La arquitectura del crimen

En síntesis: la novela negra distribuye indicios, silencios y puntos de vista para regular lo que saben el detective y el lector. Este artículo examina esa arquitectura narrativa.

Cómo se construye el conocimiento criminal

Todo crimen narrativo es también un problema de construcción. Antes de que aparezca un cadáver, una investigación o un culpable, el novelista ya ha comenzado a decidir qué podrá saber el lector, desde qué conciencia observará los hechos, en qué orden recibirá la información y qué significado adquirirá cada silencio. La novela negra nace de esa arquitectura invisible.

La arquitectura del crimen. Narratología y técnicas de composición en la novela negra del siglo XXI es una extensa obra de referencia dedicada a estudiar cómo los autores más destacados de la narrativa criminal contemporánea han utilizado, transformado y llevado hasta sus últimas consecuencias los recursos de la moderna narratología.

Alba Longa examina las estrategias compositivas que permiten convertir una investigación en una experiencia intelectual, emocional y moral. La focalización, el punto de vista, el narrador no fiable, la manipulación del tiempo, la administración de las pistas, la elipsis, el suspense, la sorpresa, el giro argumental, la construcción de personajes, el diálogo, el subtexto y la configuración del espacio son analizados como piezas de un sistema narrativo en el que cada decisión modifica la experiencia del lector.

La reflexión teórica se apoya en las aportaciones fundamentales de Gérard Genette, Mijaíl Bajtín, Paul Ricoeur, Tzvetan Todorov y otros estudiosos de la narración, así como en los desarrollos de la narratología cognitiva. Sin embargo, el libro no se limita a exponer conceptos abstractos. Los pone a prueba mediante el análisis de obras concretas de Tana French, Pierre Lemaitre, Leonardo Padura, Fred Vargas, Gillian Flynn, Michael Connelly, Don Winslow, Keigo Higashino y numerosos representantes de las distintas tradiciones internacionales de la novela negra.

Este recorrido permite comprender cómo el género ha evolucionado durante el siglo XXI. El detective ya no es necesariamente el centro indiscutible del relato; la víctima recupera voz y memoria; la ciudad deja de funcionar como simple escenario para convertirse en fuerza narrativa; la investigación criminal se entrelaza con los conflictos de clase, género, identidad, corrupción, poder y memoria histórica. La verdad deja de ser una respuesta única y pasa a manifestarse como una realidad fragmentaria, disputada y, en ocasiones, imposible de restituir por completo.

La obra concede una atención especial a las relaciones entre autor, texto y lector. Una novela negra eficaz no es aquella que oculta arbitrariamente su solución, sino la que dirige la interpretación sin anularla. El lector participa en la investigación, evalúa testimonios, establece conexiones y revisa sus propias hipótesis. De ese modo, el suspense no depende solamente de lo que ocurrirá, sino de lo que cada nueva revelación obliga a reinterpretar.

Concebido tanto para escritores como para lectores, críticos, docentes y estudiantes, este volumen combina profundidad teórica, claridad expositiva y aplicación práctica. Sus apéndices, esquemas de análisis, herramientas de composición, glosario, cronología, atlas, bibliografía e índices especializados permiten utilizarlo como manual de consulta durante todas las etapas de la escritura: desde la concepción inicial hasta la revisión del manuscrito.

La arquitectura del crimen no ofrece fórmulas destinadas a producir novelas idénticas. Su propósito es más ambicioso: mostrar las posibilidades que se abren cuando el escritor comprende el funcionamiento profundo de una narración criminal. Porque conocer la técnica no elimina el misterio de la creación; permite construirlo con mayor libertad, precisión y potencia.

Una guía exhaustiva para descubrir cómo se diseña el crimen sobre la página, cómo se convierte la información en tensión y cómo puede una novela conducir al lector hasta la verdad sin dejar de enfrentarlo a sus zonas más oscuras.

Si quieres desarrollar este método de análisis —estructura, indicios, focalización y producción de conocimiento—, La arquitectura del crimen lo estudia de forma sistemática.

De vuelta al punto, novela de la memoria, la disidencia y la forma

   En un panorama literario saturado de relatos de fácil consumo, De vuelta al punto, de José Alemany Puig, irrumpe como una obra exigente, lúcida y hondamente moral. Tercer volumen del ciclo Crónicas de Sajará, esta novela confirma que todavía es posible narrar la memoria colectiva desde la inteligencia formal y la intensidad ética. Con un estilo que remite a los grandes exploradores del lenguaje narrativo —Rafael Chirbes, Juan Benet o Almudena Grandes—, Alemany construye una ficción donde la verdad no se proclama: se indaga.

   La novela alterna tres registros narrativos: los cuadernos manuscritos del padre y del abuelo Colliure, y una voz externa que, desde la distancia justa, organiza los fragmentos. Este juego polifónico no busca alardes estructurales, sino poner a prueba las distintas versiones de la historia. En De vuelta al punto, cada testimonio se confronta con otro, y cada memoria privada se mide con la colectiva. Así, la verdad se convierte en un proceso, no en un dogma.

   La trama se sitúa en una pequeña ciudad de provincias, donde José Colliure vuelve a ganarse la vida como taxista tras rechazar los favores del régimen franquista. En los cafés y casinos locales, su oposición pública lo enfrenta a viejos amigos, a la sospecha y, finalmente, al aislamiento. Su resistencia no es heroica ni panfletaria: es civil, cotidiana, articulada en gestos y silencios. En esa mirada moral sin retórica reside gran parte de la fuerza de la novela.

   Sobre esa base realista se superpone una trama de intriga. El asesinato de Rosendo Palacios y las pesquisas del sargento Calatayud introducen una dimensión de novela negra que funciona como motor ético: cada crimen es una pregunta sobre la responsabilidad. La investigación desplaza continuamente las hipótesis —¿venganza política o pasión amorosa? — y, con ello, desnuda los mecanismos de la verdad manipulada. Lo que parece un “caso resuelto” se revela como una escenificación calculada por Santiago Palau, hijo del antiguo alcalde republicano ajusticiado: un hombre que, en su afán de justicia, termina construyendo un teatro del engaño.

   En el fragmento final, el lector asiste al desenlace de esta maquinaria narrativa: los cuerpos, las cartas, los informes, las lluvias y los silencios se encadenan con una precisión casi forense. Cuando la verdad por fin emerge, lo hace demasiado tarde. La claridad llega con el cese de la lluvia, bajo un cielo estrellado que más que iluminar, sentencia.

   Nada en la escritura de Alemany es accesorio. Su prosa, densa pero respirable, está hecha de frases largas, minuciosas, que combinan la elegancia con la exactitud. Los espacios —el casino “La Linterna”, el marjal, las calles encharcadas— actúan como testigos de la conciencia. La lluvia persistente, que empapa el relato de principio a fin, es metáfora de una España que aún no ha secado sus heridas. La novela demuestra que el estilo puede ser una forma de ética: escribir con precisión es también resistir a la mentira.

   De vuelta al punto es, además, una novela de herencias cruzadas. Tres generaciones —abuelo, padre e hijo— narran, recuerdan y corrigen el pasado. Esa estructura coral transforma la saga familiar en espejo de la historia del país: cada voz reescribe la anterior, y en esa relectura se articula la posibilidad de una verdad compartida. La memoria, aquí, no es una acumulación de recuerdos, sino un acto de responsabilidad.

   Lejos de las reconstrucciones nostálgicas o de los discursos de revancha, Alemany propone una literatura que observa y razona. La presencia de diarios, cartas y confesiones no es un recurso estético, sino una declaración de principios: si la sociedad se edifica sobre silencios, la literatura debe ser el lugar donde esos silencios se rompen. Como señala Paul Ricœur, recordar es también interpretar; y esta novela se mueve justo en ese territorio donde la memoria se vuelve conocimiento.

   En tiempos de polarización y de relatos fáciles, De vuelta al punto defiende que la memoria sigue siendo un espacio de inteligencia. Releer la posguerra no implica abrir viejas heridas, sino aprender a mirarlas sin temor. Alemany Puig convierte la narrativa en un laboratorio moral: un lugar donde la verdad se busca con el rigor del historiador, la sensibilidad del poeta y la paciencia del juez.

   En definitiva, De vuelta al punto no solo continúa una saga literaria; reivindica una tradición: la de los escritores que entienden que narrar no es adoctrinar, sino pensar. Y en esa apuesta por la memoria como forma de lucidez, José Alemany Puig firma una de las novelas más sólidas y necesarias del presente panorama español.

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El confabulador de Ginebra: la novela que revela lo que nadie se atreve a contar

¿Hasta dónde estarías dispuesto a llegar para descubrir la verdad? El confabulador de Ginebra no es sólo una novela: es un viaje al corazón mismo de las conspiraciones que marcaron la historia reciente de Francia. los casos Clearstream, elf, las fragatas de Taiwán o rhodia dejaron tras de sí un rastro de intrigas políticas, maniobras financieras y escándalos que aún hoy siguen resonando en los tribunales y en los titulares.

