Historia del buscón llamado don Pablos: la carcajada feroz de Quevedo ante una sociedad sin redención

En síntesis: El Buscón narra el fracaso de Pablos frente a una sociedad obsesionada con el linaje, la apariencia y el honor. La sátira de Quevedo convierte la novela picaresca en una crítica implacable del Siglo de Oro.

Pablos y la sociedad del Siglo de Oro

Hay libros que envejecen y otros que, con el paso de los siglos, parecen adquirir una capacidad aún mayor para incomodar. Historia del buscón llamado don Pablos pertenece sin duda a estos últimos. Escrita por Francisco de Quevedo en las primeras décadas del siglo XVII y publicada por primera vez en Zaragoza en 1626, la novela es una de las cumbres indiscutibles de la literatura picaresca española y, al mismo tiempo, una de las sátiras más despiadadas que produjo el Siglo de Oro.

Quien se acerque al Buscón esperando simplemente una sucesión de aventuras cómicas encontrará mucho más. Bajo el ingenio verbal, la caricatura y el humor grotesco se despliega una visión profundamente amarga de la sociedad. Quevedo no contempla el mundo de don Pablos con indulgencia. Lo observa como si cada personaje, cada oficio, cada aspiración y cada gesto social revelaran una grieta moral más profunda.

Pablos nace marcado por un origen que desea desesperadamente abandonar. Su padre es barbero y ladrón; su madre, personaje de reputación más que dudosa, aparece asociada a prácticas supersticiosas y delictivas. Desde las primeras páginas se impone así uno de los grandes conflictos de la obra: el deseo del protagonista de escapar de la condición que le ha sido asignada por nacimiento.

Pablos quiere ascender. Quiere ser reconocido. Quiere convertirse en alguien distinto de aquello que la sociedad dice que es.

Y fracasa.

Ese fracaso constituye el corazón de la novela.

El itinerario del protagonista puede leerse como una sucesión de intentos frustrados de abandonar la marginalidad. Pablos cambia de ciudad, de compañía, de apariencia e incluso de identidad social, pero siempre termina regresando al lugar del que pretendía huir. El desplazamiento geográfico no produce transformación moral alguna. La huida no conduce a la regeneración.

Quevedo formula esta idea con extraordinaria contundencia al final de la obra, cuando el protagonista decide partir hacia las Indias con la esperanza de mejorar su fortuna. La conclusión desmiente inmediatamente esa esperanza: cambiar de lugar no basta cuando no se cambia de vida y de costumbres.

Es una de las lecciones más severas de toda la literatura picaresca.

Pero el Buscón no es únicamente una historia de fracaso individual. Es también el retrato deformado de una sociedad obsesionada con la apariencia, el linaje, el dinero y el honor.

Los personajes que Pablos encuentra durante su recorrido forman una galería inolvidable de tipos humanos: maestros crueles, estudiantes miserables, hidalgos hambrientos, falsos caballeros, delincuentes, farsantes y aspirantes a una respetabilidad que casi siempre se sostiene sobre el engaño.

Uno de los episodios más célebres es el protagonizado por el licenciado Cabra, maestro de pupilaje cuya avaricia alcanza dimensiones casi monstruosas. La descripción que hace Quevedo de su cuerpo demacrado y de la miseria alimentaria a la que somete a sus alumnos constituye una de las grandes piezas de caricatura literaria del barroco español.

En Quevedo, el cuerpo nunca es simplemente cuerpo. Se convierte en lenguaje.

La extrema delgadez, la suciedad, la deformidad, la enfermedad o el hambre son procedimientos mediante los cuales el escritor convierte la realidad física en una acusación moral. El mundo del Buscón aparece degradado porque la sociedad que representa también lo está.

De ahí la importancia del estilo.

Quevedo fue uno de los grandes maestros del conceptismo, esa tendencia barroca que concentraba el significado mediante asociaciones inesperadas, juegos intelectuales, dobles sentidos, metáforas violentas y extraordinarias condensaciones expresivas.

En el Buscón, prácticamente ninguna descripción es neutral. Cada frase puede contener una exageración, una ironía o un desplazamiento semántico. Las palabras no se limitan a representar el mundo: lo deforman.

La realidad pasa por el lenguaje de Quevedo y sale de él convertida en caricatura.

Por eso leer el Buscón significa también enfrentarse a uno de los experimentos lingüísticos más brillantes de la prosa española. Muchas páginas funcionan simultáneamente como narración, sátira social y ejercicio de virtuosismo verbal.

Pero detrás de esa brillantez existe una cuestión más incómoda.

¿Podemos considerar a Pablos una víctima?

En parte, sí.

Ha nacido dentro de una sociedad extraordinariamente rígida, en la que la honra y el linaje condicionan profundamente las posibilidades de ascenso. El protagonista comprende muy pronto que su origen funciona como una condena social.

Sin embargo, Quevedo se resiste a convertirlo en un héroe injustamente perseguido.

Pablos engaña, roba, miente y manipula. Su deseo de ascender socialmente no suele apoyarse en el esfuerzo o en la transformación moral, sino en la simulación. Quiere parecer aquello que no es.

Esta ambigüedad vuelve extraordinariamente moderna la novela.

El lector puede comprender la violencia de la estructura social que oprime al protagonista y, al mismo tiempo, reconocer su propia responsabilidad en muchas de sus desgracias.

Ahí reside una diferencia decisiva respecto de otras obras de la tradición picaresca.

En Lazarillo de Tormes, el lector suele percibir con claridad cómo la necesidad y el hambre condicionan el comportamiento del protagonista. En el Buscón, Quevedo endurece el mecanismo. La pobreza continúa siendo esencial, pero el relato está impregnado por una mirada moral mucho más severa.

La risa que provoca la novela rara vez es completamente inocente.

Nos reímos de personajes humillados, de cuerpos degradados y de aspiraciones destruidas. La comicidad surge muchas veces de la crueldad.

Ese elemento obliga al lector contemporáneo a abordar la obra con cierta distancia crítica.

El Buscón pertenece a una sociedad profundamente jerarquizada y reproduce muchos de sus prejuicios. Algunas descripciones y determinados personajes incorporan estereotipos propios del contexto histórico y cultural del siglo XVII que hoy exigen una lectura contextualizada.

Pero precisamente ahí reside también el interés de leer los clásicos sin convertirlos en objetos decorativos.

Los clásicos no tienen por qué confirmar nuestras sensibilidades. A veces su función consiste justamente en enfrentarnos a universos morales distintos del nuestro.

Leer hoy a Quevedo significa entrar en una España barroca atravesada por profundas tensiones: decadencia económica, obsesión por la limpieza de sangre, desigualdad social, hambre, honor, religiosidad, violencia y permanente contradicción entre apariencia y realidad.

