LAS MÁSCARAS SIEMPRE HABLAN CON ACENTO INGLÉS

   Clara Bardés, nieta de un famoso pintor ya fallecido, ha sido contratada para restaurar una serie de cuadros, datando algunos de ellos de la Edad Media, que se conservan en la catedral Notre-Dame de París. Durante una visita que efectúa en solitario a la parte alta del edificio, cuando ya los turistas se han marchado, advierte allí la deforme silueta de Ergaster, un perverso torturador al que creía muerto y de quien hubiera podido ser una víctima más, junto con el profesor Alba Longa, a no ser porque, en el último instante, intervino el comisario Tynianov. La catedral se cerró tras ella y el criminal, que al parecer no la había visto, quedó dentro. Ya en su apartamento, aterrorizada, llamó a Alba Longa y éste se puso en contacto con Tynianov. Entre los tres, tirando del hilo de la presencia en la catedral de este asesino, especialista en la llamada “muerte de los mil cortes,” descubren una terrible conspiración, cuyas funestas consecuencias se prevén para los próximos días.

I

   Año segundo del reinado de Macron. Tal como habíamos previsto en el libro anterior, Francia se halla bajo el signo del caos y la desolación. Por veinteavo sábado consecutivo, las calles de París y de las principales ciudades de la nación son el escenario de un enfrentamiento, violento y sin concesiones, entre un pueblo y una policía que se ha puesto incondicionalmente a las órdenes de una élite; la cual, mediante un procedimiento antidemocrático y corruptor de un sistema político, ya de por sí defectuoso, ha copado ilegítimamente todos los órganos de poder y no está dispuesta a ceder un ápice ante las masivas protestas de un entero cuerpo social, cuyo nivel de vida ha sido peligrosamente degradado por los distintos gobiernos anteriores,  en los que ella ya dominaba, aunque no con la arrogancia, con la prepotencia, con el desprecio absoluto y sin fisuras que ahora, completamente desinhibida de todo sentimiento humanitario, manifiesta en relación con quienes no tienen más remedio que vivir de un trabajo asalariado.

   La confianza de un pueblo hacia sus instituciones se ha roto irremisiblemente y, en el mejor de los casos, tardará decenios, tal vez generaciones, en recomponerse. La realidad que, hace tan sólo unos meses, las masas no veían, o no querían ver, actualmente aparece con unos contornos tan nítidos y tan deslumbrantes que hieren la vista del contemplador y sólo con una dosis desmesurada, desaforada, de hipocresía y desvergüenza, los medios de comunicación, también bajo la férula de dicha élite que los financia y los posee, creen poder paliar los efectos de tan percuciente, poderosa, revelación; pero con ello no consiguen sino alargar y profundizar el foso que separa al grueso de las masas populares de las fuentes oficiales de información, de toda modalidad de discurso que emane del poder establecido, excepto del que propagan, más o menos libremente, los nuevos instrumentos de comunicación, a través de Internet y la tecnología de última hornada. Por esta razón, muchos periodistas son expulsados violentamente de las manifestaciones.

   Cada sábado, el corazón de las grandes metrópolis francesas, incluida París, se envuelve con el velo de los gases lacrimógenos, del humo de coches y edificios ardiendo; resuenan con el estallido de granadas de dispersión, disparos de LBD, proclamas, consignas, insultos, desafíos, provocaciones; se adorna con los variopintos colores de las más diversas y opuestas banderas, de las garabateadas pancartas y del amarillo colza que, una vez, esas mismas élites, tuvieron la desgracia de imponer, según la astuta patente de corso consistente en efectuar un exhaustivo catálogo de buenas intenciones, con objeto de explotarlas industrialmente y hacer un lucrativo y privativo negocio con ellas. Hoy en día, todo el mundo posee uno de esos chalecos amarillos, por obligación, “per opus”, por necesidad. Y pintan las ciudades de una primavera ácida, color limón o amarillo colza.