Inspirándose en ese magma real, la novela construye un thriller implacable en el que banqueros, ministros y ejecutivos juegan una partida sin reglas. Paul Reitzenstein, heredero de una dinastía financiera, se convierte en el epicentro de una lucha feroz donde nada es lo que parece y cada alianza encubre una traición. Reuniones secretas a medianoche, expedientes desaparecidos, fortunas que cambian de manos en cuestión de horas: el lector avanza página tras página con la sensación de asistir a un secreto prohibido.

Lo que diferencia a El confabulador de Ginebra de otras novelas del género es su estilo. Con imágenes poderosas y un ritmo que combina la tensión del thriller con la densidad literaria, el autor logra que el lago de Ginebra, los despachos alfombrados y las mansiones vigiladas se conviertan en personajes por derecho propio. No es sólo una historia de poder: es una experiencia sensorial que envuelve al lector en un ambiente de sospecha constante.

Si disfrutas de novelas donde el suspense político se mezcla con el retrato psicológico de personajes complejos, El confabulador de Ginebra es tu próxima lectura imprescindible. Una obra que nos recuerda que, en la frontera entre la verdad y la mentira, siempre hay alguien dispuesto a mover los hilos.

¿Estás preparado para adentrarte en la conspiración?

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LAS MÁSCARAS SIEMPRE HABLAN CON ACENTO INGLÉS

   Clara Bardés, nieta de un famoso pintor ya fallecido, ha sido contratada para restaurar una serie de cuadros, datando algunos de ellos de la Edad Media, que se conservan en la catedral Notre-Dame de París. Durante una visita que efectúa en solitario a la parte alta del edificio, cuando ya los turistas se han marchado, advierte allí la deforme silueta de Ergaster, un perverso torturador al que creía muerto y de quien hubiera podido ser una víctima más, junto con el profesor Alba Longa, a no ser porque, en el último instante, intervino el comisario Tynianov. La catedral se cerró tras ella y el criminal, que al parecer no la había visto, quedó dentro. Ya en su apartamento, aterrorizada, llamó a Alba Longa y éste se puso en contacto con Tynianov. Entre los tres, tirando del hilo de la presencia en la catedral de este asesino, especialista en la llamada “muerte de los mil cortes,” descubren una terrible conspiración, cuyas funestas consecuencias se prevén para los próximos días.

I

   Año segundo del reinado de Macron. Tal como habíamos previsto en el libro anterior, Francia se halla bajo el signo del caos y la desolación. Por veinteavo sábado consecutivo, las calles de París y de las principales ciudades de la nación son el escenario de un enfrentamiento, violento y sin concesiones, entre un pueblo y una policía que se ha puesto incondicionalmente a las órdenes de una élite; la cual, mediante un procedimiento antidemocrático y corruptor de un sistema político, ya de por sí defectuoso, ha copado ilegítimamente todos los órganos de poder y no está dispuesta a ceder un ápice ante las masivas protestas de un entero cuerpo social, cuyo nivel de vida ha sido peligrosamente degradado por los distintos gobiernos anteriores,  en los que ella ya dominaba, aunque no con la arrogancia, con la prepotencia, con el desprecio absoluto y sin fisuras que ahora, completamente desinhibida de todo sentimiento humanitario, manifiesta en relación con quienes no tienen más remedio que vivir de un trabajo asalariado.

   La confianza de un pueblo hacia sus instituciones se ha roto irremisiblemente y, en el mejor de los casos, tardará decenios, tal vez generaciones, en recomponerse. La realidad que, hace tan sólo unos meses, las masas no veían, o no querían ver, actualmente aparece con unos contornos tan nítidos y tan deslumbrantes que hieren la vista del contemplador y sólo con una dosis desmesurada, desaforada, de hipocresía y desvergüenza, los medios de comunicación, también bajo la férula de dicha élite que los financia y los posee, creen poder paliar los efectos de tan percuciente, poderosa, revelación; pero con ello no consiguen sino alargar y profundizar el foso que separa al grueso de las masas populares de las fuentes oficiales de información, de toda modalidad de discurso que emane del poder establecido, excepto del que propagan, más o menos libremente, los nuevos instrumentos de comunicación, a través de Internet y la tecnología de última hornada. Por esta razón, muchos periodistas son expulsados violentamente de las manifestaciones.

   Cada sábado, el corazón de las grandes metrópolis francesas, incluida París, se envuelve con el velo de los gases lacrimógenos, del humo de coches y edificios ardiendo; resuenan con el estallido de granadas de dispersión, disparos de LBD, proclamas, consignas, insultos, desafíos, provocaciones; se adorna con los variopintos colores de las más diversas y opuestas banderas, de las garabateadas pancartas y del amarillo colza que, una vez, esas mismas élites, tuvieron la desgracia de imponer, según la astuta patente de corso consistente en efectuar un exhaustivo catálogo de buenas intenciones, con objeto de explotarlas industrialmente y hacer un lucrativo y privativo negocio con ellas. Hoy en día, todo el mundo posee uno de esos chalecos amarillos, por obligación, “per opus”, por necesidad. Y pintan las ciudades de una primavera ácida, color limón o amarillo colza.

   La policía antidisturbios ha recibido la orden de apuntar a la cara de los manifestantes, con el objetivo evidente de sembrar el terror, de acabar con las protestas mediante el arma del espanto y del horror. Ya se contabilizan una veintena de tuertos, a causa de esas balas de goma, varios pies y manos arrancados, por explosión de las granadas lacrimógenas. Y los mandos policiales llevarán ante la historia la inconmensurable responsabilidad de haber acatado semejantes órdenes provenientes de una exigua minoría dirigente que, para salvar sus privilegios, no duda en deshonrar la Nación ante el mundo, en mutilar, en golpear, en humillar a los mismos ciudadanos que tiene la obligación de proteger y gobernar. Infinidad de testimonios gráficos muestran a policías apuntando, sin necesidad alguna, hacia lo alto, hacia la cara de quienes se encuentran allí, en la calle que es de todos, para defender el pan y el futuro de sus hijos.

   Tras los antidisturbios se concentran las hordas de la BAC, dispuestas a la razzia por sorpresa, a la fulgurante embestida que golpea con las porras, con las manos, que empuja y derriba con sus cuerpos acorazados por todo tipo de protecciones, que elige a una víctima, sea varón, hembra o adolescente, para echarla al suelo de cualquier manera, con tirón, con zancadilla, de los pelos si se trata de una mujer y ofrece ahí mejor presa, y acto seguido la arrastran por el suelo, la cubren, la esconden de los ojos y los objetivos de los curiosos, le golpean la cabeza contra el suelo, la sujetan con la rodilla, con todo el peso de sus cuerpos, en plural. Finalmente, rodean a los núcleos de manifestantes, los cercan y lanzan las granadas lacrimógenas en medio de ellos.

   Pero hoy en día, una dictadura no puede durar mucho tiempo, aunque se vista con los solemnes ropajes de una pseudodemocracia, de un grosero sucedáneo de democracia, aunque se dote de un formidable y todopoderoso aparato de propaganda, porque existe Internet y unos teléfonos móviles que filman y difunden, en el acto, las escenas que captan, a la ciudad y al mundo.

   La oligarquía, que había creído en el fin de la historia, razón por la cual dejó caer progresivamente una parte de la máscara, algún que otro velo pío que disimulaba su fealdad moral, se ve ahora amenazada en su corazón, en su médula, en el entero templo donde se venera el dios de la falsedad, la propaganda, el mito huero y el egoísmo, de modo que, ante la emergencia, no le importa dejar caer el resto de la careta y hacer un uso abierto y sin tapujos de la violencia mientras conserve el dominio de la fuerza.

   Sin embargo, la culpa de todo ese desacato, de todo ese desorden superlativo, no puede tenerla un solo hombre. Si bien ese hombre, Macron, ha contribuido, con una eficacia temible, mediante fórmulas discursivas absolutamente delirantes, formidables en su irresponsabilidad, mediante una actitud gratuitamente provocadora cuya arrogancia desmesurada sólo puede ser comparada, según declara un periódico británico, con su incompetencia, a echar, no aceite sobre el fuego, por emplear una expresión francesa, sino gasolina, queroseno, sobre una entera sociedad en llamas, sobre una nación que arde por sus cuatro costados, sobre un pueblo inflamado por una razón altamente combustible, precisamente a causa de su elevado grado de verdad y de justicia en sus reivindicaciones.

   No, no basta con un solo hombre para generar tal dimensión en el caos, en la exasperación generalizada, en el enfrentamiento de todos los cuerpos y capas de la sociedad e incluso de sus instituciones. Era menester, además, que estuviera rodeado, como diría un gran escritor latino, de la más espectacular cáfila de mampolones que imaginarse pueda. Jamás en la vida del mundo se ha visto semejante hato de incompetentes acaparar por completo todos los puestos de responsabilidad de una de las grandes naciones del planeta. Se diría que, en razón a la ausencia de un verdadero partido político de solera tras este gobierno, la absoluta totalidad de las altas funciones del Estado, incluidas los ministerios, ha sido acordada a los escolares que, durante las últimas elecciones presidenciales, llamaban a las puertas de las casas para hacer la propaganda electoral por su candidato. De ese candidato que rehusó participar en las primarias de un partido en que jamás había militado y en el que jamás había creído, pero que era útil para medrar y también para enredar. Todo ese pelotón de imberbes, bisoños en política, niñatos malcriados por una cuna de privilegiado, se encontraron, de la noche a la mañana, sin comérselo ni bebérselo, ministros con tal o cual cartera, subsecretarios de esto o de lo otro, consejeros de lo de más allá. Y entre todos han creado, en cuestión de unos meses, la mayor de las crisis que ha estallado en el mundo occidental después de la Segunda Guerra Mundial.

