La sombra de Notre Dame

Clara Bardés, nieta de un pintor célebre pero ya desaparecido, se encontró recientemente ante una tarea que podría cambiar no sólo el rumbo de su carrera, sino también su propia vida. Había asumido, con pasión y entrega, la restauración de una serie de cuadros conservados en la majestuosa catedral de Notre-Dame de París, algunos de los cuales se remontaban a la Edad Media.

Una tarde, cuando los turistas ya habían partido y las moles de piedra del templo quedaban encerradas en su silencio, Clara se atrevió a subir a los niveles superiores del edificio. Allí, entre los arcos góticos y las enigmáticas gárgolas, distinguió una silueta deformada. Era Ergaster, el sádico torturador que todos creían muerto; el mismo que estuvo a punto de hacerla víctima suya, junto con el profesor Alba Longa, de no haber intervenido en el último instante el comisario Tynianov.

La puerta de la catedral se había cerrado tras ella. El criminal permaneció dentro, sin haber percibido, al parecer, su presencia. Aún temblando de miedo, Clara regresó a su apartamento y de inmediato llamó al profesor. Longa se puso en contacto con Tynianov y así los tres comenzaron a desenredar la madeja de un asunto que desbordaba toda lógica.

Ergaster, especialista en la llamada “muerte de los mil cortes”, no era simplemente un asesino superviviente. Su presencia en Notre-Dame constituía una señal de una conspiración más amplia. Los hilos llevaban a una hermandad secreta, a reuniones sombrías en torno a mesas circulares, bajo pesados candelabros y máscaras venecianas de oro y diamantes.

Clara sentía que pisaba un terreno donde el pasado y el presente se enfrentaban. Los frescos y cuadros que había asumido salvar, testigos de siglos, parecían susurrarle advertencias. La catedral ya no era un simple lugar de culto o de historia; se había convertido en un teatro de una inminente catástrofe.

Los días siguientes se preveían decisivos. El trío, unido ya por el miedo pero también por el deber, debía desvelar la conspiración antes de que estallara con consecuencias incalculables. En las piedras de Notre-Dame no resonaban sólo salmos e himnos, sino también el eco de una amenaza que se acercaba metódicamente, como un trueno lejano que anuncia la tormenta.

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