El mundo de Pablos es inseparable de ese contexto.

España conservaba todavía la imagen exterior de una gran potencia imperial, pero en su interior las dificultades económicas y sociales eran cada vez más evidentes. La literatura del período respondió a esa contradicción mediante una extraordinaria capacidad para mostrar la fragilidad escondida detrás de las apariencias.

Y pocos escritores llevaron esa operación tan lejos como Quevedo.

Su sociedad está llena de personajes que representan algo que no son.

El hidalgo aparenta riqueza mientras pasa hambre.

El delincuente busca respetabilidad.

El pobre intenta parecer caballero.

El ignorante quiere parecer sabio.

El cobarde se presenta como valiente.

El mundo entero parece participar en una representación.

Esta obsesión barroca por la oposición entre ser y parecer atraviesa toda la novela.

Pablos no quiere solamente mejorar su vida. Quiere construir una identidad distinta. Su fracaso revela el límite de esa empresa.

Por eso el Buscón puede resultar sorprendentemente cercano al lector contemporáneo.

Aunque las estructuras sociales hayan cambiado radicalmente, seguimos viviendo en sociedades donde la identidad pública, el prestigio, la apariencia y la representación tienen un enorme valor. Las redes sociales han llevado incluso esa lógica a una intensidad que Quevedo habría observado probablemente con fascinación satírica.

El deseo de parecer más rico, más exitoso, más culto o más poderoso de lo que realmente se es no pertenece exclusivamente al siglo XVII.

Tal vez por eso Pablos continúa resultándonos reconocible.

No porque compartamos su mundo, sino porque conocemos su deseo.

El deseo de escapar de uno mismo.

El deseo de ser aceptado.

El deseo de convertirse en aquello que los demás admiran.

Y también el peligro de creer que basta con cambiar la apariencia para transformar la realidad.

Cuatro siglos después de su publicación, Historia del buscón llamado don Pablos conserva intacta su capacidad para divertir, sorprender e incomodar.

Es una novela breve, vertiginosa y lingüísticamente prodigiosa. Pero es también una obra mucho más oscura de lo que puede sugerir inicialmente su fama humorística.

Detrás de cada burla aparece una sociedad que excluye.

Detrás de cada aventura, un intento de ascenso frustrado.

Detrás de cada máscara, la imposibilidad de escapar completamente del propio origen.

Y detrás de todo ello permanece la voz de Francisco de Quevedo, una de las inteligencias literarias más afiladas de nuestra lengua, observando el mundo con una mezcla irrepetible de lucidez, erudición, humor y ferocidad.

Leer el Buscón no significa solamente regresar a uno de los grandes clásicos de la literatura española.

Significa entrar en una sociedad que ha desaparecido y descubrir, con cierta inquietud, que algunas de sus vanidades siguen siendo las nuestras.

El día que la literatura española prefirió el amor terrenal a la falsa santidad

En síntesis: Pepita Jiménez enfrenta la vocación religiosa de Luis de Vargas con el deseo amoroso y emplea la ironía para cuestionar la falsa santidad.

Pepita Jiménez entre deseo y vocación

A finales del siglo XIX, la novela española parecía dividida entre la denuncia social, el debate ideológico y esa fascinación casi anatómica por la miseria que traía el naturalismo francés. Sin embargo, en 1874, un diplomático cultísimo, esteta e irónico llamado Juan Valera decidió publicar una obra que rompía alegremente con la pesadumbre del momento. Su título era Pepita Jiménez, y su propuesta, algo profundamente revolucionario para la época: defender que la vida, la belleza y la felicidad terrenal no son enemigos de la virtud, sino su forma más plena.

Para construir esta provocación elegante, Valera no necesitó grandes escándalos ni escenarios estrambóticos. Le bastó la calma luminosa de un pueblo andaluz y un triángulo afectivo fascinante. La historia arranca con el regreso a casa de Don Luis de Vargas, un joven seminarista a punto de ordenarse sacerdote que ha sido educado lejos del mundo, alimentado de lecturas místicas y de una fe ciega en su propio destino sagrado. Luis vuelve para pasar una temporada con su padre, Don Pedro, un próspero hidalgo maduro que se encuentra en pleno cortejo de la mujer más deseada del lugar: Pepita Jiménez, una viuda de apenas veinte años, tan virtuosa como independiente y atractiva.

Lo que parecía una visita rutinaria se convierte de inmediato en un auténtico campo de batalla psicológico. Al entrar en contacto con el día a día del campo, con las conversaciones reposadas y con la presencia serena de Pepita, la coraza espiritual de Don Luis empieza a agrietarse.

El gran acierto de Valera radica en cómo retrata el autoengaño del seminarista. A través de las cartas que el joven envía a su tío, un deán de la Iglesia que ha sido su mentor, el lector asiste en tiempo real a una prodigiosa comedia del disimulo inconsciente. Luis insiste una y otra vez en que Pepita solo le inspira un afecto piadoso, una compasión fraterna o un interés estético; asegura que rezará por ella y que su vocación hacia el sacerdocio es inamovible. Sin embargo, entre línea y línea, la prosa delatadora de Valera deja ver cómo el muchacho analiza cada gesto de la joven, cómo repara en la pulcritud de sus manos, en la intensidad de sus miradas y en el perfume que deja al pasar.

Detrás de la aparente vocación mística de Luis no hay solo fe, sino también una buena dosis de soberbia intelectual. El joven se ha enamorado de la idea de ser un santo, un héroe de la Iglesia admirado por todos, elevado por encima de las debilidades del resto de los mortales. Pepita Jiménez representa la fuerza de la realidad: la naturaleza viva que se rebela contra las construcciones teóricas y las ambiciones ególatras vestidas de piedad.

La arquitectura narrativa de la novela refleja magistralmente esta transformación. La primera parte, puramente epistolar, nos encierra en la mente analítica y evasiva de Luis. Pero cuando los sentimientos desbordan la contención del papel y la tensión entre los dos jóvenes se vuelve insostenible, la novela abandona las cartas y adopta un narrador en tercera persona. La palabra debe dar paso a los hechos, culminando en un encuentro a oscuras donde el diálogo sincero y el contacto físico destruyen para siempre las ilusiones de santidad del seminarista.

A diferencia de otros grandes autores de su tiempo, como Benito Pérez Galdós o Emilia Pardo Bazán, Juan Valera rechazó de pleno la idea de que el arte debiera servir para moralizar de forma rígida o para retratar únicamente los aspectos oscuros y deterministas de la sociedad. Valera era un firme defensor del «arte por el arte» y del realismo idealizado: creía que la literatura tenía como misión principal proporcionar gozo estético, elegancia y consuelo. Por eso, en Pepita Jiménez no hay villanos repulsivos ni desenlaces trágicos. El propio padre de Luis, lejos de actuar como un rival celoso o despótico al descubrir lo que ocurre entre su hijo y la mujer que él pretendía, reacciona con una generosidad y una lucidez desarmantes, celebrando que el muchacho elija la vida real en lugar de un sacerdocio frustrado.