   Lo peor de todo es que están ellos a primera fila para solucionar lo que un hombre de las tripas de un De Gaulle o un Mitterrand quizá no hubiera bastado.

   Cuando esto acabe, ¿cómo no pedir responsabilidades, no ya a este hato de colegiales, sino a las altas instancias de las finanzas y de los medios de comunicación que hicieron posible, a fuerza de millones y de propaganda, que esto llegara a suceder?

   Paralelamente, en las instancias de la Unión Europea, jamás los vientos adversos habían soplado con tanta furia y las elecciones previstas para el 26 de mayo amenazan con desencadenar una tormenta sin precedentes. Los británicos no han podido salir todavía. Se hallan con un pie dentro y otro fuera, en una incómoda situación transitoria que genera una frustración cuyo contorno desborda el de las islas y se propaga al continente. Sin embargo, peor sería que consiguieran al cabo irse y no pasara absolutamente nada. Si bien, la verdadera puñalada trapera, la auténtica catástrofe disgregadora, la constituiría el hecho de que, no solamente no pasara nada, sino que, por el contrario, les fuera bien. Y no digamos si acaso les fuera mejor.

   Los países del Este europeo no toleran ya la inmigración salvaje. Las clases medias del Sur están hartas de pagar impuestos, de no ver los beneficios de los mismos y de empobrecerse a ojos vista. Sólo le va bien a Alemania, a Holanda, Dinamarca y a los países que se han reconvertido en paraísos fiscales. Pero un hombre es un voto y las melopeas, letanías y demás cantinelas de lo políticamente correcto no son tan eficaces como lo fueron antaño, antes de la Revolución del 2018.

   La situación es grave.

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El Enfrentamiento Secreto entre la Iglesia y la Masonería: Un Velado Conflicto a lo Largo de la Historia.

El enfrentamiento histórico entre la Iglesia y la Masonería ha sido un tema oculto bajo capas de misterio y especulación. A medida que exploramos este enfrentamiento secreto, nos adentramos en un mundo donde las sombras danzan entre las piedras antiguas de catedrales y los salones de logias masónicas.

Los masones se consideran los Guardianes de la Luz o Arquitectos del Secreto. La Masonería, una sociedad fraternal que se remonta a los gremios de constructores de la Edad Media, ha sido envuelta en misterio y teorías de conspiración. Sus rituales secretos y símbolos enigmáticos han alimentado las sospechas de la Iglesia a lo largo del tiempo.

Desde los primeros días de la Masonería, la Iglesia expresó desconfianza. Las ideas ilustradas y el deseo de libertad individual promovidos por la Masonería entraron en conflicto con la autoridad eclesiástica. El caso de los Illuminati en el siglo XVIII avivó las llamas de la paranoia, llevando a la Iglesia a condenar a la Masonería.

A lo largo de la historia, la Iglesia emitió edictos y bulas papales contra la Masonería. En 1738, el Papa Clemente XII emitió la primera condena formal. La Inquisición también desempeñó un papel, persiguiendo a aquellos que eran sospechosos de tener vínculos masónicos.

Durante la Revolución Francesa, la Masonería fue vista como una fuerza impulsora detrás de los cambios sociales y políticos. La Iglesia condenó estos movimientos, considerándolos amenazas a su poder e influencia.

En el siglo XX, algunos líderes eclesiásticos adoptaron posturas más conciliatorias. El Concilio Vaticano II (1962-1965) expresó una actitud más abierta hacia otras religiones y organizaciones, incluida la Masonería. Sin embargo, la desconfianza persistió entre algunos sectores conservadores de la Iglesia.

Enfrentamiento Actual entre la Iglesia Católica y la Masonería: Entre Dogmas y Secretos

El enfrentamiento entre la Iglesia Católica y la Masonería ha evolucionado a lo largo de la historia, y en el contexto actual, ciertos sectores de la Iglesia mantienen una postura de desconfianza hacia la Masonería. Este enfrentamiento no solo está arraigado en las diferencias históricas, sino que también se nutre de percepciones contemporáneas y de la tensión entre dogmas religiosos y secretos masónicos.

En el siglo XXI, la Masonería sigue siendo vista por algunos sectores de la Iglesia como una entidad incompatible con la ortodoxia católica. La divergencia en términos filosóficos y dogmáticos sigue siendo un punto de conflicto. La promoción de la libertad individual y la búsqueda de la verdad por parte de la Masonería choca con la autoridad doctrinal y dogmática de la Iglesia.

A pesar de ciertos esfuerzos de reconciliación, algunos sectores conservadores de la Iglesia continúan emitiendo declaraciones oficiales desaconsejando la participación de católicos en la Masonería. La excomunión automática de los católicos que se unen a logias masónicas sigue siendo una realidad en algunos lugares.

En la Iglesia, las posturas conservadoras a menudo consideran a la Masonería como una fuerza secular que promueve valores contrarios a la fe católica. La falta de transparencia en las ceremonias masónicas y la percepción de secretismo alimentan la desconfianza.

La Iglesia católica busca preservar y promover su doctrina, manteniendo la fidelidad a los dogmas y ejerciendo influencia moral en la sociedad. Cualquier entidad que represente una amenaza perceptible contra estos objetivos es vista con sospecha.

La Masonería, por otro lado, aboga por principios de fraternidad, igualdad y libertad individual. Su enfoque en la iluminación personal y el pensamiento crítico choca a veces con la estructura doctrinal y la autoridad de la Iglesia. Sin embargo, su impermeabilidad, su elitismo, su secretismo, la posible pérdida de la independencia individual una vez se ha entrado en ella, la vasta red de influencias que utiliza, en cierto modo, como si fuera una mafia más y que le permite manejar la práctica totalidad de las instituciones, así como su compromiso político con la plutocracia, que ésta utiliza para afianzar su omnímodo poder, despiertan una desconfianza generalizada entre quienes todavía creen en la democracia y en la igualdad de oportunidades de todos los ciudadanos, sin distinción de medios y de clase social.

En un mundo que ha experimentado cambios significativos en términos de valores y percepciones, este enfrentamiento sigue siendo un recordatorio de las tensiones entre las instituciones que buscan preservar tradiciones centenarias y aquellas que abrazan ideales más contemporáneos.

El enfrentamiento actual entre ciertos sectores de la Iglesia Católica y la Masonería refleja las complejidades de reconciliar la fe arraigada en tradiciones con un mundo que abraza la diversidad de pensamiento y la exploración personal. A medida que ambos campos buscan avanzar sus objetivos, el choque de filosofías y valores persiste, dejando este enfrentamiento en constante evolución en el tejido de la historia religiosa y social.

Si bien la relación permanece tensa en el siglo XXI, lo cierto es que se han producido ciertos intentos de diálogo. La relación entre la Iglesia y la Masonería sigue siendo complicada. La excomunión automática de los católicos que se unen a logias masónicas no se derogó hasta 1983.

El enfrentamiento entre la Iglesia y la Masonería es tan antiguo como complejo. A medida que avanzamos en el siglo XXI, estas instituciones siguen siendo guardianes de sus respectivas tradiciones y secretos, las sombras del pasado perduran, y la naturaleza exacta de su relación permanece envuelta en misterio.

Este enfrentamiento secreto, una danza entre la luz y la oscuridad, continúa dejando su marca en la historia, recordándonos que incluso en el mundo de lo sagrado, las intrigas y los secretos pueden florecer.

“Las máscaras siempre hablan con acento inglés” es una obra de ficción que desarrolla este tema en el ámbito de la novela negra. Puede adquirirla pulsando este lazo:

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El Laberinto de la Falsificación en el Arte Contemporáneo: Entre la Creatividad y el Engaño.

El mundo del arte contemporáneo, fascinante y en constante evolución, se encuentra a menudo enredado en el intrincado laberinto de la falsificación. Este fenómeno, que se ha intensificado con la creciente valorización de obras maestras modernas, plantea preguntas críticas sobre la autenticidad, la originalidad y los límites de la creatividad.

En el arte contemporáneo, la pintura, en particular, se ha convertido en una frontera difusa entre la autenticidad y la imitación. Pintores sutiles, pero menos conocidos a menudo caen en el juego de imitar a los grandes maestros, mientras que los estafadores aprovechan esta oportunidad para crear falsificaciones hábilmente elaboradas.

Con los avances tecnológicos, la falsificación en el arte ha alcanzado nuevas alturas. Desde la replicación exacta de pinceladas hasta la imitación de texturas y papeles específicos, los falsificadores contemporáneos utilizan herramientas avanzadas para crear copias que desafían incluso a los ojos más agudos.

La línea entre el artista menos conocido y el estafador virtuoso a menudo se desvanece. Algunos artistas menos destacados recurren a la falsificación como un medio para obtener reconocimiento, mientras que los estafadores hábiles se sumergen en el mundo del arte, estudiando estilos y técnicas para engañar incluso a los expertos más avezados.

