de bajo profundo.

-Comisario Esteban de Velasco, a sus órdenes, Monseñor.

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