El confabulador de Ginebra: la novela que revela lo que nadie se atreve a contar

¿Hasta dónde estarías dispuesto a llegar para descubrir la verdad? El confabulador de Ginebra no es sólo una novela: es un viaje al corazón mismo de las conspiraciones que marcaron la historia reciente de Francia. los casos Clearstream, elf, las fragatas de Taiwán o rhodia dejaron tras de sí un rastro de intrigas políticas, maniobras financieras y escándalos que aún hoy siguen resonando en los tribunales y en los titulares.

Inspirándose en ese magma real, la novela construye un thriller implacable en el que banqueros, ministros y ejecutivos juegan una partida sin reglas. Paul Reitzenstein, heredero de una dinastía financiera, se convierte en el epicentro de una lucha feroz donde nada es lo que parece y cada alianza encubre una traición. Reuniones secretas a medianoche, expedientes desaparecidos, fortunas que cambian de manos en cuestión de horas: el lector avanza página tras página con la sensación de asistir a un secreto prohibido.

Lo que diferencia a El confabulador de Ginebra de otras novelas del género es su estilo. Con imágenes poderosas y un ritmo que combina la tensión del thriller con la densidad literaria, el autor logra que el lago de Ginebra, los despachos alfombrados y las mansiones vigiladas se conviertan en personajes por derecho propio. No es sólo una historia de poder: es una experiencia sensorial que envuelve al lector en un ambiente de sospecha constante.

Si disfrutas de novelas donde el suspense político se mezcla con el retrato psicológico de personajes complejos, El confabulador de Ginebra es tu próxima lectura imprescindible. Una obra que nos recuerda que, en la frontera entre la verdad y la mentira, siempre hay alguien dispuesto a mover los hilos.

¿Estás preparado para adentrarte en la conspiración?

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LAS MÁSCARAS SIEMPRE HABLAN CON ACENTO INGLÉS

   Clara Bardés, nieta de un famoso pintor ya fallecido, ha sido contratada para restaurar una serie de cuadros, datando algunos de ellos de la Edad Media, que se conservan en la catedral Notre-Dame de París. Durante una visita que efectúa en solitario a la parte alta del edificio, cuando ya los turistas se han marchado, advierte allí la deforme silueta de Ergaster, un perverso torturador al que creía muerto y de quien hubiera podido ser una víctima más, junto con el profesor Alba Longa, a no ser porque, en el último instante, intervino el comisario Tynianov. La catedral se cerró tras ella y el criminal, que al parecer no la había visto, quedó dentro. Ya en su apartamento, aterrorizada, llamó a Alba Longa y éste se puso en contacto con Tynianov. Entre los tres, tirando del hilo de la presencia en la catedral de este asesino, especialista en la llamada “muerte de los mil cortes,” descubren una terrible conspiración, cuyas funestas consecuencias se prevén para los próximos días.

I

   Año segundo del reinado de Macron. Tal como habíamos previsto en el libro anterior, Francia se halla bajo el signo del caos y la desolación. Por veinteavo sábado consecutivo, las calles de París y de las principales ciudades de la nación son el escenario de un enfrentamiento, violento y sin concesiones, entre un pueblo y una policía que se ha puesto incondicionalmente a las órdenes de una élite; la cual, mediante un procedimiento antidemocrático y corruptor de un sistema político, ya de por sí defectuoso, ha copado ilegítimamente todos los órganos de poder y no está dispuesta a ceder un ápice ante las masivas protestas de un entero cuerpo social, cuyo nivel de vida ha sido peligrosamente degradado por los distintos gobiernos anteriores,  en los que ella ya dominaba, aunque no con la arrogancia, con la prepotencia, con el desprecio absoluto y sin fisuras que ahora, completamente desinhibida de todo sentimiento humanitario, manifiesta en relación con quienes no tienen más remedio que vivir de un trabajo asalariado.

   La confianza de un pueblo hacia sus instituciones se ha roto irremisiblemente y, en el mejor de los casos, tardará decenios, tal vez generaciones, en recomponerse. La realidad que, hace tan sólo unos meses, las masas no veían, o no querían ver, actualmente aparece con unos contornos tan nítidos y tan deslumbrantes que hieren la vista del contemplador y sólo con una dosis desmesurada, desaforada, de hipocresía y desvergüenza, los medios de comunicación, también bajo la férula de dicha élite que los financia y los posee, creen poder paliar los efectos de tan percuciente, poderosa, revelación; pero con ello no consiguen sino alargar y profundizar el foso que separa al grueso de las masas populares de las fuentes oficiales de información, de toda modalidad de discurso que emane del poder establecido, excepto del que propagan, más o menos libremente, los nuevos instrumentos de comunicación, a través de Internet y la tecnología de última hornada. Por esta razón, muchos periodistas son expulsados violentamente de las manifestaciones.