El mercado del arte contemporáneo, con su voracidad por las obras maestras, a veces se convierte en cómplice de este juego peligroso. La alta demanda y los precios exorbitantes pueden cegar a los compradores y a los mismos intermediarios, permitiendo que obras falsificadas entren en colecciones prestigiosas.

La autenticación de obras de arte contemporáneo se ha convertido en una tarea monumental para los museos y expertos. Los desafíos radican en la sofisticación de las falsificaciones y la presión constante para adquirir nuevas piezas. El debate sobre qué es más importante, la autenticidad o el valor artístico, sigue siendo un tema candente.

El arte contemporáneo, con su enfoque en la innovación y la experimentación, se enfrenta a un desafío significativo en el creciente problema de la falsificación. Navegar por el laberinto de la falsificación no solo requiere vigilancia por parte de los compradores y expertos, sino también una reflexión más profunda sobre los valores que impulsan el mercado del arte contemporáneo. ¿Es la autenticidad la única medida del valor artístico, o debemos reconsiderar nuestra definición de lo auténtico en este apasionante mundo creativo?

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«La araña negra»: Una mirada crítica hacia los jesuitas y el maquiavelismo eclesiástico.

  

   En la vasta obra literaria de Vicente Blasco Ibáñez, encontramos una novela que destaca por su carácter polémico y provocador: «La araña negra». Esta obra, escrita con una pluma afilada y provocativa, expone abiertamente el anti jesuitismo y el anticlericalismo del autor, al tiempo que nos sumerge en un mundo donde el maquiavelismo y la intriga eclesiástica son los protagonistas. A través de los personajes principales, especialmente el padre Claudio, Blasco Ibáñez nos confronta con las sombras ocultas detrás del poder eclesiástico y sus siniestras manipulaciones.

   En «La araña negra», la crítica hacia los jesuitas se hace evidente desde las primeras páginas. Blasco Ibáñez, con su estilo incisivo, nos presenta a estos religiosos como figuras maquiavélicas y manipuladoras, cuyo único objetivo parece ser el afianzamiento y la expansión de su poder. El autor expone los métodos y estrategias utilizados por los jesuitas para alcanzar sus fines, revelando una imagen turbia y oscura de la orden religiosa.

   Uno de los protagonistas principales de la novela, el padre Claudio, encarna la perfidia y la duplicidad en sus formas más despiadadas. Este personaje se presenta, bajo una máscara de mirífica bondad, como un hombre ambicioso y sin escrúpulos, dispuesto a utilizar cualquier medio para alcanzar sus objetivos. Blasco Ibáñez nos sumerge en la mente retorcida del padre Claudio, mostrándonos cómo manipula a las personas a su alrededor y cómo teje una red de engaños y maquinaciones para asegurar su influencia y poder dentro de la Iglesia y, sobre todo, dentro de la sociedad.

   A lo largo de la trama, el autor nos confronta con la corrupción moral y espiritual que permea el mundo religioso representado en la novela. Los jesuitas son presentados como una orden que se mueve en las sombras, utilizando su poder e influencia para maniobrar los acontecimientos en beneficio propio. Blasco Ibáñez desafía abiertamente las figuras sagradas y nos muestra el lado oscuro del clero, denunciando la hipocresía y el abuso de poder presentes en la institución eclesiástica.

   «La araña negra» se alza como una obra literaria que revela la visión crítica y provocadora de Vicente Blasco Ibáñez hacia los jesuitas y el poder eclesiástico. A través de su pluma afilada, el autor pone en tela de juicio la moralidad y la ética de quienes, al amparo de una sotana y de los más sublimes principios, no dudan en apropiarse de las fortunas ajenas a mayor gloria de Dios.

   El autor nos invita en las páginas de esta obra a reflexionar sobre la manipulación y la corrupción allí donde menos se la espera, en el ámbito religioso, tan proclive a la lección moral, al tiempo que nos muestra la faceta más oscura de los jesuitas y su influencia en la sociedad. Mediante el personaje del padre Claudio, el autor nos sumerge en un mundo de intrigas y engaños, confrontándonos con las sombras ocultas detrás de la fachada de la Iglesia.

   En última instancia, «La araña negra» nos incita a cuestionar el poder y la autoridad en todas sus formas, a examinar críticamente las instituciones y a no aceptar ciegamente las apariencias. Blasco Ibáñez nos reta a explorar los claroscuros del poder eclesiástico y a mantener una mirada vigilante sobre las manipulaciones y los intereses ocultos que pueden socavar los principios fundamentales de la fe y la moralidad.

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NOVELA NEGRA INGLESA

En síntesis: la novela negra inglesa combina la tradición del enigma con formas más sombrías de investigación, crítica social y violencia criminal.

De la novela de enigma al noir británico

La novela negra, también conocida como «detective fiction», ha sido un género literario popular en Inglaterra desde la década de 1890. Con raíces en las historias de Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle y las novelas de Agatha Christie, la novela negra inglesa se ha desarrollado en una variedad de subgéneros y ha dado lugar a algunos de los escritores más icónicos de la literatura inglesa.

Una de las principales razones por las que la novela negra es tan valorada en la literatura inglesa es por su capacidad para reflejar la sociedad en la que se escribe. Muchas de las novelas negras clásicas de la década de 1920 y 1930, por ejemplo, reflejaban la clase alta británica y las tensiones sociales de la época. En la actualidad, las novelas negras contemporáneas a menudo abordan temas como la inmigración, la desigualdad económica y la violencia urbana.

Además de reflejar la sociedad, la novela negra también ha sido valorada por su capacidad para ofrecer una forma de escapismo. Los lectores se sumergen en un mundo de intriga y misterio, lo que les permite escapar de la realidad por un tiempo. Sin embargo, la novela negra también se caracteriza por su capacidad para plantear preguntas éticas y morales que pueden llevar a los lectores a reflexionar sobre su propia vida y el mundo en el que viven.

Otra razón por la que la novela negra es tan valiosa en la literatura inglesa es por la variedad de subgéneros que existen dentro del mismo. Desde historias de asesinato tradicionales hasta thrillers psicológicos y novelas de investigación, hay una gran variedad de estilos y temas para los lectores de todos los gustos.

La novela negra es pues un género literario valioso en la literatura inglesa debido a su capacidad para reflejar la sociedad, ofrecer una forma de escapismo y ofrecer una variedad de subgéneros. A través de sus personajes complejos, tramas intrigantes y reflexiones éticas, las novelas negras han atrapado la imaginación de lectores de todo el mundo durante más de un siglo.

La novela negra inglesa, también conocida como «detective fiction», tiene sus raíces en la década de 1890 con la publicación de las historias de Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle. Estas historias presentaban al famoso detective privado Sherlock Holmes y su ayudante, el Dr. John Watson, resolviendo misterios criminales en la ciudad de Londres. A medida que las historias de Holmes se volvieron cada vez más populares, otros escritores comenzaron a crear sus propios personajes detectives y tramas criminales.

Una de las primeras escritoras de novela negra inglesa fue Agatha Christie. Su personaje más famoso, el detective belga Hercule Poirot, apareció por primera vez en 1920 en la novela «The Mysterious Affair at Styles». Christie también creó al detective Miss Marple, quien apareció por primera vez en 1930 en la novela «The Murder at the Vicarage». Otros escritores de la época, como Dorothy L. Sayers y Ngaio Marsh, también crearon personajes detectives femeninos y tramas criminales intrigantes.

La década de 1920 y 1930 se conoce como la «era dorada» de la novela negra inglesa. Durante este tiempo, las historias de detectives privados y asesinatos se convirtieron en una forma popular de entretenimiento en Inglaterra y en otros lugares del mundo. Sin embargo, con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, el género de la novela negra comenzó a cambiar. Los escritores comenzaron a incluir temas más oscuros y menos romantizados en sus tramas, reflejando los cambios en la sociedad y el mundo en general.

En la década de 1950 y 1960, la novela negra inglesa continuó evolucionando con la creación de subgéneros como el «thriller psicológico» y el «policial de procedimiento». Escritores como Patricia Highsmith y Ruth Rendell introdujeron personajes más complejos y tramas más oscuras en sus novelas, y se comenzó a ver una mayor representación de personajes femeninos y de personajes de minorías en el género.

En la actualidad, la novela negra inglesa continúa evolucionando con autores contemporáneos como Ian Rankin, Val McDermid y Martina Cole. Estos escritores abordan temas contemporáneos como la inmigración, la desigualdad económica y la violencia urbana en sus tramas, y utilizan técnicas narrativas modernas para contar sus historias. A pesar de los cambios en el género a lo largo de los años, la novela negra inglesa sigue siendo una forma popular y valorada de entretenimiento y reflexión.

La tradición inglesa permite observar con claridad la construcción del enigma. La arquitectura del crimen amplía este análisis desde la narratología.

La novela inglesa ha experimentado una gran evolución en los últimos años. La literatura contemporánea en Inglaterra ha visto una diversificación en cuanto a los temas, géneros y estilos de escritura, lo que ha dado lugar a una mayor representación de voces y perspectivas diversas en la literatura.

En primer lugar, se ha producido un aumento en la representación de autores y personajes de minorías en la literatura inglesa contemporánea. Los escritores de color, los escritores LGBTQ + y las escritoras han logrado ganar un lugar en el panorama literario inglés, lo que ha llevado a una mayor diversidad en los temas y en las perspectivas presentadas en las novelas.

