RESEÑA DE «EL CÁLIZ Y LA ESPADA” “DE REPENTE ESA LUZ”.

uFhCjFMy

   La fecha de publicación de esta novela en amazon es 26 de febrero de 2020 y en e-Book estuvo disponible de inmediato. Hoy es sólo dos días más tarde y confieso que he devorado esta obra, su lado bueno y su lado menos bueno, todo me lo he zampado en unas cuantas horas. Y no he resistido la tentación de escribir una reseña, porque las cosas que he encontrado quizá me ayuden en mi propia labor de escritor.

   Empecemos por el aspecto menos positivo. Nos encontramos ante una escritura que llama la atención por su facilidad. He comprobado, en el propio amazon, que la anterior obra de este autor, la única publicada hasta ahora, llevaba fecha del 30 de noviembre 2019. Quizá me equivoque, pero apostaría a que esta novela no le ha llevado a su autor más de tres meses para escribirla. Ello no quiere decir que la calidad de la prosa sea mala, antes al contrario, sintáctica y léxicamente posee una corrección absoluta. Más aún, muchos pasajes no se contentan con la corrección, sino que alzan el vuelo hasta una consistencia textual considerable. Pero se nota que el texto ha sido escrito a gran velocidad, lo cual nos da la medida de lo que hubiera podido ser en caso de haber sido elaborado con más parsimonia y acendramiento.

   Otro aspecto que llama la atención es lo que yo considero como una experimentación en relación con un elemento respecto al cual nadie ha experimentado con esa magnitud, me refiero a la noción de autor. No hablo de narrador, sobre el que se ha experimentado a saciedad, sino de autor. Porque aquí no se trata de un simple uso de seudónimo. El libro viene firmado por Bernardo de Worms, mediante una fórmula particular, y como fecha lleva únicamente el año de 2020. Ahora bien, el narrador y protagonista es igualmente Bernardo de Worms quien, en el año 797 de nuestra era tenía 9 años. Nació pues en 788, según lo cual en el momento de publicar su libro tendría la friolera de 1232 años. Esto, obviamente, no se lo cree nadie. Pero claro, la literatura no es una ciencia numérica y exacta. La literatura es esencialmente sugestión y no hay duda de que un tal autor sugiere.

   En tercer lugar, quisiera comentar la extraordinaria potencia y personalidad que adquiere en muchos pasajes la voz narrativa. Una voz, digámoslo enseguida, compleja, pues es la que surge de una conciencia de 9 años, pasada por el tamiz de otra de 1232 años, o los que sea. Esta última emerge a menudo previniendo que cierto comentario no se le debe atribuir al joven Bernardo, sino a un anciano, más viejo de la cuenta. Así, en pasajes como el destinado a ponderar el efecto anímico que produce en el oyente el canto gregoriano en latín, dicha voz se hace gruesa, se eleva, adquiere potencia y poder, como el propio canto que amenaza con hacer estallar las mismas bóvedas de la iglesia. También, justo al final, cuando se describe, con portentosa economía de medios, el estado de los cuerpos de los tres ajusticiados, al día siguiente de la ejecución. Aquí es claramente el viejo, el anciano de los días, el que habla.

   Esa misma potencia expresiva, en estilo directo, aparece cuando se le otorga la palabra a algún personaje en circunstancias particularmente dramáticas, como puede ser el momento en que el abad, exasperado por la cadena de asesinatos, apostrofa con vehemencia la entera comunidad porque, claro está, el asesino o asesinos se hallan mezclados entre esa grey, que es la suya.

   Cabe, asimismo, aclarar que no se trata de una novela policíaca ambientada en el período medieval, al estilo de “El nombre de la rosa.” Allí, Guillermo de Baskerville, era un Sherlock Holmes del siglo XIV. En esta obra sólo hay conatos de lo policíaco cuando, por ejemplo, el guarda de la abadía, Waldo, utiliza un método racional para averiguar quién pudo ser el testigo de la acción con que culminó el episodio de la rata y que era también su objetivo. A partir de ese momento, si Waldo posee o no las cualidades de un buen detective, no se presenta ocasión de saberlo, pues los acontecimientos se van a producir a una velocidad tal que apenas le dan el tiempo suficiente para seguirlos, siempre un movimiento después. Waldo es más bien el “strong silent man”, el hombre que, a base de tenacidad, de puñetazos dados y recibidos, acaba haciéndose con la verdad en un ambiente malsano o tétrico. Es decir, que nos hallamos, de pleno, en el género de novela negra.

   Sin embargo, hay algo más en esta obra. Me refiero a la poderosa revelación mística que produce. Nos hallamos en el sendero abierto por “El código Da Vinci”, pero hemos sido propulsados mucho más allá hasta un terreno pantanoso, ciertamente complicado. Avanzar por él podría reportar consecuencias imprevisibles.

   La descripción del objeto por el que se mata en esa abadía aparece en la Biblia, el viejo Ramiro la recita de memoria y nos dice dónde se encuentra, en qué libro, en qué capítulo y en qué versículos. Se sabe que fue elaborado para permanecer en el Templo de Salomón, y que cuando éste fue derruido fue a parar a Roma, donde engrosó el tesoro del Imperio. Finalmente, los visigodos, tras saquear la Ciudad Eterna, lo trajeron a Toledo. De allí, ante la amenaza musulmana, tuvieron que llevarlo hacia el norte, para que permaneciera en territorio cristiano. De todo ello hay trazas documentales y también leyendas.

   Ese objeto, esa obra de arte, pero también de espiritualidad, parece ser que llevaba grabado el nombre inefable de Dios. Nombre de Poder. La novela no nos dice cuál es ese nombre, pero sí se nos da cierta información sobre el modo correcto de pronunciarlo. Más aún, del modo correcto de pronunciar cualquier texto religioso o mágico. Ahí está la revolución.

   Ahora bien, los que somos curiosos, solemos ir siempre más allá. Si este objeto pertenece a la tradición judía, concretamente a la de la mística judía o cábala, entonces la autoridad suprema es Gershom Scholem. Según este estudioso, el nombre secreto e inefable de Dios es el Tetragama Y.H.V.H y la Torá, para los cristianos los cinco primeros libros del Antiguo Testamento, constituye su exégesis. Pero la tradición prohíbe terminantemente pronunciar ese nombre, por eso se dice que es inefable, o tal vez porque nadie conoce las vocales sobre las que apoyar esas consonantes. En cualquier caso, en la novela esto no basta. Hace falta algo más y ahí está la madre del cordero.

http://bit.ly/3Tnj6k0

https://books2read.com/ap/xrw0jL/Alba-Longa