EL TRASFONDO POLÍTICO Y SOCIAL DE LA SERIE ALBA LONGA.

   Las Antillas francesas se inflaman. Las imágenes que nos llegan son estremecedoras: coches y edificios ardiendo, piquetes filtrando la circulación en las redondas y disparando con balas reales a la policía, vehículos blindados patrullando por las calles, los molinetes de los helicópteros zumbando en el cielo nocturno y el gobierno que envía fuerzas especiales y unidades antiterroristas para cercenar, según el modo de hacer para el que están entrenados, la rebelión.

   En la metrópoli, periodistas, comentadores, polemistas y demás agentes de la autoridad se precipitan, cortándose los unos a los otros la palabra, para declarar que la situación de esos departamentos ultramarinos no corre el riesgo de transmitirse a la Francia metropolitana. ¿No? ¿Acaso no hemos visto durante tres años consecutivos imágenes similares en esta orilla del Atlántico? ¿No se han inflamado, sábado tras sábado, los Campos Elíseos? ¿No han inflamado de coches y motos ardiendo las avenidas principales de todas las ciudades francesas de cierta importancia? ¿No han dejado tales acontecimientos una triste secuela de tuertos y mancos, como consecuencia de las órdenes terribles que los dos gobiernos de Macron han dado a la policía encargada de la represión?

   ¿Han desaparecido las razones que empujaban a la gente a echarse a la calle? Ni mucho menos. La inflación de los últimos meses, el aumento de los precios del gas, la electricidad, la leña, el pan, por no decir que lo que ha aumentado es todo menos los sueldos, constituyen elementos que nos permiten suputar que la cólera social no solamente no va a disminuir, sino que irá en progresivo aumento, dado que el gobierno no ha hecho absolutamente nada para paliar la situación precaria de la mayoría. Con la excepción de dar marcha atrás en la nefasta reforma de las pensiones, aunque no ocultan en absoluto que se trata únicamente de un aplazamiento, que no renuncian de ninguna manera a ella y que, en cuanto Macron sea reelegido, la implantarán sin el menor remilgo, porque en realidad ya estaba aprobada y tan sólo la llegada de la pandemia paró in extremis el hacha ya levantada por la mano del verdugo.

   La crisis sanitaria atenuó la manifestación del malestar social, pero no lo hizo desaparecer. A pesar de las restricciones y los obstáculos al libre movimiento de las personas, en ningún momento cesaron los tumultos y demostraciones de agravio contra ese poder altivo e hipócrita, manipulador y despreciativo, lobo disfrazado de cordero para mejor sorprender y devorar al pueblo llano, que, por cierto, fue él junto con sus predecesores del mismo palo, quien cortó las asignaciones al hospital público hasta dejarlo exangüe.  

   Dicha crisis sanitaria es, ciertamente, con razón o sin ella, una excusa más para lanzar la máquina del descontento contra la otra máquina de la tiranía, que se sustenta con la propaganda y las armas, sofisticadas, de la policía antidisturbios. Pero no sólo eso, y es que ¿cómo confiar en quienes han perdido todo vestigio de vergüenza y sentido de la honradez, justicia y lealtad? La gente imagina cosas y, a estas alturas, ¿cómo se les puede reprochar que lo hagan?

   En el análisis que hicimos del contexto político francés actual en la serie Alba Longa, particularmente en sus dos últimas entregas, La mansión de enfrente y Las máscaras siempre hablan con acento inglés, creemos no habernos equivocado en el diagnóstico, que, por cierto, no cesa de confirmarse. Macron fue elegido por la élite financiera (Francia entera fue empapelada con la publicidad de ese individuo y ello, ni se hizo gratis, ni constituyó una gratia gratis data), para que hiciera, contra viento y marea, la política ad hominem que los partidos tradicionales, representantes de los derechos de dicha élite oligárquica, se habían revelado incapaces de llevar a cabo. El riesgo era la explosión social en un depósito de gasolina. Y no les tembló el pulso para hacerlo. Ahora bien, las consecuencias podrían ser imprevisibles. Lo que sucede en las Antillas, ni es ciertamente el principio, ni probablemente constituya el final.

   La única solución, a mi entender, es que vuelva el rostro, como el sabio, y mire lo que hizo su predecesor al final de su mandato.