Además, los temas sociales y políticos han cobrado una gran importancia en la literatura contemporánea inglesa. Los escritores se han inspirado en temas como la inmigración, la desigualdad económica, el cambio climático, y el feminismo para crear tramas y personajes complejos y desafiantes.

La narrativa también ha experimentado un cambio significativo en la literatura inglesa contemporánea. Los escritores están experimentando con estilos narrativos no lineales, estructuras narrativas múltiples y técnicas de escritura innovadoras para contar sus historias de manera más efectiva.

En cuanto a los géneros, se ha producido una fusión entre los géneros tradicionales como la novela histórica, la novela de aventuras y la ciencia ficción, lo que ha llevado a una mayor variedad en los temas y estilos de escritura.

En definitiva, la literatura inglesa contemporánea ha experimentado una gran evolución en los últimos años. La diversificación en cuanto a los temas, géneros y estilos de escritura ha llevado a una mayor representación de voces y perspectivas diversas en la literatura, y ha permitido que los escritores aborden temas sociales y políticos de manera más significativa y desafiante.

La novela negra británica ha utilizado una variedad de técnicas narrativas a lo largo de su historia. Estas técnicas han ayudado a los escritores a crear tramas intrigantes y personajes complejos, y han contribuido a hacer de la novela negra un género popular y duradero.

Una de las técnicas narrativas más comunes en la novela negra inglesa es el narrador en primera persona. Esta técnica permite al lector entrar en la mente del personaje principal y experimentar las emociones y pensamientos del personaje de manera íntima. Esto es especialmente efectivo en las novelas de investigación, donde el narrador es a menudo el detective o el personaje que está tratando de resolver el crimen.

La novela negra también ha utilizado con frecuencia la técnica del narrador omnisciente. Este narrador conoce todo lo que sucede en la historia, y puede entrar en los pensamientos y sentimientos de todos los personajes. Esta técnica permite al escritor revelar información importante sobre la trama y los personajes de manera efectiva.

La técnica de la retrospectiva también ha sido utilizada en la novela negra inglesa. La retrospectiva permite al escritor contar una historia desde el final hacia el principio, lo que ayuda a crear una sensación de tensión y suspense. La retrospectiva también permite al escritor revelar información importante sobre la trama y los personajes de manera gradual, lo que aumenta la intriga y el interés del lector.

La técnica del flash-back también es común en la novela negra inglesa. Es un recurso narrativo que permite al escritor mostrar escenas o eventos pasados ​​que son relevantes para la trama o para el desarrollo de los personajes. Esto ayuda a dar un contexto más amplio a la historia y a los personajes, y aumenta la comprensión del lector sobre lo que está sucediendo en la trama.

De este modo, la novela negra inglesa ha utilizado una variedad de técnicas narrativas a lo largo de su historia. El narrador en primera persona, el narrador omnisciente, la retrospectiva y el flash-back son solo algunas de las técnicas que los escritores han utilizado para crear tramas intrigantes y personajes complejos.

La novela negra inglesa ha dado vida a una amplia variedad de personajes, desde detectives privados hasta asesinos en serie, pasando por personajes más complejos como los detectives de la policía.

Uno de los personajes más icónicos de la novela negra inglesa es el detective privado. Este personaje, que suele ser el narrador de la historia, es el encargado de investigar el crimen y resolver el misterio. Estos detectives suelen ser caracterizados por su inteligencia, astucia y dedicación a su trabajo. Ejemplos icónicos de detectives privados en la novela negra inglesa son Sherlock Holmes, Hercule Poirot, y Philip Marlowe.

Otro personaje común en la novela negra inglesa es el asesino en serie. Este personaje es responsable de una serie de asesinatos y suele ser presentado como una figura enigmática y aterradora. A menudo, el asesino en serie es retratado como un personaje frío y calculador, capaz de cometer crímenes horribles con una aparente falta de remordimientos.

La novela negra también ha dado vida a personajes más gregarios, con una dimensión profesional, es decir, con un dominio del oficio, como son los detectives de la policía. Estos personajes suelen ser miembros de un equipo de investigación y tienen que trabajar juntos para resolver el crimen. Estos personajes suelen tener personalidades distintas y, a menudo, tienen conflictos internos que los hacen más interesantes y complejos.

Además de los personajes principales, la novela negra inglesa también ha presentado una variedad de personajes secundarios que son fundamentales para la trama. Estos personajes incluyen a las víctimas, a los sospechosos y a los testigos, cada uno con su propia historia y personalidad. Los escritores utilizan estos personajes secundarios para dar contexto a la historia y aumentar la intriga y el suspense.

Según ello, los personajes de la novela negra inglesa son fundamentales para el desarrollo de la trama y han ayudado a hacer de la novela negra un género plebiscitado por el público lector.

La novela negra inglesa es, asimismo, un género que ha evolucionado a lo largo del tiempo y que ha visto un gran aumento en popularidad en las últimas décadas. A medida que la sociedad cambia, es importante considerar cómo se desarrollará el género en el futuro.

En primer lugar, es probable que veamos un aumento en la diversidad de autores y personajes en la novela negra inglesa. En el pasado, el género ha sido dominado por autores blancos y personajes masculinos, pero cada vez son más los autores y personajes de diferentes orígenes étnicos, géneros y orientaciones sexuales en el mercado. Esto aumentará la representación y permitirá a una audiencia más amplia verse reflejada en las historias.

Además, es probable que veamos un aumento en la inclusión de temas sociales y políticos en la novela negra inglesa. Los escritores están tomando cada vez más en cuenta los problemas contemporáneos en sus obras, desde el cambio climático hasta la desigualdad económica. Estos temas se han incluido con una finalidad más reflexiva y crítica, permitiendo a los lectores especular sobre problemas actuales.

La tecnología también tendrá un papel importante en el futuro de la novela negra inglesa. La popularidad de los libros electrónicos y los audiolibros está en aumento, lo que permite a los lectores acceder a las historias de una manera más conveniente. Además, la inteligencia artificial y la realidad virtual están siendo utilizadas para crear experiencias de lectura únicas e interactivas.

En cuanto a las técnicas narrativas, es probable que veamos una mayor experimentación en la novela negra inglesa. Los escritores están explorando nuevas formas de contar historias y están rompiendo las normas tradicionales del género. Esto permite a los escritores crear historias más innovadoras y emocionantes.

En resumen, el futuro de la novela negra inglesa se anuncia prometedor. Con una mayor diversidad de autores y personajes, una mayor inclusión de temas sociales y políticos, y una mayor experimentación con las técnicas narrativas, se espera que el género continúe siendo popular y relevante. Además, la tecnología tendrá un papel cada vez más importante en la forma en que accedemos a las historias, lo que permitirá a los lectores experimentar con nuevas formas de lectura.

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EL TRASFONDO POLÍTICO Y SOCIAL DE LA SERIE ALBA LONGA.

   Las Antillas francesas se inflaman. Las imágenes que nos llegan son estremecedoras: coches y edificios ardiendo, piquetes filtrando la circulación en las redondas y disparando con balas reales a la policía, vehículos blindados patrullando por las calles, los molinetes de los helicópteros zumbando en el cielo nocturno y el gobierno que envía fuerzas especiales y unidades antiterroristas para cercenar, según el modo de hacer para el que están entrenados, la rebelión.

   En la metrópoli, periodistas, comentadores, polemistas y demás agentes de la autoridad se precipitan, cortándose los unos a los otros la palabra, para declarar que la situación de esos departamentos ultramarinos no corre el riesgo de transmitirse a la Francia metropolitana. ¿No? ¿Acaso no hemos visto durante tres años consecutivos imágenes similares en esta orilla del Atlántico? ¿No se han inflamado, sábado tras sábado, los Campos Elíseos? ¿No han inflamado de coches y motos ardiendo las avenidas principales de todas las ciudades francesas de cierta importancia? ¿No han dejado tales acontecimientos una triste secuela de tuertos y mancos, como consecuencia de las órdenes terribles que los dos gobiernos de Macron han dado a la policía encargada de la represión?

   ¿Han desaparecido las razones que empujaban a la gente a echarse a la calle? Ni mucho menos. La inflación de los últimos meses, el aumento de los precios del gas, la electricidad, la leña, el pan, por no decir que lo que ha aumentado es todo menos los sueldos, constituyen elementos que nos permiten suputar que la cólera social no solamente no va a disminuir, sino que irá en progresivo aumento, dado que el gobierno no ha hecho absolutamente nada para paliar la situación precaria de la mayoría. Con la excepción de dar marcha atrás en la nefasta reforma de las pensiones, aunque no ocultan en absoluto que se trata únicamente de un aplazamiento, que no renuncian de ninguna manera a ella y que, en cuanto Macron sea reelegido, la implantarán sin el menor remilgo, porque en realidad ya estaba aprobada y tan sólo la llegada de la pandemia paró in extremis el hacha ya levantada por la mano del verdugo.