Releer hoy Pepita Jiménez en formato de artículo o ensayo es redescubrir una de las defensas más ingeniosas del vitalismo en la historia de la literatura en español. Valera no escribió una obra anticlerical ni una sátira vulgar; escribió una lección de madurez. Nos recuerda que no hay mayor peligro moral que el orgullo disfrazado de virtud y que, a menudo, la verdadera sabiduría consiste en desmontar nuestras propias fantasías de grandeza para atrevernos a abrazar, sin culpa, la felicidad simple y terrenal que nos ofrece el mundo.

Lazarillo de Tormes: el nacimiento de una voz moderna

En síntesis: Lazarillo de Tormes inaugura una voz autobiográfica moderna y convierte el hambre, el aprendizaje y la hipocresía social en los motores de la novela picaresca.

La voz de Lázaro y la novela picaresca

Hay libros cuya importancia procede de la perfección con la que culminan una tradición y otros cuya grandeza nace de haber abierto un camino que antes parecía inconcebible. La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades pertenece a esta segunda categoría. Su aparición anónima en 1554 introdujo en la literatura española una voz desconocida hasta entonces: la de un muchacho pobre que no aspiraba a conquistar reinos, defender una dama o restaurar un linaje, sino simplemente a comer, resistir y encontrar un lugar soportable dentro de una sociedad adversa.

El gesto literario resultaba radical. Frente a los caballeros de ascendencia ilustre, las aventuras extraordinarias y los mundos idealizados, Lázaro ofrece la historia menuda de una existencia condicionada por la necesidad. Su nacimiento junto al río Tormes no anuncia un destino heroico, sino una identidad humilde y casi fortuita. Su padre muere después de haber sido castigado por pequeños hurtos; su madre, empujada por la pobreza, lo entrega a un ciego; y el niño comienza así un aprendizaje en el que cada amo representa una nueva forma de violencia, simulación o desengaño.

El hambre constituye la experiencia fundamental de los primeros tratados. No es un simple motivo argumental, sino una fuerza que modela la inteligencia del protagonista. Lázaro aprende a observar, calcular, fingir y robar porque la necesidad le impone su propia moral. Con el ciego descubre que la inocencia es incompatible con la supervivencia. El golpe recibido contra el toro de piedra inaugura brutalmente su educación: el niño comprende que se encuentra solo y que deberá servirse de su ingenio para defenderse. A partir de ese momento, cada episodio se convierte en una pequeña batalla entre la astucia del amo y la del criado.

El clérigo de Maqueda agrava la experiencia. Si el ciego era avaro, el clérigo encarna una contradicción aún más perturbadora: administra los bienes espirituales y predica la caridad, pero mantiene a su servidor al borde de la muerte. El arca donde guarda el pan adquiere entonces las dimensiones de una fortaleza asediada. Las llaves, los agujeros y las supuestas incursiones de ratones y culebras transforman el hambre en una compleja guerra de interpretación. El episodio es cómico, pero su comicidad no atenúa la crueldad; al contrario, la vuelve más visible.

Con el escudero, la obra introduce uno de sus motivos centrales: la tiranía de la apariencia. Lázaro cree haber encontrado por fin un amo digno y acomodado. Pronto descubre que el hidalgo no posee comida, recursos ni capacidad para sostener la vida que pretende representar. Su honra depende de gestos, posturas y silencios. Prefiere pasar hambre antes que reconocer públicamente su pobreza. La inversión es magistral: el criado debe alimentar al amo, mientras el amo conserva una superioridad puramente ceremonial. La honra deja así de ser una virtud interior y se convierte en una máscara social que exige sacrificios absurdos.

Los amos posteriores amplían este inventario moral. El fraile, el buldero, el capellán y el alguacil vinculan la vida del protagonista con diferentes instituciones y oficios. Especial importancia posee el buldero, cuya habilidad para fabricar milagros y administrar la credulidad revela una sociedad en la que la verdad puede ser escenificada con eficacia comercial. Lázaro ya no contempla estos engaños con la sorpresa del niño recién entregado al ciego. Su mirada se ha acostumbrado progresivamente al fraude y comienza a integrarlo como parte ordinaria del mundo.

Esta evolución explica la extraordinaria complejidad del desenlace. Lázaro alcanza finalmente cierta estabilidad como pregonero de Toledo y contrae matrimonio con una criada del arcipreste de San Salvador. Sin embargo, sobre esa prosperidad circulan rumores acerca de la relación entre su mujer y el clérigo. Lázaro decide no escuchar las murmuraciones y declara encontrarse en la cumbre de toda buena fortuna. La expresión puede entenderse como una afirmación sincera, una defensa interesada o una ironía que el propio narrador no domina enteramente.

Ahí reside una de las mayores innovaciones del libro. Lázaro no es únicamente el personaje que vivió los acontecimientos; es también el adulto que los selecciona, ordena y explica. Entre ambos existe una distancia que el lector debe interpretar. El narrador pretende justificar su situación presente, pero los episodios que cuenta pueden revelar más de lo que él desea admitir. Su relato se convierte así en un ejercicio de autodefensa y, al mismo tiempo, en el testimonio involuntario de una degradación. El niño que robaba pan para no morir termina aceptando determinadas apariencias para conservar la seguridad alcanzada.

La anonimia de la obra ha alimentado durante siglos innumerables hipótesis. Se han propuesto autores pertenecientes a ámbitos cortesanos, humanistas, religiosos y reformistas, pero ninguna atribución ha logrado imponerse de manera definitiva. Este silencio del nombre parece, en cierto modo, adecuado a la naturaleza del libro. Lazarillo de Tormes no se presenta bajo la autoridad pública de un autor prestigioso, sino mediante la voz subalterna de alguien que pide ser escuchado porque su versión de los hechos ha permanecido fuera del relato oficial.

La obra fue además objeto de censura. Su tratamiento de determinadas figuras eclesiásticas, su sátira institucional y la ambigüedad de su perspectiva hicieron que fuera incluida en el índice inquisitorial. Posteriormente circuló una versión expurgada. Sin embargo, ni la censura ni las continuaciones apócrifas pudieron reducir la fuerza del texto original. Su influencia se extendió por la narrativa europea y contribuyó decisivamente a la formación de aquello que más tarde sería denominado novela picaresca.

