Lo maravilloso y lo sobrenatural en la novela histórica del romanticismo español: ocho lecturas frente a Scott y Hugo

¿Qué hace una novela histórica con un presagio, una aparición o una acusación de brujería? La pregunta obliga a distinguir tres cosas que a menudo se confunden: lo maravilloso que los personajes creen posible, el efecto extraordinario que la narración produce en el lector y el acontecimiento sobrenatural que el relato confirma como real. En las ocho novelas históricas reunidas por Alba Longa, esas tres posibilidades no tienen la misma intensidad ni cumplen la misma función. Precisamente por ello ofrecen un laboratorio privilegiado para comparar el romanticismo español con sus contemporáneos europeos.

Una Edad Media creída, observada y reconstruida

El relato histórico romántico hereda de Walter Scott el encuentro entre destinos particulares y conflictos colectivos. A ese armazón añade castillos, criptas, presagios, alquimistas y saberes atribuidos a mujeres, judíos o forasteros. Su presencia no equivale a una declaración del narrador sobre la existencia de la magia: a menudo reconstruye lo que una comunidad de otra época cree ver. El prodigio puede organizar la acción aunque luego se explique mediante una puerta secreta, una sustancia o una identidad encubierta.

En Los bandos de Castilla (1830), Ramón López Soler lleva el modelo scottiano a las luchas castellanas. La consulta al gitano Merlín acerca del destino de Álvaro de Luna convierte la adivinación en instrumento de suspense político. La figura del supuesto mago, atenta a las debilidades de quien le escucha, interesa tanto por su eficacia social como por sus poderes. En La conquista de Valencia por el Cid, Estanislao de Cosca Vayo trabaja otra materia: una figura épica rodeada de memoria legendaria. Conviene leer allí la resonancia providencial y heroica como parte de la tradición cidiana, sin convertir automáticamente cada giro de la aventura en milagro narrativamente demostrado.

El secreto fabricado: Larra y Espronceda

El doncel de don Enrique el Doliente (1834) ofrece un ejemplo preciso del «fantasma» escénico. Don Enrique de Villena parece desvanecerse ante los ojos de los demás, pero el resorte de una puerta oculta explica la desaparición. Larra obtiene el asombro y, a la vez, muestra su tecnología. El clima espectral sirve a la intriga de la corte; la fatalidad de Macías y Elvira nace de pasiones, lealtades y coacciones humanas, no de una intervención comprobable de ultratumba.

En Sancho Saldaña (1834), José de Espronceda concede mayor espacio a la hechicería. La tía Gila pronuncia conjuros y profecías; Zoraida es expuesta a la sospecha y a un procedimiento religioso; el saber curativo de Zacarías parece prodigioso a otros personajes. Los corredores del castillo convierten entradas y salidas de Zoraida en aparentes manifestaciones sobrenaturales. El relato importa menos como catálogo de milagros que como estudio de la distancia entre lo que ocurre, lo que alguien percibe y lo que una acusación interesada logra hacer creer. El desenlace de ciertas muertes aparentes devuelve el episodio a causas humanas. La mezcla de horror, melodrama y explicación revela también una tensión estética: el texto desea la conmoción gótica sin abandonar por completo la causalidad histórica.

De la profecía al rumor político

Ni rey ni Roque (1835), de Patricio de la Escosura, desplaza el asombro hacia el sebastianismo. La esperanza de que don Sebastián haya sobrevivido transforma al pastelero de Madrigal en posible rey retornado. No se trata de magia demostrada, sino de una creencia política capaz de dar valor a semejanzas, testimonios y signos contradictorios. Su pregunta central —quién tiene autoridad para decidir que alguien es el soberano— muestra que el «prodigio» puede ser también un hecho de interpretación colectiva.

Juan Cortada elige en La heredera de Sangumí (1835) una reconstrucción de la Cataluña medieval más contenida en materia de magia. Las peripecias caballerescas y el fatalismo sentimental no autorizan a clasificar la obra junto a las novelas de brujas. En El golpe en vago (1835), José García de Villalta sí incorpora alquimistas, intrigas y la protectora Rodaballo, a quien se atribuyen facultades extraordinarias. Pero el episodio fantástico convive con una sátira de credulidades e intereses: la lectura debe mantener abierta la diferencia entre la voz que cree, la máscara que un personaje adopta y la posición crítica del relato.

El falso muerto y los templarios

En El señor de Bembibre (1844), Enrique Gil y Carrasco refina ese juego de perspectivas. La supuesta muerte de don Álvaro, favorecida por un preparado del médico judío Ben-Samuel, precipita decisiones irreparables: Beatriz cree haber perdido al amado y acepta otro matrimonio. Cuando él reaparece, la escena se carga de lenguaje espectral, aunque la novela ha dispuesto una explicación terrenal. Del mismo modo, las imputaciones de nigromancia contra el Temple muestran cómo una institución puede ser convertida en objeto de temor por la ignorancia popular y por intereses de poder. El Bierzo, sus ruinas y sus paisajes envuelven la tragedia en una atmósfera de trascendencia; la emoción no exige que una fuerza sobrenatural intervenga efectivamente en la historia.

Scott, Hugo y la diferencia de grado

La comparación europea impide una oposición simplista entre una España «racional» y una Europa «fantástica». En The Bride of Lammermoor, Scott emplea profecías familiares, relatos populares y la posible aparición de Alice: mantiene una incertidumbre que acompaña la ruina social de los Ravenswood. En Ivanhoe, la acusación de hechicería contra Rebecca denuncia el prejuicio más que probar poderes ocultos. Victor Hugo, en Notre-Dame de Paris, dota a la alquimia de Claude Frollo y al edificio mismo de una amplitud simbólica que domina la visión de la ciudad. Ninguno de estos procedimientos implica necesariamente un milagro literal.

El rasgo español no es, por tanto, la ausencia de lo maravilloso, sino la combinación variable de motivos góticos con leyenda nacional, intriga dinástica, conflicto religioso y explicación retrospectiva. Espronceda intensifica el espectáculo de la hechicería; Larra revela el artificio; Gil y Carrasco convierte el presunto prodigio en causa de una tragedia sentimental; Cortada restringe el recurso. La diversidad del corpus impide convertir una tendencia crítica en regla absoluta.

Leer el corpus y sus fuentes

Las ocho lecturas de la colección: Los bandos de Castilla, La conquista de Valencia por el Cid, El doncel de don Enrique el Doliente, Sancho Saldaña, Ni rey ni Roque, La heredera de Sangumí, El golpe en vago y El señor de Bembibre. El dossier general ofrece el recorrido de conjunto. Cada estudio individual remite a las ediciones disponibles.

Para una lectura directa de la relación entre creencia y poder, puede adquirirse Ni rey ni Roque en Bubok, edición impresa o en Payhip, libro electrónico.

Fuentes y orientación crítica


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