LA MANSIÓN DE ENFRENTE

mansion

 

Keep moving Henry, keep your mind on the music.

 

Tropic of Capricorn. Henry Miller.

 

EL HUESO DE TODAS LAS CORTEZAS

 

                                                 I

   Al cuarentavo día de la defunción, suben las almas bienaventuradas al cielo y el comisario Boris Tynianov corría el riesgo de llegar tarde a la última cita con la de su madre, María Tynianova, a pesar de hallarse al volante de su Bentley Arnage y de conducirlo por la que suelen denominar en Niza “vía rápida”, una cicatriz que hiende sin piedad, de punta a punta, el bello rostro de la ciudad, sin parar mientes ante los más flagrantes atentados a la estética urbanística, arruinando con ese tachón sombrío y ruidoso los mejores barrios de la población, como así sucede en efecto con el suyo de Zarévich, donde construyeron sus suntuosas residencias los miembros de la Corte y del gobierno de los Zares, desde que éstos decidieron acudir a ese elegante emplazamiento mediterráneo a pasar lo más crudo del invierno, insufrible en San Petersburgo, incluso para un ruso, a quien, según Dostoievski, sienta bien la helada. Lo cómico del asunto es que esa pretendida “vía rápida” en muy contadas ocasiones hace honor a su nombre y, por cuanto se refiere a las horas punta, las más de las veces se halla convertida en un río de chatarra y luces rojas, cuyas aguas están estancadas. Ésa era justamente la perspectiva que se desplegaba ante él.

   Tynianov echó una rápida ojeada a los dígitos horarios. Faltaban cinco minutos para las seis. Podía contemplar la escena que tenía lugar en esos momentos ante las puertas de la catedral como si la estuviera viendo con sus propios ojos. El diácono vestido para oficiar saliendo del edificio, la familia comenzando a impacientarse y a importunar a la vieja Iaïtchnitsa con preguntas sobre detalles y circunstancias que ella no podía sino ignorar. Y sobre todo le parecía oír a su hermano mayor, Iván, echando pestes en voz baja sobre el descastado que había consentido en tomar un oficio. Ni más ni menos que un Tynianov, cuya estirpe había poseído en Rusia, antes de la Revolución, tantas tierras como para tapar todo el hexágono francés.

   Afortunadamente se hallaba ya ante la salida Saint-Philip. Todavía hicieron falta diez buenos minutos para que el Bentley pudiera asomar el morro en lo alto de Zarévich. Desde allí, Tynianov pudo contemplar exactamente la escena que había imaginado.

   En cuanto Iván lo vio llegar comenzó a dar las órdenes oportunas y a despachar al séquito en los diferentes vehículos, tomando consigo al sacerdote con estola y casulla. El comisario se había detenido ante Iaïtchnitsa, quien subió en silencio. La comitiva partió.

   El cementerio ruso se halla en la parte oeste de Niza, de modo que no había más remedio que tomar de nuevo la “vía rápida”. En efecto, cuando dicha arteria se encuentra colapsada, cualquier otro itinerario resulta inimaginable. No hay sino hacer acopio de paciencia y pensar en otra cosa. Tynianov optó por pensar en su madre. Dos términos surgían de inmediato para custodiar la figura de la condesa: austeridad y autoridad. Los rusos de Niza sabían ser rusos hasta la médula a la par que franceses desde mucho antes de la Revolución de octubre.

   Iaïtchnitsa también andaba probablemente a vueltas con sus propios recuerdos relacionados con la condesa María Tynianovna, que debían ser legión pues la vieja criada nació en el seno de la familia, lo que antiguamente se denominaba la mesnada, y contaría, poco más o menos, los mismos años que su señora. Iaïtchnitsa solía ser una esfinge mientras no se la solicitaba, pero si acaso alguien tiraba un tanto de su lengua surgía la garrulería afable y sensata del acervo popular, tesoro del campesino ruso. Sólo que ella jamás en su vida puso un pie en la Santa Rusia. Sus padres la engendraron en Niza y aquí la parió su madre.

   Tynianov optó en esa ocasión por dejarla en paz con sus cavilaciones.

   A unos pasos de la callejuela sin salida donde se encuentra la puerta de entrada al cementerio ruso, hay un parking que, por fortuna, ofrecía aparcamiento suficiente para todo el cortejo. Iván hurgó en el bolsillo de su chaqueta y extrajo una llave tan consecuente que sus dos extremos sobresalían limpiamente de su puño cerrado. El mecanismo del cerrojo chirrió como un cerdo que está siendo sacrificado y seguidamente lo hicieron las bisagras.

   El sacerdote entró el primero y abrió la marcha hacia el panteón de los Tynianov, situado en el punto más elevado de la colina. Iván aguardó a que todo el mundo franqueara la puerta para cerrarla de nuevo. Sólo entonces le dirigió la palabra a su hermano Boris.

   -Cinco minutos más y no te hubiéramos esperado.

   -La condesa sí me hubiera aguardado.

   -Yo no estaría tan seguro. Si alguien se retrasaba a la hora de las comidas, yantaba en la cocina, con los criados. Tú lo sabes mejor que nadie.

   -La condesa, nuestra madre, sabía ser severa sin que ello fuera óbice para que en su discernimiento, como en el de todo cristiano perfecto, primara el amor.

   -Si ello fuera cierto también para ti, habrías llegado con antelación a la cita, evitando toda posibilidad de encontrarte ausente en la última despedida.

   El comisario hurgó en el bolsillo interior de su americana y sacó su móvil. Lo desconectó.

   -No le des más vueltas, Iván. Aquí estoy contigo para la última despedida.

   Diciendo esto, Boris Tynianov avanzó solo hacia el panteón. Tras él, Iván rezongaba:

   -Siempre me pareció que confiabas demasiado en tu buena estrella. Algún día te saldrá el tiro por la culata.

   Iaïtchnitsa le salió al encuentro trayendo dos candelas, una encendida, que conservó, y otra apagada, que le entregó.

   -Sostenla con las dos manos, barine, mientras la alumbro. Abandona todo pensamiento profano y considera que este fuego es tu propia alma y aquel otro fuego es el alma de la condesa, tu madre. Los fuegos, entre sí, se entienden y se hablan. Tenlo presente.

   El sacerdote, levantando un extremo de su estola, comenzó a entonar la letanía. En ese momento, por encima del horizonte marino, un enorme pájaro de hierro alzó, majestuoso, el vuelo. El viento contrario se llevaba el ruido de los motores mar adentro, de modo que ni la voz del oficiante, ni la de los concurrentes que respondían a sus solicitaciones, perdieron un ápice de su nitidez.

   “Bendice, Señor, mi alma; y que todo lo que está en mí,

     Bendiga su santo nombre. Tú eres bendecido, Señor.”

 

   Tynianov contempló una última vez la llama que sostenía entre sus manos y las llamas de los otros y la que ardía junto al icono colocado en el interior del panteón, junto a la sepultura de la condesa, y el resplandor de su conjunto que había tomado vigor a medida que iba cayendo la hora crepuscular, antes de que la totalidad de ellas fuera apagada al unísono como símbolo de la aceptación por parte de los fieles de la brevedad y la necesaria caducidad de la existencia humana.

   Por tres veces repitió el oficiante la fórmula: “Señor, ten piedad.” Y con ello concluyó la ceremonia.

   El comisario Tynianov echó mano a su móvil y lo puso de inmediato en funcionamiento introduciendo el código. Apenas recuperado el sentido, el aparato se puso a sonar y a vibrar como si expresara su más enérgica protesta por haber sido amordazado de manera tan degradante y por tan largo tiempo. Así que, despechado y herido en su orgullo, entregó al comisario varios mensajes apremiantes, orales y escritos.

   Tynianov, tras tomar conocimiento de ellos, frunció el ceño y empezó a buscar con la mirada a la vieja Iaïtchnitsa, la cual acudió de inmediato. Pero también se acercó Iván.

   -Apenas concluida la oración por la salvación del alma de su madre, ya tenemos al probo siervo del Estado acudiendo, de rodillas, a la voz de su amo, para ver qué se le ofrece, si quiere una limonada para paliar el calor o un refrigerio para despertar de su sueño las mandíbulas.

   -Un individuo ha sido hallado abierto en canal y descuartizado en su propia casa. Alguien tendrá que ocuparse de él, ¿no te parece?

   -No un Tynianov cuyos antepasados contaban entre sus posesiones las almas por miles.

   -¡Ah, Iván! No olvides presentarle mis respetos a tu señora esposa, así como todas mis excusas por haber tenido que salir con tanta precipitación.

   -¡Ve y que te zurzan!

   -Por lo pronto da gracias que me ocupo de investigación criminal y no de asuntos financieros.

                                                   II

      Alba Longa acababa de lidiar con sus dos horas de anfiteatro y los estudiantes comenzaban a descender de esa suerte de palomar de abadía en que habían estado apostados como pichones. Recogía con parsimonia sus efectos personales esparcidos por la mesa y los iba colocando en un maletín de cuero, cuando una voz bien timbrada y vagamente conocida lo interpeló en español. Era Clara, una antigua alumna.

   -Hola, Clara. He sabido por los que van y los que vienen, por los que entran y salen, que ya diriges tu propia galería de arte. Enhorabuena.

   La joven se limitó a sonreír, por lo que Alba prosiguió.

   -¿Has venido a buscar a alguien en particular?

   -Sí, a ti.

   Alba experimentó una confusión momentánea. No obstante, repuso:

   -¿Y a qué se debe tan singular e inmerecido privilegio?

   Clara sonrió de nuevo. Era la primera vez que Alba Longa le hablaba así, pero es verdad que la situación no era la misma.

   -Vengo a proponerte un negocio.

   La confusión se trocó en perplejidad.

   -Soy todo oídos, si bien me temo que no pueda serte de mucha utilidad, jamás se me ha dado muy bien la pintura.

   -Serénate y refresca tus ojos, pues no se trata de pintura. En realidad tampoco soy yo quien solicita tus servicios de lingüista, sino mi abuelo.

   El abuelo era nada menos que Jacobo Bardés, uno de los pintores vivos más cotizados del momento. Clara, tras escrutar brevemente la reacción de su interlocutor, reanudó su exposición de los hechos.

   -Verás, le han propuesto la compra de un manuscrito castellano del siglo XIII, que obra provisionalmente en su poder con objeto de que él mismo efectúe los análisis periciales que considere oportuno. Y es el caso que alguien mencionó tu nombre y le recomendó que entrara en contacto contigo. Se trata, en un principio, de determinar si realmente el texto fue escrito en la fecha propuesta. ¿Crees que eso es posible?

   -Naturalmente. Y ¿hay un título?

   -Se trata del “Picatrix”. Una suerte de grimorio.

   -Lo conozco. Durante la Edad Media circularon numerosas versiones latinas, muchas de ellas se conservan. Sin embargo, en castellano, se sabe que hubo al menos una, pero se perdió.

   -De ahí su inmenso valor, en caso de que se encontrara.

   -Ciertamente. Pues nada, manos a la obra. Vamos a echarle un vistazo a ese manuscrito de marras.

    Lo menos que se hubiera podido decir era que Clara había venido a pie a la cita. Cuando apretó el botón de su mando a distancia, lo que se abrió con un recio chasquido fue el mecanismo centralizado de un Porsche Carrera. El cual, pese a sus inmensas posibilidades, fue conducido con notable suavidad y acendramiento por su joven propietaria.

   A tales horas de la mañana, la “vía rápida” se hallaba casi desembarazada y merecía, más o menos, el nombre que se le había dado. Rara vez la empleaba Alba Longa sin ser él mismo el conductor del vehículo, así que tuvo a bien recrearse en la contemplación de las montañas del fondo, a la izquierda, y del mar turquesa que, a intervalos, se mostraba muy cerca, a su derecha, entre los blancos paralelepípedos que se alineaban a lo largo del prolongado “Paseo de los ingleses”. Y allá en su frente, como una encalada zagüía mediterránea, el observatorio astronómico.

   -Tengo entendido que hoy empiezas tus vacaciones, pero he olvidado preguntarte si ya has terminado tu jornada de trabajo.

   -Sí. Ya está cerrado el día y el año académico.

   -Estupendo, así el estudio del manuscrito representará una gradual transición hacia el “dolce far niente” estival.

   Alba comenzó a comprender que lo que deseaban abuelo y nieta no era una simple datación del texto sino un examen pericial exhaustivo del mismo.

   -Mejor así –estimó el aludido-. La naturaleza no da saltos, ni aprecia que se los hagamos dar por la fuerza. ¿Y tú, no te vas a tomar unas vacaciones? Esta ciudad parece hecha para eso.

   -¿Sí? ¿Y cómo es eso que, los días laborales, hacia las ocho de la mañana, parece que se le hinchan las venas de tanta sangre trabajadora que le entra?

   -Y también de dióxido de carbono –concedió Alba.- Una suntuosa ciudad de contrastes, en efecto.

   Esto último lo dijo Alba Longa mirando el soberbio palacio que domina la urbe desde lo alto de una colina situada en su parte este, mandado construir por la reina Victoria de Inglaterra. Clara notó la dirección que tomaba la mirada de Alba.

   -Un edificio impresionante –comentó.- Se dice que la reina dio la orden de construirlo en un año y el plazo se cumplió.

   -En España tenemos un caso semejante con el acueducto de Segovia, que fue levantado en una noche. Pero lo construyó el diablo.

   Clara sonrió una vez más, divertida. Tenía algo de contagioso su sonrisa, consideró Alba.

   -Prefiero creer que lo edificaron los romanos. Es la otra versión ¿no?

   -Sí. Y es, además, la versión oficial.

   -Y la más probable.

   Ahora sonreían ambos.

   Para no ser un edificio oficial, el palacete donde Bardés vivía con su nieta no tenía gran cosa que envidiar a la mencionada residencia real. Estaba mejor situado, en el sentido de que se encontraba más cerca del mar y, desde las colinas del este que se asomaban a la inmensidad azul, poseía igualmente una vista impagable del Paseo de los ingleses, en toda su longitud, con el aeropuerto al fondo. En realidad se dominaba toda Niza desde allí. Se trataba de una construcción masiva de tipo provenzal, en varios cuerpos, aunque en su parte delantera estaba surcada de balaustradas de piedra blanca en todos sus niveles y separando igualmente del jardín la terraza, donde arrancaba la piscina que se prolongaba hacia el mar y, por un efecto óptico, semejaba juntar sus aguas con las de aquél. Pero en realidad, más allá de la piscina quedaba todavía mucho jardín, lo mismo que a ambos lados de la edificación. Alba Longa, desde luego, no esperaba menos de un pintor de la reputación de Bardés.

   Precisamente éste los estaba aguardando, vestido de punta en blanco, junto a la mencionada piscina, y tan absorto se hallaba en la lectura de un periódico que no percibió su llegada hasta que no se encontraron a unos pasos del perseverante lector. No obstante, al notar su presencia, se levantó de su asiento con una presteza y agilidad que sorprendieron a Alba Longa. En realidad no se trataba de un anciano, sino de un hombre provecto, cierto, si bien todavía robusto, un tanto rechoncho, eso sí, lo que los franceses denominan “en bon point”, pero elegante a pesar de todo, con un peinado y un bigotito entrecanos que recordaban vagamente al actor Clark Gable.

   Bardés estrechó calurosamente la mano de Alba Longa.

   -Encantado de conocerle personalmente.

   Alba encontró que era justamente ésa la frase que debía haber pronunciado él.

   -Soy yo quien recibe el inmerecido honor de estrechar una mano tan célebre.

   -No crea –replicó Bardés, mirando significativamente a su nieta-, hace muchos años que oigo insistentemente hablar de usted.

   Sin embargo, al notar el pintor que Clara se ruborizó súbita e intensamente, cambió de inmediato su conversación.

   -¿Has visto qué noticia trae el periódico esta mañana?

   Al tiempo que lanzaba la pregunta, le tendía el “Nice-matin” a su nieta.

   Los ojos negros de Clara perforaron literalmente el artículo, desapareciendo de sus mejillas el rubor tan velozmente como había venido.

   -¡No! –Exclamó, prolongando la vocal.-

   Parecía en verdad sorprendida y afectada.

   -¡Pobre Vergari! –añadió.-

   -Sí. Era un sujeto entrañable –abundó Bardés.-

   Clara seguía leyendo, fascinada, cada vez más pálida.

   -¡Y qué muerte tan horrible!

   Le alargó el periódico al abuelo, como si pesara un quintal y no pudiera sostenerlo por más tiempo.

   Bardés se dirigió entonces a Alba Longa.

   -¿Ha oído usted hablar de Georges Vergari?

   -No, que yo recuerde.

   -Tal vez haya olvidado el nombre, pero el caso fue ampliamente difundido por los medios de comunicación. Se trata del jardinero de Brik que, después de tantos años de la muerte del pintor, salió con que poseía varios bocetos del mismo, estudios que éste efectuó antes de pintar algunas de sus más famosas obras.

   -¡Ah, sí, sí, claro que oí hablar de ello! Y ahora ha muerto. Vaya…

   -No es sólo que haya muerto. Es que lo han asesinado. Fíjese lo que dice el periódico: “Ayer tarde fue hallado por la mujer de la limpieza el cuerpo, horriblemente mutilado y con indicios de haber sido torturado, de Georges Vergari. El cual, como el lector recordará, sin duda alguna, había sido el jardinero del pintor Gustav Brik, y que, hace unos meses, salió con la pretensión de que Brik le había regalado, en premio a sus buenos y leales servicios, una colección de bocetos firmados de su puño y letra. La familia del pintor apeló a los tribunales con objeto de que le fueran restituidas obras de tan elevado valor, para las cuales el jardinero no poseía título de propiedad alguno ni cualquier suerte de documento escrito que diera fe de tan sospechosa donación. Todo transcurrió verbalmente, alegó, en su día, Vergari. El asunto fue, pues, llevado ante los tribunales y, durante el proceso, ambas partes llegaron a un acuerdo. Mediante una sustanciosa compensación económica, Vergari condescendía en ceder a la familia del pintor la totalidad de los bocetos en cuestión. Ahora, la trágica muerte del jardinero suscita obviamente numerosas preguntas.”

   -Efectivamente. Un asunto bastante feo –admitió Alba.-

   -En vida de Brik, nosotros conocimos bastante bien a Vergari. Es cierto que, entre pintor y jardinero, se daba una relación, desenfadada, informal. Existía una simpatía y una proximidad indudable. Vergari, en su materia, era un auténtico especialista. Se trataba, en realidad, de dos maestros, cada uno en su terreno, que hablaban, ambos, con la voz engolada de quien ha desentrañado todos los secretos de su respectiva disciplina. Vergari era un poquito astrólogo también. En todo caso, gracias a él, la tierra daba a Brik todos los productos que hubiera proporcionado, por ejemplo, una abadía medieval, por cuanto se refiere a alimento y medicina. Además de un jardín artísticamente dispuesto, cuya variedad y belleza saltaba a los ojos en cualquier época del año. De todo lo cual, Brik se mostraba no poco orgulloso ante sus invitados. Y además Vergari poseía el don de gentes. Clara está tan afectada porque, desde muy pequeña, en cuanto llegábamos a la casa de Brik, ella se iba en busca de Vergari para que éste le contara verdaderas historias cuyos protagonistas eran las mismas plantas y eran tan maravillosas e interesantes como cuentos de hadas.

   -Así fue, en efecto, -confirmó Clara-. Y el fruto de ello puede verse, en parte, aquí.

   -Es verdad. Mis propios jardineros ponen en ejecución, con excelentes resultados, los consejos que les da Clara. Y no es infrecuente que queden admirados de los conocimientos que posee.

   -Ahora dime, abuelo. ¿Tú crees que esto le dará o le restará valor a la adquisición que hicimos de uno de esos bocetos de Brik?

                                               III

   La doctora Jeanne Dal Ponte había pasado la mayor parte de la mañana efectuando la autopsia al cadáver de Vergari y ahora guardaba sus utensilios con cierta precipitación, se lavaba, se quitaba la bata y ya se disponía a salir de la cámara fría, cuando se encontró de bruces con el comisario Tynianov.

   -Venga conmigo, comisario. Hace un rato que me viene bailando una idea en la cabeza.

   Decir esto y precipitarse en la habitación contigua fue todo uno. Se sentó ante un ordenador en funcionamiento, tecleó de manera fulgurante durante unos segundos y desplazó la pantalla para que la viera el comisario.

   -He aquí el arma del crimen.

   El comisario se inclinó hasta apoyarse en la mesa y contempló un imponente cuchillo cuya hoja recordaba vagamente la forma de un pez.

   -Es originario del Nepal, mide de 40 a 46 centímetros de largo y se le denomina Kukri. Adquirió notoriedad al ser utilizado en combate por los Gurkha, unas unidades del Ejército británico integradas tanto por europeos como por nativos. Originariamente, estos últimos pertenecían al clan rajput Khasi, implantado en el norte de la India, que luego emigró, en el siglo XVI, del Rajasthan hacia el actual territorio del Nepal. Fíjese en esa muesca, cerca de la empuñadura, sirve para dirigir la sangre fuera, de modo que no pueda mojar el mango. Dicha melladura dejó sus marcas características en el cuerpo de Vergari.

   -¿Es, como parece evidente, un arma rara en occidente hasta el punto de constituir un elemento reductor en la investigación?

   -Ciertamente. Aunque no tanto como para permitirnos centrar, de buenas a primeras, nuestras pesquisas en los miembros de la comunidad india de Niza. Como le he dicho antes, los Gurkha eran unidades mixtas, por lo que también podría tratarse de un descendiente de un soldado británico.

   -O de un erudito del crimen, uno de esos adeptos a una “Society of Connoisseurs in Murder” como la mencionada por De Quincey en su “Murder, considered as one of the fine arts”.

   -Dicho esto, personalmente me inclino por la hipótesis de un oriental. Porque hay que tomar en consideración otro detalle.

   -¿Se refiere a la tortura? ¿Se trata igualmente de un método particular?

   El comisario consiguió al fin arrancar su mirada de la pantalla y se irguió. La forense dejó igualmente de concentrar su atención en el ordenador e hizo girar su silla hasta encararse con Tynianov. Luego se cruzó de piernas antes de hablar.

   -A Vergari se le ha administrado la llamada “muerte de los mil y un cortes”, una modalidad de suplicio que culmina en fallecimiento de la víctima, consistente en descuartizar al condenado, el cual permanece atado a un poste viendo cómo se depositan ante él pedazos de su propio cuerpo. El método permite mantener al ajusticiado con vida hasta que se le extrae la hipófisis y sobreviene la muerte. Se practicó en China entre el año 907 y 1905 y se aplicaba a siervos que hubieran asesinado a su amo o a crímenes de lesa majestad.

   -Para la postrera operación, al menos, se necesitaría un cuchillo más pequeño.

   -Por supuesto. Las intervenciones delicadas se realizan con una suerte de bisturí.

   El comisario sorteó la mesa y fue en busca de la ventana. La calle ofrecía el espectáculo del drama humano permanente en las urbes: la lucha por el espacio, un lugar por donde pasar, un lugar donde aparcar. Aquí en Niza, sin embargo, la gente había bajado un grado en la escala de responsabilidad, se había producido una suerte de relajación moral en ese aspecto. En ninguna otra ciudad había visto Tynianov tanto coche en doble fila y, en general, mal aparcado, lo que duplica los problemas circulatorios, todas sus arterias quedan amputadas de un carril y miles de personas potencialmente secuestradas, justamente las que han aparcado correctamente y, claro, se muestran furiosos y lo demuestran haciendo sonar desaforadamente el claxon, aunque lo más probable es que, si consiguen salir, cosa poco probable, diez minutos más tarde serán ellos los que aparquen en doble fila.

   -Dígame, doctora Dal Ponte, esa progresiva ascensión hacia la muerte…. ¿Es, desde el principio, irreversible, o bien, durante algún tiempo, el reo puede albergar alguna esperanza de remisión?

   -¿Ascensión o descenso?

   -Depende de cómo se mire.

   La doctora reflexionó.

   -Sí, justamente. En eso consiste una parte de la crueldad del procedimiento. Este ritual macabro puede comenzar muy despacio, mediante cortes realmente insignificantes. El quid de la cuestión es que la víctima sepa lo que le espera. Pero, por supuesto, la esperanza es lo último que se pierde. Después se pueden lograr golpes de efecto, desde luego, que tampoco son irreversibles.

   -O sea, que se puede utilizar el procedimiento para obligar a alguien a confesar algo.

   -Se puede, pero en ese caso el torturador debe ser más experto, si cabe, en medicina. O tener una larga experiencia en la labor….

   -Hay oficios para todo en este mundo. Y ninguno de ellos excluye una rigurosa conciencia profesional.

   Esta vez fue la doctora Dal Ponte la que se levantó y quedó levemente apoyada en la mesa. Tynianov seguía mirando a través de la ventana.

   -Si ello fue así –dijo casi en un susurro Dal Ponte-, Vergari ofreció una resistencia heroica.

                                                IV

   -Podría pensarse que, según la ley de la oferta y la demanda, si surgieran más bocetos de Brik, los existentes perderían algo de su valor. Sin embargo, esta conocida y generalizada ley del mercado no afecta al dominio del arte. Una obra de un pintor como Brik no perderá nunca valor, antes al contrario, mientras exista, seguirá subiendo de precio hasta el punto de que nadie sabe en qué parará la cosa. Pero siempre hacia arriba, por astronómica que sea la cota alcanzada.

   -No me gustaría haber empezado mi carrera profesional con un estrepitoso fracaso….

   Bardés sonrió y pellizcó cariñosamente la barbilla de su nieta.

   -Pierde cuidado, tesoro. Este oficio raras veces da sorpresas desagradables. A no ser que le den a uno gato por liebre.

   -Y para prevenir tan importuna eventualidad, ahí está la inagotable ciencia del abuelo. ¿No es así?

   -Así es, en efecto, mi querida nieta.

   Diciendo esto, le revolvió el pelo.

   -Y si no, más se perdió en la guerra de Cuba. Afortunadamente estamos al abrigo de varios fracasos de esa índole.

   -En efecto, lo menos que se puede decir es que tus propios cuadros se venden bien….

   Bardés se llevó teatralmente la mano a la frente.

   -Pero no le hemos ofrecido nada de beber a nuestro huésped. Tenga la bondad de venir por aquí.

   Los tres avanzaron unos pasos hacia el bar.

   -¿Qué desea tomar?–propuso el pintor, señalando la abundante botillería.-

   -Sólo un vaso de agua bien fría, por favor. Las dos horas de anfiteatro y este calor me han dado una sed del diablo.

   -Cuando hace calor –terció Clara-, las salas de clase son un auténtico horno. Yo también tomaré un vaso de agua bien fría.

   -Como queráis. Por cuanto a mí se refiere, no pienso renunciar a mi medicina de antes y después de las comidas.

   Diciendo esto, Bardés sirvió los dos vasos de agua helada y para él un whisky con unos pedazos de hielo.

   -Y hablando del valor del arte… Supongo que Clara ya le habrá puesto al corriente de la existencia de ese manuscrito supuestamente del siglo XIII…

   -Desde luego. El “Picatrix” en castellano.

   -¿Lo conoce usted?

   -He oído hablar de él. Es el título latino que se le dio a un tratado árabe de magia y hermetismo escrito por un tal Maslama al-Mayriti, que vivió a finales del siglo X y principio del XI. Luego, Alfonso X de Castilla, conocido por su sobrenombre “el Sabio”, mandó en 1256 a su famosa Escuela de traductores de Toledo que el texto árabe fuera vertido al castellano, para su uso personal, y al latín. Con el tiempo, ambas versiones sufrieron una evolución radicalmente diferente. Mientras la latina se copiaba una y otra vez hasta alcanzar una notable difusión por toda Europa, particularmente entre los siglos XVI y XVIII, la castellana se perdió para siempre, o al menos hasta hoy.

   -Eso mismo se me ha referido por quienes me ofrecieron comprarlo. El manuscrito, según ellos, habría permanecido en manos privadas, sobre las cuales rehusaron darme la menor referencia, lo mismo podría tratarse de una familia influyente, por ejemplo una de esas grandes familias castellanas que dominaron la vida política del reino durante los siglos siguientes y que crearon complejas redes de alianzas, provocando devastadoras guerras civiles, o bien la propia Iglesia, o cualquier otra entidad. Sea como fuere, la razón que movió a estas gentes a no divulgar la obra castellana, siempre según la fuente indicada, fue doble, en primer lugar, la conocida y sin duda sensata idea de que la lengua culta, el latín, restringía ya su circulación y la circunscribía a individuos de una cierta elevación, moral e intelectual, y a un cierto, digamos, compromiso, por utilizar un término moderno. Usted ya me entiende. Este mismo argumento sirvió para prohibir, como sin duda ya sabrá, la traducción de la Biblia a las lenguas vernáculas.

   -Efectivamente. El saber no debe caer entre las manos del vulgo. Eso sería peligroso. “Quien tiene el orden de las palabras, tiene el orden de las cosas.”

   -Cierto. Así es. Pero había otra razón. Las personas que conservaban el manuscrito, sean quienes fueran, creían en la eficacia real del texto. En otras palabras, pensaban que su estudio era susceptible de otorgar un auténtico poder mágico. Me refiero a una propiedad que tendría el texto castellano y no el latino, o no en la misma medida. Quizá porque el segundo estaba destinado a la divulgación, restringida, cierto; mientras que el primero estaba destinado al uso exclusivo, personal, del rey. Y, ya se sabe, la magia es conocida por muchos como el “arte real.”

   -Si los reyes hubieran poseído en verdad ese “arte real”, la Revolución francesa no se hubiera producido. Ni la rusa tampoco –repuso, escéptico, Alba.-

   -Completamente de acuerdo –se apresuró a replicar Bardés-. No obstante, con ser sugestiva, no es ésa la propiedad generativa del manuscrito que nos interesa, por el momento al menos. Se trata de que si éste fuera auténtico, su valor sería considerable. De eso se trata; lo cual, ya de por sí, constituye una magia más que suficiente.

   -Desde luego –admitió Alba, divertido.-

   -No desearía llevarle a la conclusión de que tengo por costumbre efectuar compras de esa índole de modo ingenuo. Un análisis científico del papel, de la tinta, de los colores, etc., se impone en cualquier circunstancia. Convendrá usted, sin embargo, en que el coste de todo ello es elevado. Lo que procede, en un primer momento, es determinar si el lenguaje que el texto refleja se corresponde realmente con el castellano de 1256, y en ese caso podría, digo, eventualmente podría ser auténtico, o comportar el lenguaje perteneciente a un estado ligeramente posterior y entonces contemplar la posibilidad de que se trate de una copia no muy alejada del original, pongamos por caso una copia auténtica de finales del XIII, o del XIV, o incluso del XV, la cual no estaría, desde luego, desprovista de valor. Y claro, en función del alejamiento del original, descendería el precio de la misma. O si por el contrario se trata de una burda imitación del siglo XIX, del XX o del actual, buena para entregársela a un buhonero y que la venda en un rastrillo. Tengo entendido que tal operación puede ser efectuada por un experto filólogo, como lo es usted.