   La policía antidisturbios ha recibido la orden de apuntar a la cara de los manifestantes, con el objetivo evidente de sembrar el terror, de acabar con las protestas mediante el arma del espanto y del horror. Ya se contabilizan una veintena de tuertos, a causa de esas balas de goma, varios pies y manos arrancados, por explosión de las granadas lacrimógenas. Y los mandos policiales llevarán ante la historia la inconmensurable responsabilidad de haber acatado semejantes órdenes provenientes de una exigua minoría dirigente que, para salvar sus privilegios, no duda en deshonrar la Nación ante el mundo, en mutilar, en golpear, en humillar a los mismos ciudadanos que tiene la obligación de proteger y gobernar. Infinidad de testimonios gráficos muestran a policías apuntando, sin necesidad alguna, hacia lo alto, hacia la cara de quienes se encuentran allí, en la calle que es de todos, para defender el pan y el futuro de sus hijos.

   Tras los antidisturbios se concentran las hordas de la BAC, dispuestas a la razzia por sorpresa, a la fulgurante embestida que golpea con las porras, con las manos, que empuja y derriba con sus cuerpos acorazados por todo tipo de protecciones, que elige a una víctima, sea varón, hembra o adolescente, para echarla al suelo de cualquier manera, con tirón, con zancadilla, de los pelos si se trata de una mujer y ofrece ahí mejor presa, y acto seguido la arrastran por el suelo, la cubren, la esconden de los ojos y los objetivos de los curiosos, le golpean la cabeza contra el suelo, la sujetan con la rodilla, con todo el peso de sus cuerpos, en plural. Finalmente, rodean a los núcleos de manifestantes, los cercan y lanzan las granadas lacrimógenas en medio de ellos.

   Pero hoy en día, una dictadura no puede durar mucho tiempo, aunque se vista con los solemnes ropajes de una pseudodemocracia, de un grosero sucedáneo de democracia, aunque se dote de un formidable y todopoderoso aparato de propaganda, porque existe Internet y unos teléfonos móviles que filman y difunden, en el acto, las escenas que captan, a la ciudad y al mundo.

   La oligarquía, que había creído en el fin de la historia, razón por la cual dejó caer progresivamente una parte de la máscara, algún que otro velo pío que disimulaba su fealdad moral, se ve ahora amenazada en su corazón, en su médula, en el entero templo donde se venera el dios de la falsedad, la propaganda, el mito huero y el egoísmo, de modo que, ante la emergencia, no le importa dejar caer el resto de la careta y hacer un uso abierto y sin tapujos de la violencia mientras conserve el dominio de la fuerza.

   Sin embargo, la culpa de todo ese desacato, de todo ese desorden superlativo, no puede tenerla un solo hombre. Si bien ese hombre, Macron, ha contribuido, con una eficacia temible, mediante fórmulas discursivas absolutamente delirantes, formidables en su irresponsabilidad, mediante una actitud gratuitamente provocadora cuya arrogancia desmesurada sólo puede ser comparada, según declara un periódico británico, con su incompetencia, a echar, no aceite sobre el fuego, por emplear una expresión francesa, sino gasolina, queroseno, sobre una entera sociedad en llamas, sobre una nación que arde por sus cuatro costados, sobre un pueblo inflamado por una razón altamente combustible, precisamente a causa de su elevado grado de verdad y de justicia en sus reivindicaciones.

   No, no basta con un solo hombre para generar tal dimensión en el caos, en la exasperación generalizada, en el enfrentamiento de todos los cuerpos y capas de la sociedad e incluso de sus instituciones. Era menester, además, que estuviera rodeado, como diría un gran escritor latino, de la más espectacular cáfila de mampolones que imaginarse pueda. Jamás en la vida del mundo se ha visto semejante hato de incompetentes acaparar por completo todos los puestos de responsabilidad de una de las grandes naciones del planeta. Se diría que, en razón a la ausencia de un verdadero partido político de solera tras este gobierno, la absoluta totalidad de las altas funciones del Estado, incluidas los ministerios, ha sido acordada a los escolares que, durante las últimas elecciones presidenciales, llamaban a las puertas de las casas para hacer la propaganda electoral por su candidato. De ese candidato que rehusó participar en las primarias de un partido en que jamás había militado y en el que jamás había creído, pero que era útil para medrar y también para enredar. Todo ese pelotón de imberbes, bisoños en política, niñatos malcriados por una cuna de privilegiado, se encontraron, de la noche a la mañana, sin comérselo ni bebérselo, ministros con tal o cual cartera, subsecretarios de esto o de lo otro, consejeros de lo de más allá. Y entre todos han creado, en cuestión de unos meses, la mayor de las crisis que ha estallado en el mundo occidental después de la Segunda Guerra Mundial.