Pero la grandeza del Lazarillo excede cualquier clasificación escolar. No se limita a inaugurar un género ni a ofrecer un documento sobre la sociedad del siglo XVI. Su verdadera permanencia procede de la precisión con la que representa ciertos conflictos humanos: la lucha por la subsistencia, el peso de las jerarquías, la necesidad de aparentar, la capacidad de justificar las propias renuncias y la frontera incierta entre adaptación y complicidad.

La presente edición filológica de lectura se propone devolver al lector toda esa riqueza sin convertir la obra en una pieza arqueológica. Los siete tratados aparecen completos y acompañados de un estudio introductorio, cronología, criterios editoriales, ochenta y una notas a pie de página, las adiciones de la edición de Alcalá, un glosario histórico y una bibliografía selecta. La regularización gráfica facilita la lectura contemporánea, mientras que las notas restituyen el contexto lingüístico, social e institucional necesario para comprender los matices del relato.

Leer hoy Lazarillo de Tormes significa asistir al nacimiento de una conciencia narrativa extraordinariamente moderna. Lázaro habla para explicar su vida, pero al hacerlo revela un mundo entero. Su voz parece humilde y, sin embargo, desmantela las pretensiones de quienes se consideran superiores. Parece resignada, aunque conserva una ironía corrosiva. Parece transparente, pero obliga al lector a desconfiar de cada justificación. En esa tensión entre lo dicho y lo insinuado, entre la risa y la crueldad, entre la fortuna proclamada y la adversidad todavía visible, permanece intacta la inagotable vitalidad de esta obra.

De vuelta al punto, novela de la memoria, la disidencia y la forma

   En un panorama literario saturado de relatos de fácil consumo, De vuelta al punto, de José Alemany Puig, irrumpe como una obra exigente, lúcida y hondamente moral. Tercer volumen del ciclo Crónicas de Sajará, esta novela confirma que todavía es posible narrar la memoria colectiva desde la inteligencia formal y la intensidad ética. Con un estilo que remite a los grandes exploradores del lenguaje narrativo —Rafael Chirbes, Juan Benet o Almudena Grandes—, Alemany construye una ficción donde la verdad no se proclama: se indaga.

   La novela alterna tres registros narrativos: los cuadernos manuscritos del padre y del abuelo Colliure, y una voz externa que, desde la distancia justa, organiza los fragmentos. Este juego polifónico no busca alardes estructurales, sino poner a prueba las distintas versiones de la historia. En De vuelta al punto, cada testimonio se confronta con otro, y cada memoria privada se mide con la colectiva. Así, la verdad se convierte en un proceso, no en un dogma.

   La trama se sitúa en una pequeña ciudad de provincias, donde José Colliure vuelve a ganarse la vida como taxista tras rechazar los favores del régimen franquista. En los cafés y casinos locales, su oposición pública lo enfrenta a viejos amigos, a la sospecha y, finalmente, al aislamiento. Su resistencia no es heroica ni panfletaria: es civil, cotidiana, articulada en gestos y silencios. En esa mirada moral sin retórica reside gran parte de la fuerza de la novela.

   Sobre esa base realista se superpone una trama de intriga. El asesinato de Rosendo Palacios y las pesquisas del sargento Calatayud introducen una dimensión de novela negra que funciona como motor ético: cada crimen es una pregunta sobre la responsabilidad. La investigación desplaza continuamente las hipótesis —¿venganza política o pasión amorosa? — y, con ello, desnuda los mecanismos de la verdad manipulada. Lo que parece un “caso resuelto” se revela como una escenificación calculada por Santiago Palau, hijo del antiguo alcalde republicano ajusticiado: un hombre que, en su afán de justicia, termina construyendo un teatro del engaño.

   En el fragmento final, el lector asiste al desenlace de esta maquinaria narrativa: los cuerpos, las cartas, los informes, las lluvias y los silencios se encadenan con una precisión casi forense. Cuando la verdad por fin emerge, lo hace demasiado tarde. La claridad llega con el cese de la lluvia, bajo un cielo estrellado que más que iluminar, sentencia.

   Nada en la escritura de Alemany es accesorio. Su prosa, densa pero respirable, está hecha de frases largas, minuciosas, que combinan la elegancia con la exactitud. Los espacios —el casino “La Linterna”, el marjal, las calles encharcadas— actúan como testigos de la conciencia. La lluvia persistente, que empapa el relato de principio a fin, es metáfora de una España que aún no ha secado sus heridas. La novela demuestra que el estilo puede ser una forma de ética: escribir con precisión es también resistir a la mentira.

   De vuelta al punto es, además, una novela de herencias cruzadas. Tres generaciones —abuelo, padre e hijo— narran, recuerdan y corrigen el pasado. Esa estructura coral transforma la saga familiar en espejo de la historia del país: cada voz reescribe la anterior, y en esa relectura se articula la posibilidad de una verdad compartida. La memoria, aquí, no es una acumulación de recuerdos, sino un acto de responsabilidad.

   Lejos de las reconstrucciones nostálgicas o de los discursos de revancha, Alemany propone una literatura que observa y razona. La presencia de diarios, cartas y confesiones no es un recurso estético, sino una declaración de principios: si la sociedad se edifica sobre silencios, la literatura debe ser el lugar donde esos silencios se rompen. Como señala Paul Ricœur, recordar es también interpretar; y esta novela se mueve justo en ese territorio donde la memoria se vuelve conocimiento.

   En tiempos de polarización y de relatos fáciles, De vuelta al punto defiende que la memoria sigue siendo un espacio de inteligencia. Releer la posguerra no implica abrir viejas heridas, sino aprender a mirarlas sin temor. Alemany Puig convierte la narrativa en un laboratorio moral: un lugar donde la verdad se busca con el rigor del historiador, la sensibilidad del poeta y la paciencia del juez.

   En definitiva, De vuelta al punto no solo continúa una saga literaria; reivindica una tradición: la de los escritores que entienden que narrar no es adoctrinar, sino pensar. Y en esa apuesta por la memoria como forma de lucidez, José Alemany Puig firma una de las novelas más sólidas y necesarias del presente panorama español.

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Un cadáver en Sajará: literatura, misterio y crítica social en una novela singular

En el pequeño y ficticio municipio de Sajará, próximo al Mediterráneo, se abre un relato que se mueve entre la novela policíaca, la reflexión literaria y la crítica social. La historia comienza con un hallazgo inquietante: un escritor, especialista autodidacta en literatura del siglo XVIII, aparece muerto en su despacho. Es la empleada de la limpieza quien descubre el cadáver.