   La crisis sanitaria atenuó la manifestación del malestar social, pero no lo hizo desaparecer. A pesar de las restricciones y los obstáculos al libre movimiento de las personas, en ningún momento cesaron los tumultos y demostraciones de agravio contra ese poder altivo e hipócrita, manipulador y despreciativo, lobo disfrazado de cordero para mejor sorprender y devorar al pueblo llano, que, por cierto, fue él junto con sus predecesores del mismo palo, quien cortó las asignaciones al hospital público hasta dejarlo exangüe.  

   Dicha crisis sanitaria es, ciertamente, con razón o sin ella, una excusa más para lanzar la máquina del descontento contra la otra máquina de la tiranía, que se sustenta con la propaganda y las armas, sofisticadas, de la policía antidisturbios. Pero no sólo eso, y es que ¿cómo confiar en quienes han perdido todo vestigio de vergüenza y sentido de la honradez, justicia y lealtad? La gente imagina cosas y, a estas alturas, ¿cómo se les puede reprochar que lo hagan?

   En el análisis que hicimos del contexto político francés actual en la serie Alba Longa, particularmente en sus dos últimas entregas, La mansión de enfrente y Las máscaras siempre hablan con acento inglés, creemos no habernos equivocado en el diagnóstico, que, por cierto, no cesa de confirmarse. Macron fue elegido por la élite financiera (Francia entera fue empapelada con la publicidad de ese individuo y ello, ni se hizo gratis, ni constituyó una gratia gratis data), para que hiciera, contra viento y marea, la política ad hominem que los partidos tradicionales, representantes de los derechos de dicha élite oligárquica, se habían revelado incapaces de llevar a cabo. El riesgo era la explosión social en un depósito de gasolina. Y no les tembló el pulso para hacerlo. Ahora bien, las consecuencias podrían ser imprevisibles. Lo que sucede en las Antillas, ni es ciertamente el principio, ni probablemente constituya el final.

   La única solución, a mi entender, es que vuelva el rostro, como el sabio, y mire lo que hizo su predecesor al final de su mandato.

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GABINETE RESERVADO

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DILEMA

   Mauricio de Sully fue, solo, la noche del lunes, a verificar si Fabrice había vuelto. Aun así, incumpliendo la palabra dada a John Temple Graves, no llamó a la policía. Bastantes escándalos envolvían, durante los últimos tiempos, a la Iglesia como para cometer un error por una precipitación no del todo justificada y en relación con un simple sacristán. Si le ha pasado algo al pelagatos este, merecido se lo tiene, porque en el fondo no es más que un capullo. Con tanto tiempo que ha tenido desde que está aquí para hacernos la astracanada de marras y se le ocurre llevarla a cabo justamente en este momento crucial e incluso osaría decir que dramático. Menuda chacota que nos ha preparado el pelafustán. Días antes de lo que va a ocurrir en esta misma catedral, que pondrá al mundo patas arriba, y he aquí que nos manda a la policía, nada menos, a la policía, para que meta las narices en todos los rincones del edificio buscando a este pelaire que Dios confunda. No, si hay gente que tiene definitivamente el don de la oportunidad.

   Irritado, el arcipreste rector se retiró a sus aposentos y, a pesar de todo, durmió sobre las dos orejas.

   Al día siguiente se levantó renovado y sin pensar en lo más mínimo en el asunto. Tras lavarse la complicada cara que era de su propiedad, fue al comedor en busca del desayuno y de los periódicos de la mañana. Como de costumbre, todo estaba ya dispuesto. Se sirvió hasta los mismos bordes un vaso de zumo de naranja recién exprimido y lo bebió de un solo trago. Lo volvió a llenar, pero esta vez, antes de dar buena cuenta de él, como solía, con celeridad y determinación, alargó la mano y echó un vistazo a los titulares del primer periódico. Se quedó blanco. Los globos oculares parecían querer salírsele de sus cuencas y caer, como pelotas de pingpong, sobre la mesa. Todos los diarios llevaban los mismos titulares o parecidos. “Ola de desapariciones en París intramuros. Se han registrado no menos de media docena en veinticuatro horas y la policía sospecha que habrá más.” Luego leyó los detalles: “Según medios oficiales, las desapariciones se han producido todas dentro del radio de acción indicado, aunque en los escenarios más heterogéneos, la calle, el metro, un cine e incluso el interior de una casa particular. Jamás en la historia del crimen se ha registrado una actividad semejante. Toda la policía de París se halla en estado de alerta máxima y se recomienda encarecidamente la mayor precaución, evitando, por ejemplo, desplazarse solo, por lugares apartados y solitarios. Las víctimas no tienen un perfil preciso. Cualquiera puede considerarse en peligro.”

   Monseñor de Sully se quedó anonadado. No por ello dejó de beberse de un trago, como siempre, el vaso de zumo y ponerse entre pecho y espalda el entero desayuno, sin desperdiciar una sola miga.

   Seguidamente fue a buscar la llave del apartamento sacristanesco y efectuar una última verificación.

   Como se lo temía, se hallaba vacío y la cama tan hecha como el día anterior. No ha vuelto, el grandísimo cabrón. Como me haga llamar a la policía y luego no le haya pasado nada, le voy a pegar uno de esos puros… Un puro que ni Fidel Castro habría podido soñar que le fabricaran en el mismísimo país de los puros. Un habano que no lo va a poder sostener con las dos manos el danzante de sacristán que nos ha tocado. Se va a pasar un año tocando las campanas de la catedral, manualmente, a la antigua.

   Regresó al comedor y se puso el móvil delante, sobre el blanco mantel. Negro sobre blanco. Así estaba él de escindido. Si llamo, pongo en peligro algo muy gordo, una operación inaudita y corro incluso el riesgo de atraerme la ira del Inveterado Enemigo, quien podría acusarme de traición. Por otra parte, el plan de la Verdadera Iglesia podría venirse abajo. Y todo por un sacristán. No, si la cosa tiene huevos. Vaya que los tiene.

   En el otro platillo de la balanza está que, si no llamo, dadas las circunstancias, podría incluso verme en el banquillo de los acusados por no prestar auxilio a persona en peligro. Más aún, si el plan, a pesar de todo, sigue su curso y llega a culminarse, tal actitud podría levantar las sospechas de la policía, la que llevaría el caso desde el campo y la perspectiva oficial.

   Mal si ando y mal si no ando. ¿Qué hacer? Porque, cualquiera que sean las circunstancias, siempre hay que actuar, máxime cuando alguien detenta algún tipo de autoridad. Autoridad es responsabilidad. Y ¿a dónde irá el buey que no are?

   Alargó la mano izquierda hacia el móvil. Se iluminó la pantalla y marcó el código de acceso al aparato. A la policía sí, habrá que llamar, pero no a cualquiera. Buscó en su repertorio a la persona adecuada. Dejó caer con cuidado la ancha yema de su dedo índice que podría llamar, si eso fuera posible, a tres contactos contiguos a la vez. El nombre correcto apareció en la pantalla y, a la tercera señal, emergió una voz de bajo profundo.

-Comisario Esteban de Velasco, a sus órdenes, Monseñor.

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FRAGMENTO DE «LAS MÁSCARAS HABLAN SIEMPRE CON ACENTO INGLÉS.»

VIII

   A Bemoz y sus lugartenientes, así como a su equipo operacional y demás miembros de su séquito, se les había asignado como domicilio un palacete en las afueras de París, mientras duraran las operaciones en esa capital.

   Sentado solo, en el porche de su residencia temporal, ante una mesa pantagruélica recubierta de un mantel cegador de tan blanco, devoraba el almuerzo que su cocinero personal, quien le acompañaba en todos sus desplazamientos por los cinco continentes, le había preparado ese domingo. Los camareros acudían periódicamente a retirar los platos vacíos, así como las montañas de espinas y huesos, absolutamente mondos, que el coloso iba dejando a un lado.

   En el perfecto silencio de la mansión, sólo se toleraba la orquesta canora de los alados pobladores de la espesa selva constituida por el jardín que rodeaba el edificio principal.

   De tanto en tanto, se acercaba un criado en librea y rellenaba la copa que nunca debía mostrarse vacía. Entre viaje y viaje, el sirviente se ocupaba en descorchar las diferentes botellas, de vino blanco o tinto, siempre de los mejores y más costosos caldos, en función del programa establecido. Para terminar, una botella de champagne, cuyo valor superaba el salario mensual de un obrero, se enfriaba en la nevera, esperando ser abierta en el momento justo del sofisticado postre.

   Mientras las potentes mandíbulas de Bemoz masticaban los distintos manjares con el poderío y la suficiencia de una máquina hidráulica, su cerebro rumiaba los últimos acontecimientos.

   La idea de aprovechar la aversión notoria del arcipreste rector, Mauricio de Sully, por Viollet-le-Duc se había revelado genial. El resultado producido era algo insólito, impensable, en apariencia contradictorio, y altamente rentable. Los inveterados y enconados enemigos colaborando en una causa común. Eso sí, de manera puntual y transitoria, absolutamente excepcional.

   El arcipreste se había mostrado un negociador intransigente, había regateado en corto, tanto respecto al compromiso formal del Estado para reconstruir con arreglo a un plan preciso, como con relación a la reacción posterior de la Iglesia, colaborativa, sí, pero sólo hasta cierto punto y con limitación en el tiempo. Lo esencial, sin embargo, había sido conseguido, a saber, que no pusiera el grito en el cielo y no llamara, en caliente, a una cruzada. De todos modos, la cabeza principal de la bestia, aunque no la única, la controlamos. Si decidieran incumplir parte de las condiciones, no irían muy lejos.