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GABINETE RESERVADO

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DILEMA

   Mauricio de Sully fue, solo, la noche del lunes, a verificar si Fabrice había vuelto. Aun así, incumpliendo la palabra dada a John Temple Graves, no llamó a la policía. Bastantes escándalos envolvían, durante los últimos tiempos, a la Iglesia como para cometer un error por una precipitación no del todo justificada y en relación con un simple sacristán. Si le ha pasado algo al pelagatos este, merecido se lo tiene, porque en el fondo no es más que un capullo. Con tanto tiempo que ha tenido desde que está aquí para hacernos la astracanada de marras y se le ocurre llevarla a cabo justamente en este momento crucial e incluso osaría decir que dramático. Menuda chacota que nos ha preparado el pelafustán. Días antes de lo que va a ocurrir en esta misma catedral, que pondrá al mundo patas arriba, y he aquí que nos manda a la policía, nada menos, a la policía, para que meta las narices en todos los rincones del edificio buscando a este pelaire que Dios confunda. No, si hay gente que tiene definitivamente el don de la oportunidad.

   Irritado, el arcipreste rector se retiró a sus aposentos y, a pesar de todo, durmió sobre las dos orejas.

   Al día siguiente se levantó renovado y sin pensar en lo más mínimo en el asunto. Tras lavarse la complicada cara que era de su propiedad, fue al comedor en busca del desayuno y de los periódicos de la mañana. Como de costumbre, todo estaba ya dispuesto. Se sirvió hasta los mismos bordes un vaso de zumo de naranja recién exprimido y lo bebió de un solo trago. Lo volvió a llenar, pero esta vez, antes de dar buena cuenta de él, como solía, con celeridad y determinación, alargó la mano y echó un vistazo a los titulares del primer periódico. Se quedó blanco. Los globos oculares parecían querer salírsele de sus cuencas y caer, como pelotas de pingpong, sobre la mesa. Todos los diarios llevaban los mismos titulares o parecidos. “Ola de desapariciones en París intramuros. Se han registrado no menos de media docena en veinticuatro horas y la policía sospecha que habrá más.” Luego leyó los detalles: “Según medios oficiales, las desapariciones se han producido todas dentro del radio de acción indicado, aunque en los escenarios más heterogéneos, la calle, el metro, un cine e incluso el interior de una casa particular. Jamás en la historia del crimen se ha registrado una actividad semejante. Toda la policía de París se halla en estado de alerta máxima y se recomienda encarecidamente la mayor precaución, evitando, por ejemplo, desplazarse solo, por lugares apartados y solitarios. Las víctimas no tienen un perfil preciso. Cualquiera puede considerarse en peligro.”

   Monseñor de Sully se quedó anonadado. No por ello dejó de beberse de un trago, como siempre, el vaso de zumo y ponerse entre pecho y espalda el entero desayuno, sin desperdiciar una sola miga.

   Seguidamente fue a buscar la llave del apartamento sacristanesco y efectuar una última verificación.

   Como se lo temía, se hallaba vacío y la cama tan hecha como el día anterior. No ha vuelto, el grandísimo cabrón. Como me haga llamar a la policía y luego no le haya pasado nada, le voy a pegar uno de esos puros… Un puro que ni Fidel Castro habría podido soñar que le fabricaran en el mismísimo país de los puros. Un habano que no lo va a poder sostener con las dos manos el danzante de sacristán que nos ha tocado. Se va a pasar un año tocando las campanas de la catedral, manualmente, a la antigua.

   Regresó al comedor y se puso el móvil delante, sobre el blanco mantel. Negro sobre blanco. Así estaba él de escindido. Si llamo, pongo en peligro algo muy gordo, una operación inaudita y corro incluso el riesgo de atraerme la ira del Inveterado Enemigo, quien podría acusarme de traición. Por otra parte, el plan de la Verdadera Iglesia podría venirse abajo. Y todo por un sacristán. No, si la cosa tiene huevos. Vaya que los tiene.

   En el otro platillo de la balanza está que, si no llamo, dadas las circunstancias, podría incluso verme en el banquillo de los acusados por no prestar auxilio a persona en peligro. Más aún, si el plan, a pesar de todo, sigue su curso y llega a culminarse, tal actitud podría levantar las sospechas de la policía, la que llevaría el caso desde el campo y la perspectiva oficial.

   Mal si ando y mal si no ando. ¿Qué hacer? Porque, cualquiera que sean las circunstancias, siempre hay que actuar, máxime cuando alguien detenta algún tipo de autoridad. Autoridad es responsabilidad. Y ¿a dónde irá el buey que no are?