El inspector Néstor Páramo se hace cargo de la investigación. Todo apunta, según el equipo forense, a un suicidio. Sin embargo, la rutina del protocolo policial exige que no se dé nada por sentado. A través de Páramo, el lector conocerá poco a poco tanto al escritor fallecido como a una joven rusa de extraordinaria belleza, encargada de la limpieza, cuya figura se convertirá en clave del relato.

Una vida entre la erudición y el aislamiento

El difunto no era un académico al uso. Nunca asistió a la universidad, ni concedió entrevistas, ni participó en congresos. Fue un autodidacta radical y solitario, que, desde la clausura de un vetusto caserón familiar, se abrió paso hasta convertirse en una referencia internacional en el estudio de la Ilustración hispánica. Su misantropía y su reclusión extrema lo hicieron un personaje enigmático, casi fantasmal.

En los capítulos centrales, un flashback devuelve la voz al propio escritor. El lector descubre entonces una existencia marcada por dos cargas: una deformidad física visible y, más inquietante todavía, la convicción —sostenida por hechos perturbadores— de ser portador de un “mal de ojo” fulminante, que golpea con la muerte a quienes lo hieren o lo rechazan. Para un hombre culto, racionalista y conocedor de la Ilustración, admitir semejante superstición es inaceptable; pero la acumulación de sucesos parece apuntar a lo contrario.

El choque con la belleza

El equilibrio precario de su mundo interior se rompe con la llegada inesperada de Lizavetta, una joven rusa que sustituye temporalmente a la vieja ama de llaves enferma. La muchacha, dotada de una belleza excepcional, encarna para él tanto la amenaza como la atracción.

El escritor sabe que, si ella llegara a manifestar el menor gesto de repugnancia hacia su figura, podría ser su sentencia de muerte. De ahí nace un dilema obsesivo: protegerla significa ocultarse a toda costa. El relato se convierte entonces en un juego de luz y sombra dentro del caserón, donde cada encuentro frustrado incrementa la tensión narrativa.

Una ciudad, un caserón, una atmósfera

La casa familiar en ruinas, descrita como un buque varado en la sombra, se convierte en un escenario cargado de simbolismo. Es un espacio dual: por un lado, oscuro, lúgubre y clausurado; por otro, atravesado fugazmente por destellos de luz que encarnan la posibilidad de redención.

El pueblo de Sajará, con sus supersticiones, su jerarquía social basada en la tierra y un trasfondo ideológico todavía arcaico se erige como un microcosmos crítico de la provincia profunda española, donde persisten estructuras de poder y mentalidades tradicionales.

El regreso del inspector

El último capítulo devuelve al lector al presente de la investigación. El inspector Páramo, siempre atento a las apariencias, alberga dudas sobre Lizavetta. Sin embargo, la irrupción de un notario cambia el rumbo del caso. No obstante, el verdadero desenlace se halla unas líneas más abajo, en un final abierto que interpela directamente al lector.

La obra no cierra con respuestas definitivas, sino con la exigencia de que el propio receptor se convierta en juez, completando el sentido del relato.

Una novela para leer con calma

Esta novela no es únicamente una intriga policíaca. Es también una exploración psicológica y social, una meditación sobre la soledad, la deformidad, el poder devastador de la superstición y la violencia latente en comunidades cerradas.

Su estilo privilegia el mostrar antes que contar, con abundancia de diálogos tensos y escenas cargadas de atmósfera. La narración alterna perspectivas —el inspector, el escritor, la joven rusa— para ofrecer al lector un mosaico rico y sugestivo.

Por qué leerla

  • Porque combina lo mejor de la novela negra con la introspección literaria.
  • Porque cuestiona la frontera entre razón ilustrada y superstición ancestral.
  • Porque presenta personajes profundamente humanos, contradictorios y memorables.
  • Porque, al cerrar el libro, el lector se queda con la pregunta final, obligado a reflexionar y reconstruir la trama en su mente.

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Si buscas una lectura intensa, que una el misterio policial, la crítica social y la literatura de ideas, esta obra es para ti.

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La sombra de Notre Dame

Clara Bardés, nieta de un pintor célebre pero ya desaparecido, se encontró recientemente ante una tarea que podría cambiar no sólo el rumbo de su carrera, sino también su propia vida. Había asumido, con pasión y entrega, la restauración de una serie de cuadros conservados en la majestuosa catedral de Notre-Dame de París, algunos de los cuales se remontaban a la Edad Media.

Una tarde, cuando los turistas ya habían partido y las moles de piedra del templo quedaban encerradas en su silencio, Clara se atrevió a subir a los niveles superiores del edificio. Allí, entre los arcos góticos y las enigmáticas gárgolas, distinguió una silueta deformada. Era Ergaster, el sádico torturador que todos creían muerto; el mismo que estuvo a punto de hacerla víctima suya, junto con el profesor Alba Longa, de no haber intervenido en el último instante el comisario Tynianov.

La puerta de la catedral se había cerrado tras ella. El criminal permaneció dentro, sin haber percibido, al parecer, su presencia. Aún temblando de miedo, Clara regresó a su apartamento y de inmediato llamó al profesor. Longa se puso en contacto con Tynianov y así los tres comenzaron a desenredar la madeja de un asunto que desbordaba toda lógica.

Ergaster, especialista en la llamada “muerte de los mil cortes”, no era simplemente un asesino superviviente. Su presencia en Notre-Dame constituía una señal de una conspiración más amplia. Los hilos llevaban a una hermandad secreta, a reuniones sombrías en torno a mesas circulares, bajo pesados candelabros y máscaras venecianas de oro y diamantes.

Clara sentía que pisaba un terreno donde el pasado y el presente se enfrentaban. Los frescos y cuadros que había asumido salvar, testigos de siglos, parecían susurrarle advertencias. La catedral ya no era un simple lugar de culto o de historia; se había convertido en un teatro de una inminente catástrofe.

Los días siguientes se preveían decisivos. El trío, unido ya por el miedo pero también por el deber, debía desvelar la conspiración antes de que estallara con consecuencias incalculables. En las piedras de Notre-Dame no resonaban sólo salmos e himnos, sino también el eco de una amenaza que se acercaba metódicamente, como un trueno lejano que anuncia la tormenta.

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El Enfrentamiento Secreto entre la Iglesia y la Masonería: Un Velado Conflicto a lo Largo de la Historia.

El enfrentamiento histórico entre la Iglesia y la Masonería ha sido un tema oculto bajo capas de misterio y especulación. A medida que exploramos este enfrentamiento secreto, nos adentramos en un mundo donde las sombras danzan entre las piedras antiguas de catedrales y los salones de logias masónicas.

Los masones se consideran los Guardianes de la Luz o Arquitectos del Secreto. La Masonería, una sociedad fraternal que se remonta a los gremios de constructores de la Edad Media, ha sido envuelta en misterio y teorías de conspiración. Sus rituales secretos y símbolos enigmáticos han alimentado las sospechas de la Iglesia a lo largo del tiempo.