   Ahora todo está dispuesto. Hacía falta un combustible especial para hacer arder esas vigas milenarias, casi fosilizadas. Agni dispone ya en su tabuco de uno hecho a base de oxígeno líquido y sabe cómo utilizarlo. En pocos minutos, el techo arderá como una tea, iluminando el cielo de París al atardecer. Las estatuas de Viollet-le-Duc han sido retiradas con la doble excusa de ser restauradas y limpiadas, para el vulgo, y la de evitar que causen, con su peso, males mayores al desplomarse, para el arcipreste. Ha hecho falta prometer que no serán repuestas jamás.  

   Los símbolos, no solamente de París, sino de Francia entera, son la Tour Eiffel y Notre-Dame. Cuando los franceses vean esta última envuelta en llamas, se producirá una conmoción nacional equivalente a una declaración de guerra. El país entero se quedará sin respiración y todas las demás preocupaciones y desavenencias pasarán a un segundo plano. El cuerpo social quedará unido como una piña esperando las consignas del jefe de Estado. Adiós al hebdomadario carnaval de los chalecos amarillos. La revuelta será arrancada de raíz, pues nadie sale a berrear por las calles cuando se tiene la respiración cortada. El resto dependerá de la habilidad de los políticos, los cuales, por cierto, recibirán instrucciones sobre la manera de comportarse en su debido momento.

   Asfixiada la revolución en Francia, se extinguirá de inmediato en el resto del mundo. De una vez por todas, sus Amos deberán reconocer lo mucho que vale, lo merecido que se tiene el pan que le dan de comer y los pocos, aunque costosos, caprichos que le conceden.  

   Era la primera vez que Bemoz iba a utilizar su nuevo juguete y, dadas las especiales características de su bautismo de fuego, le había atribuido el nombre de Agni. Y Agni se le quedará para siempre, decidió. Hay algo inefable en el indio que inspira, incluso a él, la bestia surgida de la tierra, un terror sagrado. Desde el principio había intuido que le sería de una gran utilidad. Bajo su férula, no le faltarán las misiones. Habría sido un intolerable desperdicio que se perdiera un individuo así.

   Una vez cumplida su misión, se escapará por las alcantarillas como la rata inmunda y gigantesca que es, sin que nadie lo vea salir de la catedral. Posteriormente, un equipo lo recuperará y lo traerá aquí, donde lo pondré en su funda hasta la nueva operación. Ahora bien, habrá que darle, de vez en cuando, el alimento que necesita, sin lo cual, no se podrá disponer de su lealtad. Para ello existen lugares mucho más apartados que éste y enemigos merecedores de sus cuidados y atención.

   Tras rebañar el hueso de la última pata de cordero, lo chupó ruidosamente y lo dejó sobre el mantel, como si fuera un cuchillo más, un desaforado cuchillo de matarife, agarró una servilleta y la desplegó, secándose con ella primero la boca y la barbilla, alcanzando hasta parte de las mejillas, todo lo cual había acumulado enorme cantidad de grasa y relucía como si la piel estuviera iluminada desde el interior, luego las manos, igualmente pringosas. Tras ello, agarró la copa, que semejaba un cáliz de misa y la vació de un trago.

   Inmediatamente acudió el camarero con las bandejas de los pasteles y el escanciador con el champagne. Bemoz los engullía enteros y bebía más que un saludador. Tras ese camarero vino otro y luego otro y finalmente uno más, hasta que un eructo formidable, atronador, digno del gigante Gargantúa, puso un repentino fin a todo ese ballet de libreas y bandejas y cubiertos de plata y de oro, cesando el ajetreo hasta la noche.    Todos sabían que el ogro se iría a dormir la siesta durante horas y que entonces podrían desabrocharse los últimos botones de las camisas y respirar a pleno pulmón. Mientras el entero cuerpo del edificio temblara con sus ronquidos, podrían disfrutar de un lapso de serenidad. Después todo debía recomenzar para la cena.

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PRIMER CAPÍTULO DE «LAS MÁSCARAS SIEMPRE HABLAN CON ACENTO INGLÉS.» (UNA IMAGEN DE LA FRANCIA DE AHORA MISMO).

I

   Año segundo del reinado de Macron. Tal como habíamos previsto en el libro anterior, Francia se halla bajo el signo del caos y la desolación. Por veinteavo sábado consecutivo, las calles de París y de las principales ciudades de la nación son el escenario de un enfrentamiento, violento y sin concesiones, entre un pueblo y una policía que se ha puesto incondicionalmente a las órdenes de una élite; la cual, mediante un procedimiento antidemocrático y corruptor de un sistema político, ya de por sí defectuoso, ha copado ilegítimamente todos los órganos de poder y no está dispuesta a ceder un ápice ante las masivas protestas de un entero cuerpo social, cuyo nivel de vida ha sido peligrosamente degradado por los distintos gobiernos anteriores,  en los que ella ya dominaba, aunque no con la arrogancia, con la prepotencia, con el desprecio absoluto y sin fisuras que ahora, completamente desinhibida de todo sentimiento humanitario, manifiesta en relación con quienes no tienen más remedio que vivir de un trabajo asalariado.

   La confianza de un pueblo hacia sus instituciones se ha roto irremisiblemente y, en el mejor de los casos, tardará decenios, tal vez generaciones, en recomponerse. La realidad que, hace tan sólo unos meses, las masas no veían, o no querían ver, actualmente aparece con unos contornos tan nítidos y tan deslumbrantes que hieren la vista del contemplador y sólo con una dosis desmesurada, desaforada, de hipocresía y desvergüenza, los medios de comunicación, también bajo la férula de dicha élite que los financia y los posee, creen poder paliar los efectos de tan percuciente, poderosa, revelación; pero con ello no consiguen sino alargar y profundizar el foso que separa al grueso de las masas populares de las fuentes oficiales de información, de toda modalidad de discurso que emane del poder establecido, excepto del que propagan, más o menos libremente, los nuevos instrumentos de comunicación, a través de Internet y la tecnología de última hornada. Por esta razón, muchos periodistas son expulsados violentamente de las manifestaciones.

   Cada sábado, el corazón de las grandes metrópolis francesas, incluida París, se envuelve con el velo de los gases lacrimógenos, del humo de coches y edificios ardiendo; resuenan con el estallido de granadas de dispersión, disparos de LBD, proclamas, consignas, insultos, desafíos, provocaciones; se adorna con los variopintos colores de las más diversas y opuestas banderas, de las garabateadas pancartas y del amarillo colza que, una vez, esas mismas élites, tuvieron la desgracia de imponer, según la astuta patente de corso consistente en efectuar un exhaustivo catálogo de buenas intenciones, con objeto de explotarlas industrialmente y hacer un lucrativo y privativo negocio con ellas. Hoy en día, todo el mundo posee uno de esos chalecos amarillos, por obligación, “per opus”, por necesidad. Y pintan las ciudades de una primavera ácida, color limón o amarillo colza.

   La policía antidisturbios ha recibido la orden de apuntar a la cara de los manifestantes, con el objetivo evidente de sembrar el terror, de acabar con las protestas mediante el arma del espanto y del horror. Ya se contabilizan una veintena de tuertos, a causa de esas balas de goma, varios pies y manos arrancados, por explosión de las granadas lacrimógenas. Y los mandos policiales llevarán ante la historia la inconmensurable responsabilidad de haber acatado semejantes órdenes provenientes de una exigua minoría dirigente que, para salvar sus privilegios, no duda en deshonrar la Nación ante el mundo, en mutilar, en golpear, en humillar a los mismos ciudadanos que tiene la obligación de proteger y gobernar. Infinidad de testimonios gráficos muestran a policías apuntando, sin necesidad alguna, hacia lo alto, hacia la cara de quienes se encuentran allí, en la calle que es de todos, para defender el pan y el futuro de sus hijos.

   Tras los antidisturbios se concentran las hordas de la BAC, dispuestas a la razzia por sorpresa, a la fulgurante embestida que golpea con las porras, con las manos, que empuja y derriba con sus cuerpos acorazados por todo tipo de protecciones, que elige a una víctima, sea varón, hembra o adolescente, para echarla al suelo de cualquier manera, con tirón, con zancadilla, de los pelos si se trata de una mujer y ofrece ahí mejor presa, y acto seguido la arrastran por el suelo, la cubren, la esconden de los ojos y los objetivos de los curiosos, le golpean la cabeza contra el suelo, la sujetan con la rodilla, con todo el peso de sus cuerpos, en plural. Finalmente, rodean a los núcleos de manifestantes, los cercan y lanzan las granadas lacrimógenas en medio de ellos.

   Pero hoy en día, una dictadura no puede durar mucho tiempo, aunque se vista con los solemnes ropajes de una pseudodemocracia, de un grosero sucedáneo de democracia, aunque se dote de un formidable y todopoderoso aparato de propaganda, porque existe Internet y unos teléfonos móviles que filman y difunden, en el acto, las escenas que captan, a la ciudad y al mundo.