   Alargó la mano izquierda hacia el móvil. Se iluminó la pantalla y marcó el código de acceso al aparato. A la policía sí, habrá que llamar, pero no a cualquiera. Buscó en su repertorio a la persona adecuada. Dejó caer con cuidado la ancha yema de su dedo índice que podría llamar, si eso fuera posible, a tres contactos contiguos a la vez. El nombre correcto apareció en la pantalla y, a la tercera señal, emergió una voz de bajo profundo.

-Comisario Esteban de Velasco, a sus órdenes, Monseñor.

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PRIMER CAPÍTULO DE «LAS MÁSCARAS SIEMPRE HABLAN CON ACENTO INGLÉS.» (UNA IMAGEN DE LA FRANCIA DE AHORA MISMO).

I

   Año segundo del reinado de Macron. Tal como habíamos previsto en el libro anterior, Francia se halla bajo el signo del caos y la desolación. Por veinteavo sábado consecutivo, las calles de París y de las principales ciudades de la nación son el escenario de un enfrentamiento, violento y sin concesiones, entre un pueblo y una policía que se ha puesto incondicionalmente a las órdenes de una élite; la cual, mediante un procedimiento antidemocrático y corruptor de un sistema político, ya de por sí defectuoso, ha copado ilegítimamente todos los órganos de poder y no está dispuesta a ceder un ápice ante las masivas protestas de un entero cuerpo social, cuyo nivel de vida ha sido peligrosamente degradado por los distintos gobiernos anteriores,  en los que ella ya dominaba, aunque no con la arrogancia, con la prepotencia, con el desprecio absoluto y sin fisuras que ahora, completamente desinhibida de todo sentimiento humanitario, manifiesta en relación con quienes no tienen más remedio que vivir de un trabajo asalariado.

   La confianza de un pueblo hacia sus instituciones se ha roto irremisiblemente y, en el mejor de los casos, tardará decenios, tal vez generaciones, en recomponerse. La realidad que, hace tan sólo unos meses, las masas no veían, o no querían ver, actualmente aparece con unos contornos tan nítidos y tan deslumbrantes que hieren la vista del contemplador y sólo con una dosis desmesurada, desaforada, de hipocresía y desvergüenza, los medios de comunicación, también bajo la férula de dicha élite que los financia y los posee, creen poder paliar los efectos de tan percuciente, poderosa, revelación; pero con ello no consiguen sino alargar y profundizar el foso que separa al grueso de las masas populares de las fuentes oficiales de información, de toda modalidad de discurso que emane del poder establecido, excepto del que propagan, más o menos libremente, los nuevos instrumentos de comunicación, a través de Internet y la tecnología de última hornada. Por esta razón, muchos periodistas son expulsados violentamente de las manifestaciones.

   Cada sábado, el corazón de las grandes metrópolis francesas, incluida París, se envuelve con el velo de los gases lacrimógenos, del humo de coches y edificios ardiendo; resuenan con el estallido de granadas de dispersión, disparos de LBD, proclamas, consignas, insultos, desafíos, provocaciones; se adorna con los variopintos colores de las más diversas y opuestas banderas, de las garabateadas pancartas y del amarillo colza que, una vez, esas mismas élites, tuvieron la desgracia de imponer, según la astuta patente de corso consistente en efectuar un exhaustivo catálogo de buenas intenciones, con objeto de explotarlas industrialmente y hacer un lucrativo y privativo negocio con ellas. Hoy en día, todo el mundo posee uno de esos chalecos amarillos, por obligación, “per opus”, por necesidad. Y pintan las ciudades de una primavera ácida, color limón o amarillo colza.

   La policía antidisturbios ha recibido la orden de apuntar a la cara de los manifestantes, con el objetivo evidente de sembrar el terror, de acabar con las protestas mediante el arma del espanto y del horror. Ya se contabilizan una veintena de tuertos, a causa de esas balas de goma, varios pies y manos arrancados, por explosión de las granadas lacrimógenas. Y los mandos policiales llevarán ante la historia la inconmensurable responsabilidad de haber acatado semejantes órdenes provenientes de una exigua minoría dirigente que, para salvar sus privilegios, no duda en deshonrar la Nación ante el mundo, en mutilar, en golpear, en humillar a los mismos ciudadanos que tiene la obligación de proteger y gobernar. Infinidad de testimonios gráficos muestran a policías apuntando, sin necesidad alguna, hacia lo alto, hacia la cara de quienes se encuentran allí, en la calle que es de todos, para defender el pan y el futuro de sus hijos.