   -Lo haría cualquier alumno de filología hispánica. Recuerdo que ése era ejercicio preferido de nuestro profesor de historia del español. Nos daba un texto, generalmente medieval, y nos pedía el año, el día, y si había sido redactado antes o después de la comida del mediodía.

   -Veo que conserva usted su buen humor de estudiante.

   -En efecto, fueron copiosas, en su día, las bromas al respecto.

   -Pero no se trata de efectuar un simple ejercicio universitario, de unas cuantas horas de duración, que determine escuetamente la fecha de composición, aunque sea de modo certero y evidente. Lo que le pido es un auténtico documento pericial, detallado y completo, que, en caso de ser nuestro manuscrito un falso, convenza, de manera objetiva e irrefutable, a quienes me proponen el trato. Un estudio que, si debo rehusar la compra, pruebe mi buena fe. Hago demasiados negocios con ellos como para desairarlos gratuitamente.

   -Comprendo su situación.

   -Otra cosa. Dada la virtual importancia del objeto de su examen, entenderá que éste no pueda salir de esta casa. No es que desconfíe de usted. Verá, aquí pinto mis cuadros, conservo algunos de ellos, de los míos y del los que me regalaron mis amigos artistas. Las medidas de seguridad que he tenido que adoptar son sofisticadas. Hoy en día, la tranquilidad absoluta, y menos con respecto las obras de arte de cierto valor, no existe. Pero convendrá usted en que aquí está todo algo más seguro. Lo que le estoy proponiendo es que sea usted mi huésped durante algunas semanas. Le prometo hacer cuanto esté a mi alcance para que su estancia entre nosotros sea lo más agradable posible. ¿Acepta usted tan enfadosa condición?

   Alba quedó momentáneamente confundido. Por extraño que parezca, había adivinado que el trabajo sería largo, pero no había caído en la cuenta de que, efectivamente, se le iba a pedir que lo realizara “in situ”. Sin embargo, encontró con rapidez las palabras adecuadas.

   -De enfadosa nada. Constituye para mí un placer y un honor aceptar su invitación.

   -El placer es nuestro –dijo Bardés, lanzando una significativa mirada a su nieta.-

   -No obstante, debo pasar antes por mi casa para recoger algunas cosas, principalmente mis utensilios de trabajo para los próximos días.

   -Entiendo. Se refiere a sus libros.

   -Me bastará con dos de ellos y unos viejos apuntes.

   -Te acompaño –se ofreció Clara al instante.-

                                                      V

      Fréderic Schluter entró en cierto edificio público de la capital francesa. Su conjunto vingtage de primavera, compuesto de pantalón y chaqueta de lino blanco, camisa azul con lunares igualmente blancos, pañuelo de seda a juego con la camisa, zapatos de cuero marrón relucientes y crujientes, su cuerpo rollizo sin llegar a obeso y sus gafas de montura dorada, tal vez oro, le daban la apariencia de un inofensivo profesor de universidad, voluntariamente inmerso en un medio de su elección, a la búsqueda de confirmación empírica para alguna de sus innovadoras hipótesis científicas. Avanzó hacia el centro del vestíbulo y allí se detuvo un instante, como quien no acaba de decidirse entre varias determinaciones, luego comenzó a caminar como un masón. Una vez alcanzado el otro extremo de la pieza, se sentó a esperar, cruzado de brazos.

   De inmediato, un sujeto se acercó a él.

   -¿Deseas algo en particular, hermano?

   -He vuelto a Ramah –repuso Schluter.-

   -Séptimo piso, puerta cincuenta y nueve.

   Dada esta información, el individuo se fue por donde vino. Schluter dirigió sus pasos hacia el ascensor. Una vez cerrada la puerta del mismo, se miró en el espejo. Había perdido toda su bonhomía, estaba excesivamente pálido y su mirada era la de quien mira hacia dónde podría echar a correr de inmediato. Cerró los ojos y respiró hondo. Iba a encontrarse con Bemoz en persona. ¿Qué diablos podía haber ocurrido para que él fuera llamado a ver lo que no puede ser visto? El ascensor se detuvo muy lentamente y las puertas tardaron una eternidad en abrirse. Comprobó que estaba azorado, su respiración se aceleró. Sin embargo, hasta entrar en el hall, todo había ido bien. Mirando los números de las puertas, se dio cuenta de que avanzaba en sentido contrario.

   Volvió sobre sus pasos. El pasillo estaba alfombrado en rojo, por ambos lados subía un rodapié hasta por lo menos cincuenta centímetros y el silencio que reinaba era de mausoleo.

   Puerta cincuenta y nueve. Los números eran dorados y relucían con el resplandor de las candilejas. Dicen que quien ha visto su rostro, muere. Instintivamente echó una fugaz mirada hacia la parte de corredor que acababa de recorrer. Su mano golpeó el panel de la puerta y él se la quedó mirando, como si ella sola hubiera hecho una trastada, contra la voluntad de su dueño. El silencio era, si cabe, más denso. Fréderic Schluter aspiró de nuevo todo el aire que pudo, accionó el picaporte, también dorado, frío, y entró.

   La habitación estaba oscura. Tan sólo en un rincón ardían las siete llamas de un candelabro. Cuando giró sobre sus talones para cerrar tras de sí la puerta, Schluter todavía creía que estaba solo, pero al volverse notó la silueta sentada de una especie de monje revestido de una cogulla negrísima, con la capucha puesta. Una sacudida de escalofrío le recorrió la espalda.

   No obstante, cuando se repuso un tanto, consideró que aquello era más bien buen signo. No quería que viera su cara.

   Schluter se quedó plantado, a unos pasos de la puerta, sin osar mover uno solo de sus músculos, a la espera de que el otro decidiera lo que debía hacerse. Pero el monje persistía en su mutismo, hasta el punto de que el bueno de Schluter llegó a sospechar que se trataba sólo de un maniquí. Pero se equivocó, sus ojos comenzaban a adaptarse a la penumbra y percibió cómo se alzaba la diestra de la estantigua al tiempo que resonaba su voz como un derrumbe en la montaña.

   -Tome asiento y disculpe esta puesta en escena de gusto un tanto dudoso. Pero es preferible que no vea mi cara.

   En efecto, a cierta distancia del que había hablado, Schluter distinguió una silla solitaria. No sé por qué quiere que no se vea su rostro, dijo para sí el visitante, si su voz le hace inconfundible, jamás había escuchado una voz humana así de baja y ronca. “Una voz como el rumor de muchas aguas”, citó mentalmente la Biblia. Pero el rostro, desde luego, no se le veía. La capucha había sido sin duda confeccionada expresamente más grande de lo normal. La luz del candelabro se hallaba situada estratégicamente, a un lado y un poco más atrás. Así, su palabra telúrica parecía haber surgido de una gruta tenebrosa.

   -Dígame, Schluter, ¿cómo avanza nuestro asunto?

   El cuerpo de Bemoz era doble, espeso. Se adivinaba bajo el hábito el bulto de unos miembros recios, desmesurados.

   -Avanza, Señor, aunque no con la celeridad que sería de desear. Los métodos que la ciencia moderna pone a la disposición del investigador son fascinantes, desde luego; mas, aun así, fuerza es reconocer que nos hallamos ante una organización mafiosa tentacular, con un complejo mecanismo bien rodado a lo largo de una larga experiencia, quizá de más de treinta años. Las copias son todas perfectas desde el punto de vista técnico y artístico, validadas por los expertos más prestigiosos y, evidentemente, por los que lo son menos, hasta el punto de que con frecuencia se las encuentre en Drouot ou Sotheby. Aparecen donde menos se las espera e integran fácilmente el circuito oficial con el aval de los subastadores, ya sea de buena o de mala fe. Cada vez son más numerosas. Ningún autor, antiguo o moderno, ningún estilo, se halla al abrigo de tan nefasta plaga. El volumen de la falsificación nos obliga a considerar la posibilidad, no de un falsificador de genio, sino de al menos tres. La tecnología moderna, aplicada al análisis de los componentes materiales de los cuadros, permite sacar algunas conclusiones interesantes, como por ejemplo la procedencia geográfica de los mismos. En efecto, los microorganismos, el polvo, el polen, el agua si ésta se ha empleado en la mezcla de los colores, pueden revelar el lugar en que fueron pintados e incluso dar una fecha aproximativa de composición. Según ello tenemos tres focos principales, uno aquí en París, otro en Normandía y un tercero en la Costa azul. Pero claro, la mayor parte de los originales también fueron pintados en estas tres regiones. A pesar de dicha reducción espacial, la identificación de los artífices no progresa porque indudablemente éstos se hallan bien secundados por todo un equipo que gira en torno a ellos, que proporciona el material, estoy hablando de material de época, el mismo que empleó el pintor original en el momento de efectuar su obra, que lo retira después de empleado y lo destruye, que recibe y traslada la copia una vez terminada y que, con toda probabilidad, se encarga de la vigilancia del teatro de operaciones y, eventualmente, de la evacuación del mismo si las circunstancias lo requieren.

   -Hace cinco años que he puesto a usted al frente de esta operación, con todos los medios con que cuenta, no solamente la policía de este país, sino la policía del mundo entero, a su disposición y todavía no albergo la más mínima esperanza de tener al menos una de esas ratas entre mis garras. ¿Es eso lo que está tratando de decirme?

   -La tarea es ardua, Señor. No obstante, entendería que, ante la ausencia de resultados, se me relevara por otro agente más competente.

   -No sabe usted lo que se dice. En el fregado en que se ha metido, cuando uno para de subir, revienta. Las puertas que deja atrás quedan cerradas para siempre. A la altura en que se encuentra, ha visto y oído demasiadas cosas. No podemos permitir que un descontento de esa naturaleza ande por ahí, a sus anchas. La única escapatoria es saltar por una ventana, o que lo defenestren, si no encuentra el valor suficiente para hacerlo por sí mismo. ¿Es ésa la solución que desea para usted, comandante?

   Schluter extrajo un pañuelo del bolsillo de la americana y se puso a secarse el rostro, porque de todos modos el sudor había empezado a correr por él a raudales.

   -No Señor –dijo con un susurro apenas audible.-

   -Durante miles de años, las manos de mis amos han ido amasando dinero, comprando aquí, vendiendo allá, creando tiendas en todos sitios, prestando a interés, y convirtiendo ese dinero en oro. Con el correr de los siglos, el oro de los reyes, el oro de los emperadores, entró en sus arcas. Porque los reyes y los emperadores querían guerras y ellos las sufragaban. Y cuando no las querían, se las creaban igual, de modo que no tenían más remedio que hacerlas. Pero hoy, sin menoscabo del oro, hay algo todavía mejor. El arte. Sobre todo el arte moderno, unos garabatos hechos por niños grandes sin el menor valor intrínseco. ¿Pero qué valor intrínseco tiene un billete de banco, que es un simple pedazo de papel? El valor es el que la sociedad entera, mediante una convención, sí, un pacto social, quiera darle. Y las convenciones las establecen quienes tienen la sartén por el mango y controlan todos los medios de expresión. Si quieren que un ministro sea el más popular del gobierno, a fuerza de repetirlo, como sostenía Goebbels, acabará siéndolo, aunque tenga la cara de una víbora y se comporte realmente como tal hacia el pueblo por ser uno de los fieles lacayos de mis amos. Pues bien, la convención con respecto al arte es que suba de precio, que suba y que no baje jamás, que suba en proporción geométrica y que constituya, no un simple valor seguro, como el oro, sino un auténtico paraíso artificial, la piedra filosofal que otorga cuanto se le pide. Pero lo que ellos buscan es sobre todo poder. Un poder exclusivo. Mejor dicho, ese poder ya lo tienen, lo que buscan es conservarlo, afianzarlo, extraerle todas las posibilidades, hasta que se cumpla el plazo final.

   Llegado aquí, Bemoz hizo una pausa para levantarse, lo que dejó todavía más intranquilo, si cabe, a Schluter, pues al erguirse mostró su verdadera talla, la de un auténtico gigante. El cual, primero avanzó hacia la puerta, dando la espalda a Schluter. Pero después tomó la dirección contraria, aunque adoptando la precaución de torcer el rostro hacia su derecha, con objeto de impedir que la luz del candelabro lo iluminara. Ante las siete lenguas de fuego, se detuvo, dando de nuevo la espalda a Schluter.

   -Y he aquí que ahora tres ratas de alcantarilla, que en su vida han comido caliente, se ponen a falsificar las obras de los más prestigiosos por decenas. Como usted acaba de decir, ninguno de ellos se halla al abrigo de semejante intrusión, por genial, inherente a su persona, innato e intransferible que pudiera parecer su genio. Picasso, Matisse, Chagall, Vlaminck, Dalí, Brik, Bardés y también Renoir, Manet, Monet, Rubens, la única frontera, el único límite, es lo que razonablemente pueda venderse. Y se obtienen las aprobaciones de los expertos y los títulos de propiedad y si no, se falsifican igualmente. Así hemos llegado al extremo de que el propietario legítimo del original tiene que peinarse para probar la autenticidad del mismo y, en cualquier caso, siempre quedará la sombra de una duda. Mis amos corren el riesgo de perder miles de millones de euros. ¿Se da usted cuenta, Schluter?

   -Me hago cargo, Señor.

   Bemoz lanzó algo semejante a un gruñido y se movió de nuevo. Esta vez acercándose a Schluter, aunque no en línea recta, sino hacia el ángulo izquierdo de la habitación, siempre de espaldas a la luz. Si bien esta vez los ojos de este último, que se iban habituando progresivamente a la penumbra, distinguieron, dentro del pozo negro en que se abría la capucha, unos dientes que parecían amasados con cal viva, por lo que, cuitado, agachó la vista al suelo. En todo caso, Bemoz desapareció de su campo de visión. Y ni siquiera se oían sus pasos.

   Schluter se daba mucho trabajo tratando de contener sus lágrimas, pero cuando una manaza dura y vigorosa como la raíz de un árbol se posó suavemente en su hombro derecho, entonces el trabajo se concentró en tratar de retener sus intestinos.

   -Hasta ahora hemos conseguido amortiguar el impacto del escándalo, manteniendo a buen recaudo los datos reales, tomando las precauciones que se imponen para evitar que filtren a la prensa. Y si acaso filtran, inmediatamente se paga a alguien para que los minimice. Pero esta situación no puede durar. Siempre hay uno de esos lanzadores de alertas que logran franquear las más sólidas barreras. El progreso técnico ha brindado posibilidades insospechadas de lucro, pero también alberga sus peligros. Quien descubre los resquicios y sabe penetrar por ellos, puede echar al traste, de buenas a primeras, la más sofisticada ingeniería financiera, que ha costado lustros de montar, y hacer perder en un soplo cantidades colosales de dinero. Aunque esto no es lo más importante, lo grave sería si los planes de mis amos llegaran a retrasarse por la intromisión de un pelagatos. Ahí tiene usted el caso de los llamados “Papeles de Panamá” que acaba de filtrar a la opinión pública. Cuando salta una liebre así, no hay más remedio que prestarle atención. No se puede silenciar. Nuestros lacayos tienen que prometer públicamente que se hará justicia, que el Estado reclamará y obtendrá satisfacción hasta el último euro indebidamente escamoteado, que, en general, pondrá todos los medios a su alcance para luchar contra el fraude fiscal. No hay más remedio que actuar así. Pero notable iluso será el que lo crea. Bien es verdad que deberán rodar algunas cabezas, que de inmediato serán reemplazadas por las de otros políticos tan venales y corruptos como ellos, y que deberá permitirse el sacrificio de algunos corderillos, nada, nuevos ricos a quienes ha de dirigirse la mano cuando firman. Agua de borrajas todo, sin más consecuencias. Con unos cuantos cuartos y unas botas reconstituiremos lo mismo en otra parte. Ahora el capital no conoce barreras, en cuestión de segundos, salta de un rincón al otro del planeta. Y de todos modos, para quien importa, lo esencial está a buen recaudo. Por mucho que, cuando ocurren este tipo de cosas, la gente de las calles comience a hablar de revolución. ¡Ilusos! Ninguna revolución ha tenido lugar jamás si mis amos no se han tomado la molestia de montar su mecanismo hasta el más mínimo detalle, siempre en beneficio propio, claro está. Lo mismo puede decirse por cuanto se refiere a las guerras.

   La manaza de Bemoz se alzó al fin del hombro de Schluter, con gran alivio del mismo. El gigantesco monje encapuchado se dirigió hacia su mesa y se sentó ante ella, recomponiendo así la escena inicial.

   -Supongo que habrá oído hablar del asesinato del jardinero de Brik –dijo, tras una larga pausa.-

   -Por supuesto, Señor.

   -Pues bien, en tanto que comandante de la O.C.B.C., será afectado al caso e incluido en el equipo de investigación local. Como usted acaba de decir, la Costa Azul es una de las tres fuentes que alimenta el mercado internacional de falsos. No me extraña en absoluto, esa gente gana dinero y qué mejor lugar para gastarlo que La Riviera. Fingirá interesarse por el problema, el cual le servirá de pretexto para inmiscuirse en el medio que nos interesa, aunque su verdadero objetivo será servirme en bandeja a esa rata. Del resto ya me encargaré yo personalmente. Además, a lo mejor le sienta bien el cambio de aires y se le aguza el ingenio. Ahora lárguese de aquí, porque estoy notando que sus ojos empiezan a buscar los míos y eso no es bueno para usted.

                                                    VI

   El comisario Boris Tynianov se disponía a hacer una visita obligada, dadas las circunstancias, en cierto modo protocolaria, como con ocasión de un pésame o cualquier otro evento social ineludible. Como todo el mundo puede colegir, desde el más despreocupado lector del “Nice-matin” hasta el propio matrimonio Roche, estos últimos son los principales sospechosos en el asesinato de Vergari. En efecto, en tanto que herederos directos de Brik, a ellos remitirían los derechos sobre los supuestos nuevos bocetos por los cuales, según todas las apariencias, Vergari se dejó torturar hasta la muerte. Y ello según el procedimiento, mitad judicial, mitad pecuniario, empleado ya para adjudicarse los primeros. La evidencia del móvil se ensambla sola ante los ojos del contemplador inerme. Vergari había puesto en circulación, al principio, una mínima parte de los bocetos para ver en qué paraba el asunto, reservándose el resto, la parte del león, para, o bien hacerle seguir el mismo camino, en caso de que éste haya probado ser llano y desembarazado o, en caso contrario, aventurarse con ellos por vericuetos de montaña, mucho más alejados del marco legal. Dado que no le fue tan mal circulando por la primera vía, decidió emplearla igualmente con el fardo más pesado. Pero claro, esta vez exigiendo un precio más elevado, tal vez excesivo incluso para una faltriquera tan ancha como la de los Roche. Por otra parte, y esta vez desde el punto de vista de estos últimos, tampoco era cuestión de permitir que unos trabajos, porque eso es lo que eran, unos trabajos preparatorios de obras existentes, que habían probado ser tan valiosos, permanecieran un segundo más entre las manos del ignaro de Vergari, con el consiguiente riesgo de que, efectivamente, se deshiciera de ellos mediante otro conducto y les dejara “in albis”. He aquí la hipótesis de trabajo más elemental, que sólo tenía un defecto. Y éste era justamente su excesiva evidencia.

   Tynianov detuvo su vehículo ante la residencia de los Roche, en la pequeña península de Cap Ferrat, al tiempo que el portalón de la entrada se abría solo. Le estaban esperando, claro. La visita había sido concertada. De no haberla propuesto, tenían motivos hasta para sentirse ofendidos.

   Se trataba de una auténtica finca, implantada en un lugar cuyo metro cuadrado de terreno alcanzaba, con creces, el precio más elevado de toda Francia. Desde allí, Tynianov no percibía sino un bosque de pinos y, al fondo, el mar Mediterráneo. Todavía tuvo que conducir un trecho hasta alcanzar el aparcadero privado. Allí aguardaba un mucamo que le condujo en presencia de los señores, quienes se hallaban bajo la pérgola, junto a la piscina, tomando un refresco.

   Constanza, habló la primera, antes incluso que su marido y ella misma se levantaran para estrechar la mano de Tynianov.

   -Buenos días, comisario. ¿Ha venido ya para ponernos las esposas y llevarnos a chirona, instalados en el asiento trasero de su automóvil?

   -Aún no, señora –repuso Tynianov con una sonrisa cortés.- Las cosas de palacio van despacio. La burocracia de la policía es una máquina más bien compleja.

   -Ah, entonces tengo tiempo para organizar mi neceser.

   -Dejémonos de chanzas, Constanza, que no está el horno para bollos –intervino Julien Roche.- Aunque sin duda alguna debemos figurar entre los principales sospechosos. Pero tome asiento, comisario. ¿Desea beber algo?

   Tynianov aceptó la primera proposición y rechazó civilmente la segunda.

   -Sería absurdo negar que, entre la lista de sospechosos, sí figuran. Por otra parte, resulta igualmente cierto que sus nombres no ocupan los primeros lugares en la misma.

   -¡Qué decepción! –exclamó Constanza.- ¿Y podría preguntarle, comisario, quiénes ocupan los primeros puestos, o forma parte del secreto de la instrucción?

   -Resulta tan obvio que una de las mafias empeñadas en el tráfico, robo y falsificación de obras de arte puede hallarse implicada en el asunto que resulta ocioso invocar el secreto de la instrucción.

   -Entonces su visita es pura fórmula –repuso el ama de casa.-

   -Hay algo de formulario, es cierto, aunque sólo sea por cuanto se refiere a la notificación oficial del inicio de una investigación, susceptible de contemplar sus propios intereses, en caso de que se verificara, por ejemplo, la existencia de esos nuevos bocetos. Por otra parte, también cabe la posibilidad de que su testimonio pueda sernos de alguna utilidad.

   -Eso esperamos –terció Julien.- Después de todo, Vergari casi formaba parte de la familia. Sobre todo para Constanza.

   La aludida apuró el vaso e hizo cantar los hielos, antes de depositarlo sobre la mesa y confirmar la afirmación de su marido.

   -Georges fue, digamos, una auténtica institución en el mundo de mi infancia y mi primera juventud.

   Luego pareció arrepentirse y se sirvió, distraídamente, un poco más del cóctel que se enfriaba en una jarra de cristal. Prosiguió.

   -Como jardinero era un tipo excepcional. Yo, claro, al principio, no entendía de esas cosas. Pero luego comprendí que él era, en parte, responsable de ese fondo que decoraba y perfumaba nuestra existencia, en el que no faltaba ni un solo color ni una sola fragancia. Cada uno a su debido tiempo, en una sucesión que tenía algo de sinfónico, con la exaltación final de la primavera. Y como colofón, la madurez del verano, con todo su cortejo de fruta sazonada, desde la cereza hasta la ciruela mirabel, y de todos los productos de la huerta, desde los más comunes a los más sofisticados y raros. Había plantado el jardín como quien dispone unos fuegos artificiales. Su dispositivo vegetal era como una suerte de reloj universal, que daba las horas con matices de color y de sabor y hasta con el rumor de la hojas caídas o agitadas por el viento, o sus instrumentos de cortar los tallos y abrir la tierra. Indudablemente ello influyó en la pintura de mi padre y él era consciente de ello. Fue ésa, sin duda, la razón que le movió a regalarle esos bocetos, si en verdad lo hizo.

   Se produjo un silencio, poblado únicamente por las notas de los pájaros, virtuosos habitantes del bosquecillo de pinos. Tynianov no quiso interrumpirlo y se limitó a contemplar el mar en la lejanía, moteado por unas cuantas velas. Julien, tras pensarlo bien, intervino.

   -Claro que Brik no tenía entonces ni la menor idea del valor que, con el tiempo, alcanzarían esos bocetos. Era un buen regalo, desde luego, y ambos lo sabían, pero es indudable que estaban muy lejos, tanto el uno como el otro, en sus estimaciones de la actual cotización de los mismos. Y había que restablecer la justicia de semejante donación, devolviéndole los términos en que fue establecida, con creces, además. Muy aumentada, para que también Vergari participara del fabuloso éxito de su antiguo patrón. Era como poseer unas acciones que habían subido como cohetes en Bolsa. Y ya ve usted cómo el antiguo jardinero se compró una mansión en una de las mejores zonas de Niza, disfrutando allí de una vida de marajá, hasta que llegó la que dispersa todas las reuniones. Pero de ahí a que caiga sobre él el peso de un tal volumen de capital…

   Tynianov no pudo reprimir una leve sonrisa. Roche estaba hablando un poco como su hermano Iván.

   -No sonría usted, comisario –reanudó aquél, un tanto picado, su discurso.- Aún a riesgo de herir su sensibilidad, le diré que hace falta una gran preparación para ser rico. De hecho, por regla general, sólo los que nacen ricos y han sido destetados con la riqueza, llegan a morir ricos. Y si no, ahí tiene usted a Vergari. En cierto modo su investigación criminal ha concluido, a Vergari lo mató el dinero, el peso de una fortuna colosal para cuyo sostenimiento no estaba preparado.

   -Concedo que es ésa una visión del mundo que ha dado, y sigue dando, mucho juego.

   Julien Roche se animó y levantándose con una prontitud semejante a la que suelen usar, en sus réplicas, diputados y ministros, cuando se sienten observados por las cámaras en sus debates parlamentarios, se sirvió más del brebaje que contenía la jarra, no sin antes ofrecer a su consorte, que aceptó, y al comisario quien, de nuevo, rehusó, esta vez con un simple gesto de la mano.

   -Mire usted, señor comisario. Ofrézcale un Ferrari Testarrosa a un joven de dieciocho años que, aunque en posesión de su correspondiente permiso de conducir, no haya guiado en su vida más que carros de bueyes. Ya lo ha matado usted. La voluntad de la máquina se impondrá a la del individuo, porque un coche así está hecho para correr, todo en él invita a ello y requiere un filtro que atenúe esa tendencia, dispositivo que la mente del joven en cuestión está lejos de poseer. En cambio, si lo que quiere usted es que semejante portento de la ingeniería automovilística alcance la categoría de vehículo de colección, no tiene más que confiarlo a las manos expertas de un hombre provecto, habituado ya a motores de calidad y que haya ascendido, peldaño a peldaño, todos los grados de la potencia. La verdadera riqueza es eso, un Ferrari Testarrosa cuyo depósito de carburante ha sido cargado con queroseno, el combustible de los aviones.

   Tynianov no sonrió esta vez, pero en su fuero interno se divertía. Todo ello podía haberlo dicho su hermano mayor.

   -Entiendo el significado de su metáfora, señor Roche. Sin embargo, convendrá usted conmigo en que ningún exceso de la vida disipada, que yo sepa, es susceptible de descuartizar a un hombre y torturarlo, según un procedimiento que resultaría inconveniente detallar aquí, tal como sucedió con el cuerpo de Vergari.

   -La sífilis, cuando ésta se curaba menos bien que ahora, o el sida en nuestros días, no son malos métodos de matar a una persona a fuego lento. Lo que pretendo decirle, señor comisario, es que Vergari, cuando se vio en posesión de una fortuna, para él colosal, que ni siquiera en sus sueños más descabellados se había presentado a su imaginación, y una vez se hubo comprado su buena mansión y su coche de lujo, empezó a tomarle gusto a lo perecedero, las mujeres de una noche, el champán, el vino de solera, el licor fuerte, las drogas. Algunas de cuyas especies requieren entrar en contacto con un mundo nuevo, al que no estaba acostumbrado. Allí encontró, con toda probabilidad, su némesis.

   -Una hipótesis sugerente –admitió Tynianov.-

                                                    VII

   El apartamento de Alba Longa estaba situado en Fabron, donde esta vía comienza a serpentear ganando la cima de las primeras colinas, muy cerca del centro de Niza, al tiempo que elevado en un plano superior, donde quedaba exento, hasta cierto punto, del tumulto y la contaminación. Era como vivir en una palma abierta sobre la ciudad y el mar.

   Por dentro ofrecía una decoración más bien austera, incluso la televisión se hallaba simplemente colgada en un muro, debajo de la ventana, casi a ras de suelo. El único rasgo de refinamiento, si se hace abstracción de su utilidad práctica, era las estanterías de caoba, repletas de libros, que recubrían la casi totalidad de las paredes y un viejo reproductor de sonido de alta fidelidad.

   Clara depositó su bolso sobre el sofá y se entregó francamente a la contemplación del entorno, mientras Alba se había lanzado ya, sin el menor preámbulo, a la búsqueda de los libros que necesitaba para su inesperada tarea.

   -A ver…. Lo de lingüística está por aquí.

   -Se nota a la legua que es éste un apartamento de hombre. Ni siquiera has puesto cortinas….

   Alba, sin dejar de recorrer con el dedo índice los lomos de los libros, repuso:

   -¿Para qué, si no tengo a nadie enfrente?

   -En efecto, ¿para qué poner metáforas y retórica en una novela, si el pensamiento viene expresado con toda claridad?

   El indigno anfitrión acusó el humor de la réplica y abandonó provisionalmente la búsqueda para mejor disfrutar del mismo. Sin lograr borrar la sonrisa de su rostro, quiso al menos defenderse.

   -Una cortina, si está cerrada, quita luz. ¿Qué hay en este mundo más bello que la luz? –Mas al decir esto se sintió un tanto turbado y hasta, en cierto modo, caído en su propia trampa, por efecto del brillo contundente que despedían los ojos negros de Clara.- Y si ha de estar abierta, ¿para qué ponerla?

   Con objeto de disimular su incipiente azoramiento, reanudó la búsqueda del Menéndez Pidal y del Lapesa, que eran los manuales, a su juicio, justos y necesarios para la ocasión. Luego vería si podía encontrar entre sus papeles los viejos apuntes de la facultad. Recordaba perfectamente que en ellos figuraban listas de palabras, acompañadas de las fechas aproximativas de su aparición y desaparición en la lengua.

   -Claro. ¿Y la música? Me lo figuraba. Todo piezas de museo. Jazz y clásica. Miles Davis. A éste lo he oído nombrar. Louis Armstrong. A éste me parece que también, ¿o lo confundo con el astronauta? No, ése era Neil. Pero Charlie Parker, Duke Ellington, Thelonious Monk… ¿De dónde sale toda esta gente?

   -¿Has mirado en la discoteca de tu abuelo?

   -No.

   -Lo digo porque existen grandes posibilidades de que figuren en ella.

   Alba Longa miró de reojo a Clara, para estimar el efecto de sus palabras. Se había puesto seria, concentrada en la portada del CD que sostenía en las manos. La dejó, tomó otra.

   -Tengo curiosidad por saber cómo suena uno de éstos.

   -Ponlo, ponlo….

   Lo puso. Alba lo reconoció enseguida. Art Tatum: “Dark Eyes.”

   ¡Bingo! Ya los tenía, los dos. Estaban el uno al lado del otro. Ahora faltaban los apuntes. Eso sería algo más difícil, pero se sentía optimista. Era una carpeta azul, con separadores. A pesar de los años, lo recordaba perfectamente. Ésa fue la materia más pesada de la carrera, el hueso duro de roer de la filología universitaria de aquella época. Sorprendentemente apareció antes de lo que esperaba. La abrió, haciendo sonar las gomas, y en el último compartimento encontró la lista que buscaba. Pero decidió embarcar su entero contenido.