   La oligarquía, que había creído en el fin de la historia, razón por la cual dejó caer progresivamente una parte de la máscara, algún que otro velo pío que disimulaba su fealdad moral, se ve ahora amenazada en su corazón, en su médula, en el entero templo donde se venera el dios de la falsedad, la propaganda, el mito huero y el egoísmo, de modo que, ante la emergencia, no le importa dejar caer el resto de la careta y hacer un uso abierto y sin tapujos de la violencia mientras conserve el dominio de la fuerza.

   Sin embargo, la culpa de todo ese desacato, de todo ese desorden superlativo, no puede tenerla un solo hombre. Si bien ese hombre, Macron, ha contribuido, con una eficacia temible, mediante fórmulas discursivas absolutamente delirantes, formidables en su irresponsabilidad, mediante una actitud gratuitamente provocadora cuya arrogancia desmesurada sólo puede ser comparada, según declara un periódico británico, con su incompetencia, a echar, no aceite sobre el fuego, por emplear una expresión francesa, sino gasolina, queroseno, sobre una entera sociedad en llamas, sobre una nación que arde por sus cuatro costados, sobre un pueblo inflamado por una razón altamente combustible, precisamente a causa de su elevado grado de verdad y de justicia en sus reivindicaciones.

   No, no basta con un solo hombre para generar tal dimensión en el caos, en la exasperación generalizada, en el enfrentamiento de todos los cuerpos y capas de la sociedad e incluso de sus instituciones. Era menester, además, que estuviera rodeado, como diría un gran escritor latino, de la más espectacular cáfila de mampolones que imaginarse pueda. Jamás en la vida del mundo se ha visto semejante hato de incompetentes acaparar por completo todos los puestos de responsabilidad de una de las grandes naciones del planeta. Se diría que, en razón a la ausencia de un verdadero partido político de solera tras este gobierno, la absoluta totalidad de las altas funciones del Estado, incluidas los ministerios, ha sido acordada a los escolares que, durante las últimas elecciones presidenciales, llamaban a las puertas de las casas para hacer la propaganda electoral por su candidato. De ese candidato que rehusó participar en las primarias de un partido en que jamás había militado y en el que jamás había creído, pero que era útil para medrar y también para enredar. Todo ese pelotón de imberbes, bisoños en política, niñatos malcriados por una cuna de privilegiado, se encontraron, de la noche a la mañana, sin comérselo ni bebérselo, ministros con tal o cual cartera, subsecretarios de esto o de lo otro, consejeros de lo de más allá. Y entre todos han creado, en cuestión de unos meses, la mayor de las crisis que ha estallado en el mundo occidental después de la Segunda Guerra Mundial.

   Lo peor de todo es que están ellos a primera fila para solucionar lo que un hombre de las tripas de un De Gaulle o un Mitterrand quizá no hubiera bastado.

   Cuando esto acabe, ¿cómo no pedir responsabilidades, no ya a este hato de colegiales, sino a las altas instancias de las finanzas y de los medios de comunicación que hicieron posible, a fuerza de millones y de propaganda, que esto llegara a suceder?

   Paralelamente, en las instancias de la Unión Europea, jamás los vientos adversos habían soplado con tanta furia y las elecciones previstas para el 26 de mayo amenazan con desencadenar una tormenta sin precedentes. Los británicos no han podido salir todavía. Se hallan con un pie dentro y otro fuera, en una incómoda situación transitoria que genera una frustración cuyo contorno desborda el de las islas y se propaga al continente. Sin embargo, peor sería que consiguieran al cabo irse y no pasara absolutamente nada. Si bien, la verdadera puñalada trapera, la auténtica catástrofe disgregadora, la constituiría el hecho de que, no solamente no pasara nada, sino que, por el contrario, les fuera bien. Y no digamos si acaso les fuera mejor.

   Los países del Este europeo no toleran ya la inmigración salvaje. Las clases medias del Sur están hartas de pagar impuestos, de no ver los beneficios de los mismos y de empobrecerse a ojos vista. Sólo le va bien a Alemania, a Holanda, Dinamarca y a los países que se han reconvertido en paraísos fiscales. Pero un hombre es un voto y las melopeas, letanías y demás cantinelas de lo políticamente correcto no son tan eficaces como lo fueron antaño, antes de la Revolución del 2018.

La situación es grave.

 

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LAS MÁSCARAS SIEMPRE HABLAN CON ACENTO INGLÉS

PRESENTACIÓN

   Clara Bardés, nieta de un famoso pintor ya fallecido, ha sido contratada para restaurar una serie de cuadros, datando algunos de ellos de la Edad Media, que se conservan en la catedral Notre-Dame de París. Durante una visita que efectúa en solitario a la parte alta del edificio, cuando ya los turistas se han marchado, advierte allí la deforme silueta de Ergaster, un perverso torturador al que creía muerto y de quien hubiera podido ser una víctima más, junto con el profesor Alba Longa, a no ser porque, en el último instante, intervino el comisario Tynianov. La catedral se cerró tras ella y el criminal, que al parecer no la había visto, quedó dentro. Ya en su apartamento, aterrorizada, llamó a Alba Longa y éste se puso en contacto con Tynianov. Entre los tres, tirando del hilo de la presencia en la catedral de este asesino, especialista en la llamada “muerte de los mil cortes,” descubren una terrible conspiración, cuyas funestas consecuencias se prevén para los próximos días.

FRAGMENTO

   El Gran Batracio había comenzado a comprender de qué pasta estaba hecho el huésped que tenía alojado bajo su propio techo. Lleno de cólera, había tomado el teléfono para dar parte a Bemoz de la extrema contrariedad que tales sucesos le habían procurado. Ambos sabían que sus teléfonos no se hallaban intervenidos. Y si por ventura lo estaban, ello no cambiaba en nada la situación. De modo que podían hablarse con toda franqueza e incluso cantarse las cuarenta, si lo consideraban oportuno.

   Bemoz repuso que lo ocurrido no entraba en sus planes y que, en efecto, Agni se les había ido un poco de las manos, había cedido a sus pulsiones a pesar de sus reiterados juramentos de que no lo haría. Sin embargo, la situación se hallaba ahora bajo control. Él personalmente había puesto remedio, de tal manera, que tenía plena convicción de que semejante comportamiento no se volvería a reproducir ni una sola vez. En ese aspecto podía dormir sobre sus dos orejas.

   Por otra parte, no convenía detener el proyecto, tan provechoso para ambas partes, por una cuestión de detalle. Sobre todo, teniendo en cuenta el estado avanzado en que se encontraba. Concretamente en su fase final. Máxime, cuando la dicha cuestión de detalle ya no tiene remedio. Lo único que podía hacerse era atajarla y ya estaba hecho.

   -¿No cree?

   Monseñor Batracio no pudo sino admitir que ello era así.

   -¿Entonces adelante con los faroles -inquirió Bemoz-?

   -Adelante – confirmó el prelado y colgó el teléfono. –

   Sin embargo, su irritación no disminuía. ¿Qué clase de esbirros emplea esta gente? Su Leviatán maneja el garrote, el puñal y el veneno mejor que nadie, pero nunca gratuitamente. Para que él mueva el dedo meñique, tiene que haber una razón y ésta ser pesada con una balanza de precisión. Aparte de que sólo actúa obedeciendo órdenes. Y jamás, que yo sepa, movido por la venganza o acicateado por una provocación. Se trata de un profesional como la copa de un pino. A pesar de su fuerza hercúlea, telúrica diría yo, dudo que sea un animal de sangre caliente. El fluido que corre por sus venas debe ser más frío que el de un caimán.

   Por una vez que se hace una operación conjunta, se ha rozado la catástrofe. Afortunadamente, de Velasco estaba ahí para parar el golpe. Si lo único que hay que lamentar es la muerte de Fabrice, todavía podremos levantar el dedo.

   Después de todo, la pérdida no ha sido muy grande. No era mala persona, pero hay que reconocer que era también un bendito. Por el mismo precio y unas botas, tendremos otro. No hace falta ser una lumbrera para desempeñar ese oficio. Eso sí, es preciso que sea discreto. No importa, al nuevo candidato se le pone a prueba durante tres meses y ya está. Aquí paz y allá gloria.

   Lo que importa es que la causa de la Iglesia avance. Y, ¿por qué no decirlo? La causa de quienes la sirven con devoción y buen sentido. Ni qué decir tiene que el ejemplo idóneo de tal raza de hombres era él, sin ir más lejos.

   Por lo pronto tendrá que pensar en escoger a un cardenal, entre los cardenales adictos a la causa, y bastante entrado en años, para que se siente en el solio de Pedro por un tiempo no muy largo, sólo hasta que este cura, se dijo con toda campechanía, se halle en condiciones de poner sus propias posaderas en él, cosa que, una vez cumplimentado esa especie de golpe de Estado que planea, no tardará en suceder. Al artífice de semejante golpe de timón, que devolverá el poder a sus partidarios, los verdaderos hombres de Iglesia, no le será difícil obtener, en un primer momento, la púrpura cardenalicia y, en un segundo movimiento, la tiara papal. Con Leviatán y la organización que dirige a mi lado, será un juego de niños. Habrá, eso sí, víctimas colaterales, es inevitable, pero París bien vale una misa. En fin, Roma. Aunque sea negra, rio el Batracio con ganas.

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