VIII
A Bemoz y sus lugartenientes, así como a su equipo operacional y demás miembros de su séquito, se les había asignado como domicilio un palacete en las afueras de París, mientras duraran las operaciones en esa capital.
Sentado solo, en el porche de su residencia temporal, ante una mesa pantagruélica recubierta de un mantel cegador de tan blanco, devoraba el almuerzo que su cocinero personal, quien le acompañaba en todos sus desplazamientos por los cinco continentes, le había preparado ese domingo. Los camareros acudían periódicamente a retirar los platos vacíos, así como las montañas de espinas y huesos, absolutamente mondos, que el coloso iba dejando a un lado.
En el perfecto silencio de la mansión, sólo se toleraba la orquesta canora de los alados pobladores de la espesa selva constituida por el jardín que rodeaba el edificio principal.
De tanto en tanto, se acercaba un criado en librea y rellenaba la copa que nunca debía mostrarse vacía. Entre viaje y viaje, el sirviente se ocupaba en descorchar las diferentes botellas, de vino blanco o tinto, siempre de los mejores y más costosos caldos, en función del programa establecido. Para terminar, una botella de champagne, cuyo valor superaba el salario mensual de un obrero, se enfriaba en la nevera, esperando ser abierta en el momento justo del sofisticado postre.
Mientras las potentes mandíbulas de Bemoz masticaban los distintos manjares con el poderío y la suficiencia de una máquina hidráulica, su cerebro rumiaba los últimos acontecimientos.
La idea de aprovechar la aversión notoria del arcipreste rector, Mauricio de Sully, por Viollet-le-Duc se había revelado genial. El resultado producido era algo insólito, impensable, en apariencia contradictorio, y altamente rentable. Los inveterados y enconados enemigos colaborando en una causa común. Eso sí, de manera puntual y transitoria, absolutamente excepcional.
El arcipreste se había mostrado un negociador intransigente, había regateado en corto, tanto respecto al compromiso formal del Estado para reconstruir con arreglo a un plan preciso, como con relación a la reacción posterior de la Iglesia, colaborativa, sí, pero sólo hasta cierto punto y con limitación en el tiempo. Lo esencial, sin embargo, había sido conseguido, a saber, que no pusiera el grito en el cielo y no llamara, en caliente, a una cruzada. De todos modos, la cabeza principal de la bestia, aunque no la única, la controlamos. Si decidieran incumplir parte de las condiciones, no irían muy lejos.
Ahora todo está dispuesto. Hacía falta un combustible especial para hacer arder esas vigas milenarias, casi fosilizadas. Agni dispone ya en su tabuco de uno hecho a base de oxígeno líquido y sabe cómo utilizarlo. En pocos minutos, el techo arderá como una tea, iluminando el cielo de París al atardecer. Las estatuas de Viollet-le-Duc han sido retiradas con la doble excusa de ser restauradas y limpiadas, para el vulgo, y la de evitar que causen, con su peso, males mayores al desplomarse, para el arcipreste. Ha hecho falta prometer que no serán repuestas jamás.
Los símbolos, no solamente de París, sino de Francia entera, son la Tour Eiffel y Notre-Dame. Cuando los franceses vean esta última envuelta en llamas, se producirá una conmoción nacional equivalente a una declaración de guerra. El país entero se quedará sin respiración y todas las demás preocupaciones y desavenencias pasarán a un segundo plano. El cuerpo social quedará unido como una piña esperando las consignas del jefe de Estado. Adiós al hebdomadario carnaval de los chalecos amarillos. La revuelta será arrancada de raíz, pues nadie sale a berrear por las calles cuando se tiene la respiración cortada. El resto dependerá de la habilidad de los políticos, los cuales, por cierto, recibirán instrucciones sobre la manera de comportarse en su debido momento.
Asfixiada la revolución en Francia, se extinguirá de inmediato en el resto del mundo. De una vez por todas, sus Amos deberán reconocer lo mucho que vale, lo merecido que se tiene el pan que le dan de comer y los pocos, aunque costosos, caprichos que le conceden.
Era la primera vez que Bemoz iba a utilizar su nuevo juguete y, dadas las especiales características de su bautismo de fuego, le había atribuido el nombre de Agni. Y Agni se le quedará para siempre, decidió. Hay algo inefable en el indio que inspira, incluso a él, la bestia surgida de la tierra, un terror sagrado. Desde el principio había intuido que le sería de una gran utilidad. Bajo su férula, no le faltarán las misiones. Habría sido un intolerable desperdicio que se perdiera un individuo así.
Una vez cumplida su misión, se escapará por las alcantarillas como la rata inmunda y gigantesca que es, sin que nadie lo vea salir de la catedral. Posteriormente, un equipo lo recuperará y lo traerá aquí, donde lo pondré en su funda hasta la nueva operación. Ahora bien, habrá que darle, de vez en cuando, el alimento que necesita, sin lo cual, no se podrá disponer de su lealtad. Para ello existen lugares mucho más apartados que éste y enemigos merecedores de sus cuidados y atención.
Tras rebañar el hueso de la última pata de cordero, lo chupó ruidosamente y lo dejó sobre el mantel, como si fuera un cuchillo más, un desaforado cuchillo de matarife, agarró una servilleta y la desplegó, secándose con ella primero la boca y la barbilla, alcanzando hasta parte de las mejillas, todo lo cual había acumulado enorme cantidad de grasa y relucía como si la piel estuviera iluminada desde el interior, luego las manos, igualmente pringosas. Tras ello, agarró la copa, que semejaba un cáliz de misa y la vació de un trago.
Inmediatamente acudió el camarero con las bandejas de los pasteles y el escanciador con el champagne. Bemoz los engullía enteros y bebía más que un saludador. Tras ese camarero vino otro y luego otro y finalmente uno más, hasta que un eructo formidable, atronador, digno del gigante Gargantúa, puso un repentino fin a todo ese ballet de libreas y bandejas y cubiertos de plata y de oro, cesando el ajetreo hasta la noche. Todos sabían que el ogro se iría a dormir la siesta durante horas y que entonces podrían desabrocharse los últimos botones de las camisas y respirar a pleno pulmón. Mientras el entero cuerpo del edificio temblara con sus ronquidos, podrían disfrutar de un lapso de serenidad. Después todo debía recomenzar para la cena.
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