   -Ya lo tengo todo. La expedición ha sido un éxito.

   -A pesar del minimalismo de tu decoración, me gusta tu apartamento. Tiene alma. Y una buena vista.

   Alba se fijó en el ferri de Córcega, que salía de puerto.

   -El mar es mucho más que una mancha azul.

   -¿Qué es el mar para ti, Alba?

   -El mar es la invitación al viaje, simboliza la existencia y efectividad del cambio, la presencia real de la libertad para quien sepa romper las cadenas que atan a la tierra. Es además la manifestación de una potencia monstruosa, que da tanto vértigo como cualquier abismo, del tipo que sea y, por ello, fascina.

    Alba se calló muchas otras cosas que representa el mar para él.

   -Algo tiene el agua, cuando la bendicen, suele decir mi abuelo. Y también que los pintores vienen aquí para pintar el mar. Justamente este mar. Luego, claro, pintan otras cosas; pero, siempre que pueden, incluyen el mar en sus cuadros, porque es eso lo que les ha atraído a estos parajes.

   -Un retorno.

   -¿Qué?

   -Un retorno a la puerta de entrada. Me refiero al líquido amniótico del seno materno. Cuando lo que hay que buscar, a su debido tiempo, es la puerta de salida. Aunque muchos filósofos opinan que el tiempo es circular y los extremos se tocan.

   -Hablando de tiempo y de filósofos, yo conozco a uno que suele mostrarse estricto con relación a las horas de las comidas. Haríamos bien en volver.

   -Un segundo, que recoja unas cuantas mudas.

   Clara cortó el raudal de aquellos extraños sonidos que surgían de los altavoces, los cuales, qué duda cabe, habría tildado de prehistóricos, y salió al balcón para contemplar las vistas. Centró su atención en el espolón este de la ciudad, por ver si descubría el emplazamiento de la mansión en que vivía. A esa distancia no logró identificarla, pues las residencias de esas características menudeaban en la zona.

  -Ya. Ya estoy listo.

   -Vamos, pues, a ver qué ha dispuesto el cocinero para hoy. Estoy segura de que ha recibido orden de preparar algo especial.

   Ya iba a entrar en el apartamento cuando se volvió una última vez hacia la ciudad.

   -Pensar que por ahí, bajo uno de esos techos, vive un ser lo suficientemente despiadado como para asesinar a un hombre de manera tan horrible….

   Y que, por si fuera poco, pensó Alba, se interesa por la pintura. El mal es el único sentimiento humano que no conoce límites.

                                                VIII

   El teniente Philip Gastaldo abrió una carpeta azul de batalla y cubrió de papeles la mesa del despacho de Tynianov. Éste distinguió extractos de cuentas bancarias, documentos emanantes del ministerio de industria, transcripciones de conversaciones grabadas, de interrogatorios, síntesis de actuaciones, fotografías, etc.

   -Por mi parte –dijo el teniente, cuando acabó de empapelar la mesa del comisario- todo apunta hacia la confirmación de la tesis de Roche. La pista crapulosa. Vergari invirtió una fuerte suma en un negocio de prostitución, administrado por un tal Patrick Lanzi, ahí tiene su fotografía, el cual le revertía sus correspondientes beneficios en forma de pagos a una empresa ficticia de jardinería, que supuestamente dirigía Vergari. Éste no es el único negocio sucio que dirige Lanzi y sus contactos mafiosos son más que probables. En todo caso, es conocido de los servicios de policía, quienes no podrían entregarle un certificado de buena conducta limpio de polvo y paja, sin mentir más que un vendedor de aspiradores. Hasta aquí, todo está probado por los documentos que acabo de someter a su examen y los resultados de las investigaciones llevadas a cabo en el momento presente.

   -Si seguimos adelante –completó Tynianov- entramos en el terreno de la hipótesis.

   -Cierto, aunque se trata de una hipótesis con una fuerte presunción de verosimilitud. En efecto, o bien Vergari se fue de la lengua, probablemente en circunstancias propicias a ello, que al parecer no faltaron.

   -¿Se refiere usted al consumo inmoderado de alcohol y drogas?

   -Justamente.

   -¿Está dicho consumo probado?

   -Lo está por cuanto se refiere a ambas especies.

   El comisario se puso a jugar con el bolígrafo, mientras consideraba las palabras que, en su momento, produjo Julien Roche. El teniente Gastaldo prosiguió.

   -O bien la idea de sonsacarle partió de Lanzi, o de otra persona inmersa en el medio y en contacto con Vergari.

   -¿Piensa en alguien en particular?

   -En una prostituta, por ejemplo.

   -Las mujeres de una noche también las mencionó Roche, así como el champán, el vino de solera, el licor fuerte, las drogas.

   -En efecto. Digo que el caso del regalo ofrecido por Brik a Vergari había sido ampliamente difundido por los medios de comunicación. A cualquiera se le podría haber ocurrido la suposición de que Vergari tuviera todavía en su posesión otros bocetos de Brik y que los emergidos hasta el momento fueran sólo la punta del iceberg. Algo así como un primer intento de aprovechamiento de los mismos por parte de Vergari, como si éste se hubiera dicho vamos a ver qué pasa si hago esto. Y en función de lo que ocurra, haré con los demás.

   -Llama la atención que Vergari haya aguardado tanto tiempo para probar suerte. Ya hace quince años que Brik pasó a mejor vida.

   El teniente se reclinó en el respaldo de su asiento y reflexionó. Tynianov dejó de juguetear con el bolígrafo e hizo lo propio.

   -Bueno, Vergari no era realmente un hombre instruido -intentó argumentar Gastaldo.- Poseía, al parecer, una cierta cultura, pero de naturaleza popular, proveniente del pueblo de montaña donde nació. Es probable que desconociera el verdadero valor de los bocetos que detentaba. Sabía que no eran obras de derecho pleno. Eran sólo proyectos de las mismas, estudios previos, quizá abortados o no logrados, algo que pudiera contener, más o menos, un valor sentimental. O una suerte de prueba tangible de su contacto personal con el genio. Con el tiempo, no obstante, la fama inusitada alcanzada por Brik…. La idea de venderlos al mejor postor debió ir abriéndose camino poco a poco.

   -Quizás…. Bueno y usted, teniente Vargas, ¿qué panorama nos puede ofrecer del entorno de los Roche?

   La teniente Sylvie Vargas se irguió en su asiento, un tanto incómoda, sin duda ante el hecho de no aportar tanto apoyo documental a su argumentación.

   -Aquí tengo un informe del estado actual de mis investigaciones, si lo quiere leer. Pero basta con abrir cualquier revista de moda para topar con un artículo que muestre, gráficamente, el “ars vivendi” de esta familia de privilegiados. Se trata de un matrimonio, en apariencia bien avenido, con dos hijos y unos recursos casi inagotables, provenientes, como usted habrá colegido, del formidable éxito y consiguiente cotización de la pintura de Gustav Brik, cuya única heredera era Constanza Roche. Pero no sólo de eso, sino que Julien Roche ha probado ser un excelente administrador de la fortuna familiar, invirtiendo en negocios y proyectos financieros en los que siempre sale ganando. Aconsejado, eso sí, por el abogado Ugo Dumon, quien se halla exclusivamente consagrado a los intereses de la familia. Julien, como le digo, no carece de recursos intelectuales, pero casi no da un paso sin antes consultarlo con su abogado. Es él quien le dice si una cosa puede hacerse o no. Las malas lenguas añaden que, si no puede hacerse, Ugo le explica cómo hacerlo de todos modos.

   -¿Mediante procedimientos ilegales?

   -No forzosamente. Al menos que se sepa. Aunque ahora el apellido Roche acaba de aparecer en el escándalo de los llamados “Papeles de Panamá”. Pero ya ha visto usted qué otros nombres aparecen… Ello se dice en el sentido que atribuyó a sus palabras el ministro de finanzas, Charles-Alexandre de Calonne, a una demanda de la reina María Antonieta, le dijo: “Señora, si ello es posible, está hecho; si imposible, se hará”.

   -O sea, que es un abogado extraordinariamente hábil, con un vasto repertorio de recursos a su disposición.

   -Y que posee, además, un amplio capital de confianza por parte de su patrón. Aunque el lazo con que lo ata este último es más bien corto. Cuanto ejecutan, como digo, es el fruto de una prolongada deliberación entre ambos.

   -¿Y la señora de la casa?

   -La señora estampa su firma en casi todo. Ahora bien, hasta qué punto entiende el significado profundo de los documentos sancionados, o se le explica éste, es algo que está por determinar.

   -Los Roche se hallan en el candelero, en efecto; en cuanto mueven una ceja, ya están los fotógrafos de prensa ametrallándolos con instantáneas. Pero el letrado… Aparece en su investigación, claro, porque usted ha examinado los hechos de cerca. Sin embargo, su figura no parece ser de dominio público.

   -En absoluto. Cultiva una discreción esmerada, estudiada, que sólo se desmiente en los círculos más próximos a la familia. Pocas veces aparece en la residencia. Se reúne con su patrón en otros lugares de aspecto más profesional.

   -Pues si la prensa lo desestima, no es éste nuestro caso. A fondo con él. Quiero saberlo todo, ¿qué come? ¿Qué bebe? ¿Qué gana? ¿Con quién se lo gasta? ¿Con quién se junta? Y si tiene otros intereses particulares. Porque un hombre así está forzosamente sujeto a una potente ambición personal.

                                                     IX

   En efecto, Jacobo Bardés los estaba aguardando en la terraza del jardín, bajo la pérgola, sentado ante una gran mesa, cubierta con un cegador mantel blanco, pertrechada ya con los más variados utensilios del yantar. Todo reluciente y frío, aguardando a que el cocinero comenzara a aportar los distintos platos. Sin embargo, Clara, tras alzar la mano a modo de saludo a distancia, indicó con un gesto al pintor que antes iba a instalar al huésped en su habitación y a descargarlo de sus bagajes.

   “¿Quién diablos es ese tipo que viene para quedarse? ¿Estaremos ya en presencia del intruso que, un día u otro, no podía sino traer la niñita, que ya se ha convertido en una muñequita de porcelana? Dos ojos curiosos y maduros, demasiado cerca de este reducto que nadie puede violar y seguir con vida. Es en el antro telúrico donde se derrama la sangre que despierta a los dioses, al tiempo que su olor atrae a los profanos. He aquí el dilema eterno de los misterios profundos. Esta vieja mansión pide a gritos ser descubierta, interpretada. Lo oscuro es un poderoso imán para los que vienen de la luz. Les atrae como el panal a las moscas, como el vacío a la mente humana, turbadora influencia que sugiere demasiado. La oscuridad es las aguas negras de la laguna de la muerte. Ellos no lo saben, pero lo que está dentro de ellos sí lo sabe. Ven, acércate si te atreves a esta flor ponzoñosa y mortal, sus pétalos inmensos como toldos mojados caerán sobre ti y la criatura que vive en su interior saldrá a tu encuentro para arrastrarte al fondo del infierno.”     

   El dormitorio que se le había asignado era una vasta pieza rebosante de sol y con una vista privilegiada sobre la bahía de los Ángeles. Alba contempló distraídamente ese nuevo ángulo de visión. Niza se desplegaba a sus pies en toda su longitud, de este a oeste, donde, en ese preciso instante, un avión parecía emerger del propio mar.

   Cuando bajaron a la terraza, en el centro de la mesa humeaba una caldereta de pescado. Bardés se levantó protocolariamente para recibir a Alba y aprovechó para verter el vino blanco que salía de una cubitera, el cual empañó de inmediato los cristales de los vasos.

   -Ventajas de vivir en un puerto de mar. Esta mañana, este pescado estaba todavía vivito y coleando.

   -Y ahora es una caldereta de pescado –replicó Clara.- Todo un símbolo.

   -Sí, más vale estar prevenido. Porque todo puede ocurrir –admitió Bardés.- Pero ahora dejémonos de latines y comamos, que es lo que toca.

   -Era sólo una broma, abuelo.

   -Déjate de bromas y sirve a nuestro invitado. Que le sabrá mejor si se lo sirven tus manos.

   -Eso es: “Tais toi et sois belle ».

   Alba sonrió, divertido. Y decidió intervenir.

   -Clara podría convertir “La Suma teológica” en una apasionante novela de aventuras con sólo recitarla.

   -No es porque sea mi nieta, pero me recuerda a menudo la frase bíblica: “La mujer es la sal de la tierra”. En todo caso, su gracia es una bendición para mi vejez.

   -¡Eh! Vais a hacer que me ruborice, con vuestro discurso machista.

   Bardés levantó su copa.

   -Vamos a brindar por nuestra colaboración. Si el “Picatrix” es auténtico, habremos hecho nuestro agosto en el mes de mayo. Si no lo es, ¿qué más da? No hay mal que por bien no venga. Habré trabado conocimiento con Alba Longa, tras haber escuchado tanto hablar de él.

   -Esta vez soy yo quien se va a ruborizar –aseguró el interpelado.-

   -A mí, en cambio, hace siglos que ello no me ocurre. Una de las ventajas de la vejez es que uno no se ruboriza nunca. Tal vez porque ya no se espera tanto de la vida y todo disminuye varios grados con relación a su valor inicial. La juventud es conmovedora en su pureza, con los años todo se degrada, no solamente el exterior, sino también el interior.

   Alba consideró la espléndida mansión romana que poseía el pintor, en esa antigua colonia griega, ante el mar con más solera del mundo, y adornada con su jardín sembrado de columnas, pérgolas y estatuas. ¿Qué puede uno esperar más de la vida? Cuando se posee un lugar ameno como éste, en el que extinguirse suavemente como la llama de una vela protegida del viento, aislado ya de los achaques del mundanal ruido y de los golpes de timón de la diosa Fortuna, e inmune a ellos. Sólo satisfacción puede quedar tras haber creado un universo de tan serena belleza, aunque sea en miniatura, una breve gota de paz estable, en prodigioso equilibrio, desafiando al abismo del movimiento constante, cuyas causas incontrolables pululan como gusanos en el fondo de un caos tenebroso. Por un instante Alba se recreó en la poesía de esa ilusión, a pesar de que conocía el escepticismo de los filósofos al respecto. Sí, es probable que el pintor tenga razón, con el paso de los años, y a medida que la vida nos colma de beneficios y nos otorga los deseos que tan fervientemente le hemos solicitado, descendemos unos grados en la percepción de la intensidad de las cosas que, a la hora de la verdad, jamás saben como habíamos imaginado. Del mismo modo que el tiempo no se detiene para nada ni por nadie, así sucede con la ambición de los hombres. Apenas alcanzado el fruto objeto del más violento apetito, que ya se alza ante sus ojos un nuevo espejismo, dotado de una fascinación superior, insospechada e infinitamente más poderosa y vehemente que todo lo experimentado hasta el momento, de modo que aquel fruto que, en su día, llegó a movilizar todas las potencias de nuestra volición, conteniendo un sinfín de delicias imaginadas, ahora nos parece soso y nos volcamos, en cuerpo y alma, sobre la siguiente quimera y así sucesivamente. ¿Qué empuja a la patética máquina humana a seguir funcionando a marchas forzadas cuando suena ya ese luctuoso traqueteo de bielas desencajadas? Bardés no es, desde luego, un endriago valetudinario, pero sí un hombre en la edad provecta, con una reputación hecha, a la que no le cabe un ápice más, y una recompensa material, como se ve, magnificente, suntuosa. Quizá todavía añada alguna nota de originalidad al mundo del arte, una última vuelta de tuerca en su producción, un postrer replanteamiento, una definitiva visión o una luz distinta que ilumine sus telas con una sensación nueva. No obstante, visto desde fuera, parece que ello debería realizarse mediante un trabajo más reposado, desde la quietud del hombre cuya cabeza se halla definitivamente ceñida por la corona de laurel. Ahora bien, a Alba le consta por Clara que Bardés se despestaña todavía trabajando, como si fuera un estudiante que debe presentar aún su primer proyecto. Pero Clara, tras reflexionar un instante, replicaba a su abuelo:

  -Esa pureza y esa intensidad de la juventud son tan agudas que cortan y hacen daño. Así que no hay que enternecerse demasiado con ellas.

   -El dolor es siempre el principio de la obra de arte.

   -Y si no hemos pensado nunca en crear obra de arte alguna…

   -Nuestra vida debe serlo. Tenemos la obligación de tratar la naturaleza que hay en nosotros de modo que la convirtamos en algo artificial, sólo así será humana.

   -De lo contrario será únicamente divina –intervino Alba.-

   Bardés se le quedó mirando, sorprendido.

   -Una observación interesante –admitió.- El universo parece estar hecho por dioses, para los dioses. Demasiado cruel como terreno de juego para el ser humano, con su pobre corazón tierno. Dios, en cambio, nos entrega a su hijo, para que lo humillemos, destrocemos su frágil corazón de hombre y seguidamente nos comamos su carne y nos bebamos su sangre, integrándolo así en nuestra materia y asimilando su esencia. En el libro de Job nos confiesa que su criatura favorita es Leviatán.

   -Según eso –replicó Clara-, el torturador de Vergari es un santo.

   -¡De ningún modo! –Protestó Bardés con vehemencia-. Dios es todopoderoso, es decir que su poder abarca tanto el campo del bien como el del mal. Pero el hombre debe elegir entre uno y otro. El hombre no es Dios. Al menos no lo es todavía, aunque tenga una misión en la Creación.

   -Una misión en la Creación –repitió Alba pensativo y ensimismado.- Ser ilimitadamente poderoso tanto en el bien como en el mal, ¿no será una trampa colosal de la que es imposible salir sin la ayuda del hombre?

   -Eso, en principio, es sólo un oxímoron –replicó Bardés.- Aunque sólo en principio y en apariencia, pues la resolución viene, según parece, de la obra de sus manos.

   -Dicho de otro modo –intervino Clara con una sonrisa-, que ni Dios se libra de currar para alcanzar una situación deseable.

   Bardés, también con una sonrisa, zanjó la cuestión:

   -Mucho me temo que, unos siglos atrás, nos hubieran quemado vivos a los tres, por decir estas barbaridades.

   -Es que los religiosos de la Inquisición, a fuerza de estar en contacto con Dios, se hallaban ya muy impregnados de su naturaleza….

   Instintivamente, los dos hombres alargaron la mano a sus respectivas copas de vino para resaltar con él el sabor que había dejado en sus bocas la ironía de Clara.

                                                   X

   El juez Ullastres en persona acompañó al comandante de la O.C.B.C., Fréderic Schluter, a comisaría con objeto de efectuar las presentaciones de rigor e incluir oficialmente a éste en el equipo de investigación que se ocupaba del caso Vergari. Horas antes había telefoneado a Tynianov para comunicarle que el Ministerio del Interior había considerado oportuno mandar un colaborador experto en los delitos relacionados con el arte. Justamente el comisario y sus dos tenientes estaban saliendo de la pieza en que se habían reunido para realizar un balance y puesta en común del estado actual de las cosas.

   Schluter constató que el juez se dirigía hacia un trío formado por un individuo enjuto, alto, distinguido, de edad provecta, vestido con un elegante traje negro, impecable camisa blanca aunque sin corbata, que llamaba de inmediato la atención por su cabellera enteramente cana, que parecía refulgir con luz propia. Flanqueado por un hombre más joven, que situó hacia el final de la veintena, compacto, fornido, con uno de esos rostros cuadrados que, por mucho que se les afeite, siempre conservan el tizne de la barba, y una señorita bastante atractiva, aunque de apariencia frágil.

   Ullastres procedió a las presentaciones. Tynianov y Schluter se midieron el uno al otro con una mirada certera, de hombres habituados a juzgar, por necesidades del oficio, con un solo golpe de vista, el espesor y el alcance de un futuro colaborador u oponente. El último con la aprensión de ser percibido como un intruso, impuesto por un poder superior. No obstante, sus temores se disiparon enseguida ante la franca sonrisa y la actitud de Tynianov, quien, en cuanto sus dos tenientes hicieron mutis por el foro, propuso una explicación del estado actual de las investigaciones, pero en un escenario con más aliciente que las desangeladas dependencias de comisaría.

   -Aprovechando que es la hora de comer, permítanme ofrecerles mi hospitalidad en un lugar que fue, hace muchos años, territorio ruso. Se trata de un puerto de mar, donde, obviamente, se sirve un excelente pescado.

   La expresión del sibarita Schluter reflejó una curiosa confrontación entre el aspecto, para él francamente aleccionador de la propuesta, y la duda sobre cuál podía ser ese antiguo territorio ruso en plena Costa Azul. Ullastres, que ya llevaba bastantes años destacado en Niza, acudió en su auxilio.

   -Se trata del puerto de Villefranche. El duque de Savoya, rey de Chipre, de Jerusalén y de Cerdeña, cede a Rusia la dársena de Villefranche en 1856. A partir de ese momento, la nobleza rusa inicia la moda de instalarse en la localidad.

   -Tengan la bondad de seguirme.

   Tynianov les condujo hasta el Bentley que aguardaba en el aparcamiento. Y en pocos minutos les depositó ante una mesa emplazada a un metro del agua que lamía el muelle y acunaba suavemente los barcos anclados en la ensenada. Tanto el comisario como el juez eran de sobra conocidos en el establecimiento, de modo que el personal se volcó en un servicio esmerado.

   Los clientes de las mesas contiguas estaban ya en los cafés y digestivos, por lo que el comisario albergó la esperanza de que no tardarían en despejar el campo, como así sucedió en efecto al cabo de unos quince minutos. En cuanto no quedó más testigo junto a ellos que el proferente de murmullos antiguos, el mar mediterráneo, Tynianov resumió para  Schluter los avances que se habían hecho hasta el momento en el llamado caso Vergari. El comisario sólo tuvo que interrumpir su relación un par de veces para no contaminar los oídos de los camareros con los abruptos pormenores que envuelven este truculento caso, con objeto de que éstos dispusieran la mesa y sirvieran el primer plato. Cuando hubo concluido, los tres permanecieron en silencio, probablemente sumidos en la misma reflexión, pero fue Schluter quien la transpuso en sonidos con valor lingüístico.

   -Se dice que no hay mal que por bien no venga. Pero para que la sentencia sea completa habría que añadir: y bien que por mal no venga. Es la ley del péndulo, de la que no hay escapatoria en este mundo.

   Ullastres aprobó con un gruñido, sin dejar de masticar. Tynianov mantuvo su silencio aquiescente y trataba de recuperar el tiempo perdido con su exposición, a fin de evitar la embarazosa situación de acabar comiendo solo, mientras los otros dos aguardan el segundo plato.

   Schluter prosiguió:

   -Si Vergari hubiera conocido sólo un poco el medio en el que temerariamente se estaba adentrando, o hubiera poseído sencillamente una inteligencia un poco más aguda, se habría mostrado más precavido. Eso que hizo fue proceder a la buena de Dios y así le fue la cosa. Ya de por sí, es un asunto que, aún tomando las precauciones requeridas, presenta un riesgo elevado; si uno muestra abiertamente sus cartas, proclamando su juego a los cuatro vientos e invitando incluso a los medios de comunicación, eso equivale a invertir sus últimos euros en una tarta de miel y pretender conservarla, al aire libre, en el país de las moscas.

   El comisario dejó por un momento los cubiertos sobre los bordes del plato y miró fijamente a Schluter.

   -Entiendo que tarta es, en sus palabras, símbolo de la vida. Ahora resulta obvio que la policía tendría que haber tomado cartas en el asunto, antes que éste pasara a mayores. Pero entre nosotros sucede como en todas partes, nadie empieza a actuar hasta que no se le atribuye el caso. Entretanto, legítimamente se puede pensar que otros se están ocupando de él.

   -Y se ocuparon –protestó Ullastres-. Pero ya en su día no pudimos sino afectar a un teniente para que, durante el poco tiempo que sus otros asuntos le dejaban libre, echara un vistazo por encima de la nueva vida de Vergari. Luego, cuando ocurrieron los atentados de noviembre, ni eso; la lucha antiterrorista absorbió prácticamente todos los medios, dejando estrictamente lo mínimo para los asuntos corrientes, que se iban acumulando.

   -Afortunadamente estamos los rusos en el mundo para luchar eficazmente contra el Estado Islámico.

   Ullastres y Schluter no supieron si procedía reír o no, ante la salida de tono del comisario. Quizá por ello se quedaron en una cómica actitud intermediaria. Tynianov prosiguió:

   -Occidente parece que prefiera vender armas a tirios y troyanos, organizar una redistribución más favorable del mercado del petróleo y, por último, proceder de manera que los enemigos de Israel se debiliten los unos a los otros. Por eso la tarea de borrar del mapa al Estado terrorista por excelencia, si se puede hablar de excelencia en la perversidad, dura más que la obra del Escorial.

   -La cosa no es tan fácil –argumentó el juez Ullastres-, como usted ha dicho, se trata, a todos los efectos, de un Estado, con una población civil que debe ser protegida. No podemos ir allí y hacer un parking de todo ese territorio.

   -Hace unos años, la población civil de Irak contó mucho menos a la hora de tomar la decisión de invadir el país….

   -Las circunstancias no eran las mismas…-repuso Ullastres, consciente de que se embrollaba un poco. – El dirigente que la capitaneó tampoco….

   -Cierto. Las circunstancias no son las mismas… Ahora son peores. Y en cuanto a los que realmente dirigen, mucho me temo que sean todavía los mismos. Una casta que no necesita presentarse a las elecciones para ostentar un poder sin límites, porque quienes lo hacen, con una garantía mínima de ser elegidos, no son más que sus paniaguados. Más aún, sus obligados mediante las más diversas y variadas ataduras. Todos ellos comprometidos. Todos ellos con las manos pringadas. Y en cuanto no obedecen a la voz de su amo, éste no tiene sino que echar mano al cesto de la ropa sucia. Saquemos una primera prenda, a ver qué pasa. Que no se pliega, sacaremos otra más inmunda todavía que la primera. A esto es a lo que llaman democracia en occidente: al reino de la mentira y de la hipocresía que pone a la plutocracia bajo palio. Y si no, observen la quinta columna que infesta los partidos llamados de izquierda y copan sus resortes de poder, particularmente de los que se califican a sí mismos de posibilistas. No hace falta que nombre a ese partido que lleva la mentira como título y estandarte. Afirman que hay que ser realistas para poder gobernar, que el pueblo puede mandar siempre que dé órdenes “razonables”, es decir, que no pida nada que vaya en contra del sacrosanto derecho del Capital a incrementar sus beneficios en proporción geométrica y de la creciente esclavización del ciudadano medio. Ahora bien, el matrimonio para todos y cosas por el estilo, eso sí. Eso no cuesta dinero y no se ataca ni mucho menos a lo fundamental, sino que lo favorece. Evitando ser ingenuo y utopista, así es como se puede gobernar, gobernando como gobierna la derecha. Pues, digo yo, si el único modo “razonable” de gobernar es gobernar como la derecha, ¿por qué no dejar que sea la derecha misma la que gobierne? Y desde el punto de vista del pueblo, ¿cuál es el interés de que gobierne esa supuesta izquierda? De lo dicho se desprende, con toda evidencia, que desde el punto de vista del pueblo el interés es inexistente, nulo, conjunto vacío. Pero claro, esa quinta columna debe gobernar, eso es palmario, de eso depende la credibilidad de la democracia, la garantía de pluralismo, la representatividad del pueblo, la esencia, el meollo, la ambrosía y néctar rojo del mejor de los mundos posibles. ¿Y qué sería de una nación en la que todos los honores y los estipendios aferentes a los cargos públicos y las más altas magistraturas del Estado recayeran siempre sobre los políticos de derechas? ¿A dónde iríamos a parar?

   Schluter se quedó anonadado mirando a Tynianov. Pero éste y Ullastres estaban demasiado ocupados el uno con el otro como para fijarse en su huésped.

   -Le advierto que está usted entrando en la teoría de la conspiración, señor comisario.

   -¿Está prohibido por la ley, señor juez?

   -No.

   -Pero lo estará, ¿no es así? De momento ya hay una circular del Ministerio de Educación para que los profesores estrangulen dicha teoría en las aulas, metiendo en el mismo saco todo lo que molesta, por dispar que sea. Quizá sea el primer paso para prohibirla por la ley.

   -Está usted adelantando acontecimientos. Desde el punto de vista de la ley, se pretende proteger nuestro sistema político de la epidemia de abulia y desconfianza que amenaza con gangrenarlo y también se trata de combatir lacras como el racismo, concretamente el antisemitismo.

   -Sí, gobernar parece ser hoy en día el arte de explotar al máximo el rendimiento de las buenas causas. Así pasa con el terrorismo de los radares. La hidra de siete cabezas es, en este caso, la mortandad de las carreteras, una buena causa donde las haya. Por cuya razón los radares se disparan en cuanto se sobrepasa un pelo la velocidad máxima autorizada. Y un pelo por debajo de ella, los demás automovilistas se rompen los nudillos contra el claxon, porque las más de las veces peca por defecto. El resultado es una paranoia colectiva, una obsesión generalizada que hace que la mayor parte de los conductores mire más el cuentakilómetros que la carretera. Lo que muy probablemente no evite accidentes sino que los cause. Se acabó el conducir bien, distendidamente. La gente tiene la justa sensación de que los antiguos salteadores de caminos han sido sustituidos por los radares y que el Estado se ha erigido en patrón de estos modernos Ginesillos de Pasamonte; así, se siente estafada, indignada y quiere evitarlo a toda costa. Estamos hablando de la gente modesta, la que paga sus impuestos sin trampa ni cartón, porque su suerte está fijada por un boletín de salario y no tiene nada más, la gente a la que ya no se le dice buenos días, sino paga por esto, paga por aquello, paga por lo de más allá. Sabemos que no tienes dinero pero paga de todos modos, porque Francia es un país rico y todo debe funcionar con la exactitud de un mecanismo bien engrasado. Ahora bien, los hay que, no curándose en absoluto de ello, porque les sobra el dinero, porque pagan sus impuestos en paraísos fiscales, porque la multa es como una picadura de mosquito en la piel de un elefante y si se les acaban los puntos los pagan y santas pascuas, parece que, cuando ven anunciado un radar, todavía aceleran más. Los grandes excesos de velocidad son los que provocan las muertes en la carretera, pero paradójicamente el sistema no es disuasivo para quienes los practican. Entretanto, hay que ver a qué ritmo endiablado trabaja uno solo de esos aparatos. En su conjunto son sacos y sacos de oro que entran en las arcas del Estado, extraídos, como siempre, del sudor de los más débiles.

   -Bueno, bueno, señor comisario…-repuso, un tanto irritado el juez Ullastres- cualquiera que no le conociera diría que es usted un revolucionario, cuando en realidad es un carca, partidario del antiguo régimen. Y, además, si estamos aquí es para hablar del caso Vergari.

   -Por cierto, comandante Schluter –aprovechó Tynianov que la pelota le venía sola a la mano-, en tanto que experto, ¿qué piensa usted de esos bocetos? ¿Es así como trabajan siempre los artistas, pasando primero por un boceto?