Desde los primeros días de la Masonería, la Iglesia expresó desconfianza. Las ideas ilustradas y el deseo de libertad individual promovidos por la Masonería entraron en conflicto con la autoridad eclesiástica. El caso de los Illuminati en el siglo XVIII avivó las llamas de la paranoia, llevando a la Iglesia a condenar a la Masonería.

A lo largo de la historia, la Iglesia emitió edictos y bulas papales contra la Masonería. En 1738, el Papa Clemente XII emitió la primera condena formal. La Inquisición también desempeñó un papel, persiguiendo a aquellos que eran sospechosos de tener vínculos masónicos.

Durante la Revolución Francesa, la Masonería fue vista como una fuerza impulsora detrás de los cambios sociales y políticos. La Iglesia condenó estos movimientos, considerándolos amenazas a su poder e influencia.

En el siglo XX, algunos líderes eclesiásticos adoptaron posturas más conciliatorias. El Concilio Vaticano II (1962-1965) expresó una actitud más abierta hacia otras religiones y organizaciones, incluida la Masonería. Sin embargo, la desconfianza persistió entre algunos sectores conservadores de la Iglesia.

Enfrentamiento Actual entre la Iglesia Católica y la Masonería: Entre Dogmas y Secretos

El enfrentamiento entre la Iglesia Católica y la Masonería ha evolucionado a lo largo de la historia, y en el contexto actual, ciertos sectores de la Iglesia mantienen una postura de desconfianza hacia la Masonería. Este enfrentamiento no solo está arraigado en las diferencias históricas, sino que también se nutre de percepciones contemporáneas y de la tensión entre dogmas religiosos y secretos masónicos.

En el siglo XXI, la Masonería sigue siendo vista por algunos sectores de la Iglesia como una entidad incompatible con la ortodoxia católica. La divergencia en términos filosóficos y dogmáticos sigue siendo un punto de conflicto. La promoción de la libertad individual y la búsqueda de la verdad por parte de la Masonería choca con la autoridad doctrinal y dogmática de la Iglesia.

A pesar de ciertos esfuerzos de reconciliación, algunos sectores conservadores de la Iglesia continúan emitiendo declaraciones oficiales desaconsejando la participación de católicos en la Masonería. La excomunión automática de los católicos que se unen a logias masónicas sigue siendo una realidad en algunos lugares.

En la Iglesia, las posturas conservadoras a menudo consideran a la Masonería como una fuerza secular que promueve valores contrarios a la fe católica. La falta de transparencia en las ceremonias masónicas y la percepción de secretismo alimentan la desconfianza.

La Iglesia católica busca preservar y promover su doctrina, manteniendo la fidelidad a los dogmas y ejerciendo influencia moral en la sociedad. Cualquier entidad que represente una amenaza perceptible contra estos objetivos es vista con sospecha.

La Masonería, por otro lado, aboga por principios de fraternidad, igualdad y libertad individual. Su enfoque en la iluminación personal y el pensamiento crítico choca a veces con la estructura doctrinal y la autoridad de la Iglesia. Sin embargo, su impermeabilidad, su elitismo, su secretismo, la posible pérdida de la independencia individual una vez se ha entrado en ella, la vasta red de influencias que utiliza, en cierto modo, como si fuera una mafia más y que le permite manejar la práctica totalidad de las instituciones, así como su compromiso político con la plutocracia, que ésta utiliza para afianzar su omnímodo poder, despiertan una desconfianza generalizada entre quienes todavía creen en la democracia y en la igualdad de oportunidades de todos los ciudadanos, sin distinción de medios y de clase social.

En un mundo que ha experimentado cambios significativos en términos de valores y percepciones, este enfrentamiento sigue siendo un recordatorio de las tensiones entre las instituciones que buscan preservar tradiciones centenarias y aquellas que abrazan ideales más contemporáneos.

El enfrentamiento actual entre ciertos sectores de la Iglesia Católica y la Masonería refleja las complejidades de reconciliar la fe arraigada en tradiciones con un mundo que abraza la diversidad de pensamiento y la exploración personal. A medida que ambos campos buscan avanzar sus objetivos, el choque de filosofías y valores persiste, dejando este enfrentamiento en constante evolución en el tejido de la historia religiosa y social.

Si bien la relación permanece tensa en el siglo XXI, lo cierto es que se han producido ciertos intentos de diálogo. La relación entre la Iglesia y la Masonería sigue siendo complicada. La excomunión automática de los católicos que se unen a logias masónicas no se derogó hasta 1983.

El enfrentamiento entre la Iglesia y la Masonería es tan antiguo como complejo. A medida que avanzamos en el siglo XXI, estas instituciones siguen siendo guardianes de sus respectivas tradiciones y secretos, las sombras del pasado perduran, y la naturaleza exacta de su relación permanece envuelta en misterio.

Este enfrentamiento secreto, una danza entre la luz y la oscuridad, continúa dejando su marca en la historia, recordándonos que incluso en el mundo de lo sagrado, las intrigas y los secretos pueden florecer.

“Las máscaras siempre hablan con acento inglés” es una obra de ficción que desarrolla este tema en el ámbito de la novela negra. Puede adquirirla pulsando este lazo:

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El Laberinto de la Falsificación en el Arte Contemporáneo: Entre la Creatividad y el Engaño.

El mundo del arte contemporáneo, fascinante y en constante evolución, se encuentra a menudo enredado en el intrincado laberinto de la falsificación. Este fenómeno, que se ha intensificado con la creciente valorización de obras maestras modernas, plantea preguntas críticas sobre la autenticidad, la originalidad y los límites de la creatividad.

En el arte contemporáneo, la pintura, en particular, se ha convertido en una frontera difusa entre la autenticidad y la imitación. Pintores sutiles, pero menos conocidos a menudo caen en el juego de imitar a los grandes maestros, mientras que los estafadores aprovechan esta oportunidad para crear falsificaciones hábilmente elaboradas.

Con los avances tecnológicos, la falsificación en el arte ha alcanzado nuevas alturas. Desde la replicación exacta de pinceladas hasta la imitación de texturas y papeles específicos, los falsificadores contemporáneos utilizan herramientas avanzadas para crear copias que desafían incluso a los ojos más agudos.

La línea entre el artista menos conocido y el estafador virtuoso a menudo se desvanece. Algunos artistas menos destacados recurren a la falsificación como un medio para obtener reconocimiento, mientras que los estafadores hábiles se sumergen en el mundo del arte, estudiando estilos y técnicas para engañar incluso a los expertos más avezados.