   Cada sábado, el corazón de las grandes metrópolis francesas, incluida París, se envuelve con el velo de los gases lacrimógenos, del humo de coches y edificios ardiendo; resuenan con el estallido de granadas de dispersión, disparos de LBD, proclamas, consignas, insultos, desafíos, provocaciones; se adorna con los variopintos colores de las más diversas y opuestas banderas, de las garabateadas pancartas y del amarillo colza que, una vez, esas mismas élites, tuvieron la desgracia de imponer, según la astuta patente de corso consistente en efectuar un exhaustivo catálogo de buenas intenciones, con objeto de explotarlas industrialmente y hacer un lucrativo y privativo negocio con ellas. Hoy en día, todo el mundo posee uno de esos chalecos amarillos, por obligación, “per opus”, por necesidad. Y pintan las ciudades de una primavera ácida, color limón o amarillo colza.

   La policía antidisturbios ha recibido la orden de apuntar a la cara de los manifestantes, con el objetivo evidente de sembrar el terror, de acabar con las protestas mediante el arma del espanto y del horror. Ya se contabilizan una veintena de tuertos, a causa de esas balas de goma, varios pies y manos arrancados, por explosión de las granadas lacrimógenas. Y los mandos policiales llevarán ante la historia la inconmensurable responsabilidad de haber acatado semejantes órdenes provenientes de una exigua minoría dirigente que, para salvar sus privilegios, no duda en deshonrar la Nación ante el mundo, en mutilar, en golpear, en humillar a los mismos ciudadanos que tiene la obligación de proteger y gobernar. Infinidad de testimonios gráficos muestran a policías apuntando, sin necesidad alguna, hacia lo alto, hacia la cara de quienes se encuentran allí, en la calle que es de todos, para defender el pan y el futuro de sus hijos.

   Tras los antidisturbios se concentran las hordas de la BAC, dispuestas a la razzia por sorpresa, a la fulgurante embestida que golpea con las porras, con las manos, que empuja y derriba con sus cuerpos acorazados por todo tipo de protecciones, que elige a una víctima, sea varón, hembra o adolescente, para echarla al suelo de cualquier manera, con tirón, con zancadilla, de los pelos si se trata de una mujer y ofrece ahí mejor presa, y acto seguido la arrastran por el suelo, la cubren, la esconden de los ojos y los objetivos de los curiosos, le golpean la cabeza contra el suelo, la sujetan con la rodilla, con todo el peso de sus cuerpos, en plural. Finalmente, rodean a los núcleos de manifestantes, los cercan y lanzan las granadas lacrimógenas en medio de ellos.

   Pero hoy en día, una dictadura no puede durar mucho tiempo, aunque se vista con los solemnes ropajes de una pseudodemocracia, de un grosero sucedáneo de democracia, aunque se dote de un formidable y todopoderoso aparato de propaganda, porque existe Internet y unos teléfonos móviles que filman y difunden, en el acto, las escenas que captan, a la ciudad y al mundo.

   La oligarquía, que había creído en el fin de la historia, razón por la cual dejó caer progresivamente una parte de la máscara, algún que otro velo pío que disimulaba su fealdad moral, se ve ahora amenazada en su corazón, en su médula, en el entero templo donde se venera el dios de la falsedad, la propaganda, el mito huero y el egoísmo, de modo que, ante la emergencia, no le importa dejar caer el resto de la careta y hacer un uso abierto y sin tapujos de la violencia mientras conserve el dominio de la fuerza.

   Sin embargo, la culpa de todo ese desacato, de todo ese desorden superlativo, no puede tenerla un solo hombre. Si bien ese hombre, Macron, ha contribuido, con una eficacia temible, mediante fórmulas discursivas absolutamente delirantes, formidables en su irresponsabilidad, mediante una actitud gratuitamente provocadora cuya arrogancia desmesurada sólo puede ser comparada, según declara un periódico británico, con su incompetencia, a echar, no aceite sobre el fuego, por emplear una expresión francesa, sino gasolina, queroseno, sobre una entera sociedad en llamas, sobre una nación que arde por sus cuatro costados, sobre un pueblo inflamado por una razón altamente combustible, precisamente a causa de su elevado grado de verdad y de justicia en sus reivindicaciones.