   -No necesariamente. Generalmente, cuando un pintor tiene una idea o una visión, la plasma directamente en la tela. Ahora bien, puede que el artista, por genial que sea, busque algo, únicamente entrevisto, colegido, un efecto o una figura que se encuentra todavía en un estado vago, en un compartimento lejano de su conciencia. Entonces realiza tanteos fuera de la tela, o antes de dirigirse a ella. Son los bocetos que han hecho todos, particularmente en los momentos de crisis, que suelen saldarse en evoluciones notables o en cambios radicales de dirección.

   -Y esos bocetos de Brik, ¿se corresponden realmente con sus etapas de crisis?

   -En efecto, se trata de los bocetos de los cuadros que anunciaron grandes cambios en su pintura.

   -¿Ocurrió esto muchas veces a lo largo de su dilatada carrera?

   -Su obra se considera dividida en tres períodos claramente definidos.

   -De modo que resulta probable la existencia de más bocetos.

   -Teóricamente sí.

   La llegada de un camarero con los cafés y una botella de coñac con sus respectivas copas les obligó a interrumpir la conversación.

   -No se ofenda, señor juez por lo que le dije anteriormente respecto al sistema político en el que estamos todos inmersos. ¿Sabe qué es lo más dramático de todo ello? Pues lo más dramático es que poco importa decirlo o no decirlo, ya que hoy en día es de dominio público. La desvergüenza de la que han hecho gala las élites corruptas que nos dirigen ha sido tal que, en medio de la confusión y la embriaguez del carnaval, las máscaras han caído. Esta vez el pueblo ha visto el engaño y se va a servir a sí mismo en bandeja al clan de los peores. Siempre hay algo peor que lo malo. Hacia abajo, el abismo es infinito. Por eso, las elecciones presidenciales, que ya están a la vuelta de la esquina, van a ser altamente instructivas al respecto. Demasiado tarde para inventar otra cosa. Los métodos vigentes van a ser corregidos y aumentados con objeto de “construir” un personaje capaz de evitar la debacle y hasta en eso, con la precipitación y la arrogancia que les caracteriza, se han equivocado groseramente eligiendo a un cantamañanas, un primero de la clase sin genio ni carisma. ¿Pero dónde encontrar genio y carisma cuando hace mucho tiempo que los valores esenciales han sido deliberadamente proscritos? La quinta columna se precipitará a enrolarse bajo su bandera, sin pararse a considerar, en su desmesurado orgullo, que ello será más baldón y rémora para aquél que as bajo la manga. Por su parte, la derecha tradicional, la de toda la vida, la derecha católica, apostólica y romana, perderá paciencia y confianza, porque también se trata de eso, de una antigua guerra de religión y de moral, aplicándose el adagio de que más vale hacerlo que mandarlo, sobre todo en un momento en que los fines de unos y otros comienzan a difuminarse antes de deshacerse y escamotearse en los retazos de una neblina cada vez más espesa, entonces tratará de avanzar su propio alfil. Un alfil que no sea un alfeñique. Pero para esta fiesta, tal y como se presenta, no hay más que un traje y dos figurones para endosarlo. Así que habrá que echar mano a la cesta de ropa sucia de la que le hablé y sus congéneres, señor Ullastres, tendrán trabajo para dar y tomar.

   -Posee usted, señor comisario, una visión harto pesimista de la historia.

   -Afortunadamente, señor juez, poseo también, como Cándido que soy, un jardín secreto que cultivar.

                                                    XI

    La llegada de Schluter confirmó la sospecha de Tynianov con respecto a la sensibilidad del caso y al interés que podía suscitar en las altas esferas. Unos bocetos de Brik de más o de menos no era una cuestión inocua. Así que había decidido que la semana entrante debía comportar una aceleración notable de la investigación. De modo que el lunes a primera hora había convocado a su equipo al completo. El informe más esperado era el de la doctora Dal Ponte, por lo cual le concedió la palabra en primer lugar.

   -Los análisis entomológicos, de temperatura rectal, la medida de potasio contenida en el fluido del ojo e incluso el rigor mortis, establecen una diferencia de cuatro días entre el tiempo legal y el tiempo estimado de muerte. Según ello, dado que el cuerpo fue encontrado el miércoles 4 de mayo, la defunción se produjo durante la madrugada del 30 de abril al primero de mayo.

   -Estimación que viene confirmada –añadió el teniente Gastaldo- por el escrutinio del correo. La última carta que no fue abierta proviene de Niza y lleva el matasellos del 30 de abril, sábado, lo cual permite suponer que llegó al buzón de Vergari el lunes 2 de mayo y éste ya no estaba en este mundo para abrirla.

   -Muy bien –ponderó Tynianov-, la fiesta del trabajo.

   -Menudo trabajo –confirmó la teniente Vargas.-

   -La Brigada de represión del proxenetismo ha enviado un informe sobre Lanzi. El individuo no está solo y desamparado en este mundo. Tal y como se han puesto últimamente las cosas en el negocio de la prostitución, más vale tener un buen plan y un buen padrino. Ya se sabe, “quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”. El oficio más antiguo del mundo ha tenido que evolucionar, particularmente en Francia desde los años 70, y más aún durante los últimos tiempos. Sobre todo por cuanto se refiere al nivel de excelencia, el que aspira a una clientela de príncipes, jefes de Estado, actores y estrellas del fútbol. Por cierto, que en estos momentos nuestro personaje anda atareadísimo preparando las postrimerías del Euro, aquí en Niza. La mejor combinación para semejantes lances de cama es, obviamente, la hostelería de alto copete, ambas actividades se funden, encubriéndose mutuamente de la manera más natural posible. A lo que hay que añadir, como complemento, el juego. Puestas así las cosas, les dejo adivinar el nombre del padrino de Lanzi.

   Al comisario Tynianov se le iluminaron los ojos.

   -Hablar de hostelería de lujo y juego en este país es hacer una referencia implícita o bien a Roche, o bien a Bardeau.

   -Roche hubiera sido demasiado bonito en este caso –ponderó Gastaldo.- Pero Lanzi es Bardeau.

   -Lo que quiere decir que si le echamos el guante a Lanzi, enseguida se abate sobre nosotros un auténtico enjambre de abogados y no precisamente de los más ineptos.

   -No sólo eso, comisario. Este terreno es altamente resbaladizo y cuando se pone un pie en él, debe hacerse con mucho tiento. La Brigada de represión del proxenetismo tiene sus razones muy reales para mostrarse tibia con esta pareja de Lanzi y Bardeau. Así como con Roche, porque con éste sucede lo mismo.

   -¿No estarán utilizando sus respectivos engranajes de prostitución con fines de espionaje internacional?

   -Justamente, señor comisario. Las confidencias de alcoba jamás han sido menospreciadas por ningún servicio secreto del mundo.

   -Así que ésas tenemos.

   -Sí, comisario.

   -Volvemos a los tiempos de Madame Claude.

   -Digamos que Lanzi es una copia, corregida y aumentada, de Madame Claude.

   -Pero claro, ahora Lanzi es sospechoso de asesinato.

   -Cierto, pero habrá que atar muy bien los machos antes de proceder contra él.

   La doctora Dal Ponte intervino.

   -Recuerde, comisario, que Lanzi no parece corresponder con el perfil de nuestro asesino.

   -Evidentemente que no, pero sí casa muy bien con el de un comanditario. Con Bardeau en último término, manejando las tramoyas. Dígame, doctora Dal Ponte, presumo que la escena del crimen no habrá aportado ninguna huella dactilar, de lo contrario ya lo hubiera dicho… Aún así, quién sabe… Puede que haya algún indicio interesante….

   -Quienes hicieron esto mostraron ser auténticos profesionales. Ninguna huella dactilar, desde luego. Ni siquiera un cabello, ni una gota de sangre que no pertenezca a Vergari. Huellas de ADN las hay, evidentemente, pero no parecen relacionadas con el hecho que nos ocupa. Aunque el trabajo de laboratorio continúa.

   -Desde hace más de treinta años –terció la teniente Vargas-, Roche y Bardeau se hacen una guerra cordial e implacable. Se trata de un juego en la cumbre, a sólo dos bandas. Y si la partida ha durado tanto tiempo, es porque ambos adversarios están muy igualados, en medios, en recursos y en inteligencia. El menor desequilibrio sería nefasto para quien sufriera la pérdida. Ni qué decir tiene que los adversarios se observan de cerca. Si alguno de ellos mostrara la menor debilidad, la reacción sería en cadena y a nivel nacional. Ninguno de los dos desaprovecharía la menor oportunidad, el más leve resquicio, para acabar de una vez por todas con su único, verdadero y temible rival. Puestas así las cosas, los bocetos de Brik constituyen un sustancioso aporte para la causa de Roche y no carece de sentido suponer que, si existen otros, Bardeau los quiera para sí, con objeto de estabilizar la balanza. Y si no puede obtenerlos, hacer mangas y capirotes para que no vayan a parar también a las arcas de Roche.

   -Supongo que a Lanzi se le ha sometido a estrecha vigilancia.

   -Por supuesto, señor comisario –intervino Gastaldo-, veinticuatro horas sobre veinticuatro.

   -¿Y qué hace de su vida el sujeto?

   -Pues verá usted, señor comisario, se pasea en Ferrari Testarossa por toda la Costa Azul. En Cannes dirige una suerte de “Escuela de sirenas” donde se imparte un programa docente bastante serio, el cual comporta estudios de las principales lenguas extranjeras, particularmente el inglés, por supuesto, pero también derecho, historia, política, literatura, informática, sin olvidar, evidentemente, una asignatura relacionada con todo cuanto concierne el arte de la seducción. De ella salen auténticas geishas del mundo occidental. La cuales poseen, dicho sea de paso, las competencias requeridas en una buena espía. El festival de Cannes atrae muchos sueños relacionados con el mundo del cine y la pasarela. Lanzi merodea por las cercanías del tapiz rojo y elige. Tal como la presenta, la escuela parece revelarse como el trampolín idóneo para la fama. Incluso cuando caen los velos respecto al verdadero objetivo de la formación, las chicas suelen aceptarlo como un paso obligado para alcanzar su propósito. Sobre todo porque en el aspecto pecuniario la escuela de Lanzi no se diferencia en nada de la Educación Nacional, es completamente gratuita. Cuando sus obligaciones académicas lo dejan libre, nuestro héroe se pasa por los hoteles de la cadena, recoge a los clientes más selectos, los lleva a los mejores restaurantes, a los espectáculos relacionados con sus gustos y, a la vuelta, los deja en una cama ya caliente. Muchos de los clientes son habituales, a otros, en cambio, hay que introducirlos. Lanzi roza la excelencia en ambos cometidos y Bardeau lo consagra obviamente a la flor y nata de sus huéspedes.

   -Pues bien –concluyó Tynianov-, ya es hora de meter un poco de presión sobre este Lanzi.

   Ya se disponían todos a salir cuando el comisario le preguntó a la teniente Vargas por Ugo Dumon.

   -Pues se trata de alguien a quien le han cundido sus estudios de derecho. A los 32 años posee un patrimonio considerable: una mansión en Cimiez, un chalet en Isola, un yate, un Jaguar y una Harley. Ahora bien, las ocasiones para disfrutar de tales posesiones deben ser bien pocas, pues la verdad es que se despestaña trabajando para los Roche y en general su vida posee una austeridad de cartujo. Su prosperidad tampoco aprovecha a su familia, pues es soltero y sus padres viven holgadamente entre París y Niza. Últimamente se ha entrevistado, todos los días, largo y tendido, con su patrón, incluidos los días festivos, pero no en la casa de éste, sino en su despacho, donde, además, ha dormido y realizado todas sus colaciones.

   -Que no se le pierda de vista. Y si por casualidad pone un pie en la calle, que no se escatime en medios para saber dónde va, qué hace y por qué.

                                             XII

   Alba Longa había velado hasta muy tarde la noche anterior examinando el estado de la lengua manifestado por la copia del “Picatrix” que Bardés puso a su disposición y había llegado a la conclusión de que se trataba de un falso, obtenido, sin lugar a dudas, pasando primero por una traducción del latín, puesta seguidamente en castellano alfonsí por un lingüista indudablemente experto, cierto, pero que debió trabajar solo y claro, con un texto tan extenso, siempre se cometen errores de inadvertencia, incompatibilidades cronológicas, o empleando el lenguaje de Saussure, una falsa superposición de sincronías. Es obvio que la sincronía medieval ofrece numerosas fluctuaciones y titubeos, aunque siempre dentro de ciertos límites. Alba había encontrado algunos de estos deslices, suficientes para establecer un diagnóstico, y los había anotado cuidadosamente. Ahora bien, lo que Bardés le había pedido era un análisis pericial completo y eso requería aún mucho trabajo.

   Por otra parte, la lectura del documento era ardua, al menos por cuanto se refiere al primer tratado, pues requería elevados conocimientos de astrología y astronomía que él estaba lejos de poseer.

   A pesar del cansancio, Alba se había propuesto levantarse temprano, para lo cual había tomado la precaución de dejar la persiana completamente abierta de modo que el sol lo despertara, como así sucedió.

   Mientras tomaba una ducha consideró que Bardés hacía mal en trabar negocios con gente que, a todas luces, tenía la intención de darle gato por liebre. Si lo hacían en esto, bien podían hacerlo, o haberlo hecho, en otros asuntos. Parece poco probable que lo hayan comprado sin efectuar un peritaje previo, tal como pretende hacer Bardés. Entonces lo lógico es concluir que la falsificación proviene de ellos. Aunque habría que conocer las circunstancias exactas y Bardés no ha dado explicaciones detalladas.

   Desde su ventana pudo comprobar que el desayuno estaba siendo servido en la terraza y que Bardés ya se hallaba sentado ante la mesa, leyendo su periódico. Así que decidió vestirse raudo y tomar la colación con su anfitrión. En la escalera se encontró con Clara, quien le dio festivamente los buenos días con un par de besos en ambas mejillas.

   Al verlos llegar, el pintor plegó su diario y lo depositó en las baldosas del suelo.

   -Madrugadores los dos. Eso es un buen indicio de vida sana. A pesar de que usted trabajó hasta muy tarde anoche. Los viejos dormimos tarde y mal. Vi luz en su ventana.

   Alba pensó que Bardés iba a solicitarle una primera impresión sobre el documento, pero la alusión no se produjo.

   -Venga, abuelo, no te andes con zalamerías. Que aún no eres viejo. Lo que pasa es que estás poseído por la adicción a la pintura. Y ya sería el momento de que te calmaras un poco.

   -Ya lo hago, hija mía, ya lo hago. Mi ojo ya no es el mismo y la mano me pesa, por mucho que digas…

   -En todo caso, es hora de que empieces a disfrutar de un día como éste, por ejemplo, leyendo al sol en tu jardín o dando un paseo por la montaña.

   -Quizá lo haga. No es una mala idea. ¿Y tú qué piensas hacer?

   -Había previsto pasarme por la galería para ver cómo van por allí las cosas. Y albergaba la esperanza de que Alba tuviera a bien acompañarme. Así comeríamos en un excelente restaurante del puerto de Villefranche.

   Alba Longa había contado trabajar largo y tendido durante todo el día, asegurándose de que sentaba las líneas directrices de su exposición. Pero claro, no le pareció cortés rechazar tan amable proposición. De modo que aceptó encantado, sin la menor sombra de duda en su semblante.

   -Yo en vuestro lugar me demoraría un poco antes de salir.

   -¿Y eso?

   -Huelga de casi todo hoy. De trenes, de transporte urbano, de recogida de basura, de profesores de primaria y secundaria…. La gente coge el coche y Niza estará colapsada hasta por lo menos las diez de la mañana.

   -Vaya por Dios –exclamó resignada Clara.-

   -Esta vez me parece que va en serio –se animó Bardés.- La ley El Khomri ha sido la gota que ha hecho desbordar el vaso. Las reformas de Macron y sus  provocadoras tomas de posición, el artículo 49, 3, las revelaciones de los llamados “Papeles de Panamá”, la trampa y la hipocresía permanente, la portentosa maniobra de la globalización, cuyo objetivo es enriquecer a los ricos y empobrecer a los pobres, con la tela de fondo de una crisis sospechosa. Todo ello ha acabado por forzar a las masas a abrir los ojos, incluso a aquellos que voluntariamente se los cubrían para no ver, como los pusilánimes que se los tapan con las manos ante una película de horror. Capítulos como el de la crisis griega han hecho caer los velos y las máscaras, con lo cual los agentes económicos y políticos aparecen al fin con sus verdaderos rostros de víbora saturada de veneno y sedienta de sangre. Y eso que no saben todavía la verdad: que si quieren sólo respirar un poco de aire puro, como antes, al menos como antes, tener sencillamente una parcela de vida, por pequeña que sea, no les han dejado más alternativa que arrancar hasta los cimientos de esta sociedad capitalista, no dejar piedra sobre piedra, arrasarlo todo, como un pueblo bárbaro que no sabe ni quiere saber de nada, excepto por cuanto se refiere a asegurar su subsistencia. Porque ya no se trata de mantener una sociedad de clases, sino de exprimir hasta el jugo de la médula a las masas, de robarles toda posibilidad de absorber una sola gota de vida y de escamotearles todo reflejo de dignidad, porque sin dignidad, no hay indignación. En el colmo de su orgullo, han apretado las tuercas al máximo, hasta el punto que no hace falta tener ojos, pues incluso los ojos de los ciegos sienten la presión.

   Alba Longa hizo un leve gesto de asentimiento.

   -Debo confesar -admitió- que siempre he sido un europeo convencido, persuadido de que esa diversidad de lenguas y culturas de solera iba a darnos un nuevo e imparable impulso y que, si dejábamos de una vez por todas de enfrentarnos los unos a los otros, íbamos a crear una civilización esplendorosa en la que todos tendríamos cabida y sería posible una razonable realización del individuo. Sin embargo, la crisis griega ha significado lo que usted dice: una caída de las máscaras. Esta Europa que se prepara no es, ni mucho menos, la que habíamos imaginado, la que habíamos esperado crear contra viento y marea.

   -Las máscaras han caído y, por primera vez en muchos años, la gente está dispuesta a bajar a la cancha. Aquí en Francia se creen muy listos con las elecciones a dos vueltas. Pero en los últimos comicios, en la segunda vuelta, cuando aquí en Niza no quedan ante las puertas de los colegios electorales más que los carteles de la derecha y de la extrema derecha, he visto pegadas allí hojas de papel escritas del puño y letra de gente real, no centros de poder, no apisonadoras que allanan el terreno con rollos de dinero, en las cuales se puede leer todo lo que le vengo diciendo. Se trata de gentes que han apretado los dientes y han pechado con todo, con objeto de construir un futuro para sus hijos, pero han comprendido que sus hijos no tienen futuro.

   Bardés estaba diciendo en voz alta lo que Alba había pensado desde hacía mucho tiempo para sus adentros. Pero semejante discurso no podía sino sorprender viniendo de la boca de un hombre que había conocido un éxito tangible, rotundo, y que vivía rodeado de una riqueza romana.

   El pintor pareció leerle el pensamiento.

   -Usted se sorprenderá tal vez de que tales palabras salgan de la faltriquera de un rico. Pero verá usted, no sacarlas es pecar contra la verdad.

   En efecto, concluyó Alba, en Bardés predominaba el intelectual consciente de su labor en cuanto a tal.

   -Además –concluyó-, ricos y menos ricos y pobres de solemnidad, mucho me temo que todos estamos llamados a comer carne de buitrera, que buen escote pagan los invitados a esa suerte de festín.

   Esta vez ni siquiera Clara se atrevió a bromear con las sentencias de su abuelo, a pesar de que bien se veía que hubiera querido quitarles al menos un poco de hierro. Pero se abstuvo.

   -En fin –dijo al cabo la moza-, habrá que tener paciencia y esperar hasta eso de las diez.

   -Yo creo que voy a seguir tu consejo y dar un paseo por la falda de esa montaña. Me vendrá bien un poco de ejercicio. De modo que no os espero a la hora de comer. Así debe ser, la juventud tiene que salir y ver mundo.

   -Hablas como si para ir a Villefranche hubiera que franquear la línea de los trópicos.

   -Bueno, bueno. No tengáis prisa en volver, que hoy el tiempo es espléndido, pero parece que no va a durar.

   “Ha pasado en efecto la noche en la casa. Como era de esperar, los moscones comienzan a rondar el pastel. La relativa paz que hemos gozado hasta ahora no podía durar. Afortunadamente disponemos de recursos para aplastar a aquellos que, deliberadamente o no, se acerquen demasiado al epicentro de esta vorágine telúrica. Ésa es la misión que me ha sido encomendada y no conozco placer alguno que pueda compararse a cumplir, escrupulosamente, con todos los requisitos que exige la absoluta seguridad en su ejecución. Una noche más y me sentiré autorizado a adoptar las medidas preventivas que se imponen ante una situación de urgencia. Aunque para ello deba retocarse ligeramente el informe. Los efluvios de la sangre del último ajusticiado han despertado las alimañas dormidas que se han puesto a rondar por las fronteras de la conciencia y no me dejan tranquilo.”

                                                    XIII

   El comandante Fréderic Schluter deseaba ver, como primera provisión, uno de esos bocetos que tan crudamente habían hecho verter sangre. Los Roche, tras recuperarlos, los vendieron sin demora. Ello, según el comisario Tynianov, se debe a que el matrimonio se halla hoy en día más preocupado por sus negocios de hostelería y juego que por la pintura. El producto de la venta lo han invertido de inmediato en parte de mercado. Como consecuencia de esta decisión, a juicio de Schluter un tanto precipitada pues todavía podían haber subido de precio en un período de pocos meses, los bocetos de Brik se hallan dispersos por todo el mundo, excepto uno de ellos, que ha permanecido en Niza, precisamente en Villefranche, en una galería de arte cuya propietaria es nada menos que la nieta de Bardés. Se trata de un esbozo de “Night-time”.

   El comandante entró en la galería y lo atendió una empleada, quien le explicó que la propietaria, Clara Bardés, estaba de camino y no iba a tardar en llegar. Schluter no podía imaginar, debido a su inmenso valor, que el boceto en cuestión estuviera expuesto en la tienda, pero allí estaba. Se puso pues a examinarlo. En eso entró una joven particularmente agraciada, acompañada de un hombre provecto, a quien parecía mostrar por primera vez el establecimiento. Supuso que se trataba de Clara, pero dejó que la empleada hiciera las presentaciones.

   En efecto, ambas mujeres intercambiaron unas breves palabras y la joven propietaria se dirigió sin más hacia el visitante.

   -Buenos días. Permítame presentarme, me llamo Clara Bardés. Parece ser que está usted interesado por el boceto de “Night-time”.

   -Por el auténtico, señorita, que presumo lo tiene usted puesto a buen recaudo. La copia expuesta no es mala, pero no es de Brik. Ah, disculpe, me llamo Schluter, Fréderic Schluter, y soy comandante de la O.C.B.C. He aquí mis credenciales.

   Schluter se volvió a mirar hacia el hombre que acompañaba a Clara, como aguardando a que se presentara. Lo que éste hizo escuetamente.

   -Mi nombre es Alba Longa.

   -Tiene usted razón, comandante, el original se conserva en la caja fuerte de un banco. Ésta que puede contemplar aquí es una copia pergeñada por mi abuelo, Jacobo Bardés, con una fidelidad relativa, lo suficientemente próxima como, digamos, para que el público en general vea una referencia al auténtico, pero no tanto como para que los entendidos crean que lo tenemos expuesto aquí.

   -Comprendo, señorita. Aunque de todos modos, a mi juicio, no deja de ser peligroso. Son precisamente los ignaros quienes más daño pueden causar, a las personas y a las obras. En cambio los expertos suelen efectuar un trabajo limpio, sin perjudicar a terceros o, si lo prefiere, sin daños colaterales.

   La mirada de Clara se ensombreció un tanto.

   -Tiene usted razón. Pensaré en una solución. Tal vez unas líneas que indiquen que se trata sólo de una copia.

   -Una buena idea. Dígame. ¿Me permitiría usted examinar el original?

   -Por supuesto. Aunque para ello es preciso establecer una cita previa en el banco.

   -Lo entiendo. Y un último favor…

   -Usted dirá…

   -Cuatro ojos ven mejor que dos. Sobre todo si se trata de los órganos visuales privilegiados de Jacobo Bardés. ¿Cree usted que aceptaría acompañarnos en esa inspección?

   -Pienso que no verá inconveniente alguno. ¿Tiene usted un número de teléfono para avisarle cuando todo esté concertado?

   Schluter le entregó una tarjeta.

   -Supongo que cuando la policía afecta a un experto de la O.C.B.C a la investigación es porque concede algún crédito a la idea de la existencia de más bocetos.

   -No deja de ser una posibilidad verosímil. En cualquier caso parece evidente que los torturadores de Vergari, de un modo u otro, la habían contemplado, lo cual nos obliga a no descartar esa línea de investigación.

   -Corríjame si me equivoco, comandante, ¿sería lícito imaginar que si usted se interesa por el boceto es porque puede haber algo en él que permita, de algún modo, confirmar o afianzar la mencionada línea de investigación.

   -Tal manera de proceder, a menos que ocurran sorpresas, lo cual no es infrecuente después de todo, no debería conducirnos, al menos en principio, a una determinación categórica. Pero claro, si se llega a comprobar que Brik se tomó un trabajo intenso y creciente en la elaboración de los bocetos, no resultaría descabellado pensar que había adoptado, de manera generalizada, esa técnica para la creación de sus cuadros. No obstante, debo confesarle que el objetivo básico de mi examen es verificar la autenticidad de la pieza. Convendrá conmigo en que si los bocetos fueran falsos, ello cambiaría por completo nuestro ángulo de ataque.

   Clara se sobresaltó. Sus ojos almendrados parecieron estirarse. Aunque pronto logró dominar el latigazo de la emoción.

   -¿Lo duda usted? La flor y nata de los expertos y tasadores la ha certificado.

   Schluter guardó unos segundos de silencio.

   -La policía, ¿sabe usted?, no da nada por sentado. Prefiero hacerme personalmente una idea a este respecto. Y por eso requiero igualmente la valiosa opinión de Jacobo Bardés, ya que, no solamente está geográficamente presente, sino que, además, en cierto modo, es parte interesada en el asunto.

   -Naturalmente.

   -Sea cual sea la conclusión, más vale que la conozca.

   -Supongo que no ignorará usted que mi abuelo se tomó la molestia de efectuar un análisis concienzudo antes de autorizarme a efectuar la compra.

   -Lo imagino, señorita…. A este propósito, me gustaría tener una entrevista, previa al peritaje, con Jacobo Bardés. Puede que logre convencerle de que a estas cosas, hoy en día, hay que darles muchas vueltas antes de llegar a una conclusión definitiva. Si es que es posible todavía, dadas las circunstancias, llegar a algo así como una conclusión definitiva.

   -Muy bien, si así lo desea hablaré con él esta noche y lo tendré al corriente.

   -Perfecto. Ha sido un placer, señorita.

   -El gusto es mío.

   -Señor Longa.

   -Hasta pronto, comandante.

   Schluter sonrió antes de dar media vuelta y abandonar la galería. Su sonrisa tenía la virtud de sentar las bases para una confianza mutua. Clara y Alba lo observaron hasta que su traje de lino blanco quedó saturado de sol en el umbral de la puerta y desapareció dejando en su lugar un rectángulo azul de mediterráneo.

   -Bien, pues éste es mi lugar de trabajo. Cuando no tengo que ausentarme para una adquisición o una subasta.

   -Un escenario encantador. Me alegro por ti, Clara.

   Pero Clara parecía, obviamente, moderadamente preocupada.

   -Te enseñaré el pueblo. Es digno de ver. Y nos dará un poco el aire, que no me vendrá tampoco mal. Hasta luego, Sophie.

   El pueblo, en efecto, poseía la curiosa belleza abigarrada y variopinta de las poblaciones provenzales, hecha de tonalidades pastel, amarillo limón, verde claro, naranja, y unas callejuelas empedradas, estrechas, que lo mismo se hundían en las entrañas de la montaña como se asomaban al límpido y resplandeciente mediterráneo. Los postigos pintados todos color ciruela verdal.

   -Tendría gracia que, después de todo, los bocetos fueran falsos.

   -Esperemos que no. Bastante es que el manuscrito es una falsificación.

   -¿Estás seguro?

   -Tan seguro como he de morir.

                                               XIV

   El comisario Tynianov había decidido apretar ese botón llamado Lanzi, a ver qué pasaba. Previamente había dado la orden de pinchar todos sus teléfonos, así como los de su patrón, Bardeau. Y puesto las personas de éstos, así como las de los lugartenientes de aquél, bajo estrecha vigilancia.

   Ahora se hallaba al volante de su Bentley camino de Cannes, decidido a poner a este pisaverde de rufián dentro de una cámara de presión y girar a fondo la manecilla. Luego dejará que el pajarillo levante el vuelo para ver en qué rama se posa y, sobre todo, cuáles son las notas de su trino.

   La curiosa entidad pedagógica que regentaba el individuo tenía su sede en un edificio de cinco plantas, con amplios ventanales y multitud de enredaderas y plantas que chorreaban por el exterior. Estaba rodeado por un jardín lujuriante, vallado con un espeso muro de mampostería, y la barrera que daba acceso a la zona de aparcamiento se hallaba, por supuesto, cerrada; pero a través de sus barrotes dejaba ver, entre otros coches de gran cilindrada, el Ferrari Testarossa de Lanzi.

   El comisario telefoneó al establecimiento, se identificó, expuso en pocas palabras el propósito de su visita y pidió que le abrieran la barrera. La secretaria que había tomado la comunicación dudó un instante pero acabó diciendo que primero tenía que consultarlo con su jefe. Por lo menos ha tenido la inteligencia de no negar su presencia, consideró Tynianov. Al cabo de un par de minutos le anunció que podía entrar y, en efecto, la barrera comenzó a deslizarse lentamente hacia un lado, dejando el paso franco.

    La secretaria y el conserje aguardaban tras el umbral de la entrada. La primera alargó la mano hacia el comisario y acompañó el saludo con una sonrisa estudiada.

   -Por aquí, señor comisario. El director le aguarda en su despacho.

    Tras una maciza e historiada mesa de caoba, a todas luces desfasada con respecto a la modernidad del edificio y al resto de sus enseres, se hallaba Lanzi leyendo simplemente el periódico. Sin lugar a dudas, quien se ocupó de la decoración de la pieza debió imaginar que una mesa de trabajo semejante no podía sino dar al sujeto que iba a hallarse tras ella la legitimidad que no poseía y, de alguna manera, presentarla como algo propio e inherente al mismo. En lo cual no andaba descaminado, cierto, pero al mismo tiempo ello constituía una confesión de la realidad del hecho que, de manera tan obvia, pretendía ocultar.

   Con un gesto despreocupado de dandi que se halla absolutamente confiado en el efecto de su estudiadísima espontaneidad, el director saludó a su visitante con un suave apretón de manos y una no menos calculada sonrisa. Seguidamente le rogó que tomara asiento.

