La mansión de Bardés estaba, con creces, a la altura de lo que había imaginado. La joven Clara salió a abrirle la puerta que daba acceso a la propiedad.
-Pase usted, comandante. Tenga la bondad de seguirme.
Clara lo condujo a una vasta galería acristalada situada en el extremo opuesto del edificio, donde lo aguardaban Bardés y Alba Longa, sentados en confortables sillones. Había dos más alrededor de una mesilla, sobre la cual una bandeja de plata presentaba varias botellas de diferentes licores. Schluter se preguntó qué papel desempeñaría ese señor Longa en la familia cuando se hallaba, a hora tan temprana, en el hogar. A pesar de su innegable apostura, descartó, por cuestiones de edad, que fuera la pareja de Clara. No tenía constancia que ésta se hubiera asociado con nadie. ¿Por qué iba a hacerlo, teniendo el formidable apoyo financiero de su abuelo? Además, ayer parecía entrar por primera vez en la galería de Villefranche. Acaso sea un experto en quien la familia confía, a pesar de que Bardés no es precisamente bisoño en el oficio y la nieta ha demostrado poseer una competencia notable, cualidad tanto más meritoria cuando se tiene en cuenta su juventud.
-Si lo desea, puede entregarme su impermeable –sugirió Clara.-
El pintor y su acompañante se levantaron para cumplimentar a Schluter. Clara hizo las presentaciones:
-Mi abuelo, Jacobo Bardés, y el profesor Alba Longa, que ya conoce.
-Encantado.
-Pero tome asiento, comandante. ¿Desea beber algo?
-No gracias.
-¿Acaso un café?
-Si no es molestia…
-Por supuesto que no.
Jacobo Bardés en persona se puso a verter el contenido de una cafetera previamente preparada en unas tacitas de porcelana de Sèvres.
-Presumo –rompió la primera lanza Jacobo Bardés- que el renovado interés de la policía por los bocetos de Brik arranca de los luctuosos acontecimientos sobrevenidos en la persona del jardinero Vergari.
-La O.C.B.C. viene ocupándose desde hace muchos años de una vasta operación de falsificación de obras de arte que tiene su epicentro en Francia y que pone en circulación apócrifos de una extraordinaria perfección. Tanto es así que los más prestigiosos expertos no dudan en validarlos. Evidentemente el caso Vergari atrajo nuestra atención sobre estos bocetos que surgieron, convendrá conmigo, en circunstancias, cuanto menos, curiosas. Se trata de tener el espíritu tranquilo en lo que se refiere a su autenticidad. Dado que, tras la venta del lote, el suyo es el que más cerca queda, hemos considerado conveniente, si usted nos lo permite, comenzar por el análisis del mismo.
-Por supuesto. Aunque, como usted comprenderá, no hicimos una compra de esa envergadura a la ligera. Por lo que a mí se refiere, he hecho mi persona en la pintura y, modestia aparte, considero que algo entiendo en la materia. Aun así, solicitamos confirmación a varios de entre los mejores especialistas a nivel internacional. Con lo cual quiero decirle tan sólo que abordo este peritaje con serenidad.
Schluter adoptó una actitud grave y con ella se concentró en terminar el café mediante un par de sorbos. Hecho lo cual, se levantó de su asiento.
-Permítanme que les muestre algo.
El comandante se afanó poniendo la maleta plana en el suelo, descorriendo la cremallera y eligiendo algo en su interior. Finalmente extrajo un curioso cilindro negro, al que quitó la tapa y, con sumo cuidado, sacó a la luz una tela.
-Supongo que la reconoce, señor Bardés.
-Por supuesto, se trata del “Baño de Quirón”. Lo pinté hará unos cinco años.
-¿Tendría la bondad de estudiarlo detenidamente y decirnos si lo admite como suyo?
Bardés se volvió hacia su nieta.
-Clara, ¿podrías traerme un caballete y la lupa, por favor?
Cuando tuvo la tela bien montada sobre el armatoste de madera, lupa en ristre, el pintor se puso a efectuar la tarea que le habían solicitado. Primero prestando atención a cada detalle, en todas las zonas del cuadro. Luego, bajando el instrumento óptico, tomó campo, juzgó la luminosidad, el efecto de los colores, el impacto de la pieza. El examen había durado un buen momento, pero al cabo Bardés parecía satisfecho.
-No hay duda, es el “Baño de Quirón”.
Schluter sonrió.
-Ahora hágame el favor de examinar este otro.
El comandante sacó otro tubo negro y de él un cuadro exactamente igual al primero. Un nuevo “Baño de Quirón”.
Bardés lo contempló intensamente, antes de pedir a Clara un nuevo caballete, que colocó enfrente del primero. El pintor realizó en primer lugar una inspección similar a la anterior. Luego, armado de su lupa de gran aumento, iba de un cuadro a otro como una veleta en un día tormentoso. Al cabo, visiblemente desconcertado, exclamó:
-Yo diría que ambos son el “Baño de Quirón”.
-Pero usted sólo pintó uno.
-Naturalmente.
-Difícil determinar cuál es el verdadero y cuál el falso, incluso para usted, que es el autor.
Bardés parecía su futura estatua de cera. Pero todavía no se daba por vencido. Se lanzó a verificar un detalle, que enseguida iba a cotejar en el cuadro frontero y así iba de uno a otro como va una abeja de flor en flor. Al final tuvo que rendirse.
-Los dos son iguales. No sabría decir cuál de los dos es el mío.
-Estamos ante un falsificador genial –concluyó Schluter.-
Luego añadió:
-Y prolífico. Desgraciadamente.
Poco después, en un compartimento especial del banco, ambos especialistas se volcaron en un examen particularmente riguroso del boceto de “Night-time” que duró cerca de una hora. Tras el cual llegaron a la conclusión compartida de que nada había en él que permitiera alimentar una objeción seria a la atribución del mismo a Brik. Pero, ¿quién sabe?

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