Después de cenar, Alba Longa se retiró pronto a su habitación. Puso el paquete verde sobre la mesa y lo estuvo contemplando durante un buen rato, intacto. Finalmente tiró de la cinta y deshizo el lazo. Desplegó el papel. Dentro había una caja del tamaño de las de zapatos, pero bastante menos profunda. Levantó la tapa. El interior contenía un manuscrito muy bien encuadernado a base de cuero repujado. El papel de las páginas era color crema, de excelente calidad. El texto estaba escrito con tinta negra y la letra, sin ser un prodigio artístico, no carecía de personalidad. El auténtico oficio de Juan había sido tipógrafo en una imprenta, por lo que escribía bien, utilizando correctamente los puntos y las comas. Tampoco cometía faltas de ortografía. Al final únicamente había dos páginas en blanco. La caja contenía asimismo un par de llaves, pegadas al fondo con cinta aislante, seguramente para que no hicieran ruido al mover el paquete.
Alba volvió al principio. Las primeras líneas corrían del modo siguiente:
“Alba Longa. No sé quién te pondría ese apodo, pero te lo puso bien puesto. Yo, en cambio, si estás leyendo ahora estas líneas es que he pasado a mejor vida. Al menos espero que lo sea, porque si es verdad lo que dicen los curas de ella, me tocará pasarme la eternidad sumergido hasta el colodrillo en una de las calderas de Pedro Botero. En todo caso, prometo que, si me lo permiten, volveré para contarte cómo ocurren las cosas aquí. Antes, sin embargo, quisiera hablarte de asuntos que son todavía de ahí. Se trata de detalles que, de habértelos contado cuando nos vimos, te hubieran comprometido inútilmente. En cambio, en el momento presente, es decir, ahora que me estás leyendo, su conocimiento puede ser útil para bastante gente. Particularmente para algunas personas que me son muy queridas. Leyendo estas páginas sabrás, caro Alba Longa, que fui amenazado de muerte, asesinado después, de eso no te quepa la menor duda. A ese respecto no te puedo dar más precisiones, pues, en el momento de escribirte las desconozco. Me voy a dejar sorprender por el ingenio de mis verdugos. Debes saber igualmente que hice todo lo posible, lo cual no es poco, para frustrarles los planes, pero no lo conseguí. La prueba es que estás tú leyendo todas estas divagaciones. Por fin sabrás igualmente el nombre y las razones de quienes me mataron, o al menos dieron la orden de que así se hiciera. Y hay algo más, un favor que quiero pedirte. Ya te digo que puedes ser muy útil a ciertas personas que cuentan mucho para mí, al tiempo que podrás erigirte en formidable instrumento de justicia…. Si es que un tipo como yo puede hablar de justicia… Probablemente la palabra más adecuada sea venganza. Es igual, estoy seguro de que esta palabra no conseguirá amedrentarte. Te lo pido a ti porque el encargo no carece de dificultad, pero al mismo tiempo entra plenamente en las competencias de Alba Longa. No conozco a nadie de quien pueda decirse que, si decide hacerlo, lo conseguirá sin la menor duda.”
Así rezaba la primera página de introducción al libro de Juan. Alba pasó una buena parte de la noche leyendo, meditando e incluso estudiando su entero contenido. Luego fue a consultarlo todo con su almohada. No fue tarea fácil.
La del alba sería cuando había tomado una decisión. Entonces, ya más tranquilo, logró dormir un buen trote.
Se levantó, pues, algo tarde. Mientras tomaba el desayuno recibió una llamada de Miriam.
-¿Puedes venir esta mañana?
-Naturalmente. ¿Al lugar de siempre?
-Sí.
-¿A qué hora te parece bien?
-Ahora mismo.
-Vale. Voy para allá.
Por el camino, inventaba y elegía los argumentos que les iba a dar a cambio de la verdad sobre el contenido del paquete.
Al entrar bajo los soportales los distinguió de inmediato, entre otra mucha gente, pues el lugar, desierto por las tardes, se hallaba bastante concurrido a media mañana. Ambos se habían sentado en la dirección adecuada para verlo nada más entrar en escena, en cuanto pusiera el pie en la zona que abarcaba su campo de visión. Están impacientes, consideró Alba Longa, en tanto que avanzaba hacia ellos. Se llevarán un chasco.
-¿Qué tal? ¿Habéis dormido bien? –dijo, por decir algo; no exento, por cierto, de una leve carga de ironía, pues si él hubiera estado en su lugar también habría dormido sobre ascuas, pensando en cuál podía ser el contenido del paquete dichoso.
Por toda respuesta, Miriam, con disimulo, sacó del bolso una maquinilla que pendía de un hilo.
-La he encontrado esta mañana, colgada del espejo.
Alba Longa cayó anonadado en su silla.
-Pensar que esos tipos han estado a tan sólo unos metros de nuestra cama, mientras dormíamos –comentó Pepe, algo pálido.-
Alba reflexionaba intensamente.
-Os sugiero que esta noche os instaléis en el apartamento de Miriam. Eso los retrasará. Una operación así, de cariz militar, se estudia antes de ejecutarla. Deben reconocer el terreno antes de intervenir. No creo que os inquieten más durante las próximas veinticuatro horas.
-Tengo un revólver –anunció Pepe.- Juan me lo regaló.
-Excelente. Turnaos para dormir. No estéis separados. No os acerquéis a las ventanas.
-Esta noche puede que no vengan. Pero ¿y mañana? ¿Y pasado?
-Una noche. Sólo hay que pasar una noche así, Miriam. Mañana las cosas habrán cambiado mucho. ¿Tenéis que volver al apartamento de Pepe?
-No. Lo esencial lo llevamos con nosotros.
-Perfecto. Mañana, a las diez en punto, nos vemos aquí. Venid con el coche. Lo dejáis aparcado en esa calle –señaló la calle perpendicular a la que se encontraban.- ¿Vale?
-No vemos en absoluto a dónde quieres ir a parar –dijo Miriam.- Pero si tú dices que vale, vale.
-Tranquilos. Alerta, pero tranquilos. Todo está atado y bien atado. Ahora tengo que irme. Hasta mañana a las diez.

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