   -Usted me dirá, señor comisario, en qué puedo servirle.

   Este último no había venido con la intención de andarse por cuatro caminos. Así que, sin mediar palabra, extrajo una carpeta de su maletín de cuero y la depositó sobre la mesa.

    -Voy a referirle una serie de hechos que le conciernen. Si alguno de ellos despertara en usted  la menor objeción, no dude en interrumpirme para formularla, aunque no voy a mencionar nada que no esté documentalmente probado y todas las piezas que sostendrán mi argumentación se hallan en esta cartera, de modo que puedo producirlas en el momento que lo desee.

   El preámbulo no podía ser más incisivo pero no consiguió descomponer en lo más mínimo el equilibrio de los rasgos en el rostro de Lanzi, sino que, por el contrario, tuvo la virtud de provocar un nuevo afloramiento de su sonrisa. Así es, un equilibrio con un matiz irónico y burlón en todos sus rasgos, particularmente en su sonrisa. En todos excepto en uno. El azogue de sus ojos delataba su miedo y ello desde el principio. Pero claro, sólo un notable observador podía notarlo y Tynianov vivía principalmente de ello, de sus dotes de observación.

   -Comencemos por la encomiable institución pedagógica que preside en este momento….

   Lanzi levantó de inmediato la mano a guisa de interrupción como lo haría un polemista experimentado ante un rival de su misma enjundia, sabiendo que, entre iguales, levantar la mano es más efectivo que levantar la voz. Con Tynianov no se equivocó. El comisario detuvo su discurso y le cedió la palabra.

   -Puedo demostrar que los profesores que ejercen en este centro son profesionales cualificados y dotados de los diplomas oficiales requeridos, los cuales enseñan, con un rigor que no dudo en calificar de superior al de la mayor parte de los establecimientos públicos, asignaturas serias que conforman un proyecto pedagógico perfectamente definido en los objetivos del centro y que puedo poner a su disposición si lo desea.

   -No necesito cotejar dicho documento para verificar que no menciona asignaturas que enseñan a sus pupilas la ciencia de despojarse de sus prendas vestimentarias, utilizando para ello las técnicas más sugestivas de las que se tiene noticia o puede producir como fruto la imaginación de esos profesores altamente cualificados a los que usted hace referencia. Entre otras varias materias que proporcionan un color especial al proyecto pedagógico real de este centro.

   -Eso usted no lo puede probar.

   -No sea ingenuo. Varias de sus alumnas, salidas de sus primeras promociones, trabajaban para la policía y constituyeron en su día un informe completo convenientemente nutrido de material gráfico. ¿Desea usted ver algunas muestras?

   Lanzi se reclinó en el respaldo de su asiento y quedó un momento pensativo. Aquellas acusaciones, con ser graves, no representaban un peligro absoluto e inminente. Su patrón dispone de abogados para quienes lidiar con cuestiones ligadas al proxenetismo constituye una rutina fácil. De modo que no merecía la pena negar la evidencia. Sin embargo, adivinaba que la técnica que estaba utilizando el comisario era la de emplear desfiladeros para pasar de un valle a otro. Su punto de mira estaba en otra parte.

   -No es necesario que se moleste.

   -Otra serie de documentos define con precisión las relaciones que le unen a Bardeau. ¿Los quiere ver éstos?

   -No, tampoco éstos. Bardeau es uno de los grandes empresarios de este país y no hay deshonra alguna en trabajar para él.

   -Según y cómo, señor director. Bardeau desarrolla varias actividades, unas más legales que otras. Usted lo sabe perfectamente. Ahora bien, el papel que le ha confiado a usted entra de pleno en relación con una zona turbia en el interior del imperio Bardeau.

   -Concedo que sea turbia, pero no necesariamente reprobable, incluso desde el punto de vista de la moral vigente. De hecho algunos países la toleran oficialmente. Las chicas, particularmente las de alto standing la practican voluntariamente, como una auténtica elección profesional, o como una pasarela para otras cosas… No quiero entrar en detalles, pero ellas satisfacen deseos que una esposa razonable no tiene ni la capacidad ni la intención de satisfacer. Se trata, como usted sabe, del oficio más antiguo del mundo y, a lo largo de la historia, ningún Estado ha conseguido restañarla por completo, ni siquiera el francés, que oficialmente la ha prohibido, pero ahí está, en Niza precisamente, el caso de Madame Claude para probar la hipocresía de las autoridades y el hecho de que Jefes de Estado de todo el mundo, incluidos los nuestros, hayan figurado como clientes suyos.

   -En todo caso hay un cuadro legal.

   -Que las autoridades utilizan de un modo u otro según les convenga.

   -Usted asoció a Vergari a sus actividades. Él invirtió una parte consecuente del capital obtenido con el asunto de los bocetos de Brik y usted le revertía los beneficios mediante una empresa que sólo existía sobre el papel.

   -Bueno, Vergari cobraba de dos maneras, una parte de los beneficios de su inversión seguía el camino que usted ha indicado, mientras que otra la percibía de otro modo, digamos, más natural y menos artificioso.

   -Comprendo. ¿Qué necesidad tenía usted de recurrir a Vergari, teniendo a su disposición el inagotable respaldo económico de Bardeau?

   Lanzi empezó a comprender a dónde quería ir a parar el comisario y sus ojos destellaron con un brillo maligno.

   -¿No habrá venido a acusarme del asesinato de Vergari?

   -Por lo pronto no. La investigación está en su fase de construcción; así, nos hemos topado con la relación que le unía a Vergari y he decidido venir para recabar su explicación.

   -¿Y qué quiere que le diga? Entiendo que no sirve de nada negarlo. Si encima tengo que justificarlo le diré que toda piedra hace pared. La cantidad que podía aportar Vergari era considerable y su poca experiencia en estos asuntos nos hacía prever una navegación tranquila y sin sobresaltos.

   -¿No se le pasó en ningún momento por la cabeza la idea de sonsacar a Vergari si acaso no había más bocetos ocultos en su desván o en otro sitio? Quizá todavía la parte del león, lo más consecuente del regalo de Brik. Después de todo, éste sería el comportamiento más lógico para alguien que se sabe inexperto en el mundo de los negocios, sacar a la luz una pequeña parte del tesoro y ver qué pasa. Si todo funciona bien, el resto seguirá el mismo procedimiento.

   Lanzi se revolvió en su asiento como una fiera sorprendida en su propia madriguera. Por un momento Tynianov tuvo dudas sobre si se le iba a venir encima, o si de repente estaba pensando en tomar las de Villa Diego colgándose las piernas al cuello. Pero en lugar de eso Lanzi se puso a hablar de modo vehemente.

   -Mire, señor comisario. Mi intención no era llegar a esta situación. Ni siquiera se me había ocurrido la idea de arar torcido, de apartarme un centímetro del trazado ideal de los surcos. Aunque usted no lo crea, dadas las circunstancias actuales, fui un buen alumno, hice estudios superiores, entré a trabajar en Correos y, tras breves pero intensísimos esfuerzos, llegué a ser director de una sucursal en Lille. Me casé, tuve hijos, me compré una casa con un jardín precioso y estaba en el buen camino para convertirme en un ciudadano modelo, bien pensante y votador en todos los comicios, incluso en las elecciones regionales. Luego me dije, puesto que es así, volvamos a nuestra ciudad natal. Y aquí empezaron las complicaciones, porque había que vender la casa. Como consecuencia de la crisis, inventada por el gran capital para ponernos la anilla en la nariz a todos y atiborrarse todavía más de dinero, el precio de los bienes inmobiliarios cayó. Los compradores estaban decididos a aprovecharse de la situación al máximo, de modo que las únicas ofertas que recibí alcanzaban poco más de la mitad del valor establecido. Pero el traslado estaba pedido, así que tuve que venirme e instalarme aquí. Las deudas generadas por una y otra vivienda, sumadas a unos cuantos accidentes con consecuencias pecuniarias, comenzaron a crear una situación económica angustiosa. Después de tantos años de estudio y de tanto trabajo, tras haber superado pruebas de un rigor desmesurado, pues la tensión y la competencia en el mundo laboral han sido exacerbadas al máximo, me vi en la situación de no poder pagar una corona para los dientes de mi hijo y de hallarme incapaz de reemplazar una nevera que se estropea. Mientras tanto, la hipocresía criminal de nuestros gobernantes dorándonos la píldora todos los días por la televisión y tratando de hacernos comulgar con ruedas de molino, imponiendo esa maldita política de austeridad, que se nutre únicamente sobre las espaldas de los asalariados, en tanto que las grandes empresas, los grandes patrones que las dirigen, deslocalizan y los que realmente poseen dinero evitan pagar impuestos poniendo su peculio en paraísos fiscales. No, aquí o jugamos todos, o se rompe la baraja. Son tiempos de romper y para romper. La gente parece sorprenderse de que haya manifestaciones todos los días y de que se rompa. Se niegan a entender que ése es el signo de los tiempos. Si la élite que nos dirige no tiene otro cometido que realizar el trabajo sucio de una plutocracia que nos roba, la consigna está dada y también el ejemplo. Así, o se rompe por dentro, o se rompe por fuera. Yo decidí romper por dentro y situarme en esa tierra de nadie, en medio de la cual pasa la línea recta que separa la legalidad de la ilegalidad y Correos se fue al garete. Pero no hay nada, ni en mi historia personal, ni en mi constitución interna, que haya podido hacer de mí, en tan poco tiempo, un asesino. Y menos un monstruo capaz de realizar las atrocidades que han sido cometidas sobre el cuerpo de Vergari. Cierto que la idea de la existencia de otros bocetos se nos ocurrió y que tratamos de sonsacarle… Pero por otros caminos…

   -¿Puede explicarme cuáles?

   -¡Oh! Vergari estaba muy enchonado con una de nuestras chicas, Hellen. La cual recibió orden de no escatimar mimos para lograr este objetivo, pero Vergari no decía esta boca es mía. Y no deja de ser extraño, porque estaba que bebía los vientos por ella y no hay nada que se agarre tanto como los viejos al amor.

   -Dice que es extraño… Habrá hecho sin duda suposiciones al respecto.

   -Las de rigor. Que Vergari tenía miedo que le robaran sus preciosos bocetos, que después de todo no le había ido mal la transacción con los Roche y aguardaba el momento propicio para sugerirles una segunda edición, o que Vergari había iniciado tratos con terceros…

   -¿No se les ocurrió hacerle una propuesta?

   -Sí, pero esperamos demasiado. Alguien se nos adelantó, empleando un método más persuasivo….

                                                   XV

   La visita a Villefranche se prolongó con un paseo vespertino por un sendero costero denominado el “Camino de los aduaneros”. El sol, a pesar de hallarse ya en su fase de declive, apretaba todavía y Alba fue consciente de que, aunque tarde y mal, el verano había acabado por llegar al fin, tras uno de esos inviernos ni carne ni pescado, sin frío realmente, pero plagado de días desapacibles. Según los medias, el invierno más temperado desde que se mantiene constancia oficial del registro de temperaturas. Clara había sugerido que, de haber pensado en traer los bañadores, habrían podido tomar un baño. Ya estaban bastante alejados de la población como para volver y proveerse de ellos. Es igual, aseguró, nos bañaremos esta noche en la piscina.

   De regreso a la mansión de los Bardés, el sol se pavoneaba entre los ocres esplendores del ocaso. Jacobo había dispuesto todo para la cena en la terraza. Clara no se demoró en referirle la visita del comandante Schluter y Bardés esbozó una sonrisa de hurón.

   -Así que nuestro boceto es falso…

   -Tampoco dijo eso. Sino que, en su opinión, sería conveniente analizarlo conjuntamente de la manera más detallada posible. Según parece, se ha producido durante los últimos tiempos un número considerable de falsificaciones. Posiblemente piensa también que la manera rocambolesca en que han aparecido estos bocetos los empaña con un cierto halo de sospecha.

   -“Credo quia absurdum” –repuso Bardés.- Creo porque es absurdo, dijo Tertuliano. Esta historia de Vergari no se inventa. Es tan extravagante que no puede surgir de una mente normalmente constituida. Por eso precisamente es verdad.

   -Sí, surgir sí surge –precisó Alba Longa.- Pero de ahí a tener la osadía de hallarse tan convencido que puede funcionar como para llevarla efectivamente a cabo, media un buen trecho.

   -Estamos de acuerdo. Surge como surge un chiste, o mejor, una de esas quimeras que afloran cuando estamos durmiendo despiertos, pero que no merecen de nuestra parte sino una sonrisa desdeñosa.

   -No perdemos nada en estudiarlo una vez más junto al comandante –concluyó, categórica, Clara.-

   -Por supuesto –admitió el abuelo.- Concierta una entrevista y nos sumiremos de nuevo en el “Night-time”.

   Dicho esto, agarró una botella de vino blanco, empañada por el frío que exhalaba, le aplicó un dispositivo eléctrico que extrajo el corcho con un zumbido burlón y comenzó a servir el líquido ambarino, como un concentrado potable de sol, empezando por su huésped.

   -Habréis pasado mucho calor, paseando por Villefranche. Esto os hará mucho bien. Por cierto, ¿habéis tenido dificultades en el trayecto?

   -No. El tráfico estaba, por la mañana, algo más denso de lo habitual a esa hora, pero no colapsado. A la vuelta ha sido un poco más complicado.

   -Complicaciones las ha habido en París y Nantes, sobre todo.

   -¿Qué tipo de complicaciones? –Inquirió Alba.-

   -Las de costumbre. Manifestaciones, en los bordes de las cuales se infiltran jóvenes enmascarados que destrozan sistemáticamente cuanto encuentran a su paso. Llevan mazos de picapedrero y se comportan como los empleados de una demolición. Les encanta asimismo lanzar adoquines a las fuerzas policiales.

   -Es cierto que los ánimos se han caldeado últimamente y las posturas parecen irreconciliables –concedió Alba Longa-. Pero en fin, romper la propiedad de terceros…

   -¿No les han roto ya su mundo? Pues ellos rompen el de los demás. Un Estado de Derecho tiene sus reglas y su equilibrio mientras se halla vigente el modelo social, económico y político que lo sustenta. Pero cuando éste se fractura, sobreviene uno de esos momentos de crisis que cambian el curso de la historia, lo que solemos llamar revoluciones. Las cuales se manifiestan de maneras diversas, ya sea como una insurrección generalizada, ya sea como una invasión bárbara, o como una operación bélica de un Estado contra otro. La que parece pergeñarse ahora es la primera, aunque no faltan elementos precursores que anuncian las otras dos. Hasta ahora, nuestros gobiernos parecían ocupados tan sólo por las dos últimas, como si la primera fuera únicamente un residuo del pasado.

   Alba estaba a un tiempo sorprendido y divertido en su fuero interno. No dejaba de ser una circunstancia insólita que un tal discurso tan, digamos, cargado de bermellón, saliera de la boca de un hombre como Bardés, una suerte de príncipe del arte a cuyos pies los mercaderes de este mundo habían depositado montones de oro. Curiosamente, en ese mismo instante, le vino a la memoria el caso de otro gran artista, esta vez de la palabra, el cual se paseaba en Rolls por toda la Costa Azul de los años veinte, desde Cannes a Montecarlo, y que por cierto murió a pocos pasos de aquí, en Menton, donde tuvo su postrera residencia terrenal; pero que, al propio tiempo, fue un revolucionario notorio para su tiempo, al menos poseía el léxico y la pose correspondiente y fue exiliado como tal. Alba estaba pensando en Blasco Ibáñez que, bien mirado, físicamente, se parecía bastante a Bardés. Digamos que, físicamente, Bardés era una mezcla de Blasco Ibáñez y Clark Gable, ambos, desde luego, en su edad provecta.

   -Es realmente sorprendente el parecido que presentan estos tiempos con los últimos siglos del imperio romano.

   -En algunos aspectos sí. En otros no tanto.

   -Lo digo por la formidable presión migratoria que establecieron y establecen hoy en día vastos pueblos en sus fronteras, empujados hacia el interior por otras naciones todavía más cruentas, de las que había que huir a toda costa.

   -Entiendo y comparto su opinión. Pero por otro lado el fanatismo cristiano, convertido en religión oficial, devolvió, hasta cierto punto, el Imperio a su austeridad inicial, al menos a una parte cada vez más consecuente de la población y sus cuadros dirigentes. Ahí nació la oligarquía terrateniente que todavía hoy subsiste en algunas de las antiguas provincias. Y ahí acabó también el esplendor intelectual del mundo antiguo. Pero políticamente prolongó la estructura imperial varios siglos más. Lo cual no hubiera sucedido con la desintegración moral del paganismo gangrenando a toda prisa todos sus miembros.

   -No se sabe pues qué fue mejor, si el remedio o la enfermedad.

   -Lo que realmente me inquieta es la lectura que algunos parecen haber hecho de la historia. Esa degradación moral orquestada a gran escala por los medias, casi sancionada por decreto en nombre de los nuevos valores, que no son sino la inversión sistemática de los antiguos, se ha impuesto a fuerza de matraca propagandística. No se trata de tolerar y respetar a las minorías que antes eran consideradas como perversas, sino de formatear y convertir a las mayorías según el patrón de aquéllas. Llegando a situaciones que, por su estupidez y falta de sentido, harían sonreír a un contemporáneo de Petronio. El objetivo de ello salta a la vista. Se trata de esclavizarnos por la degradación. Un cuerpo y un alma enfermos toleran mejor el yugo.

   -Entonces preconiza un retorno a la religión para restaurar un tejido social sano.

   -¡Claro que no! Preconizo tan sólo un retorno al sentido común. Y además de eso, me escandalizo y alarmo por el síntoma. Nada bueno presagia respecto a las intenciones que animan a quienes manejan los hilos de este retablo de marionetas, en el que actuamos todos.

   -Pues según tengo entendido, no va a ser fácil parales los pies si así lo han decidido.

   -Resulta prácticamente imposible. Pero, ¿quién sabe? Si cada uno les tira una piedra, en conformidad con la capacidad de sus fuerzas, el conjunto de ellas forma un aluvión de peladillas de arroyo que los lapidará y los sepultará.

   -Las piedras ya han empezado a tirarlas, desde luego. Claro que, muchas de ellas contra los policías, que son asalariados como ellos.

   -Cierto, así ha ocurrido siempre. Aunque los culpables son quienes los utilizan políticamente, como barreras de protección y garantía de impunidad para una casta que pretende asentar un proyecto criminal. El cual, a largo plazo, está destinado a acabar con el compromiso social que, a duras penas, ha dado un cierto equilibrio a occidente durante los últimos años.

   La velada se prolongó en ese tenor. Y Alba Longa quedó sinceramente interesado por la inesperada personalidad y la visión de ese personaje contradictorio, no en su pensamiento, que era perfectamente homogéneo, sino entre éste y su modo de vida, que era Bardés. El esteticista rico y rojo de Bardés. Se dijo para sí, sonriente, Alba Longa.

   No obstante, casi abruptamente, pretextando un supuesto cansancio debido a la vejez, y también una cierta higiene de vida, el pintor se despidió. Nada en la parsimonia con que se había fumado el puro y consumido, a pequeños sorbos, el licor digestivo, hacía presagiar una retirada tan fulgurante. De modo que, de repente, Alba y Clara se vieron sentados ante la mesa, el uno frente al otro.

   -Bueno, habíamos dicho que íbamos a nadar, ¿no?-recordó Clara con voz cantarina.- Pues eso, nos cambiamos y el último que se echa al agua prepara los cubatas.

   Diciendo lo cual, salió corriendo.

   Alba fingió también precipitarse a su habitación. Pero una vez allí, se lo tomó con más calma. Qué equilibrio más perfecto entre la niña y la mujer, se dijo. Y, por supuesto, preparó él los cubatas, mientras Clara se reía de su tardanza desde el centro de la piscina.

   Depositó los vasos en el borde y se zambulló a su vez. Clara lo retó de inmediato a una ida y vuelta. La distancia era larga, pues iba desde el pie de la fachada hasta prácticamente el final de la parte llana del jardín, es decir, que probablemente medía sus cincuenta metros de larga y la mitad, más o menos, de ancha. Alba tuvo que emplearse a fondo, pero no dio su brazo a torcer, llegando al final de la carrera un cuerpo antes que Clara, lo bastante como para que su victoria fuera indiscutible pero sin humillarla. Tuvo que reconocer, sin embargo, en su fuero interno, que se había medido con una excelente nadadora. Afortunadamente él también lo había sido desde siempre.

   Clara, que a todas luces había esperado ganar, no ocultaba su admiración.

   -Por lo visto, el profesor guarda muchos ases escondidos en la manga. A ver, otra vuelta. Esta vez más despacio, para que pueda estudiar la técnica.

   La dieron.

   -Indudablemente has nadado para un club, en competición.

   -No. Mi padre me enseñó a nadar casi al tiempo que a andar, en el río o en el mar. Y claro, cuando críos, nos pasábamos el día en el agua. Éramos casi criaturas anfibias en libertad.

   -Impresionante.

   Clara alargó la mano hacia su vaso y quiso saber más sobre la infancia de Alba. Éste le contó algo. Después hablaron de los compañeros de promoción de Clara, de sus vidas y milagros desde que dejaron la facultad. También del “Picatrix” y de su supuesta magia inmanente. Conversaban de espaldas a la casa. Ante ellos las luces de Niza, conformando una hoz de fuego olvidada en la Bahía de los Ángeles, en cuyo extremo levantaban, de cuando en cuando, un silencioso vuelo los aviones, pues éstos sólo despegan contra el viento. Y si sopla en dirección contraria, se utiliza la pista en sentido inverso, tomando altura frente a la playa de Cagnes. A su izquierda se extendía el mar, donde rielaba el reguero de luz de una luna llena perfecta como una bola de billar blanca.

   La noche volaba veloz con alas de murciélago. Por un instante, Alba se volvió hacia la casa y se sorprendió al ver luz en el taller de Bardés. Se lo comunicó a Clara, quien, instintivamente, miró la hora en su móvil. Eran las tres de la madrugada.

   -Sí, mi abuelo duerme poco y trabaja demasiado.

   -Parece que un pintor necesita inspirarse de los matices de la luz…

    Clara hizo sonar los hielos pensativa.

   -Brik debió pintar “Night-time” en una noche como ésta.

   -Claro, depende de lo que se pinte.

   -Además, Beethoven compuso mucha música cuando ya estaba sordo como una tapia.

   La muchacha se volvió de nuevo hacia las luces de Niza, pero Alba siguió fascinado por el iluminado taller de Bardés. Entonces, durante apenas unos segundos, percibió su silueta en los cristales, antes de desaparecer definitivamente. Alba se quedó con una extraña sensación de desasosiego. En esa figura había algo que no le era familiar. Una geometría que no acababa de casar con Bardés. Quiso expulsar esa idea de su cabeza, pero una incierta desazón persistía en quedarse en su interior como si fuera el alcohol que permanece en la sangre durante cierto tiempo.

   Súbitamente, un trueno pareció sacudir los cimientos de la tierra y dejó vibrando la materia de la atmósfera. A la luz del relámpago, Alba percibió las espesas nubes que comenzaban a cercar la casa y a cubrirla desde su retaguardia, como las hordas de un ejército tenebroso. Clara, sobresaltada, se había agarrado a su brazo. En efecto, nada en esa apacible noche de final de primavera permitía prever una detonación de tal magnitud, como un latigazo descomunal rasgando los cielos encima de sus cabezas e iluminando el inmenso paisaje, que se ofrecía ante ellos con una fulguración espectral, producida por una descomunal cámara fotográfica de las que funcionaban con polvo de magnesio.

   -Mejor que nos metamos en casa –aconsejó Alba.- Porque me parece que va a llover más que el día que enterraron a Zafra.

                                                XVI

   Schluter había dormido bien, dentro de lo que cabe. A pesar de que aquella noche cabía situarla en el corazón de la batalla de Armagedón. El primer trueno lo sobresaltó, porque parecía haber estallado en plena bahía de los Ángeles. Si bien después de ello, sabiendo ya de qué se trataba, logró conciliar el sueño; no sin percibir, de tanto en tanto, los tremendos cañonazos que se propinaban los ejércitos celestes y la lluvia recia, contundente, que resonaba como un fragor.

   Al amanecer seguía lloviendo, aunque sin violencia, con la parsimonia de lo que se instala para durar. El comandante se asomó a la ventana. La playa estaba desierta, el tráfico por el Paseo de los Ingleses era escaso y muy pocos los adeptos del paseo matutino que se habían aventurado a ello en un día tan desapacible. Había mar gruesa y de vez en cuando la espuma saltaba por encima de los rompeolas.

   Schluter tomó despaciosamente una ducha lenitiva, eligió un traje gris oscuro, acorde con el color del cielo de ese día, camisa blanca, pañuelo y corbatín rojos, y una vez atildado, bajó al comedor en busca de desayuno y periódico. Entonces se enteró de que la noche había sido devastadora para la región: viviendas, garajes, comercios, vías inundadas. Incluso pérdida de vidas humanas en número considerable.

   Nada más poner el pie en su habitación, sonó el móvil.

   -¿Comandante Schluter?

   -Comandante Schluter al aparato.

   -Soy Clara Bardés. He concertado una cita en el banco a las diez. Antes puede pasar por casa cuando guste, puesto que deseaba una entrevista previa con Jacobo Bardés.

   -Perfecto. Dentro de media hora estoy ahí.

   Los Bardés habían reaccionado con rapidez. Afortunadamente Schluter tenía todo preparado desde antes de iniciar esta apertura. Abrió el armario y extrajo un maletín de apariencia anodina, que se abría con cremallera. Comprobó que el contenido, unos tubos negros de cartón, se hallaba todavía en su interior. Abrió uno de ellos y vio que allí estaba lo que tenía que estar. Se puso un impermeable color hueso, echó un vistazo al exterior para cerciorarse de que había taxis a la entrada del hotel y salió a buen paso.

   La mansión de Bardés estaba, con creces, a la altura de lo que había imaginado. La joven Clara salió a abrirle la puerta que daba acceso a la propiedad.

   -Pase usted, comandante. Tenga la bondad de seguirme.

   Clara lo condujo a una vasta galería acristalada situada en el extremo opuesto del edificio, donde lo aguardaban Bardés y Alba Longa, sentados en confortables sillones. Había dos más alrededor de una mesilla, sobre la cual una bandeja de plata presentaba varias botellas de diferentes licores. Schluter se preguntó qué papel desempeñaría ese señor Longa en la familia cuando se hallaba, a hora tan temprana, en el hogar. A pesar de su innegable apostura, descartó, por cuestiones de edad, que fuera la pareja de Clara. No tenía constancia que ésta se hubiera asociado con nadie. ¿Por qué iba a hacerlo, teniendo el formidable apoyo financiero de su abuelo? Además, ayer parecía entrar por primera vez en la galería de Villefranche. Acaso sea un experto en quien la familia confía, a pesar de que Bardés no es precisamente bisoño en el oficio y la nieta ha demostrado poseer una competencia notable, cualidad tanto más meritoria cuando se tiene en cuenta su juventud.

   -Si lo desea, puede entregarme su impermeable –sugirió Clara.-

   El pintor y su acompañante se levantaron para cumplimentar a Schluter. Clara hizo las presentaciones:

   -Mi abuelo, Jacobo Bardés, y el profesor Alba Longa, que ya conoce.

   -Encantado.

   -Pero tome asiento, comandante. ¿Desea beber algo?

   -No gracias.

   -¿Acaso un café?

   -Si no es molestia…

   -Por supuesto que no.

   Jacobo Bardés en persona se puso a verter el contenido de una cafetera previamente preparada en unas tacitas de porcelana de Sèvres.

   -Presumo –rompió la primera lanza Jacobo Bardés- que el renovado interés de la policía por los bocetos de Brik arranca de los luctuosos acontecimientos sobrevenidos en la persona del jardinero Vergari.

   -La O.C.B.C. viene ocupándose desde hace muchos años de una vasta operación de falsificación de obras de arte que tiene su epicentro en Francia y que pone en circulación apócrifos de una extraordinaria perfección. Tanto es así que los más prestigiosos expertos no dudan en validarlos. Evidentemente el caso Vergari atrajo nuestra atención sobre estos bocetos que surgieron, convendrá conmigo, en circunstancias, cuanto menos, curiosas. Se trata de tener el espíritu tranquilo en lo que se refiere a su autenticidad. Dado que, tras la venta del lote, el suyo es el que más cerca queda, hemos considerado conveniente, si usted nos lo permite, comenzar por el análisis del mismo.

   -Por supuesto. Aunque, como usted comprenderá, no hicimos una compra de esa envergadura a la ligera. Por lo que a mí se refiere, he hecho mi persona en la pintura y, modestia aparte, considero que algo entiendo en la materia. Aun así, solicitamos confirmación a varios de entre los mejores especialistas a nivel internacional. Con lo cual quiero decirle tan sólo que abordo este peritaje con serenidad.

   Schluter adoptó una actitud grave y con ella se concentró en terminar el café mediante un par de sorbos. Hecho lo cual, se levantó de su asiento.

   -Permítanme que les muestre algo.

    El comandante se afanó poniendo la maleta plana en el suelo, descorriendo la cremallera y eligiendo algo en su interior. Finalmente extrajo un curioso cilindro negro, al que quitó la tapa y, con sumo cuidado, sacó a la luz una tela.

   -Supongo que la reconoce, señor Bardés.

   -Por supuesto, se trata del “Baño de Quirón”. Lo pinté hará unos cinco años.

   -¿Tendría la bondad de estudiarlo detenidamente y decirnos si lo admite como suyo?

   Bardés se volvió hacia su nieta.

   -Clara, ¿podrías traerme un caballete y la lupa, por favor?

   Cuando tuvo la tela bien montada sobre el armatoste de madera, lupa en ristre, el pintor se puso a efectuar la tarea que le habían solicitado. Primero prestando atención a cada detalle, en todas las zonas del cuadro. Luego, bajando el instrumento óptico, tomó campo, juzgó la luminosidad, el efecto de los colores, el impacto de la pieza. El examen había durado un buen momento, pero al cabo Bardés parecía satisfecho.

   -No hay duda, es el “Baño de Quirón”.

   Schluter sonrió.

   -Ahora hágame el favor de examinar este otro.

    El comandante sacó otro tubo negro y de él un cuadro exactamente igual al primero. Un nuevo “Baño de Quirón”.

   Bardés lo contempló intensamente, antes de pedir a Clara un nuevo caballete, que colocó enfrente del primero. El pintor realizó en primer lugar una inspección similar a la anterior. Luego, armado de su lupa de gran aumento, iba de un cuadro a otro como una veleta en un día tormentoso. Al cabo, visiblemente desconcertado, exclamó:

   -Yo diría que ambos son el “Baño de Quirón”.

   -Pero usted sólo pintó uno.

   -Naturalmente.

   -Difícil determinar cuál es el verdadero y cuál el falso, incluso para usted, que es el autor.

