LAS MÁSCARAS SIEMPRE HABLAN CON ACENTO INGLÉS

PRESENTACIÓN

   Clara Bardés, nieta de un famoso pintor ya fallecido, ha sido contratada para restaurar una serie de cuadros, datando algunos de ellos de la Edad Media, que se conservan en la catedral Notre-Dame de París. Durante una visita que efectúa en solitario a la parte alta del edificio, cuando ya los turistas se han marchado, advierte allí la deforme silueta de Ergaster, un perverso torturador al que creía muerto y de quien hubiera podido ser una víctima más, junto con el profesor Alba Longa, a no ser porque, en el último instante, intervino el comisario Tynianov. La catedral se cerró tras ella y el criminal, que al parecer no la había visto, quedó dentro. Ya en su apartamento, aterrorizada, llamó a Alba Longa y éste se puso en contacto con Tynianov. Entre los tres, tirando del hilo de la presencia en la catedral de este asesino, especialista en la llamada “muerte de los mil cortes,” descubren una terrible conspiración, cuyas funestas consecuencias se prevén para los próximos días.

FRAGMENTO

   El Gran Batracio había comenzado a comprender de qué pasta estaba hecho el huésped que tenía alojado bajo su propio techo. Lleno de cólera, había tomado el teléfono para dar parte a Bemoz de la extrema contrariedad que tales sucesos le habían procurado. Ambos sabían que sus teléfonos no se hallaban intervenidos. Y si por ventura lo estaban, ello no cambiaba en nada la situación. De modo que podían hablarse con toda franqueza e incluso cantarse las cuarenta, si lo consideraban oportuno.

   Bemoz repuso que lo ocurrido no entraba en sus planes y que, en efecto, Agni se les había ido un poco de las manos, había cedido a sus pulsiones a pesar de sus reiterados juramentos de que no lo haría. Sin embargo, la situación se hallaba ahora bajo control. Él personalmente había puesto remedio, de tal manera, que tenía plena convicción de que semejante comportamiento no se volvería a reproducir ni una sola vez. En ese aspecto podía dormir sobre sus dos orejas.

   Por otra parte, no convenía detener el proyecto, tan provechoso para ambas partes, por una cuestión de detalle. Sobre todo, teniendo en cuenta el estado avanzado en que se encontraba. Concretamente en su fase final. Máxime, cuando la dicha cuestión de detalle ya no tiene remedio. Lo único que podía hacerse era atajarla y ya estaba hecho.

   -¿No cree?

   Monseñor Batracio no pudo sino admitir que ello era así.

   -¿Entonces adelante con los faroles -inquirió Bemoz-?

   -Adelante – confirmó el prelado y colgó el teléfono. –

   Sin embargo, su irritación no disminuía. ¿Qué clase de esbirros emplea esta gente? Su Leviatán maneja el garrote, el puñal y el veneno mejor que nadie, pero nunca gratuitamente. Para que él mueva el dedo meñique, tiene que haber una razón y ésta ser pesada con una balanza de precisión. Aparte de que sólo actúa obedeciendo órdenes. Y jamás, que yo sepa, movido por la venganza o acicateado por una provocación. Se trata de un profesional como la copa de un pino. A pesar de su fuerza hercúlea, telúrica diría yo, dudo que sea un animal de sangre caliente. El fluido que corre por sus venas debe ser más frío que el de un caimán.

   Por una vez que se hace una operación conjunta, se ha rozado la catástrofe. Afortunadamente, de Velasco estaba ahí para parar el golpe. Si lo único que hay que lamentar es la muerte de Fabrice, todavía podremos levantar el dedo.

   Después de todo, la pérdida no ha sido muy grande. No era mala persona, pero hay que reconocer que era también un bendito. Por el mismo precio y unas botas, tendremos otro. No hace falta ser una lumbrera para desempeñar ese oficio. Eso sí, es preciso que sea discreto. No importa, al nuevo candidato se le pone a prueba durante tres meses y ya está. Aquí paz y allá gloria.

   Lo que importa es que la causa de la Iglesia avance. Y, ¿por qué no decirlo? La causa de quienes la sirven con devoción y buen sentido. Ni qué decir tiene que el ejemplo idóneo de tal raza de hombres era él, sin ir más lejos.

   Por lo pronto tendrá que pensar en escoger a un cardenal, entre los cardenales adictos a la causa, y bastante entrado en años, para que se siente en el solio de Pedro por un tiempo no muy largo, sólo hasta que este cura, se dijo con toda campechanía, se halle en condiciones de poner sus propias posaderas en él, cosa que, una vez cumplimentado esa especie de golpe de Estado que planea, no tardará en suceder. Al artífice de semejante golpe de timón, que devolverá el poder a sus partidarios, los verdaderos hombres de Iglesia, no le será difícil obtener, en un primer momento, la púrpura cardenalicia y, en un segundo movimiento, la tiara papal. Con Leviatán y la organización que dirige a mi lado, será un juego de niños. Habrá, eso sí, víctimas colaterales, es inevitable, pero París bien vale una misa. En fin, Roma. Aunque sea negra, rio el Batracio con ganas.

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