   No, no basta con un solo hombre para generar tal dimensión en el caos, en la exasperación generalizada, en el enfrentamiento de todos los cuerpos y capas de la sociedad e incluso de sus instituciones. Era menester, además, que estuviera rodeado, como diría un gran escritor latino, de la más espectacular cáfila de mampolones que imaginarse pueda. Jamás en la vida del mundo se ha visto semejante hato de incompetentes acaparar por completo todos los puestos de responsabilidad de una de las grandes naciones del planeta. Se diría que, en razón a la ausencia de un verdadero partido político de solera tras este gobierno, la absoluta totalidad de las altas funciones del Estado, incluidas los ministerios, ha sido acordada a los escolares que, durante las últimas elecciones presidenciales, llamaban a las puertas de las casas para hacer la propaganda electoral por su candidato. De ese candidato que rehusó participar en las primarias de un partido en que jamás había militado y en el que jamás había creído, pero que era útil para medrar y también para enredar. Todo ese pelotón de imberbes, bisoños en política, niñatos malcriados por una cuna de privilegiado, se encontraron, de la noche a la mañana, sin comérselo ni bebérselo, ministros con tal o cual cartera, subsecretarios de esto o de lo otro, consejeros de lo de más allá. Y entre todos han creado, en cuestión de unos meses, la mayor de las crisis que ha estallado en el mundo occidental después de la Segunda Guerra Mundial.

   Lo peor de todo es que están ellos a primera fila para solucionar lo que un hombre de las tripas de un De Gaulle o un Mitterrand quizá no hubiera bastado.

   Cuando esto acabe, ¿cómo no pedir responsabilidades, no ya a este hato de colegiales, sino a las altas instancias de las finanzas y de los medios de comunicación que hicieron posible, a fuerza de millones y de propaganda, que esto llegara a suceder?

   Paralelamente, en las instancias de la Unión Europea, jamás los vientos adversos habían soplado con tanta furia y las elecciones previstas para el 26 de mayo amenazan con desencadenar una tormenta sin precedentes. Los británicos no han podido salir todavía. Se hallan con un pie dentro y otro fuera, en una incómoda situación transitoria que genera una frustración cuyo contorno desborda el de las islas y se propaga al continente. Sin embargo, peor sería que consiguieran al cabo irse y no pasara absolutamente nada. Si bien, la verdadera puñalada trapera, la auténtica catástrofe disgregadora, la constituiría el hecho de que, no solamente no pasara nada, sino que, por el contrario, les fuera bien. Y no digamos si acaso les fuera mejor.

   Los países del Este europeo no toleran ya la inmigración salvaje. Las clases medias del Sur están hartas de pagar impuestos, de no ver los beneficios de los mismos y de empobrecerse a ojos vista. Sólo le va bien a Alemania, a Holanda, Dinamarca y a los países que se han reconvertido en paraísos fiscales. Pero un hombre es un voto y las melopeas, letanías y demás cantinelas de lo políticamente correcto no son tan eficaces como lo fueron antaño, antes de la Revolución del 2018.

   La situación es grave.

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El Enfrentamiento Secreto entre la Iglesia y la Masonería: Un Velado Conflicto a lo Largo de la Historia.

El enfrentamiento histórico entre la Iglesia y la Masonería ha sido un tema oculto bajo capas de misterio y especulación. A medida que exploramos este enfrentamiento secreto, nos adentramos en un mundo donde las sombras danzan entre las piedras antiguas de catedrales y los salones de logias masónicas.

Los masones se consideran los Guardianes de la Luz o Arquitectos del Secreto. La Masonería, una sociedad fraternal que se remonta a los gremios de constructores de la Edad Media, ha sido envuelta en misterio y teorías de conspiración. Sus rituales secretos y símbolos enigmáticos han alimentado las sospechas de la Iglesia a lo largo del tiempo.

Desde los primeros días de la Masonería, la Iglesia expresó desconfianza. Las ideas ilustradas y el deseo de libertad individual promovidos por la Masonería entraron en conflicto con la autoridad eclesiástica. El caso de los Illuminati en el siglo XVIII avivó las llamas de la paranoia, llevando a la Iglesia a condenar a la Masonería.