   Bardés parecía su futura estatua de cera. Pero todavía no se daba por vencido. Se lanzó a verificar un detalle, que enseguida iba a cotejar en el cuadro frontero y así iba de uno a otro como va una abeja de flor en flor. Al final tuvo que rendirse.

   -Los dos son iguales. No sabría decir cuál de los dos es el mío.

   -Estamos ante un falsificador genial –concluyó Schluter.-

   Luego añadió:

    -Y prolífico. Desgraciadamente.

   Poco después, en un compartimento especial del banco, ambos especialistas se volcaron en un examen particularmente riguroso del boceto de “Night-time” que duró cerca de una hora. Tras el cual llegaron a la conclusión compartida de que nada había en él que permitiera alimentar una objeción seria a la atribución del mismo a Brik. Pero, ¿quién sabe?

                                                      XVII

   Aún no había salido Tynianov del centro de enseñanza que Lanzi ya se hallaba telefoneando a Bardeau. Pero éste, en cuanto vio el cariz que tomaba el asunto, lo cortó de inmediato y concertó una cita para hablar con él en presencia, el modo más seguro de tratar este tipo de cosas.

   Mientras uno de sus equipos, dirigido por el teniente Gastaldo, se aprestaba a escuchar cuanto se iba a decir en dicha entrevista, el comisario entraba en el lujoso hall de uno de los hoteles más prestigiosos de Niza. Se dirigió a recepción, donde se identificó.

   -Tenga la bondad de anunciarme a la señorita Hellen Smith.

   El empleado tuvo una breve conversación con la bella. Tras colgar se encaró con el comisario.

   -La señorita Smith acepta entrevistarse con usted, pero le ruega aguarde diez minutos antes de subir.

   -Muy agradecido.

   El comisario se sentó ante la primera mesa y echó mano del periódico. Si en el sur el mal tiempo había causado daños considerables a bienes y personas, en el norte el Sena amenazaba con desbordarse e incluso invadir algunas calles de París, hasta el punto que algunos ramales de metro no funcionaban. Todo ello complicado por las huelgas y manifestaciones, particularmente en el sector del transporte en común, pero también en la enseñanza, en las refinerías de petróleo, en el transporte por carretera, etc., como protesta ante la voluntad del gobierno de imponer la ley El-Khomri sin concertación con quienes deben sufrirla, los propios trabajadores.

   Pasados diez minutos exactos, se dirigió al ascensor.

   Hellen Smith lo recibió vestida sobriamente, en una salita de estar donde invitó al comisario a sentarse. Llevaba un pantalón vaquero y una camisa blanca, así como unas simples zapatillas de andar por casa. No obstante lo parco del atuendo, el comisario entendió muy bien la querencia que le manifestaba Vergari y lo hubiera entendido igualmente en cualquier otro mortal, o inmortal, ¿acaso los dioses griegos no habían sucumbido más de una vez al encanto de ciertas bellezas humanas? E incluso el Génesis nos dice: “y los hijos de Dios vieron que las hijas de los hombres eran bellas y tomaron, de entre ellas, por mujer cuantas quisieron.” Capítulo seis, versículo segundo, recordó Tynianov.

   -En las películas no hay ningún policía que acepte una invitación a tomar cualquier bebida que contenga alcohol mientras están de servicio, pero tal vez un café….

    -No se moleste. Gracias de todos modos. Todavía no ha pasado mucho tiempo desde que tomé uno en el desayuno.

   Hellen se sentó entonces a su vez ante Tynianov.

   -Usted dirá, señor comisario, a qué debo el placer de su visita.

   -Quisiera hacerle algunas preguntas acerca de Vergari.

   -Lo suponía.

   -Cuanto diga no figurará en los informes de la investigación, a menos que revele un elemento clave en la misma.

   -Muy bien.

   -¿Cuándo lo vio por última vez?

   -La noche del viernes 29 de abril.

   -¿Dónde?

   -En su casa, como era ya costumbre desde hacía algunos meses. Los viernes, decía, es “dies veneris” y tenía sistemáticamente la noche reservada.

   -¿Hablaba latín Vergari?

   -¿Tienen todos los policías su mismo sentido del humor?

   -Los médicos y policías tratamos de conservarlo, en medio de la hecatombe de cadáveres; aunque a veces sea un poco dudoso, la intención es siempre legítima.

   -Entiendo.

   -¿Cuál era su estado de ánimo? ¿Se le veía nervioso?

   -En absoluto. Si tenía alguna preocupación, Vergari sabía ponerla de lado. Para él, viernes significaba buena comida, que preparaba él mismo, con buenos productos procedentes de su jardín, buena bebida y sexo. Por nada del mundo hubiera permitido dejarse distraer de este programa por algo que no formara parte de él. Decía honestamente que, particularmente de lo último, había carecido durante toda su vida y que estaba firmemente decidido a aprovechar los últimos años que le restaban de actividad. No sabía aún que no era cuestión de años, sino de meses.

  -¿Cuánto tiempo duró, aproximadamente, esa cita de los viernes?

   -Unos cinco o seis meses.

   -No hablo de preocupación, pues ya me ha dicho usted que Vergari conseguía dejarlas todas de lado durante su cita de los viernes, quiero referirme tan sólo a su actitud general hacia todo lo que esté en relación con su seguridad personal. ¿Piensa usted que, globalmente, Vergari era un hombre que se sentía seguro, o todo lo contrario?

   -Vergari era un hombre totalmente ajeno a cuanto se refiere a cualquier duda sobre su integridad física. Todas las noches que estuve con él, e imagino que así ocurriría durante las demás, entre las once y las doce, sacaba a pasear por la calle a su perro, a pesar de que éste disponía de un jardín más que mediano. Alguna vez le acompañé y no demostró jamás el menor signo de inquietud. Tampoco ponía en funcionamiento sistema de alarma alguno. Peor aún, me consta que a veces se le ha visto borracho por las calles, durmiendo en algún banco del Paseo de los Ingleses.

   -¿Recibió instrucciones de Bardeau para que tratara de averiguar si le quedaban todavía bocetos a Vergari?

   -De Bardeau, no. De Lanzi.

   -¿Y cuál fue el resultado de sus gestiones?

   -Su respuesta era siempre categórica, estuviera sobrio o borracho, dentro o fuera de la cama: todos los bocetos que le había regalado Brik se los había cedido a los Roche, a cambio de una buena cantidad de dinero.

    Tynianov hizo una pausa antes de abordar la pregunta siguiente.

   -Si no desea responder a esta pregunta, no se lo tomaré en cuenta. Pero si lo hace, puede ser de una gran ayuda para la investigación. Un hombre bueno, según tengo entendido, ha sido asesinado lentamente y de una manera atroz. Haré todo cuanto esté a mi alcance para librar a la sociedad del individuo que fue capaz de cometer un acto de esta índole.

   -Vergari era, en efecto, lo que se puede decir un hombre bueno.

   -Dígame entonces, ¿le dio alguna vez, Bardeau o Lanzi, la orden de dormir profundamente a Vergari para poder registrar cuidadosamente la casa durante su sueño, en busca de los supuestos bocetos?

   -Sí. Le administré un potente somnífero. Cuando Vergari estuvo totalmente perdido entre los brazos de Morfeo, hice una llamada perdida a Lanzi. Entonces éste acudió, con cuatro de sus esbirros, y entre los cinco registraron a fondo todas las dependencias de la casa, sin resultado alguno.

   El comisario se levantó de su asiento.

   -Le agradezco, señorita Smith, la sinceridad de su respuesta. Tome usted mi tarjeta y si llegara a sus oídos algún detalle concerniente al caso, no dude en llamarme.

                                                   XVIII

   Durante la comida, esta vez en el interior a causa del mal tiempo, Alba notó que, tanto abuelo como nieta, se habían desembarazado de una leve aunque manifiesta opresión.

   -El boceto –comentó al cabo Bardés- llevaba la impronta entera y nítida de Brik. De eso no había la menor duda, pero el visto bueno del comandante Schluter suena como un último y definitivo espaldarazo.

   -De todos modos, de ahora en adelante habrá que ir con los pies de plomo. La visita de Schluter ha sido lo suficientemente expresiva en ese sentido.

   -Notable pedagogo, el comandante Schluter. Tiene, además, todo el aspecto de un buen profesor de la Sorbona.

   Clara soltó su leve risa cantarina.

   -De modo que hay un aspecto característico del profesor de universidad.

  Alba y Bardés, contagiados, comenzaban a sonreír ya…

   -¿Estás insinuando –comentó, divertido, este último- que nuestro invitado no lo posee, a pesar de serlo?

   -Afortunadamente no.

   -¿Y en qué gremio lo incluirías, entonces?

   Alba permanecía cómicamente ansioso por saber en qué hubiera debido realmente ganarse la vida.

   -Nuestro invitado tiene más bien el aspecto de un explorador, o algo así…

   -En cierto modo lo soy… Por cierto, lo que he descubierto respecto al “Picatrix” me temo que no va a ser de su agrado. El veredicto es el contrario al que ustedes han asignado al boceto de Brik.

   -De modo que es falso… Es una lástima y al propio tiempo propicia una situación embarazosa.

   -No cabe la menor duda de que el trabajo ha sido efectuado por un lingüista experimentado, buen conocedor del castellano de mediados del siglo XIII. Sin embargo, como no podía ser menos si ha trabajado solo, ha cometido algún gazapo. Términos que no solamente no pertenecen a aquella época, sino que tan sólo se los encuentra en dicha forma en el lenguaje actual. Y eso es muy difícil de eliminar pues nos son tan familiares que se disimulan a la perfección en un texto de tales dimensiones. Nuestro cerebro, aunque esté en estado de alerta máxima, no hace saltar las alarmas ante un miembro de la propia familia. Es menester poner varios filtros. Quiero decir que el texto debe pasar por varias manos para conseguir una falsificación impecable. Y eso, parece ser, no lo han hecho. Se han contentado con el trabajo de un solo experto. Competente, cierto, pero humano, luego falible.

   Bardés esbozó una sonrisa, que Alba juzgó como comprensiva.

   -Pues no queda sino justificar plenamente el rechazo mediante un peritaje exhaustivo.

   -El trabajo avanza a buen ritmo. Cuando esté concluido, no les cabrá la menor duda de que, conscientes o no, lo que trataban de hacer era darle gato por liebre.

   -Ah, por cierto, tengo que pedirte una cosa, Alba –terció Clara.-

   -Oír es obedecer, señorita.

   -Me gustaría que me acompañaras esta noche a una fiesta que se da en Mónaco, con motivo de una exposición de nuevos valores. Estará allí la flor y nata del mundo de la pintura en todas sus facetas, no solamente en la de creación. Puede ser una oportunidad para hacer buenos negocios. Me sentiría más cómoda si no fuera sola…. Mi abuelo debería venir, pero se está convirtiendo en un oso.

   -También yo me sentiría más cómodo si la acompañara –abundó Bardés- pues el coche de Clara está en el taller y tiene que utilizar mi viejo Mercedes, al que no está acostumbrada. Si ocurriera algún contratiempo, mejor que sean dos….

   Ante esa ofensiva combinada, Alba cedió enseguida.

   -Pues no se hable más. Esta noche celebración y apoteosis de la pintura.

   -Pero tendremos que pasar por tu casa a fin de recoger un traje de etiqueta.

   -Creo que no va a ser necesario –declaró Bardés.- Tengo yo uno, de cuando todavía no poseía este vientre búdico, que iría perfecto para una ocasión como la de hoy, en el que el verano se descamina, pareciéndose más a las últimas gradas de octubre. Excepto por la dimensión de la cintura, debemos tener ambos una talla semejante.

   -Tampoco exageres, abuelo, un par de noches sin cenar y recuperas tu talle de maniquí.

   -Haría falta algo más que eso. Vuelvo enseguida con el traje.

   A los pocos minutos regresó con un equipo completo de entretiempo.

   -Pruébeselo, apuesto a que le irá que ni pintado.

   En efecto, Alba bajó ataviado con él y se encontraba presentable para cualquier ceremonia, aunque ésta implicara a la reina de Inglaterra.

   -Estaba seguro de que mi ojo no me iba a fallar.

   Hacia las ocho de la tarde, Alba bajó pues vestido de punta en blanco. Clara refulgía como una luna llena en su catorceavo día. Poseía su piel una tonalidad ligeramente mate en la que cualquier trazo de maquillaje resaltaba con toda su fuerza, produciendo un efecto marcado, ciertamente intenso. Alba tuvo que hacer un esfuerzo para mostrarse parco en su reacción. Aún así no pudo evitar exclamar:

   -Estás radiante. Ningún pintor querrá renunciar a poner a prueba su arte, tratando de plasmar el aura luminosa que exhalas.

   -Gracias, Alba. Nadie me había cumplimentado así. También yo creo que no podía haber encontrado mejor compañía para asistir a esta fiesta.

   Bardés no se quedó corto:

   -Eros y Psique.

   El Mercedes de Bardés era soberbio, aunque de un modelo algo anticuado.

  -Veremos si arranca, porque mi abuelo no lo utiliza nunca.

   Pero el motor respondió a la primera solicitación, con una voz suave si bien firme. Luego, el modo en que se deslizó fuera del garaje, la estabilidad y contundencia del movimiento, impresionaron a Alba. Era ciertamente un modelo antiguo, aunque hecho a conciencia.

   Clara optó por la ruta que corre paralela a la costa y el motor parecía más alegre subiendo que bajando. A su edad y todavía pidiendo guerra, consideró Alba. Una excelente máquina, que no pierde con los años, como los buenos vinos.

   Al cabo de media hora, aproximadamente, se hallaban en el puerto de Mónaco.

   -Es ése el hotel.

   Y diciendo esto, Clara puso el intermitente para penetrar con decisión en el parking del establecimiento. Alba cerró suavemente la puerta y contempló una vez más el reluciente vehículo, sin ocultar su admiración.

   -Veo que preferirías entrar con él antes que conmigo en la fiesta.

   El aludido se dejó llevar por la gracia de su acompañante, sin poder evitar una vez más una réplica peligrosamente sincera.

   -Es una máquina excelente, pero para entrar en la fiesta de la pintura, no te cambiaría por la Venus de Botticelli.

   Clara, en un primer momento, se quedó perpleja mirándole, pero enseguida se apoyó en su brazo y no lo dejó hasta después de haber penetrado en la primera sala de la exposición y entablado las primeras conversaciones con los asistentes conocidos. Entre los cuales, por cierto, se hallaba el comandante Schluter en animada discusión con críticos de arte y otros galeristas y subastadores. Alba notó que el comandante estaba en su ambiente y que no era desconocido para sus contertulios. Éste, en cuanto los vio, como hombre de mundo que era, se acercó a saludarlos.

   -Está usted resplandeciente, señorita Bardés. Señor Longa…

   Tras haber dado los besos de rigor en las mejillas de Clara, el comandante estrechó la mano de Alba.

   -En realidad esperaba encontrarme de nuevo con ustedes aquí. Se ha dado cita la crema del mundo pictórico. Me sorprende que el señor Jacobo Bardés no se halle presente.

   -Mi abuelo se ha vuelto últimamente un ser poco sociable. Ya sólo le interesa una cosa: trabajar. Y para ello no le basta con las horas del día.

   -Desde luego, su reputación está hecha. Forma parte del estrecho círculo de artistas que no necesitan promoción alguna. Aun así, sorprende esa entrega tan ferviente a la labor, a su edad y en sus circunstancias. Quiero decir, cuando ya se ha alcanzado la cima y los honores aferentes.

   -Por otra parte –repuso Clara-, cuando se ejerce el arte sólo por la gloria y el dinero, no se suele ir muy lejos. Porque eso significaría no haber gustado al ansia y al prurito de la creación.

   -Ciertamente, en las telas recientes de Bardés se percibe todavía una voluntad intensa de novedad, de replanteamiento radical de su óptica. Además, Jacobo Bardés se halla en plena madurez artística. Se entiende esa lucha feroz por extraer de sus riñones la obra que se vislumbra como la aportación personal definitiva al mundo de la pintura. Todos los grandes han librado esa batalla que es permanente, que no les concede reposo hasta el final de sus días. Pero dígame, señorita Bardés, ¿no estará su abuelo dejándose arrastrar por el frenesí creador hasta el punto de poner en peligro su salud?

   Clara reflexionó un instante antes de responder.

   -Quizás…

   Alguien, situado a sus espaldas, interrumpió su conato de frase. La joven, al reconocer la voz de quien la interpelaba, frunció el ceño en un primer momento y enseguida hizo un gesto de resignada desolación. Tan sólo Alba, que estaba enfrente, pudo percatarse de su reacción.

   -Señorita Bardés, celebro que se encuentre entre nosotros en una noche tan especial. Supongo que estará al corriente del honor que me han hecho exponiendo en este salón uno de mis cuadros.

   -Por supuesto, me han incluido el catálogo en la invitación. Señores, les presento a Fabien Marandon, pintor; autor de una tela titulada “Spleen”, que figura entre la relación de las obras expuestas esta noche aquí. El comandante Schluter, de la O.C.B.C. El profesor Alba Longa.

   Tras los ineludibles apretones de manos, el comandante se interesó por la obra del joven pintor.

   -He oído hablar, en efecto, de usted. Los críticos le presentan como una figura emergente, dotada de grandes posibilidades. Me encantaría discutir con su propio autor las cualidades de la mencionada obra.

   -Por supuesto, tengan la bondad de seguirme.

   Marandon les condujo ante una tela que representaba la playa de Niza con el famoso hotel “Negresco” al fondo y, entre ambos planos, el no menos célebre “Paseo de los ingleses”. Todo bajo un sol de mediodía que caía a plomo y parecía fundir la blanca fachada del gravoso establecimiento hasta darle la blanda consistencia de un merengue. La cargada atmósfera parecía extender una suerte de sudario luminoso que cubría uno de los lugares emblemáticos de la plutocracia mundial. Una pátina amarillenta de melancolía y desilusión chapando el paraíso de los opulentos. La actitud, como abandonada a un desencanto largamente asumido, de los paseantes y los bañistas, ataviados con la requerida elegancia y distinción, contribuía a la creación de una lograda impresión de despecho, en uno de los principales escenarios consagrados al asueto de quienes han sido favorecidos por el ídolo de los adoradores del numerario, el Becerro de Oro. El mensaje era palmario: el patrimonio, la acumulación de bienes materiales, por extensa e incluso desmesurada que sea, no es una garantía de satisfacción para el hombre. Ese ser sediento, eternamente insatisfecho, en perpetua búsqueda de una quimera y por lo tanto presa fácil para el voraz tiburón del desengaño.

   Schluter se plantó delante de la tela y se puso a estudiarla detenidamente. A medida que iba avanzando en el examen, iba haciendo preguntas al autor. Clara había permanecido discreta, voluntariamente en un segundo plano, a una distancia que le permitía conversar con Alba sin ser oída.

   -Con los cuadros de Marandon sucede como con él mismo, tienen un buen golpe de vista, presentan un trazo seguro e impecable, un equilibrio de formas, una idea capaz de atraer y persuadir, una luz conseguida y pertinente con relación al mensaje que se ha propuesto comunicar y a la naturaleza de la escena que presenta. Pero por poco que se adentre uno en el análisis, empieza a descubrir trucos de escuela y al final se da cuenta de que, tras una fachada sugerente, desde el punto de vista artístico no hay sino una sucesión de lugares comunes, procedimientos trillados. En una palabra, que Marandon carece totalmente de originalidad. Sus cuadros se venden, desde luego, pero a clientes con un conocimiento, digamos, medio-alto, pero no a los excelentes, a los de gusto refinado que buscan lo mejor. Los críticos piensan que posee la técnica, lo cual les permite augurar la posibilidad de que, con el tiempo, se produzca en su cabeza esa crisis reveladora tras la cual eclosiona la originalidad del artista, la personalidad propia ayuntada a un proyecto único, lo que se denomina la impronta de un genio. Sin embargo, en mi opinión, eso no llegará nunca a causa del substancial engreimiento de Marandon, que le impide cuestionarse, ponerse en tela de juicio y mucho menos decidirse a replantearse todo, desde los cimientos hasta el pináculo. Así que ya pueden esperar que se produzca esa crisis reveladora. Yo, en todo caso, no apuesto por él.

   -Sin embargo, el comandante Schluter sí parece interesado.

   -Veremos cuánto le dura el interés… Apuesto a que no más de diez minutos.

   Alba consultó su reloj.

   Clara se equivocó en esta ocasión. Schluter permaneció mucho tiempo ante la pintura, en animada discusión con Marandon. Más aún, el debate concluyó con la expresión del deseo de Schluter de visitar el taller del joven pintor. Cosa que éste, graciosamente, acordó. Clara avanzó hacia la tela.

   -¿Me permiten?

   -Faltaría más –repuso, halagado, Marandon.-

Tanto este último como el comandante se hicieron a un lado e incluso se alejaron un tanto, con objeto de continuar a su sabor la interrumpida plática.

   -Extraño –susurró Clara.-

   -¿Se ha producido al fin – aventuró Alba- el temblor telúrico en la cabeza de Marandon?

   -Ni por asomo. Digo extraño porque me sorprende en grado sumo la actitud del comandante Schluter.

   Siguió observando el cuadro.

   -Cuanto acabo de decir sigue siendo válido para esta tela. Nada nuevo bajo el sol.

   Alba Longa se quedó pensativo y miró de reojo al taimado comandante.

   Luego pasaron al bufé donde pululaban galeristas y subastadores, los colegas de Clara, así como pintores de renombre y clientes potenciales: banqueros, grandes industriales, algún que otro político. Pronto aquello se convirtió en un mercado, donde se puja, se regatea, se despliega una estrategia e incluso se efectúan pedidos, obras con un determinado perfil, aunque el objetivo principal de todos era la caza de una pieza determinante de autor, para la adquisición de la cual muchos de ellos estaban dispuestos a desembolsar cantidades ingentes de dinero, sacos de oro.

   Clara Bardés estaba en su elemento. Sabía que tenía mucho que ofrecer, particularmente las obras de su abuelo, Jacobo Bardés, por lo que se dejaba abordar, escuchaba propuestas, daba respuestas elocuentes aunque equívocas, se desplazaba por el espacio de la sala, desplegaba un refinado sentido del humor. Y, cuando consideraba haber reunido los elementos necesarios, cerraba una venta.

   La noche fue larga e intensa. Cuando la frecuentación del salón comenzó a declinar, Clara manifestó su deseo de dar un paseo por los muelles del puerto. Una multitud elegante circulaba entre las terrazas y los yates amarrados a lo largo de todos los diques. Tan espesa era la muchedumbre que resultaba complicado avanzar a través de ella. Llegaron hasta los puestos de vigía del Fuerte Antoine, luego se adentraron en la parte antigua de la ciudad y al cabo, bien entrada la madrugada, se dieron por satisfechos y consideraron la oportunidad de regresar a Niza.

   Apenas alcanzada la ciudad, el vehículo sufrió una desaceleración brusca.

   -¿Qué le ocurre –inquirió Clara- al sublime, aunque venerable anciano?

   Alba observó el cuadro de mandos y al principio no notó nada de particular. Sin embargo no tardó en percibir que la intensidad de las luces del mismo disminuía.

   -Es la correa del alternador. Se habrá roto.

   -¿Es grave?

   -No. Cambiarla y ya está. Pero claro, ahora el coche irá perdiendo potencia hasta que se agote la batería y entonces se parará. Con un poco de suerte podremos llegar felizmente a destino.

   -En cualquier caso no estamos muy lejos. Un último paseo antes de dormir es saludable.

   -Aquí en zona urbana puedes apagar las luces. Ello permitirá ahorrar energía.

   Clara siguió el consejo.

   -Sólo queda esta pendiente y después todo es cuesta abajo.

   Pero el Mercedes, tan sobrado anteriormente, en la ocasión le estaba costando Dios y ayuda para llegar al punto álgido de la calle. Cuando lo logró, el motor decidió que ya había hecho bastante para aquella noche y se paró. Clara lo puso en punto muerto, dejando que el vehículo se deslizara simplemente, propulsado tan sólo por la fuerza de la gravedad, tocando con suavidad el freno de tanto en tanto.

   -Ya queda poco –dijo-. A unos cien metros a la derecha y ya hemos llegado.

   El Mercedes se deslizó como una sombra furtiva en el callejón sin salida donde tenían su residencia los Bardés. Alba se sobresaltó sin saber, al principio, muy bien por qué.

   -¡Ese hombre, Clara! ¿Lo conoces?

   Clara miró en la dirección que le señalaba Alba. En efecto, un sujeto subía con la cabeza gacha por la acera de la izquierda, llevando en la mano una bolsa de basura. Llamaba la atención por sus dimensiones. Debía medir por lo menos dos metros de altura.

   -Pues no, no lo había visto nunca. Es extraño…

   Mientras decía esto, iba arrimando el coche al bordillo de la parte derecha. Alba parecía fascinado por ese individuo y se volvió para seguir observándolo.

   -¿No notas nada singular en él?

   Clara echó el freno de mano y se volvió también para mirar.

   -Es muy alto… Tiene la piel muy oscura…

   -Una irregularidad, una desproporción….

   -Ah, sí. Tiene unas piernas larguísimas. Se diría que, si es tan alto, lo debe a sus piernas.

   -En este callejón sólo hay cuatro casas: la de tu abuelo, la abandonada, que linda con ella, y otras dos más…. Si dices que no lo has visto nunca, sólo queda una posibilidad.

   -Que viva en la abandonada… Jamás ha sido habitada… Por lo menos que yo recuerde.

   -Pues ahora, no solamente lo está, sino que el individuo que se ha instalado en ella trata de disimular su presencia.

   -¿No podría tratarse de un invitado en las otras dos casas?

   -¿Qué clase de anfitrión encargaría a un invitado que echase la basura?

   -Por cierto, el contenedor está en mitad de la calle. Y él ha subido a todo lo alto de la misma. Pronto va a doblar la esquina.

   -¿Ah, sí?

   Alba no sabía si explicarle a Clara que una figura dotada de esa misma irregularidad ya la había visto él en el despacho de su abuelo. A las tres de la madrugada. Consultó su reloj. Eran las tres y media. Decidió pensarlo un poco antes de alarmar a la familia. Aún sin eso, había razones suficientes para sospechar de un caso así.

   -Entremos en casa. ¿Hay algún lugar desde donde se pueda observar la puerta de entrada a esta casa sin ser notados?

   -Sí, ven.

   Clara lo condujo al último rellano de la escalera, donde había una ventana sin postigos.

   La espera no fue larga. La puerta de la tapia se abrió, dejando penetrar una raja de luz exterior.

   -Ya tenemos aquí de nuevo a nuestro “homo Ergaster”.

   -¿Homo Ergaster?

   -Un ancestro del “homo sapiens”, caracterizado por esa morfología: unas piernas desmesuradamente largas. Probablemente para mejor correr por las planicies en pos de la caza.

   El sujeto se deslizó al interior como un pez nadando en aguas oscuras. Desestimando la puerta principal, se dirigió a la parte posterior, sin duda con objeto de utilizar una puerta secundaria, menos expuesta a la contemplación de los vecinos.

   Todos los postigos estaban cerrados. Ni una rendija de luz traicionó presencia alguna dentro de la casa. Tal vez los postigos estén doblados de una espesa cortina. O acaso haya aprendido a desplazarse a oscuras, para no llamar la atención.

   -¿Le cuento esto mañana a mi abuelo?

   Alba reflexionó. Si hubiera peligro de las personas, éste ya se habría manifestado. Homo Ergaster busca otra cosa. Cuanto más tranquilas estén las aguas en que nada, mejor.

   -Quizá sea mejor esperar, para obtener más información. Mañana me propongo averiguar qué diablos hace con esa bolsa de basura, que no va a parar al contenedor.

                                             XIX

   Como cada mañana del mundo, el comisario Tynianov despachaba ante el televisor el desayuno que Iaïtchnitsa le servía con la precisión de un reloj con autómatas. El presidente de la patronal, el gatazo Gataz, había efectuado unas declaraciones que los medios de comunicación calificaban de polémicas, con lo cual se mostraban infinitamente más prudentes y diplomáticos que el propio interesado, en las cuales tildaba de estalinistas a los dirigentes de la CGT por lo que él considera una postura intransigente en su oposición al proyecto de ley de trabajo El Khomri, bautizada en honor, o en deshonor más bien, de la titular del ministerio de ídem que pretende promulgarla, ignorando tal vez que la figura de Stalin estaba hecha de algo más que intransigencia, pero claro, el tema de la vulgarización de las élites dirigentes y como consecuencia de la vida política de todos los países occidentales, sin excepción, se ha convertido ya en un lugar tan común que no vale la pena insistir en ello.  El Gobierno, por su parte, insinuaba que el proyecto pasaría de cualquier modo que fuese, lo que constituía una velada alusión a la utilización del artículo 49.3 que permitía la adopción de una ley sin debate parlamentario, comprometiendo la responsabilidad del Gobierno en cuestión, cosa que ya había hecho en otra ocasión no muy lejana para imponer otra ley tan recesiva como ésta, la ley Macron, y ello no significa en absoluto intransigencia. Por cierto, consideró el comisario, el genio de la historia gusta de resarcirse de estas cosas con una ironía inhumana. Ah, si el señor  Poubelle levantara la cabeza….

   Afuera, el cebollón más elevado de la catedral comenzaba a refulgir con las primicias del sol que lograban atravesar la capa de nubes que cubría la ciudad. Tynianov, todavía en pijama, acababa de apagar el aparato y se disponía a dirigirse a su habitación para vestirse cuando la criada regresó al comedor con el móvil profesional en la mano.

   -Barine, el teléfono predicaba en el desierto de su habitación.

   El comisario observó la pantalla. Era el teniente Gastaldo quien había tratado de comunicarse con él. Lo llamó.

   -Comisario. A pesar de la estrecha vigilancia a la que fue sometido, Lanzi ha sido asesinado. Se lo ha encontrado esta mañana su mujer, en el jardín de su domicilio, con la garganta seccionada.

   -Voy para allá de inmediato.

   La doctora Dal Ponte y su equipo se hallaban ya examinando el escenario del crimen.

   -Anoche –dijo ésta, viendo aparecer a Tynianov-, Lanzi aparcó su coche en el garaje, cerró la puerta del mismo y, antes de que ganara la entrada de la vivienda, alguien surgió de detrás de ese arbusto y le seccionó la garganta.

   La forense descubrió el cadáver del infortunado.

   -Fíjese, comisario, en el extremo derecho de la herida. ¿No advierte una marca familiar?

   -La muesca del cuchillo empleado en el asesinato de Vergari….

   -Efectivamente. El arma es la misma. Al insistir en la operación, la muesca dejó su marca característica en el extremo de la herida.

   Tynianov releía mentalmente todas las cartas que habían entrado en su posesión hasta el momento.

   La doctora Dal Ponte resumió:

   -El análisis de la única herida de Lanzi nos proporciona dos nuevos datos sobre el asesino. A saber: es un hombre diestro y de estatura muy elevada. No menos de dos metros.

   -Probablemente un indio de dos metros de altura. Eso reduce considerablemente el número de sospechosos aquí en Niza.