   Tras los antidisturbios se concentran las hordas de la BAC, dispuestas a la razzia por sorpresa, a la fulgurante embestida que golpea con las porras, con las manos, que empuja y derriba con sus cuerpos acorazados por todo tipo de protecciones, que elige a una víctima, sea varón, hembra o adolescente, para echarla al suelo de cualquier manera, con tirón, con zancadilla, de los pelos si se trata de una mujer y ofrece ahí mejor presa, y acto seguido la arrastran por el suelo, la cubren, la esconden de los ojos y los objetivos de los curiosos, le golpean la cabeza contra el suelo, la sujetan con la rodilla, con todo el peso de sus cuerpos, en plural. Finalmente, rodean a los núcleos de manifestantes, los cercan y lanzan las granadas lacrimógenas en medio de ellos.

   Pero hoy en día, una dictadura no puede durar mucho tiempo, aunque se vista con los solemnes ropajes de una pseudodemocracia, de un grosero sucedáneo de democracia, aunque se dote de un formidable y todopoderoso aparato de propaganda, porque existe Internet y unos teléfonos móviles que filman y difunden, en el acto, las escenas que captan, a la ciudad y al mundo.

   La oligarquía, que había creído en el fin de la historia, razón por la cual dejó caer progresivamente una parte de la máscara, algún que otro velo pío que disimulaba su fealdad moral, se ve ahora amenazada en su corazón, en su médula, en el entero templo donde se venera el dios de la falsedad, la propaganda, el mito huero y el egoísmo, de modo que, ante la emergencia, no le importa dejar caer el resto de la careta y hacer un uso abierto y sin tapujos de la violencia mientras conserve el dominio de la fuerza.

   Sin embargo, la culpa de todo ese desacato, de todo ese desorden superlativo, no puede tenerla un solo hombre. Si bien ese hombre, Macron, ha contribuido, con una eficacia temible, mediante fórmulas discursivas absolutamente delirantes, formidables en su irresponsabilidad, mediante una actitud gratuitamente provocadora cuya arrogancia desmesurada sólo puede ser comparada, según declara un periódico británico, con su incompetencia, a echar, no aceite sobre el fuego, por emplear una expresión francesa, sino gasolina, queroseno, sobre una entera sociedad en llamas, sobre una nación que arde por sus cuatro costados, sobre un pueblo inflamado por una razón altamente combustible, precisamente a causa de su elevado grado de verdad y de justicia en sus reivindicaciones.

   No, no basta con un solo hombre para generar tal dimensión en el caos, en la exasperación generalizada, en el enfrentamiento de todos los cuerpos y capas de la sociedad e incluso de sus instituciones. Era menester, además, que estuviera rodeado, como diría un gran escritor latino, de la más espectacular cáfila de mampolones que imaginarse pueda. Jamás en la vida del mundo se ha visto semejante hato de incompetentes acaparar por completo todos los puestos de responsabilidad de una de las grandes naciones del planeta. Se diría que, en razón a la ausencia de un verdadero partido político de solera tras este gobierno, la absoluta totalidad de las altas funciones del Estado, incluidas los ministerios, ha sido acordada a los escolares que, durante las últimas elecciones presidenciales, llamaban a las puertas de las casas para hacer la propaganda electoral por su candidato. De ese candidato que rehusó participar en las primarias de un partido en que jamás había militado y en el que jamás había creído, pero que era útil para medrar y también para enredar. Todo ese pelotón de imberbes, bisoños en política, niñatos malcriados por una cuna de privilegiado, se encontraron, de la noche a la mañana, sin comérselo ni bebérselo, ministros con tal o cual cartera, subsecretarios de esto o de lo otro, consejeros de lo de más allá. Y entre todos han creado, en cuestión de unos meses, la mayor de las crisis que ha estallado en el mundo occidental después de la Segunda Guerra Mundial.

   Lo peor de todo es que están ellos a primera fila para solucionar lo que un hombre de las tripas de un De Gaulle o un Mitterrand quizá no hubiera bastado.