   Lo peor de todo es que están ellos a primera fila para solucionar lo que un hombre de las tripas de un De Gaulle o un Mitterrand quizá no hubiera bastado.

   Cuando esto acabe, ¿cómo no pedir responsabilidades, no ya a este hato de colegiales, sino a las altas instancias de las finanzas y de los medios de comunicación que hicieron posible, a fuerza de millones y de propaganda, que esto llegara a suceder?

   Paralelamente, en las instancias de la Unión Europea, jamás los vientos adversos habían soplado con tanta furia y las elecciones previstas para el 26 de mayo amenazan con desencadenar una tormenta sin precedentes. Los británicos no han podido salir todavía. Se hallan con un pie dentro y otro fuera, en una incómoda situación transitoria que genera una frustración cuyo contorno desborda el de las islas y se propaga al continente. Sin embargo, peor sería que consiguieran al cabo irse y no pasara absolutamente nada. Si bien, la verdadera puñalada trapera, la auténtica catástrofe disgregadora, la constituiría el hecho de que, no solamente no pasara nada, sino que, por el contrario, les fuera bien. Y no digamos si acaso les fuera mejor.

   Los países del Este europeo no toleran ya la inmigración salvaje. Las clases medias del Sur están hartas de pagar impuestos, de no ver los beneficios de los mismos y de empobrecerse a ojos vista. Sólo le va bien a Alemania, a Holanda, Dinamarca y a los países que se han reconvertido en paraísos fiscales. Pero un hombre es un voto y las melopeas, letanías y demás cantinelas de lo políticamente correcto no son tan eficaces como lo fueron antaño, antes de la Revolución del 2018.

   La situación es grave.

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La sombra de Notre Dame

Clara Bardés, nieta de un pintor célebre pero ya desaparecido, se encontró recientemente ante una tarea que podría cambiar no sólo el rumbo de su carrera, sino también su propia vida. Había asumido, con pasión y entrega, la restauración de una serie de cuadros conservados en la majestuosa catedral de Notre-Dame de París, algunos de los cuales se remontaban a la Edad Media.

Una tarde, cuando los turistas ya habían partido y las moles de piedra del templo quedaban encerradas en su silencio, Clara se atrevió a subir a los niveles superiores del edificio. Allí, entre los arcos góticos y las enigmáticas gárgolas, distinguió una silueta deformada. Era Ergaster, el sádico torturador que todos creían muerto; el mismo que estuvo a punto de hacerla víctima suya, junto con el profesor Alba Longa, de no haber intervenido en el último instante el comisario Tynianov.

La puerta de la catedral se había cerrado tras ella. El criminal permaneció dentro, sin haber percibido, al parecer, su presencia. Aún temblando de miedo, Clara regresó a su apartamento y de inmediato llamó al profesor. Longa se puso en contacto con Tynianov y así los tres comenzaron a desenredar la madeja de un asunto que desbordaba toda lógica.

Ergaster, especialista en la llamada “muerte de los mil cortes”, no era simplemente un asesino superviviente. Su presencia en Notre-Dame constituía una señal de una conspiración más amplia. Los hilos llevaban a una hermandad secreta, a reuniones sombrías en torno a mesas circulares, bajo pesados candelabros y máscaras venecianas de oro y diamantes.

Clara sentía que pisaba un terreno donde el pasado y el presente se enfrentaban. Los frescos y cuadros que había asumido salvar, testigos de siglos, parecían susurrarle advertencias. La catedral ya no era un simple lugar de culto o de historia; se había convertido en un teatro de una inminente catástrofe.

Los días siguientes se preveían decisivos. El trío, unido ya por el miedo pero también por el deber, debía desvelar la conspiración antes de que estallara con consecuencias incalculables. En las piedras de Notre-Dame no resonaban sólo salmos e himnos, sino también el eco de una amenaza que se acercaba metódicamente, como un trueno lejano que anuncia la tormenta.