A lo largo de la historia, la Iglesia emitió edictos y bulas papales contra la Masonería. En 1738, el Papa Clemente XII emitió la primera condena formal. La Inquisición también desempeñó un papel, persiguiendo a aquellos que eran sospechosos de tener vínculos masónicos.

Durante la Revolución Francesa, la Masonería fue vista como una fuerza impulsora detrás de los cambios sociales y políticos. La Iglesia condenó estos movimientos, considerándolos amenazas a su poder e influencia.

En el siglo XX, algunos líderes eclesiásticos adoptaron posturas más conciliatorias. El Concilio Vaticano II (1962-1965) expresó una actitud más abierta hacia otras religiones y organizaciones, incluida la Masonería. Sin embargo, la desconfianza persistió entre algunos sectores conservadores de la Iglesia.

Enfrentamiento Actual entre la Iglesia Católica y la Masonería: Entre Dogmas y Secretos

El enfrentamiento entre la Iglesia Católica y la Masonería ha evolucionado a lo largo de la historia, y en el contexto actual, ciertos sectores de la Iglesia mantienen una postura de desconfianza hacia la Masonería. Este enfrentamiento no solo está arraigado en las diferencias históricas, sino que también se nutre de percepciones contemporáneas y de la tensión entre dogmas religiosos y secretos masónicos.

En el siglo XXI, la Masonería sigue siendo vista por algunos sectores de la Iglesia como una entidad incompatible con la ortodoxia católica. La divergencia en términos filosóficos y dogmáticos sigue siendo un punto de conflicto. La promoción de la libertad individual y la búsqueda de la verdad por parte de la Masonería choca con la autoridad doctrinal y dogmática de la Iglesia.

A pesar de ciertos esfuerzos de reconciliación, algunos sectores conservadores de la Iglesia continúan emitiendo declaraciones oficiales desaconsejando la participación de católicos en la Masonería. La excomunión automática de los católicos que se unen a logias masónicas sigue siendo una realidad en algunos lugares.

En la Iglesia, las posturas conservadoras a menudo consideran a la Masonería como una fuerza secular que promueve valores contrarios a la fe católica. La falta de transparencia en las ceremonias masónicas y la percepción de secretismo alimentan la desconfianza.

La Iglesia católica busca preservar y promover su doctrina, manteniendo la fidelidad a los dogmas y ejerciendo influencia moral en la sociedad. Cualquier entidad que represente una amenaza perceptible contra estos objetivos es vista con sospecha.

La Masonería, por otro lado, aboga por principios de fraternidad, igualdad y libertad individual. Su enfoque en la iluminación personal y el pensamiento crítico choca a veces con la estructura doctrinal y la autoridad de la Iglesia. Sin embargo, su impermeabilidad, su elitismo, su secretismo, la posible pérdida de la independencia individual una vez se ha entrado en ella, la vasta red de influencias que utiliza, en cierto modo, como si fuera una mafia más y que le permite manejar la práctica totalidad de las instituciones, así como su compromiso político con la plutocracia, que ésta utiliza para afianzar su omnímodo poder, despiertan una desconfianza generalizada entre quienes todavía creen en la democracia y en la igualdad de oportunidades de todos los ciudadanos, sin distinción de medios y de clase social.

En un mundo que ha experimentado cambios significativos en términos de valores y percepciones, este enfrentamiento sigue siendo un recordatorio de las tensiones entre las instituciones que buscan preservar tradiciones centenarias y aquellas que abrazan ideales más contemporáneos.

El enfrentamiento actual entre ciertos sectores de la Iglesia Católica y la Masonería refleja las complejidades de reconciliar la fe arraigada en tradiciones con un mundo que abraza la diversidad de pensamiento y la exploración personal. A medida que ambos campos buscan avanzar sus objetivos, el choque de filosofías y valores persiste, dejando este enfrentamiento en constante evolución en el tejido de la historia religiosa y social.

Si bien la relación permanece tensa en el siglo XXI, lo cierto es que se han producido ciertos intentos de diálogo. La relación entre la Iglesia y la Masonería sigue siendo complicada. La excomunión automática de los católicos que se unen a logias masónicas no se derogó hasta 1983.

El enfrentamiento entre la Iglesia y la Masonería es tan antiguo como complejo. A medida que avanzamos en el siglo XXI, estas instituciones siguen siendo guardianes de sus respectivas tradiciones y secretos, las sombras del pasado perduran, y la naturaleza exacta de su relación permanece envuelta en misterio.