   Cuando esto acabe, ¿cómo no pedir responsabilidades, no ya a este hato de colegiales, sino a las altas instancias de las finanzas y de los medios de comunicación que hicieron posible, a fuerza de millones y de propaganda, que esto llegara a suceder?

   Paralelamente, en las instancias de la Unión Europea, jamás los vientos adversos habían soplado con tanta furia y las elecciones previstas para el 26 de mayo amenazan con desencadenar una tormenta sin precedentes. Los británicos no han podido salir todavía. Se hallan con un pie dentro y otro fuera, en una incómoda situación transitoria que genera una frustración cuyo contorno desborda el de las islas y se propaga al continente. Sin embargo, peor sería que consiguieran al cabo irse y no pasara absolutamente nada. Si bien, la verdadera puñalada trapera, la auténtica catástrofe disgregadora, la constituiría el hecho de que, no solamente no pasara nada, sino que, por el contrario, les fuera bien. Y no digamos si acaso les fuera mejor.

   Los países del Este europeo no toleran ya la inmigración salvaje. Las clases medias del Sur están hartas de pagar impuestos, de no ver los beneficios de los mismos y de empobrecerse a ojos vista. Sólo le va bien a Alemania, a Holanda, Dinamarca y a los países que se han reconvertido en paraísos fiscales. Pero un hombre es un voto y las melopeas, letanías y demás cantinelas de lo políticamente correcto no son tan eficaces como lo fueron antaño, antes de la Revolución del 2018.

La situación es grave.

 

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LAS MÁSCARAS SIEMPRE HABLAN CON ACENTO INGLÉS

PRESENTACIÓN

   Clara Bardés, nieta de un famoso pintor ya fallecido, ha sido contratada para restaurar una serie de cuadros, datando algunos de ellos de la Edad Media, que se conservan en la catedral Notre-Dame de París. Durante una visita que efectúa en solitario a la parte alta del edificio, cuando ya los turistas se han marchado, advierte allí la deforme silueta de Ergaster, un perverso torturador al que creía muerto y de quien hubiera podido ser una víctima más, junto con el profesor Alba Longa, a no ser porque, en el último instante, intervino el comisario Tynianov. La catedral se cerró tras ella y el criminal, que al parecer no la había visto, quedó dentro. Ya en su apartamento, aterrorizada, llamó a Alba Longa y éste se puso en contacto con Tynianov. Entre los tres, tirando del hilo de la presencia en la catedral de este asesino, especialista en la llamada “muerte de los mil cortes,” descubren una terrible conspiración, cuyas funestas consecuencias se prevén para los próximos días.

FRAGMENTO

   El Gran Batracio había comenzado a comprender de qué pasta estaba hecho el huésped que tenía alojado bajo su propio techo. Lleno de cólera, había tomado el teléfono para dar parte a Bemoz de la extrema contrariedad que tales sucesos le habían procurado. Ambos sabían que sus teléfonos no se hallaban intervenidos. Y si por ventura lo estaban, ello no cambiaba en nada la situación. De modo que podían hablarse con toda franqueza e incluso cantarse las cuarenta, si lo consideraban oportuno.

   Bemoz repuso que lo ocurrido no entraba en sus planes y que, en efecto, Agni se les había ido un poco de las manos, había cedido a sus pulsiones a pesar de sus reiterados juramentos de que no lo haría. Sin embargo, la situación se hallaba ahora bajo control. Él personalmente había puesto remedio, de tal manera, que tenía plena convicción de que semejante comportamiento no se volvería a reproducir ni una sola vez. En ese aspecto podía dormir sobre sus dos orejas.

   Por otra parte, no convenía detener el proyecto, tan provechoso para ambas partes, por una cuestión de detalle. Sobre todo, teniendo en cuenta el estado avanzado en que se encontraba. Concretamente en su fase final. Máxime, cuando la dicha cuestión de detalle ya no tiene remedio. Lo único que podía hacerse era atajarla y ya estaba hecho.

   -¿No cree?

   Monseñor Batracio no pudo sino admitir que ello era así.

   -¿Entonces adelante con los faroles -inquirió Bemoz-?