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El Enfrentamiento Secreto entre la Iglesia y la Masonería: Un Velado Conflicto a lo Largo de la Historia.

El enfrentamiento histórico entre la Iglesia y la Masonería ha sido un tema oculto bajo capas de misterio y especulación. A medida que exploramos este enfrentamiento secreto, nos adentramos en un mundo donde las sombras danzan entre las piedras antiguas de catedrales y los salones de logias masónicas.

Los masones se consideran los Guardianes de la Luz o Arquitectos del Secreto. La Masonería, una sociedad fraternal que se remonta a los gremios de constructores de la Edad Media, ha sido envuelta en misterio y teorías de conspiración. Sus rituales secretos y símbolos enigmáticos han alimentado las sospechas de la Iglesia a lo largo del tiempo.

Desde los primeros días de la Masonería, la Iglesia expresó desconfianza. Las ideas ilustradas y el deseo de libertad individual promovidos por la Masonería entraron en conflicto con la autoridad eclesiástica. El caso de los Illuminati en el siglo XVIII avivó las llamas de la paranoia, llevando a la Iglesia a condenar a la Masonería.

A lo largo de la historia, la Iglesia emitió edictos y bulas papales contra la Masonería. En 1738, el Papa Clemente XII emitió la primera condena formal. La Inquisición también desempeñó un papel, persiguiendo a aquellos que eran sospechosos de tener vínculos masónicos.

Durante la Revolución Francesa, la Masonería fue vista como una fuerza impulsora detrás de los cambios sociales y políticos. La Iglesia condenó estos movimientos, considerándolos amenazas a su poder e influencia.

En el siglo XX, algunos líderes eclesiásticos adoptaron posturas más conciliatorias. El Concilio Vaticano II (1962-1965) expresó una actitud más abierta hacia otras religiones y organizaciones, incluida la Masonería. Sin embargo, la desconfianza persistió entre algunos sectores conservadores de la Iglesia.

Enfrentamiento Actual entre la Iglesia Católica y la Masonería: Entre Dogmas y Secretos

El enfrentamiento entre la Iglesia Católica y la Masonería ha evolucionado a lo largo de la historia, y en el contexto actual, ciertos sectores de la Iglesia mantienen una postura de desconfianza hacia la Masonería. Este enfrentamiento no solo está arraigado en las diferencias históricas, sino que también se nutre de percepciones contemporáneas y de la tensión entre dogmas religiosos y secretos masónicos.

En el siglo XXI, la Masonería sigue siendo vista por algunos sectores de la Iglesia como una entidad incompatible con la ortodoxia católica. La divergencia en términos filosóficos y dogmáticos sigue siendo un punto de conflicto. La promoción de la libertad individual y la búsqueda de la verdad por parte de la Masonería choca con la autoridad doctrinal y dogmática de la Iglesia.

A pesar de ciertos esfuerzos de reconciliación, algunos sectores conservadores de la Iglesia continúan emitiendo declaraciones oficiales desaconsejando la participación de católicos en la Masonería. La excomunión automática de los católicos que se unen a logias masónicas sigue siendo una realidad en algunos lugares.

En la Iglesia, las posturas conservadoras a menudo consideran a la Masonería como una fuerza secular que promueve valores contrarios a la fe católica. La falta de transparencia en las ceremonias masónicas y la percepción de secretismo alimentan la desconfianza.

La Iglesia católica busca preservar y promover su doctrina, manteniendo la fidelidad a los dogmas y ejerciendo influencia moral en la sociedad. Cualquier entidad que represente una amenaza perceptible contra estos objetivos es vista con sospecha.

La Masonería, por otro lado, aboga por principios de fraternidad, igualdad y libertad individual. Su enfoque en la iluminación personal y el pensamiento crítico choca a veces con la estructura doctrinal y la autoridad de la Iglesia. Sin embargo, su impermeabilidad, su elitismo, su secretismo, la posible pérdida de la independencia individual una vez se ha entrado en ella, la vasta red de influencias que utiliza, en cierto modo, como si fuera una mafia más y que le permite manejar la práctica totalidad de las instituciones, así como su compromiso político con la plutocracia, que ésta utiliza para afianzar su omnímodo poder, despiertan una desconfianza generalizada entre quienes todavía creen en la democracia y en la igualdad de oportunidades de todos los ciudadanos, sin distinción de medios y de clase social.