   -Pero también nos sugiere que se trata de un individuo particularmente hábil.

   El comisario giró sobre sus talones para descubrir, tras él, al teniente Gastaldo. El cual completó su pensamiento.

   -Lanzi, como usted había ordenado, era seguido de cerca y su domicilio vigilado día y noche. Aún así, nuestro indio de dos metros ha conseguido burlar esa vigilancia para entrar y para salir.

          HOMO ERGASTER

                                                  I

   Alba Longa estaba decidido a averiguar un cierto número de cosas a propósito de los manejos de “homo Ergaster”. Para ello tomó sus disposiciones y aguardó el momento propicio. La propiedad de Bardés disponía de una segunda salida que daba a una calle paralela, por la cual se ascendía a la misma avenida perpendicular hacia la cual habían visto dirigirse a aquél, cargado con la bolsa de marras. Allí había dejado su propio coche aparcado en un lugar estratégico.

   A las tres en punto de la madrugada, el taller del pintor quedó iluminado. Alba, agazapado tras un arbusto, observaba el interior de la pieza a una distancia inferior a la de la primera vez. Tal y como esperaba, la irregular figura de Ergaster quedó recortada durante un breve instante en el rectángulo de luz.

   Al cabo de unos diez minutos, el taller quedó de nuevo a oscuras. Alba abandonó su arbusto y fue en busca de otro desde el cual podía divisar, con toda nitidez por efecto de la luz de la luna, que afortunadamente acertó a emerger de entre los nubarrones, la zona intermedia situada entre las dos propiedades, sin perder de vista particularmente el trazo rectilíneo del alto muro que las separaba.

   De esta guisa se inició una tensa espera, jalonada por frecuentes consultas del estado de las manecillas del reloj.

   A las tres y veinticinco, perplejo y algo desconcertado, decidió abandonar su actual punto de observación y pasar al siguiente. Abrió la portezuela lateral y ascendió, raudo, la calle. Apenas instalado en su vehículo, Clara envió el mensaje convenido: -Ya sale.

   Eran las tres y media cabales cuando emergió la tétrica figura de Ergaster. No se detuvo en la esquina, sino que siguió avanzando por la acera. En eso surgieron al fondo de la avenida los faros de un coche, que se fueron acercando como dos ojos curiosos aunque prudentes. Llegado a la altura de Ergaster, el automóvil se detuvo sin parar el motor. Tampoco se apeó nadie. Pero Ergaster abrió el maletero, depositó la bolsa en su interior y extrajo otra igual. Lo cerró suavemente y con las mismas se marchó sin intercambiar un solo gesto con el conductor.

                                                   II

   -Barine, ya estamos un poco más cerca del día en que el mundo entero se encontrará todo patas arriba.

   Boris Tynianov, todavía en pijama, se frotó ambos ojos.

   -¿Y eso?

   -Hoy se ha invertido un palito más. Ya casi no queda ni uno solo tal como Dios los puso al principio.

   -¿Cuál es ese palito que ha tenido tiempo para invertirse, cuando no son más que las seis de la mañana?

   -Hasta ahora eran los policías los que solían sacar de sus madrigueras a los criminales para castigarlos…

   -No a cualquier hora, Iaïtchnitsa. No a cualquier hora….

   -Hoy se ha producido el caso contrario. Escuche la tele y verá.

   Boris Tynianov se sentó ante la mesa donde le aguardaba su desayuno presentado en orden de batalla, y se dispuso a dar cuenta de él mientras trataba de incorporarse a la noticia en curso. No tardó en comprender que se trataba de otro atentado islamista más con el cual, en efecto, se franqueaba una nueva barrera. El terrorista se había personado en el domicilio de su más directo antagonista, el policía, y lo había asesinado en su propio jardín, luego había penetrado en su hogar y había hecho lo propio con su esposa, también policía, ante los ojos del hijo de ambos, de muy pocos años de edad, el cual afortunadamente había sobrevivido al ataque, pero Dios sabe con qué secuelas de por vida. Los hechos acababan de ocurrir en Mantes la Jolie.

   Tynianov estuvo de acuerdo en que semejante escalada hacia la barbarie tenía numerosos culpables, pero un solo responsable: el Estado; de cuyo mecanismo él era una pieza activa aunque, como las demás, inoperante.

   Tal como sucedía en Rusia, el error de base se hallaba en el pasado. Si bien en el presente las naciones se encontraban presas de patas en la melaza de su propio orgullo cual moscas en un pastel.

   Dentro de un tren que se dirige a toda velocidad contra un muro de hierro y de cemento existe una cierta variedad de coordenadas, provisionalmente distintas a la exterior, determinante con relación a las anteriores. Tomando en consideración las primeras, Tynianov tenía ese día concertada una cita con Bardeau y decidió concentrarse en su preparación, desdeñando echar una sola mirada por las ventanillas del tren a fin de ignorar lo que ocurre fuera.

   El empresario lo recibió en el despacho de uno de sus innumerables hoteles, éste situado en el propio Paseo de los Ingleses y, como no podía ser menos, dotado con una vista panorámica sobre el mar, ese día vinoso y grueso a causa del temporal que arremetía una y otra vez, batiendo el país entero por sus cuatro costados.

   Tras el ineludible ofrecimiento de una bebida alcohólica que Tynianov, como todo policía de servicio que se precie, se vio en la obligación de rechazar con una frase socorrida de repertorio, Bardeau, pragmático y provecto hombre de negocios, fue al grano:

   -Bien, comisario, si le parece, empecemos por lo que yo sé.

   Tynianov asintió.

   -Proceda.

   -Pues sé que para usted llevo un cartel que reza: “Mató a su socio para que no añadiera una sola sílaba a lo ya dicho, pues no ha sido poco.”

   Y diciendo esto soltó una sonora carcajada.

   Tynianov lo dejó reírse solo y, cuando hubo acabado, corrigió:

   -Antes de poner una etiqueta, la policía suele atar bien sus machos. Por lo pronto, resulta prematuro establecer tal juicio.

   Bardeau peinó con la mano su increíble cabellera, fosforescente de tan blanca. Si la canosa maraña de Tynianov tenía reflejos amarillentos, la de Bardeau refulgía como los encalados muros de una rábida bajo un sol de mediodía.

   -De lo cual debo deducir que, si bien soy sospechoso, de lo contrario no habría merecido el honor de esta visita, del comisario en persona, no alcanzo el estatuto de sospechoso principal. No al menos por el momento.

   -A mi modo de ver –admitió Tynianov- esta vez ha definido cabalmente la situación.

   -Veamos los puntos oscuros y los puntos calientes.

   -Todo es uno. Lo negro es lo más caliente, pues es el color de lo quemado.

   Bardeau premió con una sonrisa la agudeza del comisario.

   -Correcto. Pues empecemos por el bueno de Lanzi, cuyo cuerpo ha sido ya incinerado. Para mí era un subordinado eficaz y disciplinado, quien entendía en asuntos que, debo confesarlo, prefiero los lleven otros en mi lugar, a pesar de que no entran decididamente en el territorio de lo ilegal, como usted sabe.

   -Están ubicados en una suerte de tierra de nadie, antes y después de una frontera.

   -En cualquier caso una zona a la que los gobiernos suelen venir de incógnito a buscarnos cuando les conviene.

   -Si le parece bien, vamos a situarnos en ese espacio, suponiendo ambos que los dos tenemos derecho a encontrarnos en él.

   -Perfecto, pues en ese sentido puedo asegurarle que Lanzi era un agente de probada utilidad y será arduo encontrar a alguien capaz de reemplazarlo con un rendimiento equivalente y menos aún que sea operativo de inmediato y se haga cargo de los asuntos en curso. No tenía ningún motivo para eliminarlo y sí muchos para conservarlo como oro en paño.

   -Estamos de acuerdo igualmente en que Lanzi es un fusible que ha saltado a todos los efectos y cuanto le pregunte acerca de sus actividades no es para tratar de imputárselo a usted sino a título de información y con vistas a esclarecer las circunstancias de su asesinato, así como acaso también el de Vergari.

   -A Vergari lo mataron porque era más tonto que un bolso. Ahí tiene la causa de la muerte de Vergari. Por lo demás estoy de acuerdo con usted y acepto la proposición.

   -La ley tiene la obligación de proteger tanto a los tontos como a los listos. Además, importa menos el porqué que el quién, aunque admito que el primero suele conducir al segundo. Pero hablemos ahora de Lanzi. O mejor, de sus relaciones con Vergari. Tengo entendido que aquél no tuvo inconveniente en drogar a este último con objeto de efectuar un registro a conciencia de todas las dependencias de su casa confortablemente y sin ser molestado.

   -El método fue suyo y también la responsabilidad. Por mi parte me limité a mencionar en una conversación privada la posible existencia de otros bocetos y que éstos se hallaran escondidos en la casa del jardinero, pues éste era un hombre que carecía de imaginación. En eso no me considero nada original, pues estoy seguro que media Niza formuló un juicio similar.

   -Ya le he dado mi palabra de que el presupuesto de la responsabilidad de Lanzi está asumido en su totalidad. Tan sólo me interesa su confirmación de que el resultado confesado por Lanzi fue efectivamente negativo.

   -Ese registro no solamente fue un registro minucioso, fue un registro científico. Por lo que puedo afirmar categóricamente que esos nuevos bocetos no estaban allí. Es más, mi opinión es que son una pura quimera.

   -¿Por la falta de imaginación de Vergari para esconderlos en otra parte?

   -Y también por otra razón. ¿Usted cree en las brujas?

   -¡Qué pregunta! –repuso Tynianov sin comprometerse.-

   -Usted es ruso y quizá crea algo…. Yo, en cambio, soy un racionalista francés, y por añadidura hombre de negocios, actividad que requiere un realismo prosaico, casi garbancero. Como consecuencia de ello no creo en absoluto ni en brujas ni en hechiceros y, si mucho me apura, tampoco creo en Dios, ni en ninguno de sus santos. Sin embargo, es un hecho documentado que la Inquisición, durante los siglos de su existencia, condenó a miles de brujas, convictas y confesas. ¿Cómo explica usted eso?

   El comisario comprendió por dónde iban los tiros.

   -Por los métodos empleados por el Santo Oficio para obtener las confesiones.

   -Usted lo ha dicho. A fin de evitar, aunque fuera momentáneamente, las insufribles técnicas de suplicio ideadas por los santos padres, esas pobres mujeres estaban dispuestas a confesar cualquier cosa, por descabellada y comprometedora que fuese, con tal de que aquello cesara de inmediato.

   -¿Está insinuando que, a partir de un momento dado, Vergari se pondría a cantar por soleares, aunque todo fuera mentira?

   -Estoy absolutamente convencido de ello. Se lo habrían cargado de todos modos, ¿qué duda cabe? Pero lo habrían hecho en dos fases. Y según lo publicado en los periódicos ello no fue así.

   -No lo fue, en efecto. El proceso duró, eso sí, varias horas; pero se inició y culminó la misma noche.

   -Póngase en su lugar. ¿No hubiera dicho usted, como mínimo, que los bocetos se hallaban escondidos en una cueva casi inaccesible, situada a varios días de marcha a través de las montañas?

   -Supongo que habría dicho algo parecido.

   -Vergari podía ser tonto de capirote, pero su instinto de conservación se hallaba intacto y operante. No hacía falta más.

   -Entiendo su razonamiento y debo confesar que merece todo mi respeto.

   -Cuando Lanzi me comunicó el tratamiento que había dado, por su cuenta y riesgo, a esa simple suposición mía respecto a los bocetos, le dije que se olvidara de ellos, pues no tienen más existencia real que el basilisco o el ave fénix. Y que se olvidara de Vergari. Más aún, le aconsejé que se mantuviera alejado de él.

                                                   III

   Alba Longa era incapaz de conciliar el sueño ni de concentrarse en su trabajo. Eran las dos de la madrugada y había intentado infructuosamente ambas cosas. Incluso la naturaleza parecía haberse conjurado con sus inquietudes para mantenerlo en vela, pues el temporal arreciaba de nuevo. El fulgor de los relámpagos era tan intenso que lo obligaba a abrir unos ojos como platos y la reciedumbre de los truenos parecía querer resquebrajar los muros y los techos. Luego estaban, por supuesto, las maquinaciones de Ergaster. La sola idea de que entraba y salía de la mansión como Pedro por su casa le inquietaba y le intrigaba. Lo que más zozobra le producía era la posibilidad de que algo les sucediera a Clara o a Bardés, o a ambos, por no haberles advertido él de la continua intrusión de tan siniestro personaje a cierta hora de la noche. Aunque por otra parte, una suerte de instinto parecía erguirse en el momento en que comenzaba a imponerse la determinación de exponer a sus anfitriones la naturaleza y las implicaciones de su descubrimiento. En efecto, había llegado a la conclusión de que Ergaster pasaba de una mansión a la otra por medio de un pasadizo secreto. De no ser así, lo hubiera notado primero al acercarse a la tapia y luego, con mayor nitidez aún, al saltarla, en el supuesto de que un muro de esa altura pudiera ser franqueado por un hombre solo, sin ninguna ayuda mecánica que forzosamente lo habría obligado a demorarse, haciendo más sencilla su localización. Antes al contrario, por poco no le da tiempo para instalarse en su coche y presenciar lo que hizo después.

   Para mayor abundamiento, Alba había examinado durante el día el muro y sus aledaños, con todo disimulo, pero también con todo rigor, no habiendo percibido ningún detalle anormal.

   Desde una perspectiva racional, la existencia de un pasadizo subterráneo se imponía.

   Ahora bien, ¿por qué su instinto le prevenía contra la resolución, en sí perfectamente lógica, de correr a poner al corriente a los principales interesados de la existencia de tales maniobras nocturnas dentro de sus propios muros?

   Alba se obligó a reflexionar haciendo abstracción del estruendo de la tormenta. En primer lugar, no parece probable, aunque tampoco del todo imposible, que el propietario de la casa ignore la existencia de un pasadizo que penetra en su propia morada. En segundo lugar, no se hace una obra así por capricho, sino que forzosamente ello obedece a un propósito con vocación a permanecer oculto, ya sea por razones relativas a su ilegalidad o bien a su carácter vergonzoso. Si se ponen en relación ambos razonamientos, se deduce que existe una gran probabilidad de que, declarando francamente a Bardés su descubrimiento, en realidad lo esté poniendo en una situación embarazosa.

   Finalmente, una tercera reflexión que acabó de inclinarlo hacia el lado de la prudencia fue la consideración de que el túnel no podía haber sido construido en unos cuantos días de pico y pala por Ergaster. Ya debía llevar muchos años desempeñando sus buenos, o malos, oficios y lo mismo podía decirse de su usuario, el hombre de los grandes zancos.

   Ello no era, desde luego, óbice para que él tratara de averiguar cuál era el objeto de tanta ida y venida nocturna y juzgar por sí mismo si representaba un peligro real para la vida de sus anfitriones. De modo que, un poco antes de las tres, salió al pasillo.

   Parapetado junto a la ventana de la escalera, observó la mansión de enfrente. La noche era tan oscura que sólo se percibían sus contornos cuando destellaba un relámpago. No se traicionaba ni el menor signo de vida en su interior, ni una sola rendija delataba cualquier indicio de luz en ninguna de sus piezas. Sin embargo, un ser extraño, inquietante y activo en el nódulo del sueño generalizado, atisbaba desde allí aguardando el momento de introducirse dentro de los muros que conformaban el propio recinto en que Alba se encontraba, como un alacrán que conoce ya el desgarrón en la tienda de campaña que le dará acceso a las partes blandas de sus desprevenidos moradores. Y una vez allí, si quisiera, tendría libre acceso a todas las dependencias de la casa. Pero su centro de atención, sea el que fuere, parecía estar en el taller de Bardés. Y en cualquier caso, no debía robar nada, pues el pintor habría terminado por notar la falta, sino que, a la noche siguiente, volvía indefectiblemente a por ello, como si le bastara con contemplarlo durante unos minutos y luego alimentarse de su recuerdo durante veinticuatro horas.

   Alba Longa inhaló una gran cantidad de aire antes de adentrarse en el pasillo, igual que si pretendiera atravesarlo buceando. Andaba sumamente despacio y con un cuidado extremo, pues no lo conocía y temía derribar algún jarrón o algo por el estilo. Había tomado además la precaución de descalzarse. Paradójicamente, le preocupaba más despertar a sus anfitriones que alertar a Ergaster, pues ¿cómo explicarles a aquéllos su presencia en ese extremo del pasillo, sobre todo a una hora tan inclemente?

   Poco a poco, sus ojos se iban haciendo a la oscuridad y pudo acelerar un poco el avance. Al cabo llegó ante la que forzosamente debía ser la puerta del taller de Bardés. Contuvo la respiración en tanto miraba a una parte y otra buscando un improbable refugio en caso de que Ergaster abriera repentinamente dicha puerta. Pero no tuvo tiempo de pensar en nada más, pues del otro lado del tabique, aunque muy cerca de él, sonó el chasquido de una clavija de la luz y el amarillento filo de una hoz se coló por debajo del panel cegándolo durante unos instantes. En ese estado de perturbada indefensión percibió un extraño aroma que quedó enredado en sus nervios, como el de una resina con matiz azufrado. Luego quedó subyugado por el orificio luminoso que se había manifestado en el picaporte. Podía mirar hacia el interior, pero se dio cuenta de que estaba anquilosado por el terror y le fue necesario apelar a un fondo profundo de dignidad para obtener el coraje necesario que le permitió aplicar el ojo al agujero de la cerradura.

   Al principio no vio nada que no fuera previsible, la pared frontera sobre la que reposaban, apoyadas unas contra las otras, varias telas enmarcadas pero colocadas de manera que sólo se veía el dorso de algunas de ellas. A pesar de su banalidad, esos objetos y esas superficies, parecían transmitir el espanto engendrado por la visión diabólica que estaban contemplando. Lo que sí alcanzaba a oír Alba era un rumor de papeles estrujados que iban siendo introducidos en una bolsa de plástico. Una bolsa de basura, claro. La que después depositaba en el maletero del coche que venía expresamente a recogerla y también a proporcionar otra igual.

   De pronto el ruido cesó y entonces Alba tuvo la aparición exacta, nítida, con todo lujo de detalles, del rostro y el busto de Ergaster, pues una lámpara, invisible para él, vertía sobre aquél el núcleo de su luz. Logró contener el espasmo que le recorrió, de punta a punta, toda la extensión de la médula espinal, pareciéndole imposible que Ergaster no hubiera escuchado el zambombazo que acababa de dar su corazón. Sin embargo, se produjo enseguida el chasquido de la clavija y todo quedó de nuevo sumido en una densa oscuridad, de la que emergió, como la fotografía de un fantasma impresa en la recámara de su mente, la indeleble imagen de Ergaster.

                                                    IV

   Nunca antes la teniente Sylvie Vargas se había aburrido tanto como cuando el comisario Tynianov le encomendó la tarea de ocuparse de los tres tiempos, presente, pasado y perspectivas de futuro del abogado Ugo Dumon.

   ¡Es el hombre perfecto! Exclamó para sus adentros: no fuma, ni bebe, apenas come, no desempeña vida sexual alguna, el poco tiempo libre de que dispone lo emplea practicando la natación y leyendo libros jurídicos o económicos. Cada fin de semana se las arregla para pasar unas horas con sus padres, de quienes es el único hijo. Todo ello sobre un fondo ininterrumpido de trabajo, de dedicación exclusiva a los Roche, quienes saben recompensarlo con un sueldo espléndido aunque merecido.

   Cuando se contempla su expediente universitario, se comprende que la adinerada familia quería y obtuvo lo mejor.

   Su vida era un desfile triunfal por los Campos Elíseos. Y a pesar de ello, Sylvie tenía la impresión de que le había entrado la enfermedad del sueño observando a la lupa la vida y milagros del sujeto, de modo que se pasaba el día bostezando. Se diría que es Emmanuel Macron, exclamó. Por eso se sobresaltó tanto cuando inopinadamente entraron en tropel en su despacho los muchachos del equipo de imaginería, como ella los llamaba.

   -Hemos encontrado algo que te va a interesar.

   -¿De Dumon? –Preguntó incrédula.-

   -No, de Donald Trump.

   -A ver….

   Niza es quizá la ciudad francesa que más cámaras tiene instaladas en sus calles. Ello en parte es debido a que  para su alcalde el tema de la seguridad es un auténtico filón, pues se halla en perfecta sintonía con la sensibilidad de la inmensa mayoría de los votantes de esta peculiar urbe. De modo que si se interroga con paciencia a ese ojo permanente y ubicuo, se pueden constatar muchas cosas.

   -Nos centramos, como nos dijiste, en las veinticuatro horas que precedieron al asesinato de Lanzi.

   En efecto, era la consigna dada por la teniente Vargas ya que se albergaba la sospecha de que la muerte de aquél estaba de algún modo relacionada con el interrogatorio al que fue sometido por parte del comisario Tynianov. Quien quiera que fuera el que tomó esa decisión, lo hizo de modo precipitado y es entonces cuando se cometen los errores. Evidentemente no había sido Dumon el único en ser perseguido a través de las grabaciones de todas las cámaras de la ciudad, la medida había sido tomada más bien en atención a Bardeau y sus adláteres, pero Sylvie había insistido en que se aplicara también a Dumon y ese equipo concreto se había ocupado de él.

   Lanzaron la grabación. En la parte inferior de la imagen podía leerse la fecha y la hora.

   -Sale del apartamento.

   La secuencia se cortó bruscamente. Sólo habían retenido los fragmentos interesantes.

   -Ahora avanza por la vía rápida.

   La imagen se agrandó para que la teniente Vargas pudiera leer la matrícula del vehículo.

   -Esto es el aparcamiento del instituto Estienne d´Orves.

   Dumon aparca. La imagen se agranda de nuevo y se le reconoce a la perfección. Luego se recupera una visión panorámica.

   -Fíjese en esta parte, teniente.

   En efecto, un extraño sujeto apareció por la parte superior de la pantalla, caminando directamente al coche de Dumon. Entró en él y se inició una conversación serena.

   -Considere que sólo se le alcanza a ver el mentón, mientras que Dumon exhibe todo su rostro. Sabemos que Dumon es alto, pero éste lo es mucho más.

   Tras platicar durante unos cinco minutos, Dumon entregó un paquete al individuo y éste bajó del coche y se fue por donde vino. La secuencia se paró. La volvieron a poner en el momento en que el contacto del abogado aparecía en pantalla. La pararon de nuevo.

   -Viene del aparcamiento, a esa hora cerrado, del Parque Estienne d´Orves. Hemos visualizado la entera grabación de esta cámara y no registra su entrada. Ninguna de las cámaras que cubren otros accesos al parque lo hace. Pero éste es inmenso y existen innumerables lugares por donde se puede acceder, si bien hay que caminar mucho trecho, a través de un auténtico bosque y ello durante la noche en el caso de nuestro hombre. Fíjese ahora, teniente, en su aspecto y modo de andar.

   Ciertamente la figura era un tanto irregular y caminaba a grandes zancadas.

   -Se diría que hay una desproporción muy marcada entre la longitud del tronco y la de sus piernas –aventuró la teniente Vargas.-

   -En efecto. Es un hombre que debe llamar poderosamente la atención por las calles.

   -A ver, acerque la imagen.

   La disposición de las luces y de la cámara no permitía distinguir bajo el curioso sombrero de ala ancha ninguno de sus rasgos faciales, excepto el mencionado mentón.

   La teniente Sylvie Vargas tuvo una fulguración y una osadía.

   -Busquen a través de todas las grabaciones de todas las cámaras de la ciudad a un hombre de aspecto indostánico con estas características ciertamente reductoras.

   Luego telefoneó al departamento correspondiente para que se hiciera sobre el terreno idéntica pesquisa.

   Apenas había depositado el móvil sobre la mesa de trabajo, cuando alguien llamó a la puerta de su despacho.

   -Adelante.

   Era el comandante Schluter.

   -Pase comandante. Tome asiento, se lo ruego.

   -No, gracias. Sólo será un momento. Verá…. ¿Podría pedirle un pequeño favor?

   -Por supuesto, comandante.

   -No sé si esto está directamente relacionado con la investigación que nos ocupa…. Pero me gustaría saber quién es exactamente el profesor Alba Longa y qué relación tiene con los Bardés.

   La teniente tomó nota rápidamente.

   -Muy bien. Me ocupo de ello enseguida. En cuanto sepa algo le telefonearé.

                                                  V

   -Es una lástima que haya venido en un día como éste –aseguró Marandon con rostro compungido-, todo parece tétrico. Del mismo modo que un plato debe ser acompañado por el mismo vino que ha servido para confeccionarlo, los cuadros pintados aquí deben ser contemplados bajo la poderosa luz del mediterráneo cuando ésta se halla en su cénit de esplendor.

   El taller de Fabien Marandon era, en gran medida, una vasta solana hecha de grandes paneles de vidrio unidos por listones de madera, situada en la parte superior de su chalet de Menton. La visibilidad era buena, aunque el comandante Schluter no podía sino admitir que el día no era ideal para contemplar muestras de arte pictórico. El cielo semejaba un fundido de plomo en proceso de solidificación, la lluvia arreciaba y allá por el horizonte marino unas centellas arborescentes fustigaban el bloque cárdeno del piélago. Pero él tenía sus razones muy reales para no diferir esta visita.

   -Hay ciertos aspectos, sin embargo, que se pueden juzgar y apreciar. Me gusta la exactitud del trazo, el equilibrio de los volúmenes, la visión de conjunto en harmonía con el mensaje principal. Su pintura tiene una marca de fábrica y eso es lo esencial.

   -He procurado ser un buen alumno antes de aventurarme a echar a andar por mi propio pie.

   -¿Alumno de quién?

   -En primer lugar, de la Escuela de Bellas Artes, como debe ser, porque ahí se establecen los cimientos, que luego sirven lo mismo para un roto que para un descosido, pero sin ellos todo el edificio, sea cual sea su estilo, se viene abajo. Desde el primer momento, eso fue una evidencia para mí y no obtuve sino matrículas de honor. No me hubiera conformado con menos.

   Schluter dudó un instante, pero soltó el lastre de su pregunta.

   -Únicamente por el amor del arte o también porque necesitaba esas matrículas desde el punto de vista económico. Por cuanto a mí se refiere, jamás he tenido inconveniente en confesar que procedo de una familia modesta.

   -Tampoco yo lo oculto. De mí sé decir que, de no haber sido becado por la Fundación Brik, jamás habría podido hacer estudios superiores.

   -Ah, fue la Fundación Brik…

   -Sí. Les debo mucho.

   -Y después de la Escuela de Bellas Artes, ¿se considera discípulo de alguien más?

   -De todos. Nadie crea de la nada. El arte es un diálogo permanente entre todas las obras existentes. Un escritor, cuyo nombre ahora mismo no recuerdo, dijo que todos tenemos en nuestro interior una copa donde se van vertiendo nuestras lecturas, o más bien nuestros estudios de obras, y cuando esa copa comienza a desbordar, eso que se sale es nuestra creación personal. Aunque sólo es “personal” hasta cierto punto, porque todo el material es prestado, si bien en una dosis única y en una mezcla particular, combinada con nuestra personal sensibilidad. Es como un perfume de calidad que se vende en todo el mundo, pero combinado con la química de la piel de una mujer en concreto le da ese matiz único e intransferible, un aroma que no se repite nunca en la piel de otra mujer aunque tenga cierto parecido.

   -Es la teoría renacentista de la “imitatio”, reformulada.

   -Justamente. Primero hay que tener escuela. Mucha escuela. Y después hay que beber hasta saciarse en los clásicos. O, si usted lo prefiere, en los mejores.

   -Así que usted sigue realizando estudios de los grandes maestros.

   -Naturalmente. No pasa un día sin que los haga. Aunque sólo sea un detalle, una escena o una transición. Y después pinto lo mío. Eso es la inspiración. Lo curioso es que no siempre encuentro el alimento en lo que acabo de imitar, sino en lo que estudié hace diez días, o un año, que surge de repente, sin llamarlo, en mi memoria y se funde con mi imaginación.

   -Y, si me permite la pregunta, ¿qué hace con todos esos estudios después?

  -Ahí los tiene…

   Marandon comenzó a separar telas amontonadas o reclinadas sobre el zócalo. De vez en cuando le mostraba alguna en particular cuyo original Schluter reconocía de inmediato.

   -Y cuando ya no caben en el taller, las boto a la basura. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

                                                   VI

   El comisario Tynianov andaba algo meditabundo subiendo Zarévich. Los recientes acontecimientos relativos al caso Vergari le estaban dando tanto hilo para sus cavilaciones que su mente no podía parar de tejer. Por muy enemigo que fuera de las conclusiones precipitadas, era evidente que el caudal de la investigación se estaba encauzando en una determinada dirección, si bien para atar ciertos cabos debía recurrir todavía a su imaginación y no a hechos comprobados o comprobables. A unos pasos de su casa, alzó la cabeza, como advertido por un presentimiento, y vio a Iaïtchnitsa. La mujer estaba sentada en un banco, hierática, con la mirada perdida, rozando sin duda las cúpulas de la catedral. Para cualquier observador imparcial, la escena de una señora de avanzada edad contemplando, extática, el místico edificio no podía tener nada, o poco, de particular. Pero Tynianov sabía que Iaïtchnitsa se ponía así cuando acababa de ver una aparición. A veces venían a visitarla, desde la Santa Rusia, familiares o conocidos de épocas pasadas, todos ellos muertos, desde luego, o personajes del folklore popular como Baba Yaga o Kikimora.

   El comisario se sentó en silencio junto a ella. Vio que tenía que hacer un esfuerzo para arrancarse de su contemplación hipnótica, como cuando uno está soñando y quiere despertarse. Al cabo logró volver la cabeza y mirar a Tynianov.

   -Alguien ha entrado en casa, batiouchka.

   Su voz era serena.

   -¿Lo has visto?

   -No.

   Los ojos de la anciana se clavaron de repente en los de Tynianov.

   -Lo he olido.

   El comisario guardó silencio.

   -Es el diablo. Huele como el diablo.

   -Reza un poco más en la catedral mientras me ocupo del asunto.

   -No vayas, barine.

   -Tampoco vamos a pasar la noche aquí, sin dormir ni cenar.

   -Ningún vivo tiene ese olor. Hay que aguardar al menos a que pase el efluvio.

   -Espérame en la catedral.

   Mientras se dirigía al portal, Tynianov palpó instintivamente en el pecho el arma reglamentaria que, a raíz del asesinato del comisario de Mantes la Jolie y de su compañera, se les había permitido llevar fuera de servicio.