El mercado del arte contemporáneo, con su voracidad por las obras maestras, a veces se convierte en cómplice de este juego peligroso. La alta demanda y los precios exorbitantes pueden cegar a los compradores y a los mismos intermediarios, permitiendo que obras falsificadas entren en colecciones prestigiosas.

La autenticación de obras de arte contemporáneo se ha convertido en una tarea monumental para los museos y expertos. Los desafíos radican en la sofisticación de las falsificaciones y la presión constante para adquirir nuevas piezas. El debate sobre qué es más importante, la autenticidad o el valor artístico, sigue siendo un tema candente.

El arte contemporáneo, con su enfoque en la innovación y la experimentación, se enfrenta a un desafío significativo en el creciente problema de la falsificación. Navegar por el laberinto de la falsificación no solo requiere vigilancia por parte de los compradores y expertos, sino también una reflexión más profunda sobre los valores que impulsan el mercado del arte contemporáneo. ¿Es la autenticidad la única medida del valor artístico, o debemos reconsiderar nuestra definición de lo auténtico en este apasionante mundo creativo?

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Peñas arriba: La Evocación de un Mundo Rural Olvidado

  

   «Peñas arriba» es una novela de José María de Pereda que nos trasporta a los paisajes y las tradiciones de la Cantabria del siglo XIX, despertando nuestra nostalgia y evocando un pasado perdido.

   En esta obra, Pereda nos lleva a través de sus páginas a la vida cotidiana de los habitantes de los valles cántabros. A través de su pluma sensible y su prosa evocadora, el autor nos presenta un retrato detallado de los paisajes, las costumbres y las gentes que conforman el tejido de esta tierra.

   La trama se desarrolla con delicadeza y autenticidad, llevándonos a conocer a los personajes inolvidables que habitan este mundo rural. Pereda nos muestra sus alegrías y sus penas, sus luchas y sus anhelos, enmarcados por un paisaje imponente y lleno de vida.

   La grandeza de «Peñas arriba» radica en la capacidad de Pereda para transmitirnos la esencia misma de este mundo rural. A través de sus descripciones minuciosas y su atención a los detalles, nos sumerge en la atmósfera de la vida rural, nos hace sentir el aroma de las montañas, escuchar el susurro de los ríos y vivir las emociones de sus personajes con una intensidad palpable.

   A medida que avanzamos en la historia, nos encontramos con los conflictos y desafíos que enfrentan los personajes, desde las tensiones sociales hasta los dilemas morales y las luchas internas. Pereda nos invita a reflexionar sobre los valores y tradiciones que conforman la identidad de una comunidad, y nos muestra cómo el choque entre la modernidad y las costumbres arraigadas puede generar tensiones y conflictos profundos.

   «Peñas arriba» es más que una simple novela, es una ventana hacia un pasado que se desvanece lentamente en la memoria colectiva. Pereda nos invita a reflexionar sobre la importancia de preservar nuestras raíces y tradiciones, y nos muestra la belleza y la riqueza de una cultura que está en peligro de desaparecer.

   Esta obra trasciende su tiempo y lugar, resonando en cada rincón del mundo donde las tradiciones y el legado cultural se ven amenazados. Es un llamado a preservar nuestra identidad y a honrar nuestras raíces, recordándonos que las historias locales tienen un valor universal y nos conectan con lo más profundo de nuestra humanidad, erigiéndose como una obra literaria conmovedora y perdurable, que nos invita a apreciar y valorar los tesoros de nuestro pasado. José María de Pereda nos muestra que el alma de una comunidad se encuentra en sus tradiciones y en el amor que sus habitantes sienten por su tierra.

   Para concluir, «Peñas arriba» nos sumerge en un viaje melancólico y poético a través de un mundo rural olvidado, invitándonos a reflexionar sobre la importancia de nuestras raíces y a recordar que la verdadera grandeza reside en la preservación de nuestra identidad cultural. Esta obra maestra perdura en el tiempo como un testimonio del legado literario de Pereda y como un recordatorio de que el pasado sigue vivo en nuestras historias y tradiciones.

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«La inmortalidad de una locura genial. Explorando los laberintos de «El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha»

En síntesis: Don Quijote transforma la parodia de los libros de caballerías en una reflexión sobre la ficción, la libertad, la identidad y el nacimiento de la novela moderna.

La parodia caballeresca y la novela moderna

   En un siglo de incomparable gloria literaria para la lengua española, emerge la figura inmensa de Miguel de Cervantes Saavedra, quien nos regaló una obra maestra que ha resistido el paso del tiempo y sigue cautivando a generaciones enteras. Hablamos, por supuesto, de «El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha», una obra que se alza como una joya inigualable en el vasto universo de la literatura universal.

   En este relato, Cervantes nos transporta a la España del siglo XVII, donde encontramos al ingenioso caballero don Quijote, un hidalgo cuya mente se sumerge en la locura de vivir como un verdadero caballero andante. Nos anegamos en un mundo donde la realidad y la fantasía se entrelazan, donde los molinos de viento se convierten en gigantes y los rebaños de ovejas en poderosos ejércitos.

   Don Quijote, en su delirio genial, se lanza a una serie de extravagantes aventuras acompañado de su fiel escudero, Sancho Panza. Juntos, nos embarcan en un viaje que nos desafía a cuestionar nuestra percepción de la realidad y a explorar los límites de nuestra propia imaginación. En cada página, Cervantes nos zambulle en una sátira inteligente y lúcida, donde la risa y la reflexión se entrelazan en un baile literario sin igual.

   La genialidad de Cervantes radica en su habilidad para capturar la complejidad de la condición humana a través de personajes inolvidables. Don Quijote, con su idealismo desmedido y su nobleza de espíritu, se convierte en un símbolo de lucha y determinación. Sancho Panza, por su parte, encarna la voz de la razón y la realidad, sirviendo como contrapunto al ingenioso hidalgo. Juntos, forman una pareja cómica y conmovedora que nos arranca sonrisas y nos hace reflexionar sobre nuestras propias aspiraciones y quimeras.

   «El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha» es más que una simple novela. Es una obra que nos desafía a enfrentar nuestros propios molinos de viento, esos obstáculos que se interponen en nuestro camino hacia la realización personal. A través de sus páginas, Cervantes nos invita a explorar la dualidad entre la realidad y la fantasía, el deber y el deseo, la locura y la cordura. Nos muestra que, en ocasiones, es necesario perderse en el laberinto de nuestros propios sueños para encontrarnos a nosotros mismos.

   La grandeza de esta obra radica en su atemporalidad y en su capacidad para resonar en los corazones de lectores de todas las épocas. Cada página nos brinda una mirada profunda a la esencia misma de la condición humana, tocando temas universales como el amor, la justicia, la valentía y la búsqueda de la propia identidad.