   -Adelante – confirmó el prelado y colgó el teléfono. –

   Sin embargo, su irritación no disminuía. ¿Qué clase de esbirros emplea esta gente? Su Leviatán maneja el garrote, el puñal y el veneno mejor que nadie, pero nunca gratuitamente. Para que él mueva el dedo meñique, tiene que haber una razón y ésta ser pesada con una balanza de precisión. Aparte de que sólo actúa obedeciendo órdenes. Y jamás, que yo sepa, movido por la venganza o acicateado por una provocación. Se trata de un profesional como la copa de un pino. A pesar de su fuerza hercúlea, telúrica diría yo, dudo que sea un animal de sangre caliente. El fluido que corre por sus venas debe ser más frío que el de un caimán.

   Por una vez que se hace una operación conjunta, se ha rozado la catástrofe. Afortunadamente, de Velasco estaba ahí para parar el golpe. Si lo único que hay que lamentar es la muerte de Fabrice, todavía podremos levantar el dedo.

   Después de todo, la pérdida no ha sido muy grande. No era mala persona, pero hay que reconocer que era también un bendito. Por el mismo precio y unas botas, tendremos otro. No hace falta ser una lumbrera para desempeñar ese oficio. Eso sí, es preciso que sea discreto. No importa, al nuevo candidato se le pone a prueba durante tres meses y ya está. Aquí paz y allá gloria.

   Lo que importa es que la causa de la Iglesia avance. Y, ¿por qué no decirlo? La causa de quienes la sirven con devoción y buen sentido. Ni qué decir tiene que el ejemplo idóneo de tal raza de hombres era él, sin ir más lejos.

   Por lo pronto tendrá que pensar en escoger a un cardenal, entre los cardenales adictos a la causa, y bastante entrado en años, para que se siente en el solio de Pedro por un tiempo no muy largo, sólo hasta que este cura, se dijo con toda campechanía, se halle en condiciones de poner sus propias posaderas en él, cosa que, una vez cumplimentado esa especie de golpe de Estado que planea, no tardará en suceder. Al artífice de semejante golpe de timón, que devolverá el poder a sus partidarios, los verdaderos hombres de Iglesia, no le será difícil obtener, en un primer momento, la púrpura cardenalicia y, en un segundo movimiento, la tiara papal. Con Leviatán y la organización que dirige a mi lado, será un juego de niños. Habrá, eso sí, víctimas colaterales, es inevitable, pero París bien vale una misa. En fin, Roma. Aunque sea negra, rio el Batracio con ganas.

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RESEÑA DE «EL CÁLIZ Y LA ESPADA” “DE REPENTE ESA LUZ”.

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   La fecha de publicación de esta novela en amazon es 26 de febrero de 2020 y en e-Book estuvo disponible de inmediato. Hoy es sólo dos días más tarde y confieso que he devorado esta obra, su lado bueno y su lado menos bueno, todo me lo he zampado en unas cuantas horas. Y no he resistido la tentación de escribir una reseña, porque las cosas que he encontrado quizá me ayuden en mi propia labor de escritor.

   Empecemos por el aspecto menos positivo. Nos encontramos ante una escritura que llama la atención por su facilidad. He comprobado, en el propio amazon, que la anterior obra de este autor, la única publicada hasta ahora, llevaba fecha del 30 de noviembre 2019. Quizá me equivoque, pero apostaría a que esta novela no le ha llevado a su autor más de tres meses para escribirla. Ello no quiere decir que la calidad de la prosa sea mala, antes al contrario, sintáctica y léxicamente posee una corrección absoluta. Más aún, muchos pasajes no se contentan con la corrección, sino que alzan el vuelo hasta una consistencia textual considerable. Pero se nota que el texto ha sido escrito a gran velocidad, lo cual nos da la medida de lo que hubiera podido ser en caso de haber sido elaborado con más parsimonia y acendramiento.

   Otro aspecto que llama la atención es lo que yo considero como una experimentación en relación con un elemento respecto al cual nadie ha experimentado con esa magnitud, me refiero a la noción de autor. No hablo de narrador, sobre el que se ha experimentado a saciedad, sino de autor. Porque aquí no se trata de un simple uso de seudónimo. El libro viene firmado por Bernardo de Worms, mediante una fórmula particular, y como fecha lleva únicamente el año de 2020. Ahora bien, el narrador y protagonista es igualmente Bernardo de Worms quien, en el año 797 de nuestra era tenía 9 años. Nació pues en 788, según lo cual en el momento de publicar su libro tendría la friolera de 1232 años. Esto, obviamente, no se lo cree nadie. Pero claro, la literatura no es una ciencia numérica y exacta. La literatura es esencialmente sugestión y no hay duda de que un tal autor sugiere.