En un mundo que ha experimentado cambios significativos en términos de valores y percepciones, este enfrentamiento sigue siendo un recordatorio de las tensiones entre las instituciones que buscan preservar tradiciones centenarias y aquellas que abrazan ideales más contemporáneos.

El enfrentamiento actual entre ciertos sectores de la Iglesia Católica y la Masonería refleja las complejidades de reconciliar la fe arraigada en tradiciones con un mundo que abraza la diversidad de pensamiento y la exploración personal. A medida que ambos campos buscan avanzar sus objetivos, el choque de filosofías y valores persiste, dejando este enfrentamiento en constante evolución en el tejido de la historia religiosa y social.

Si bien la relación permanece tensa en el siglo XXI, lo cierto es que se han producido ciertos intentos de diálogo. La relación entre la Iglesia y la Masonería sigue siendo complicada. La excomunión automática de los católicos que se unen a logias masónicas no se derogó hasta 1983.

El enfrentamiento entre la Iglesia y la Masonería es tan antiguo como complejo. A medida que avanzamos en el siglo XXI, estas instituciones siguen siendo guardianes de sus respectivas tradiciones y secretos, las sombras del pasado perduran, y la naturaleza exacta de su relación permanece envuelta en misterio.

Este enfrentamiento secreto, una danza entre la luz y la oscuridad, continúa dejando su marca en la historia, recordándonos que incluso en el mundo de lo sagrado, las intrigas y los secretos pueden florecer.

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FRAGMENTO DE «LAS MÁSCARAS HABLAN SIEMPRE CON ACENTO INGLÉS.»

VIII

   A Bemoz y sus lugartenientes, así como a su equipo operacional y demás miembros de su séquito, se les había asignado como domicilio un palacete en las afueras de París, mientras duraran las operaciones en esa capital.

   Sentado solo, en el porche de su residencia temporal, ante una mesa pantagruélica recubierta de un mantel cegador de tan blanco, devoraba el almuerzo que su cocinero personal, quien le acompañaba en todos sus desplazamientos por los cinco continentes, le había preparado ese domingo. Los camareros acudían periódicamente a retirar los platos vacíos, así como las montañas de espinas y huesos, absolutamente mondos, que el coloso iba dejando a un lado.

   En el perfecto silencio de la mansión, sólo se toleraba la orquesta canora de los alados pobladores de la espesa selva constituida por el jardín que rodeaba el edificio principal.

   De tanto en tanto, se acercaba un criado en librea y rellenaba la copa que nunca debía mostrarse vacía. Entre viaje y viaje, el sirviente se ocupaba en descorchar las diferentes botellas, de vino blanco o tinto, siempre de los mejores y más costosos caldos, en función del programa establecido. Para terminar, una botella de champagne, cuyo valor superaba el salario mensual de un obrero, se enfriaba en la nevera, esperando ser abierta en el momento justo del sofisticado postre.

   Mientras las potentes mandíbulas de Bemoz masticaban los distintos manjares con el poderío y la suficiencia de una máquina hidráulica, su cerebro rumiaba los últimos acontecimientos.

   La idea de aprovechar la aversión notoria del arcipreste rector, Mauricio de Sully, por Viollet-le-Duc se había revelado genial. El resultado producido era algo insólito, impensable, en apariencia contradictorio, y altamente rentable. Los inveterados y enconados enemigos colaborando en una causa común. Eso sí, de manera puntual y transitoria, absolutamente excepcional.

   El arcipreste se había mostrado un negociador intransigente, había regateado en corto, tanto respecto al compromiso formal del Estado para reconstruir con arreglo a un plan preciso, como con relación a la reacción posterior de la Iglesia, colaborativa, sí, pero sólo hasta cierto punto y con limitación en el tiempo. Lo esencial, sin embargo, había sido conseguido, a saber, que no pusiera el grito en el cielo y no llamara, en caliente, a una cruzada. De todos modos, la cabeza principal de la bestia, aunque no la única, la controlamos. Si decidieran incumplir parte de las condiciones, no irían muy lejos.