Este enfrentamiento secreto, una danza entre la luz y la oscuridad, continúa dejando su marca en la historia, recordándonos que incluso en el mundo de lo sagrado, las intrigas y los secretos pueden florecer.

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El Laberinto de la Falsificación en el Arte Contemporáneo: Entre la Creatividad y el Engaño.

El mundo del arte contemporáneo, fascinante y en constante evolución, se encuentra a menudo enredado en el intrincado laberinto de la falsificación. Este fenómeno, que se ha intensificado con la creciente valorización de obras maestras modernas, plantea preguntas críticas sobre la autenticidad, la originalidad y los límites de la creatividad.

En el arte contemporáneo, la pintura, en particular, se ha convertido en una frontera difusa entre la autenticidad y la imitación. Pintores sutiles, pero menos conocidos a menudo caen en el juego de imitar a los grandes maestros, mientras que los estafadores aprovechan esta oportunidad para crear falsificaciones hábilmente elaboradas.

Con los avances tecnológicos, la falsificación en el arte ha alcanzado nuevas alturas. Desde la replicación exacta de pinceladas hasta la imitación de texturas y papeles específicos, los falsificadores contemporáneos utilizan herramientas avanzadas para crear copias que desafían incluso a los ojos más agudos.

La línea entre el artista menos conocido y el estafador virtuoso a menudo se desvanece. Algunos artistas menos destacados recurren a la falsificación como un medio para obtener reconocimiento, mientras que los estafadores hábiles se sumergen en el mundo del arte, estudiando estilos y técnicas para engañar incluso a los expertos más avezados.

El mercado del arte contemporáneo, con su voracidad por las obras maestras, a veces se convierte en cómplice de este juego peligroso. La alta demanda y los precios exorbitantes pueden cegar a los compradores y a los mismos intermediarios, permitiendo que obras falsificadas entren en colecciones prestigiosas.

La autenticación de obras de arte contemporáneo se ha convertido en una tarea monumental para los museos y expertos. Los desafíos radican en la sofisticación de las falsificaciones y la presión constante para adquirir nuevas piezas. El debate sobre qué es más importante, la autenticidad o el valor artístico, sigue siendo un tema candente.

El arte contemporáneo, con su enfoque en la innovación y la experimentación, se enfrenta a un desafío significativo en el creciente problema de la falsificación. Navegar por el laberinto de la falsificación no solo requiere vigilancia por parte de los compradores y expertos, sino también una reflexión más profunda sobre los valores que impulsan el mercado del arte contemporáneo. ¿Es la autenticidad la única medida del valor artístico, o debemos reconsiderar nuestra definición de lo auténtico en este apasionante mundo creativo?

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FRAGMENTO DE «LA MANSIÓN DE ENFRENTE»