   Miguel de Cervantes Saavedra nos ha legado un tesoro literario inestimable con «El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha». Es una obra que nos invita a reír, a soñar y a reflexionar sobre nuestra propia existencia. Es una obra que nos muestra que los sueños y las locuras pueden ser tan reales y significativos como cualquier otra cosa en este mundo.

   En definitiva, «El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha» es una joya literaria que nos sigue fascinando y conmoviendo hasta el día de hoy. Es un llamado a abrazar nuestra propia quijotada interior y a seguir persiguiendo nuestros ideales con pasión y determinación. Es un recordatorio de que la grandeza de la literatura reside en su capacidad para trascender el tiempo y hablarnos directamente al alma.

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FRAGMENTO DE «LA MANSIÓN DE ENFRENTE»

La mansión de Bardés estaba, con creces, a la altura de lo que había imaginado. La joven Clara salió a abrirle la puerta que daba acceso a la propiedad.
-Pase usted, comandante. Tenga la bondad de seguirme.
Clara lo condujo a una vasta galería acristalada situada en el extremo opuesto del edificio, donde lo aguardaban Bardés y Alba Longa, sentados en confortables sillones. Había dos más alrededor de una mesilla, sobre la cual una bandeja de plata presentaba varias botellas de diferentes licores. Schluter se preguntó qué papel desempeñaría ese señor Longa en la familia cuando se hallaba, a hora tan temprana, en el hogar. A pesar de su innegable apostura, descartó, por cuestiones de edad, que fuera la pareja de Clara. No tenía constancia que ésta se hubiera asociado con nadie. ¿Por qué iba a hacerlo, teniendo el formidable apoyo financiero de su abuelo? Además, ayer parecía entrar por primera vez en la galería de Villefranche. Acaso sea un experto en quien la familia confía, a pesar de que Bardés no es precisamente bisoño en el oficio y la nieta ha demostrado poseer una competencia notable, cualidad tanto más meritoria cuando se tiene en cuenta su juventud.
-Si lo desea, puede entregarme su impermeable –sugirió Clara.-
El pintor y su acompañante se levantaron para cumplimentar a Schluter. Clara hizo las presentaciones:
-Mi abuelo, Jacobo Bardés, y el profesor Alba Longa, que ya conoce.
-Encantado.
-Pero tome asiento, comandante. ¿Desea beber algo?
-No gracias.
-¿Acaso un café?
-Si no es molestia…
-Por supuesto que no.
Jacobo Bardés en persona se puso a verter el contenido de una cafetera previamente preparada en unas tacitas de porcelana de Sèvres.
-Presumo –rompió la primera lanza Jacobo Bardés- que el renovado interés de la policía por los bocetos de Brik arranca de los luctuosos acontecimientos sobrevenidos en la persona del jardinero Vergari.
-La O.C.B.C. viene ocupándose desde hace muchos años de una vasta operación de falsificación de obras de arte que tiene su epicentro en Francia y que pone en circulación apócrifos de una extraordinaria perfección. Tanto es así que los más prestigiosos expertos no dudan en validarlos. Evidentemente el caso Vergari atrajo nuestra atención sobre estos bocetos que surgieron, convendrá conmigo, en circunstancias, cuanto menos, curiosas. Se trata de tener el espíritu tranquilo en lo que se refiere a su autenticidad. Dado que, tras la venta del lote, el suyo es el que más cerca queda, hemos considerado conveniente, si usted nos lo permite, comenzar por el análisis del mismo.
-Por supuesto. Aunque, como usted comprenderá, no hicimos una compra de esa envergadura a la ligera. Por lo que a mí se refiere, he hecho mi persona en la pintura y, modestia aparte, considero que algo entiendo en la materia. Aun así, solicitamos confirmación a varios de entre los mejores especialistas a nivel internacional. Con lo cual quiero decirle tan sólo que abordo este peritaje con serenidad.
Schluter adoptó una actitud grave y con ella se concentró en terminar el café mediante un par de sorbos. Hecho lo cual, se levantó de su asiento.
-Permítanme que les muestre algo.
El comandante se afanó poniendo la maleta plana en el suelo, descorriendo la cremallera y eligiendo algo en su interior. Finalmente extrajo un curioso cilindro negro, al que quitó la tapa y, con sumo cuidado, sacó a la luz una tela.
-Supongo que la reconoce, señor Bardés.
-Por supuesto, se trata del “Baño de Quirón”. Lo pinté hará unos cinco años.
-¿Tendría la bondad de estudiarlo detenidamente y decirnos si lo admite como suyo?
Bardés se volvió hacia su nieta.
-Clara, ¿podrías traerme un caballete y la lupa, por favor?
Cuando tuvo la tela bien montada sobre el armatoste de madera, lupa en ristre, el pintor se puso a efectuar la tarea que le habían solicitado. Primero prestando atención a cada detalle, en todas las zonas del cuadro. Luego, bajando el instrumento óptico, tomó campo, juzgó la luminosidad, el efecto de los colores, el impacto de la pieza. El examen había durado un buen momento, pero al cabo Bardés parecía satisfecho.
-No hay duda, es el “Baño de Quirón”.
Schluter sonrió.
-Ahora hágame el favor de examinar este otro.
El comandante sacó otro tubo negro y de él un cuadro exactamente igual al primero. Un nuevo “Baño de Quirón”.
Bardés lo contempló intensamente, antes de pedir a Clara un nuevo caballete, que colocó enfrente del primero. El pintor realizó en primer lugar una inspección similar a la anterior. Luego, armado de su lupa de gran aumento, iba de un cuadro a otro como una veleta en un día tormentoso. Al cabo, visiblemente desconcertado, exclamó:
-Yo diría que ambos son el “Baño de Quirón”.
-Pero usted sólo pintó uno.
-Naturalmente.
-Difícil determinar cuál es el verdadero y cuál el falso, incluso para usted, que es el autor.
Bardés parecía su futura estatua de cera. Pero todavía no se daba por vencido. Se lanzó a verificar un detalle, que enseguida iba a cotejar en el cuadro frontero y así iba de uno a otro como va una abeja de flor en flor. Al final tuvo que rendirse.
-Los dos son iguales. No sabría decir cuál de los dos es el mío.
-Estamos ante un falsificador genial –concluyó Schluter.-
Luego añadió:
-Y prolífico. Desgraciadamente.
Poco después, en un compartimento especial del banco, ambos especialistas se volcaron en un examen particularmente riguroso del boceto de “Night-time” que duró cerca de una hora. Tras el cual llegaron a la conclusión compartida de que nada había en él que permitiera alimentar una objeción seria a la atribución del mismo a Brik. Pero, ¿quién sabe?

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