   En tercer lugar, quisiera comentar la extraordinaria potencia y personalidad que adquiere en muchos pasajes la voz narrativa. Una voz, digámoslo enseguida, compleja, pues es la que surge de una conciencia de 9 años, pasada por el tamiz de otra de 1232 años, o los que sea. Esta última emerge a menudo previniendo que cierto comentario no se le debe atribuir al joven Bernardo, sino a un anciano, más viejo de la cuenta. Así, en pasajes como el destinado a ponderar el efecto anímico que produce en el oyente el canto gregoriano en latín, dicha voz se hace gruesa, se eleva, adquiere potencia y poder, como el propio canto que amenaza con hacer estallar las mismas bóvedas de la iglesia. También, justo al final, cuando se describe, con portentosa economía de medios, el estado de los cuerpos de los tres ajusticiados, al día siguiente de la ejecución. Aquí es claramente el viejo, el anciano de los días, el que habla.

   Esa misma potencia expresiva, en estilo directo, aparece cuando se le otorga la palabra a algún personaje en circunstancias particularmente dramáticas, como puede ser el momento en que el abad, exasperado por la cadena de asesinatos, apostrofa con vehemencia la entera comunidad porque, claro está, el asesino o asesinos se hallan mezclados entre esa grey, que es la suya.

   Cabe, asimismo, aclarar que no se trata de una novela policíaca ambientada en el período medieval, al estilo de “El nombre de la rosa.” Allí, Guillermo de Baskerville, era un Sherlock Holmes del siglo XIV. En esta obra sólo hay conatos de lo policíaco cuando, por ejemplo, el guarda de la abadía, Waldo, utiliza un método racional para averiguar quién pudo ser el testigo de la acción con que culminó el episodio de la rata y que era también su objetivo. A partir de ese momento, si Waldo posee o no las cualidades de un buen detective, no se presenta ocasión de saberlo, pues los acontecimientos se van a producir a una velocidad tal que apenas le dan el tiempo suficiente para seguirlos, siempre un movimiento después. Waldo es más bien el “strong silent man”, el hombre que, a base de tenacidad, de puñetazos dados y recibidos, acaba haciéndose con la verdad en un ambiente malsano o tétrico. Es decir, que nos hallamos, de pleno, en el género de novela negra.

   Sin embargo, hay algo más en esta obra. Me refiero a la poderosa revelación mística que produce. Nos hallamos en el sendero abierto por “El código Da Vinci”, pero hemos sido propulsados mucho más allá hasta un terreno pantanoso, ciertamente complicado. Avanzar por él podría reportar consecuencias imprevisibles.

   La descripción del objeto por el que se mata en esa abadía aparece en la Biblia, el viejo Ramiro la recita de memoria y nos dice dónde se encuentra, en qué libro, en qué capítulo y en qué versículos. Se sabe que fue elaborado para permanecer en el Templo de Salomón, y que cuando éste fue derruido fue a parar a Roma, donde engrosó el tesoro del Imperio. Finalmente, los visigodos, tras saquear la Ciudad Eterna, lo trajeron a Toledo. De allí, ante la amenaza musulmana, tuvieron que llevarlo hacia el norte, para que permaneciera en territorio cristiano. De todo ello hay trazas documentales y también leyendas.

   Ese objeto, esa obra de arte, pero también de espiritualidad, parece ser que llevaba grabado el nombre inefable de Dios. Nombre de Poder. La novela no nos dice cuál es ese nombre, pero sí se nos da cierta información sobre el modo correcto de pronunciarlo. Más aún, del modo correcto de pronunciar cualquier texto religioso o mágico. Ahí está la revolución.

   Ahora bien, los que somos curiosos, solemos ir siempre más allá. Si este objeto pertenece a la tradición judía, concretamente a la de la mística judía o cábala, entonces la autoridad suprema es Gershom Scholem. Según este estudioso, el nombre secreto e inefable de Dios es el Tetragama Y.H.V.H y la Torá, para los cristianos los cinco primeros libros del Antiguo Testamento, constituye su exégesis. Pero la tradición prohíbe terminantemente pronunciar ese nombre, por eso se dice que es inefable, o tal vez porque nadie conoce las vocales sobre las que apoyar esas consonantes. En cualquier caso, en la novela esto no basta. Hace falta algo más y ahí está la madre del cordero.

http://bit.ly/3Tnj6k0

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