La mansión de Bardés estaba, con creces, a la altura de lo que había imaginado. La joven Clara salió a abrirle la puerta que daba acceso a la propiedad.
-Pase usted, comandante. Tenga la bondad de seguirme.
Clara lo condujo a una vasta galería acristalada situada en el extremo opuesto del edificio, donde lo aguardaban Bardés y Alba Longa, sentados en confortables sillones. Había dos más alrededor de una mesilla, sobre la cual una bandeja de plata presentaba varias botellas de diferentes licores. Schluter se preguntó qué papel desempeñaría ese señor Longa en la familia cuando se hallaba, a hora tan temprana, en el hogar. A pesar de su innegable apostura, descartó, por cuestiones de edad, que fuera la pareja de Clara. No tenía constancia que ésta se hubiera asociado con nadie. ¿Por qué iba a hacerlo, teniendo el formidable apoyo financiero de su abuelo? Además, ayer parecía entrar por primera vez en la galería de Villefranche. Acaso sea un experto en quien la familia confía, a pesar de que Bardés no es precisamente bisoño en el oficio y la nieta ha demostrado poseer una competencia notable, cualidad tanto más meritoria cuando se tiene en cuenta su juventud.
-Si lo desea, puede entregarme su impermeable –sugirió Clara.-
El pintor y su acompañante se levantaron para cumplimentar a Schluter. Clara hizo las presentaciones:
-Mi abuelo, Jacobo Bardés, y el profesor Alba Longa, que ya conoce.
-Encantado.
-Pero tome asiento, comandante. ¿Desea beber algo?
-No gracias.
-¿Acaso un café?
-Si no es molestia…
-Por supuesto que no.
Jacobo Bardés en persona se puso a verter el contenido de una cafetera previamente preparada en unas tacitas de porcelana de Sèvres.
-Presumo –rompió la primera lanza Jacobo Bardés- que el renovado interés de la policía por los bocetos de Brik arranca de los luctuosos acontecimientos sobrevenidos en la persona del jardinero Vergari.
-La O.C.B.C. viene ocupándose desde hace muchos años de una vasta operación de falsificación de obras de arte que tiene su epicentro en Francia y que pone en circulación apócrifos de una extraordinaria perfección. Tanto es así que los más prestigiosos expertos no dudan en validarlos. Evidentemente el caso Vergari atrajo nuestra atención sobre estos bocetos que surgieron, convendrá conmigo, en circunstancias, cuanto menos, curiosas. Se trata de tener el espíritu tranquilo en lo que se refiere a su autenticidad. Dado que, tras la venta del lote, el suyo es el que más cerca queda, hemos considerado conveniente, si usted nos lo permite, comenzar por el análisis del mismo.
-Por supuesto. Aunque, como usted comprenderá, no hicimos una compra de esa envergadura a la ligera. Por lo que a mí se refiere, he hecho mi persona en la pintura y, modestia aparte, considero que algo entiendo en la materia. Aun así, solicitamos confirmación a varios de entre los mejores especialistas a nivel internacional. Con lo cual quiero decirle tan sólo que abordo este peritaje con serenidad.
Schluter adoptó una actitud grave y con ella se concentró en terminar el café mediante un par de sorbos. Hecho lo cual, se levantó de su asiento.
-Permítanme que les muestre algo.
El comandante se afanó poniendo la maleta plana en el suelo, descorriendo la cremallera y eligiendo algo en su interior. Finalmente extrajo un curioso cilindro negro, al que quitó la tapa y, con sumo cuidado, sacó a la luz una tela.
-Supongo que la reconoce, señor Bardés.
-Por supuesto, se trata del “Baño de Quirón”. Lo pinté hará unos cinco años.
-¿Tendría la bondad de estudiarlo detenidamente y decirnos si lo admite como suyo?
Bardés se volvió hacia su nieta.
-Clara, ¿podrías traerme un caballete y la lupa, por favor?
Cuando tuvo la tela bien montada sobre el armatoste de madera, lupa en ristre, el pintor se puso a efectuar la tarea que le habían solicitado. Primero prestando atención a cada detalle, en todas las zonas del cuadro. Luego, bajando el instrumento óptico, tomó campo, juzgó la luminosidad, el efecto de los colores, el impacto de la pieza. El examen había durado un buen momento, pero al cabo Bardés parecía satisfecho.
-No hay duda, es el “Baño de Quirón”.
Schluter sonrió.
-Ahora hágame el favor de examinar este otro.
El comandante sacó otro tubo negro y de él un cuadro exactamente igual al primero. Un nuevo “Baño de Quirón”.
Bardés lo contempló intensamente, antes de pedir a Clara un nuevo caballete, que colocó enfrente del primero. El pintor realizó en primer lugar una inspección similar a la anterior. Luego, armado de su lupa de gran aumento, iba de un cuadro a otro como una veleta en un día tormentoso. Al cabo, visiblemente desconcertado, exclamó:
-Yo diría que ambos son el “Baño de Quirón”.
-Pero usted sólo pintó uno.
-Naturalmente.
-Difícil determinar cuál es el verdadero y cuál el falso, incluso para usted, que es el autor.
Bardés parecía su futura estatua de cera. Pero todavía no se daba por vencido. Se lanzó a verificar un detalle, que enseguida iba a cotejar en el cuadro frontero y así iba de uno a otro como va una abeja de flor en flor. Al final tuvo que rendirse.
-Los dos son iguales. No sabría decir cuál de los dos es el mío.
-Estamos ante un falsificador genial –concluyó Schluter.-
Luego añadió:
-Y prolífico. Desgraciadamente.
Poco después, en un compartimento especial del banco, ambos especialistas se volcaron en un examen particularmente riguroso del boceto de “Night-time” que duró cerca de una hora. Tras el cual llegaron a la conclusión compartida de que nada había en él que permitiera alimentar una objeción seria a la atribución del mismo a Brik. Pero, ¿quién sabe?

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