   Ahora todo está dispuesto. Hacía falta un combustible especial para hacer arder esas vigas milenarias, casi fosilizadas. Agni dispone ya en su tabuco de uno hecho a base de oxígeno líquido y sabe cómo utilizarlo. En pocos minutos, el techo arderá como una tea, iluminando el cielo de París al atardecer. Las estatuas de Viollet-le-Duc han sido retiradas con la doble excusa de ser restauradas y limpiadas, para el vulgo, y la de evitar que causen, con su peso, males mayores al desplomarse, para el arcipreste. Ha hecho falta prometer que no serán repuestas jamás.  

   Los símbolos, no solamente de París, sino de Francia entera, son la Tour Eiffel y Notre-Dame. Cuando los franceses vean esta última envuelta en llamas, se producirá una conmoción nacional equivalente a una declaración de guerra. El país entero se quedará sin respiración y todas las demás preocupaciones y desavenencias pasarán a un segundo plano. El cuerpo social quedará unido como una piña esperando las consignas del jefe de Estado. Adiós al hebdomadario carnaval de los chalecos amarillos. La revuelta será arrancada de raíz, pues nadie sale a berrear por las calles cuando se tiene la respiración cortada. El resto dependerá de la habilidad de los políticos, los cuales, por cierto, recibirán instrucciones sobre la manera de comportarse en su debido momento.

   Asfixiada la revolución en Francia, se extinguirá de inmediato en el resto del mundo. De una vez por todas, sus Amos deberán reconocer lo mucho que vale, lo merecido que se tiene el pan que le dan de comer y los pocos, aunque costosos, caprichos que le conceden.  

   Era la primera vez que Bemoz iba a utilizar su nuevo juguete y, dadas las especiales características de su bautismo de fuego, le había atribuido el nombre de Agni. Y Agni se le quedará para siempre, decidió. Hay algo inefable en el indio que inspira, incluso a él, la bestia surgida de la tierra, un terror sagrado. Desde el principio había intuido que le sería de una gran utilidad. Bajo su férula, no le faltarán las misiones. Habría sido un intolerable desperdicio que se perdiera un individuo así.

   Una vez cumplida su misión, se escapará por las alcantarillas como la rata inmunda y gigantesca que es, sin que nadie lo vea salir de la catedral. Posteriormente, un equipo lo recuperará y lo traerá aquí, donde lo pondré en su funda hasta la nueva operación. Ahora bien, habrá que darle, de vez en cuando, el alimento que necesita, sin lo cual, no se podrá disponer de su lealtad. Para ello existen lugares mucho más apartados que éste y enemigos merecedores de sus cuidados y atención.

   Tras rebañar el hueso de la última pata de cordero, lo chupó ruidosamente y lo dejó sobre el mantel, como si fuera un cuchillo más, un desaforado cuchillo de matarife, agarró una servilleta y la desplegó, secándose con ella primero la boca y la barbilla, alcanzando hasta parte de las mejillas, todo lo cual había acumulado enorme cantidad de grasa y relucía como si la piel estuviera iluminada desde el interior, luego las manos, igualmente pringosas. Tras ello, agarró la copa, que semejaba un cáliz de misa y la vació de un trago.

   Inmediatamente acudió el camarero con las bandejas de los pasteles y el escanciador con el champagne. Bemoz los engullía enteros y bebía más que un saludador. Tras ese camarero vino otro y luego otro y finalmente uno más, hasta que un eructo formidable, atronador, digno del gigante Gargantúa, puso un repentino fin a todo ese ballet de libreas y bandejas y cubiertos de plata y de oro, cesando el ajetreo hasta la noche.    Todos sabían que el ogro se iría a dormir la siesta durante horas y que entonces podrían desabrocharse los últimos botones de las camisas y respirar a pleno pulmón. Mientras el entero cuerpo del edificio temblara con sus ronquidos, podrían disfrutar de un lapso de serenidad. Después todo debía recomenzar para la cena.

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