   Ya en el interior, quitó el seguro y empuñó la pistola. Nadie más vivía en todo el edificio. Los demás apartamentos pertenecían a sus hermanos, quienes no solían usarlos, aunque los mantenían amueblados. Desestimó el ascensor y subió andando hasta el último piso, que él mismo ocupaba con su criada. Introdujo con suavidad la llave en la cerradura e hizo girar lentamente el mecanismo. Con todas las precauciones de rigor, penetró en el vestíbulo. No encendió ninguna luz, pues si alguien más se hallaba en el interior, él le llevaba la ventaja de conocer mejor la casa, con lo que le resultaría más fácil que al intruso moverse en la oscuridad. Apoyado en la pared del recibidor y con la pistola asida con ambas manos, se quedó un momento inmóvil, tratando de captar el menor roce en las tinieblas. Entonces percibió el olor del que le había hablado Iaïtchnitsa. Era un olor acre, como el de un incienso nefasto requemado, asafétida o algo así. Aparte del péndulo del reloj, ningún ruido le llegaba del fondo de la casa. Sus ojos se iban adaptando a la falta de luz y comenzaba a distinguir perfiles. Decidió avanzar hasta el salón, siempre con el pistolón reglamentario por delante. Entró en él y lo escrutó meticulosamente. Como en el ejército, todo avance implica un trabajo posterior de consolidación. Luego pasó a la cocina. Acto seguido la emprendió con el corredor, abriendo puertas a derecha e izquierda, siempre con la misma precaución, inspeccionando las respectivas habitaciones con idéntica minucia. Al cabo se convenció de que la extraña presencia había abandonado el lugar y comenzó a encender las luces, no sin dejar por ello de conservar el arma en la mano.

   Comprobó que algunas ventanas estaban abiertas. Al fin y al cabo era verano. Salió de su apartamento, cerrando tras de sí la puerta con llave, y bajó al piso inferior. Abrió la puerta todavía como manda el reglamento para las situaciones de urgencia. Pero allí no había ni rastro de ese olor tan característico que dominaba la atmósfera de su propio apartamento. Tampoco pudo detectarlo en los demás. Subió de nuevo al suyo e hizo una llamada.

   -Quiero que se visualicen las grabaciones de Zarévich y de las calles adyacentes. El objetivo es comprobar si un individuo que reúne las características de nuestro sospechoso ha pasado por allí durante las últimas ocho horas.

   Tras colgar, cerró todas las ventanas, puso el aire acondicionado, apagó las luces y fue a buscar a Iaïtchnitsa.

   En el interior de la catedral ortodoxa no había más luz que la de las candelas colocadas ante los iconos. Arrodillada frente a uno de ellos, rezaba la criada de Tynianov. Éste se persignó y se acercó a ella, poniéndole una mano en el hombro.

   Iaïtchnitsa permaneció impasible hasta terminar la jaculatoria, que el comisario no podía oír pero adivinaba por el movimiento de los labios. Luego, sin volverse, preguntó:

   -¿Lo has visto?

   -No.

   Tynianov hizo una pausa y añadió:

   -Pero lo he olido.

   -Es el diablo, ¿verdad?

   -Sí.

   La anciana hizo varias veces el signo de la cruz.

   -Vamos. Pasarás unos días con Iván.

                                                     VII

  El abogado Ugo Dumon se hallaba todavía medio adormilado en su cama, recuperándose de una noche de intenso trabajo en su propio apartamento, siempre con el afán de abrir nuevos caminos para la imparable expansión del poder económico de su patrón, así como de sus áreas y sectores de influencia y acción, cuando sonó su móvil. Antes de responder, miró la información que le brindaba la pantalla del aparato. Era su jefe, así que se incorporó y abrió la comunicación.

   -Los ingleses se han ido de la Unión –le espetó a bocajarro Julien Roche.-

   -No es posible, ¿a pesar del asesinato de Jo Cox?

   -A pesar de eso y de todas las triquiñuelas habituales, no ha habido tío pásame el río.

   -¡Dios mío! ¡No quisiera estar en la piel de Cameron!

   -Cameron ya sabe que va ser recordado como el mayor payaso de la historia de la política. Pero a nosotros nos tiene sin cuidado lo que le ocurra a ese tonto del culo. Ya sabes lo que a nosotros nos interesa.

   -Sí, claro.

   -Quiero un informe detallado sobre las consecuencias del brexit para nuestro sector. O sectores….

   -Naturalmente algo tengo preparado…. Pero jamás llegué a imaginar que llegaría a sernos útil….

   -Esta noche, a eso de las ocho, ¿podríamos hablar ya con fundamento respecto a este tema?

   -Por supuesto. Ahora mismo voy a exhumar el informe y a completarlo con las informaciones que vayan llegando.

   -Perfecto. Hasta esta noche a las ocho pues.

   -Vale.

   Dumon se quedó un instante reclinado en el cabecero, asimilando la noticia. Sonriendo en un primer momento porque le vino a la cabeza la ilusión cómica de un Cameron encendiendo la mecha de un polvorín para tratar de asustar al resto de Europa a fin de pasarles luego factura, pero teniendo la intención de apagarla en el último minuto, con todas las concesiones en el bolsillo. Ahora había llegado el último minuto y, a pesar del zapateado que estaba bailando sobre la mecha, no había conseguido apagarla pues ésta se hallaba ya demasiado empapada de gasolina. Se lo tiene bien merecido porque, además de gilipollas, quiso pasarse de listo, lo cual constituye siempre un grave peligro para los gilipollas natos, ya que, con objeto de evitar una pérdida anunciada de las elecciones, recurrió al subterfugio del referéndum. Las elecciones las ganó, pero al precio de pasar a la historia en peores condiciones de M. Poubelle y de provocar más desacato que un rocín comiendo calabaza. Por otra parte, también es verdad que, desde el punto de vista de quienes desean la construcción de una verdadera Unión Europea, los ingleses están mejor fuera que dentro, porque siempre se han comportado como una rémora. El problema no se presentará a corto plazo. Ni siquiera en el dominio, más reducido, de la hostelería y el juego, dentro del cual los ingleses representan en la Costa Azul tan sólo un dieciséis por ciento y se trata de un turismo de elevada solvencia económica, cuyo poder adquisitivo no se verá sustancialmente modificado por la devaluación anunciada de la libra esterlina, siendo, en todo caso, reemplazables por los chinos, los rusos, los alemanes, los suizos y los italianos. En el norte de Francia, por el contrario, el impacto quizá sea un poco mayor, pues el turista inglés pertenece allí a una capa más modesta. Las consecuencias del brexit se manifestarán a largo plazo y al considerarlas, la sonrisa se iba borrando de los labios de Dumon. En Francia, Lepen hará lo mismo que Cameron en Gran Bretaña, aunque no por cálculo político, sino por convicción. Ya lo ha anunciado. Y por ello ganará las elecciones el año que viene. La gente de media capa para abajo está hasta más arriba de las narices de la política de austeridad, de la mundialización, de la libre circulación de capitales y muchos, por influencia de los populismos ascendentes, de la libre circulación de personas, a lo que se suma la emigración masiva proveniente de Oriente Medio, la cual da alas al temor por el terrorismo, que ya de por sí tiene en el interior un medio propicio; más que receptivo, inflamable.

   Dumon sabe perfectamente que, en política como en negocios, se pueden y se suelen hacer actos desvergonzados, pero siempre cubiertos por una cortina de humo. Últimamente, sin embargo, se ha confiado demasiado en la teoría, hasta ahora infalible, de “votarán lo que les digamos”, basta con poner un poco de dinero sobre el tablero, pagar la imagen de un títere, sobornar unos cuantos periodistas cuyo supuesto prestigio se ha construido también a base de lo mismo, el poderoso caballero don dinero, y matraca de los medios de comunicación, todos a sueldo. Sin embargo ahora esto no ha funcionado en Inglaterra y es muy probable que no funcione en Estados Unidos, en Francia y en el resto de Europa, porque las élites, ebrias del caldo de su prepotencia, han desdeñado ponerse las máscaras y todo resulta demasiado evidente, incluso para los que tienen poca costumbre de reflexionar sobre las causas de su miseria. Evidente para todos, excepto quizá para los alemanes, pueblo de robots, creadores de pensamientos que funcionan como divisiones acorazadas cuyo objetivo no es interpretar la realidad, sino destruirla; lo mismo avanzan en las fábricas que en los cuerpos de ejército, sin otra cosa en la mente que el eco obsesivo de la voz del jefe. Así, ciegos a la metonimia palmaria que contenía la circunstancia histórica, embistieron en el pasado con violencia criminal al todo por la parte, mientras que hoy en día, sin parar mientes tampoco en la menor fineza retórica, con su obcecado estajanovismo, otorgan aún más poder y riqueza a quienes otrora quisieron eliminar. Cuando Francia abandone, a su vez, la Unión, para caer quizá en la guerra civil, ¿quién querrá permanecer en ella con Alemania como único piloto? Los que tienen muchos barcos por la mar deben pensar en esa eventualidad. Y al decir eso, Dumon no sólo está pensando en Julien Roche, sino también en sí mismo. En ello se diferencia del ciudadano medio germano, en que él sí tiene un proyecto individual e intransferible, el de hacer saltar la banca en beneficio propio. Por el momento sus intereses están unidos a los de su patrón, pues la salud de su inmenso bolsillo repercute de manera lo suficientemente amplia en la del suyo; pero algún día, cuando el mecanismo esté lo bastante rodado y pueda disponer de fondos propios, además de los contactos que ha ido acumulando durante estos años de iniciación, entonces el pura sangre en que se habrá convertido no correrá para nadie más que para sí mismo.

   El abogado Ugo Dumon saltó de la cama y corrió a ponerse debajo de la ducha. Le esperaba un día particularmente intenso para acabar de confeccionar para su jefe un informe completo y compacto, pues su opinión le interesa en grado sumo.

                                                  VIII

   Alba Longa había concluido su trabajo sobre el grimorio medieval y lo tenía ya dispuesto en un lápiz electrónico para entregárselo esa misma mañana a Bardés. Las principales bibliotecas del mundo tendrán que conformarse por el momento con los originales de las distintas versiones latinas, mientras que el manuscrito castellano perteneciente al rey castellano Alfonso X el Sabio permanecerá aún, si es que todavía existe, en el anonimato de un arcón u olvidado y cubierto de polvo en alguna estantería particular, tal vez en una casa solariega abandonada que va pasando de generación en generación sin que los herederos se ocupen verdaderamente de ella, dado su escaso valor en el mercado o simplemente por voluntad de conservar el prestigio simbólico del mayorazgo.

   Una vez satisfecho de su labor, su pensamiento no tuvo más remedio que ocuparse de la noticia del día, la salida de la Gran Bretaña de la Unión Europea. Los británicos, se dijo, salen principalmente por una razón baja y vergonzosa, que los políticos responsables de haberla atizado durante la campaña, en estas primeras horas de resaca, parecen los primeros sorprendidos de que la bazofia de argumentos que han hecho circular haya surtido el efecto esperado. Sin embargo, hay otras razones más reales para que todo ese tinglado, tal como lo tienen montado, vuele por los aires, hecho añicos, y esas razones se han evocado poco y los británicos son los que menos han hecho para desmentirlas. Ahora bien, los que quedan en el barco, ese crucero que ya empieza a hacer agua y a hundirse, como no hagan mutis por el foro durante las próximas semanas, ya que sus máscaras cayeron durante la crisis griega, sean reemplazados por auténticos desconocidos y éstos hagan de inmediato la política social que se prometió durante los tiempos de Delors, la Unión se va al garete, no en cuestión de años, sino de meses. Providencia que no tomarán, desde luego, debido esencialmente a dos taras que poseen todos ellos en grado sumo, la ceguera y la prepotencia. Y seguirán gesticulando como títeres lamentables sin darse cuenta de que a sus pies ya no están las tablas que solían tener sino el vacío completo. ¡Menuda cáfila de mampolones! Si Europa vuelve al fascismo, ellos llevarán sobre sus espaldas la misma responsabilidad que los dirigentes de la república de Weimar.

   Una característica luz giratoria de color azul interrumpió sus irritadas cavilaciones. Se trata o bien de la ambulancia, o bien de la policía, se dijo y se dirigió a la ventana. Era una ambulancia a la que Clara le estaba abriendo el portalón para que accediera al aparcamiento privado. Alba sintió que le daba un vuelco el corazón. Por un momento, la situación internacional le había hecho olvidar las idas y venidas de homo Ergaster y temió que algo le hubiera ocurrido a Jacobo Bardés, tal como él había temido y ya comenzaba a tener remordimientos por su silencio cobarde.

   Bajó lo más rápidamente que pudo al jardín, donde se cruzó con un equipo completo de socorristas empujando una camilla. Alba interrogó a Clara con los ojos.

   -Bardés ha sufrido un infarto. Espero no haber tardado demasiado en reaccionar.

   Pasada cierta edad, dormir solo entraña ciertos peligros, consideró Alba Longa mientras se sentaba en una silla de hierro del jardín.

   A poco, la comitiva pasó de nuevo delante de él con Jacobo Bardés inconsciente, tumbado en la camilla.

   -Te acompaño con mi coche –le propuso a Clara.-

   -No, yo me voy con ellos. No sé cómo me dejo todo. Prefiero que te quedes en casa y eches un vistazo para comprobar que todo está bien.

   -Vale. Tenme al corriente de cómo van las cosas y no dudes en solicitarme para lo que sea.

   -Descuida. Cierra el portalón cuando salgamos.

   Alba leyó en los ojos de Clara lo sola que se iba a quedar si Bardés llegara a faltar. Existía tal vez, entre abuelo y nieta, un eslabón generacional pero ni uno ni otra lo habían mencionado jamás. Alba ni siquiera sabía si Bardés era abuelo paterno o materno de Clara. Un abuelo, en todo caso, que no carecía aún de fuerza y empaque. No es probable que un infarto acabe con él, se esforzó en concluir.

   Luego de clausurar los pesados batientes de la entrada de vehículos, se dispuso a cumplir la labor que le había encomendado Clara, cerrando puertas y apagando luces.

   Mientras lo hacía, iba llegando al convencimiento de que no podía dejar pasar la oportunidad de comprobar si estaba en lo cierto al establecer la teoría de un pasadizo secreto subterráneo que unía la casa de Bardés con la mansión vecina.

   Regresó al pasillo de marras que, por efecto de la tormenta que no cejaba, se hallaba casi tan oscuro como la noche anterior, cuando vio el rostro indescriptible de Ergaster.  Durante unos instantes, todavía lo paralizaron los escrúpulos a causa de esa idea de estar violando en cierto modo la intimidad de sus anfitriones, aunque al mismo tiempo percibía los embates de una urgencia diametralmente opuesta, la necesidad de proteger su palmaria inocencia contra la agresiva perversidad de esa especie de íncubo que les visitaba todas las noches. Al final fue el segundo vector el que predominó y se puso a avanzar por el corredor con una precaución apenas inferior a la empleada durante la noche.

   Llegado ante el picaporte que daba acceso al taller de Bardés, todavía se inclinó instintivamente para mirar por el ojo de la cerradura, no fuera a darse de bruces con el monstruo nada más abrir la puerta. No se veía a nadie y se decidió a entrar como quien se dispone a saltar de un avión tras haber revisado por última vez las correas de su paracaídas.

   Le sorprendió la serenidad del estudio, bañado por una luz lechosa que entraba por los amplios ventanales. Con una rápida mirada, abarcó la entera superficie que se le ofrecía. Todos los objetos y utensilios a los que puede pretender un taller de pintor se hallaban allí aguardando pacientemente el regreso de su dueño, guardando un cierto orden y disposición. La ingente cantidad de telas, enmarcadas y sin enmarcar, daba una noción de la poderosa capacidad de trabajo que poseía Bardés.

   Alba orientó su atención hacia la parte por la cual desapareció Ergaster antes de apagar la luz. En esa dirección había una mesa y una biblioteca de caoba, ambas antiguas pero lustrosas y bien conservadas. Sus ojos ahora querían hacer abstracción del conjunto para percibir el detalle. Buscaba algo así como el “primum et septimum de quatuor” que daba acceso a la parte más secreta de la biblioteca descrita en “El nombre de la rosa”. Pero no se ofrecía a la vista inscripción alguna. Los libros presentaban alguna posibilidad. A veces, empujando uno de ellos, o varios al mismo tiempo, se accionaba el mecanismo. De momento desechó esta pista, a causa del excesivo número de volúmenes que albergaban los distintos anaqueles. Las estanterías y la propia mesa estaban a rebosar de los más diversos objetos decorativos, desde estatuillas hasta utensilios antiguos, como una vieja plancha o una radio antigua. Probó con las manecillas de la radio. Nada. Abrió los cajones de la mesa, palpó en su interior, incluso se arrodilló para examinar todos sus recovecos. Pensó en la carta robada, de Allan Poe, porque a veces el secreto estaba en lo más evidente. Miró detrás de los cuadros que estaban colgados en ese sector. Nada. Y el tiempo iba pasando. Si por una razón u otra Clara regresaba antes de lo previsto, tendría dificultades para explicarle su presencia en el taller de su abuelo. Siguió buscando. El flexo, apretó el botón de encendido, desenroscó la bombilla, le dio la vuelta para observar su base. Levantó la papelera por si ésta ocultaba algo. Comenzó a desesperar en su intento. Aquello había sido ideado sin duda por expertos en la materia y no sería fácil dar con la muela picada. Más bien debía impregnar su retina con todos los objetos y dejar que su mente, una vez en reposo, le sugiriera algunas posibilidades.

   Bardés tenía en su escritorio un reloj de arena y una balanza. Aquello tenía tal vez un valor simbólico, sobre el que posiblemente valía la pena reflexionar. Tomó el reloj de arena y le dio la vuelta. Lentamente, la parte superior comenzó a desgranarse. No podía seriamente suponer que al caer el último grano, se produjera un crujido y se abriera la biblioteca en dos para franquearle el paso, así que se olvidó de semejante manifestación del “tempus fugit”. Rozó con los dedos los platillos de la balanza, que se pusieron a oscilar levemente. Casi sin pensar en lo que hacía, sacó dos monedas idénticas de su bolsillo y puso cada una en un platillo para comprobar que pesaban igual. En efecto, los platillos se mantuvieron en equilibrio. Luego, movido por la curiosidad, quiso pesar una de ellas. Las pequeñas pesas estaban colocadas en orden creciente, cada una de ellas tenía inscrito, en caracteres dorados, junto al orificio en que encajaba a la perfección, su correspondiente valor, pero los números eran tan pequeños que, desde donde se  encontraba sentado, no alcanzaba a leer, así que asió la balanza con objeto de acercársela más y ponerla justo bajo el flexo. Para su gran sorpresa, la balanza rehusó moverse del sitio. Eso no era normal, que la balanza estuviera fijada a la mesa de escritorio. Se levantó para examinarla mejor. En la parte baja del mástil vertical encontró una diminuta palanca. La accionó y los brazos quedaron fijos. La balanza no pesaba. ¿Pero para qué sirve una balanza que no pese o un buey que no are? Forzó un poco hacia abajo uno de los brazos sin que cediera en lo más mínimo. Forzó el otro y casi le sobresaltó el chasquido que se produjo a sus espaldas.

                                                    IX

   Bemoz no le había concedido demasiado tiempo de ocio al comandante Schluter, pues ya había solicitado su comparecencia. La cita debía producirse en cierto edificio, que albergaba únicamente sedes de empresas, situado frente al propio puerto de Mónaco.

   Como en París, el comandante atravesó el vestíbulo caminando como un masón.

   -¿Deseas algo en particular, hermano?

   -He vuelto a Ramah.

   -Décimo piso, puerta treinta y seis.

   El corredor en el que le dejó el ascensor era una réplica exacta del de París.

   La puerta 36 no podía quedar muy lejos y Schluter notó que tenía la boca seca y el cerebro congelado. No había podido pensar desde que había entrado en el edificio. Fue en esos últimos segundos cuando decidió que debía ofrecer resultados si quería seguir respirando dentro de sus propios cueros. Afortunadamente ya había conseguido entrar en unas buenas roderas.

   Tras llamar, aguardó unos instantes y penetró. En el interior vio que Bemoz había querido repetir el escenario de París, con la penumbra, el candelabro, el hábito de monje benedictino y las dos mesas, una enfrente de la otra, aunque separadas por una distancia prudencial.

   -Tenga la bondad de tomar asiento, comandante. –Le oyó decir Schluter a aquella figura hierática.-

   El aludido se acomodó y guardó silencio. Una de las llamas del candelabro se puso a crepitar, lo que le ayudó a superar esa primera fase de la entrevista, durante la cual ya sabía que Bemoz podía dejar transcurrir un largo y penoso lapso de tiempo sin pronunciar una sola palabra.

   -Dígame, Schluter, ¿cómo avanza nuestro asunto? –dijo al cabo el encapuchado cenobita.-

   -Nuestro asunto avanza a tumba abierta, señor.

   -Esperemos que no sea la suya, Schluter.

   -Confío en que no será así, señor, si le ofrezco resultados.

   -Veamos cuáles son esos resultados, antes de abordar este otro aspecto del negocio.

   -Nuestra fábrica de falsos, o al menos la que opera en esta zona, no es otra que la “Fundación Brik”. Su modus operandi es el siguiente: identifica a los alumnos más brillantes de la Escuela de Bellas Artes, los beca, les da toda suerte de facilidades, les abre caminos y se los desbroza, de manera que estos jóvenes se sienten su hechura, después los convence de las virtudes de la “imitatio” como paso obligado para despertar el genio individual que duerme en ellos y finalmente les paga para que empiecen a gustar de las primicias aferentes al reducido grupo de los elegidos. Un ejemplo de ello lo constituye el joven Fabien Marandon, cuyo taller he tenido el privilegio de visitar recientemente. En el cual encontré un puñado de obras originales, de excelente y certera factura, que constituyen la parte emergente del iceberg, y un auténtico despilfarro de cuidadosas imitaciones de los maestros de todas las épocas.

   -Interesante…

   -La heredera universal de Brik, su hija Constanza, está casada con Julien Roche, un hombre de negocios que evoluciona particularmente en el ámbito del juego y la hostelería, dentro del cual ha erigido un auténtico imperio. La pega es que, frente a él, tiene otro imperio equivalente, el de la familia Bardeau. La lucha entre ambos por la supremacía es feroz, sin cuartel. El menor signo de debilidad por parte de uno de ellos podría significar la absorción en cadena por parte del otro. En esas condiciones, tanto Bardeau como Roche, se ven obligados a entrar en actividades poco santas, en el límite de la legalidad, como la prostitución, por ejemplo, y quizá francamente más allá de dicho límite, con las cuales pretenden establecer una diferencia definitiva. Por cuanto se refiere al último, dispone además del patrimonio de su mujer y de la cancha que puede ofrecer  la herencia cultural del fallecido pintor. Y aquí es donde entra en juego la “Fundación Brik” que, como todo, la controla él en estrecha colaboración con su abogado, Ugo Dumon. La decisión última le pertenece, pero no da un paso sin haberlo deliberado largo y tendido con Dumon. Y ahora viene la cereza que suele ponerse sobre la pirámide de merengue: Ugo Dumon ha sido filmado entregando un sobre al asesino de Vergari y también de un lugarteniente de Bardeau, Patrick Lanzi, el cual había intentado, por cuenta de su patrón, apoderarse de los famosos bocetos que todo el mundo creía podía guardar Vergari en la manga; pero, según parece desprenderse tanto de los hechos como de la declaración de Bardeau al comisario Tynianov, dichos bocetos no eran más que una fabulación. Más aún, me atrevería a decir que también los primeros lo eran…

   -¿Qué dice usted? Éstos fueron materialmente presentados por Vergari, estuvieron entre las manos de las autoridades judiciales y sufrieron un examen pericial riguroso, así como su correspondiente tasación, antes de que se llegara a un acuerdo entre las partes, legalmente sancionado por la justicia. Si bien es verdad que una buena cantidad de dinero debió pasar por debajo de la mesa.

   -Cierto, señor, pero eso no quita que los bocetos eran falsos, genialmente falsificados por Marandon, y el entero asunto una fabulación montada por Roche, con la inevitable colaboración de su abogado, a no ser que la invención de la misma no le incumba enteramente a este último, y la complicidad, bien pagada, de Vergari.

   -Según ello, el asesinato de Vergari no habría tenido como objeto obtener más bocetos, sino desembarazarse de un testigo incómodo y acaso cada vez más exigente.

   -El plan tenía, además, su chispa de genio pues, al introducir el elemento de la tortura, no solamente embrollaba la pista y lanzaba la investigación en una dirección opuesta, sino también implícitamente reforzaba la autenticidad de los bocetos que ya a nadie se le ocurría poner en duda. El asesinato de Vergari hincaba a machamartillo, de manera inconsciente, en la mente de todos, que esos bocetos eran la obra de Brik y que podrían existir otros tan originales como los primeros, los cuales, por este procedimiento, quedaban archivados con su incuestionable autenticidad. Y el asesinato de Lanzi debe inscribirse en la misma línea de esa audaz superchería, pues aparece como el sujeto no muy limpio capaz de haber asesinado a Vergari por cuenta de su patrón, Bardeau, principal obstáculo para la felicidad absoluta del matrimonio Roche y de su abogado Dumon. Pero la policía ha demostrado que el arma que sirvió para asesinar a Vergari, sirvió también para asesinar a Lanzi.

   -Ya ve usted, señor Schluter, cómo Dios aprieta, pero no ahoga. Tanto tiempo extraviado en las tinieblas y de pronto se hace la luz. Cuando uno menos se lo espera, salta la liebre. Pero las más de las veces esto sucede cuando se ha perdido ya todo el latín y uno no sabe a qué santo encomendarse, no viendo otra salida más que la del negro umbral de la muerte.

   -El comisario Tynianov no va a tardar tampoco en ver claro en este trampantojo, si es que no lo ha hecho ya, como a mí me lo parece a juzgar por el brillo particular que noté en sus ojos cuando reunió por última vez a su equipo. De modo que él mismo le pondrá en breve digno colofón.

   -Cierto. Puestas así las cosas, no disponemos de mucho tiempo para reaccionar.

   Schluter se quedó un instante perplejo. No acababa de entender ni la razón ni el contenido de ese postrer movimiento insinuado por Bemoz. A punto estuvo de preguntar a qué reacción se refería. La justicia ordinaria cerraría de manera legítima el caso…. Afortunadamente se mordió la lengua antes. Pero el encapuchado pareció leer en su pensamiento.

   -La justicia de los hombres suele ser demasiado lenta, cuando no ineficaz. Los asuntos de Dios requieren una justicia divina.

                                                    X

   Alba Longa quedó pasmado unos instantes ante la abertura que se le ofrecía a su espalda. Los dos paneles centrales de la biblioteca se habían abierto al modo de una puerta con dos batientes, descubriendo que la habitación era, en realidad, algo más grande y que, de ese recinto oculto, partía hacia la oscuridad subterránea una escalera de piedra. Junto a ella vio una clavija de la luz. Apoyó el interruptor y la escalera se iluminó. Reflexionó. Cuando Ergaster entra, los paneles no pueden quedarse abiertos. Miró a su alrededor. En efecto, en la parte posterior de la biblioteca había otro interruptor. ¿Qué hacer con ese descubrimiento? ¿Aprovechamiento inmediato del éxito, la técnica militar de Napoleón? Ya tenía un pie en el primer peldaño, pero lo pensó mejor. Lo más probable es que se diera de bruces con Ergaster al entrar en la mansión vecina y el resultado de ese encuentro, sin preparación previa, parecía incierto. Mejor sería efectuar un reconocimiento preliminar, antes de afrontar a Ergaster. Disponía de una atalaya para vigilar las entradas y salidas de éste. En el peor de los casos, podría aprovechar ese cuarto de hora fijo, alrededor de las tres de la madrugada, durante el cual ese curioso personaje sale a la calle con la bolsa de plástico en la mano. Apagó la luz de la escalera y volvió sobre sus pasos. Oprimió el otro brazo de la balanza. La biblioteca crujió antes de cerrarse.

   Salió al corredor para dirigirse hacia su puesto de observación. La mansión de enfrente se ofrecía siniestra, bajo la avalancha de nubes negras que, desde el norte, caía sobre la ciudad. El único movimiento se producía en el cielo. Abajo, en la tierra, todo estaba sorprendentemente tranquilo y silencioso. Permaneció un rato contemplando el espectáculo, digamos de jardín urbano, que acabó por hechizarle. Le pareció insólito que, en medio del tráfago de la ciudad, ciertos lugares lograran alcanzar, mediante la interposición de filtros naturales y barreras artificiales, una tal condición de aislamiento hermético y montaraz.

   No podía permanecer allí, de plantón, durante todo el día, aguardando una salida diurna de Ergaster que quizá no se iba a producir. Una primera exploración, de diez minutos seguros, parece un preludio razonable, acaso suficiente y decisivo.

   Entretanto debía ocupar su tiempo de manera más eficaz y amena. Ya no podía refugiarse en su trabajo, que no careció de interés mientras duró y del que por cierto se sentía satisfecho, a pesar del resultado negativo al que había abocado. Le pareció que lo mejor sería visitar la biblioteca de Bardés, no la de su taller, sino la principal, una vasta pieza situada en la planta baja, cuyas paredes se encuentran totalmente revestidas de libros. Los había de todas las castas, desde las ediciones más corrientes de bolsillo hasta los aristocráticos volúmenes ricamente encuadernados, desde los más recientes hasta los más valetudinarios. Quién sabe qué tesoros podía contener una biblioteca como la de Bardés. Alargó la mano hacia un tomo protegido por lomos de cuero repujado y vio que era un magnífico ejemplar de “La Divina Comedia” ilustrado por Gustav Doré. Lo extrajo con sumo respeto y se instaló en un cómodo sillón situado junto a una de las inmensas puertas cristaleras que le daban una visión panorámica que comenzaba con una bucólica perspectiva del jardín, rematada por un fondo que incluía la playa de Niza y el vinoso mar de ese día. Se dispuso a hojear primero el libro, apreciando el siempre interesante trabajo del ilustrador, y luego quizá a releer alguno de sus pasajes favoritos. Pero un ruido como si alguien estuviera removiendo en un montón de cacerolas lo distrajo.

   El cocinero, intuyó Alba. Debo prevenirle de lo que ha ocurrido, se dijo. Luego consideró que lo más conveniente sería recomendarle que se tomara el día libre, pues lo más probable es que nadie más que él tuviera que comer ese día en la casa, así que se prepararía él mismo cualquier cosa.

   Depositó el volumen sobre una mesilla y se dirigió a la cocina.

   Al entrar en ella quedó francamente sorprendido pues no encontró cocinero alguno. Tal vez haya vuelto sobre sus pasos para buscar algo, se dijo. Fue hasta el lugar donde el hombre solía dejar su bicicleta, pero nada, ni rastro del cocinero. Bien es verdad que éste tenía la costumbre de venir un poco más tarde. No obstante, el ruido de cacerolas…. Dejó el móvil sobre el banco de trabajo con objeto de abrir algunos armarios con las dos manos. Nada, todo parecía en orden.

   En fin, ello había servido al menos para pensar en evitar un despilfarro. Prestaría atención y en cuanto llegara le diría que no hacía falta preparar nada sólo para él y por lo tanto podía tomarse el día libre.

   Regresó al sillón y recuperó, no sin cierta fruición, el ejemplar de “La Divina Comedia”. Algo, sin embargo, le producía una cierta desazón. ¿El estruendo de cacerolas? Sí, claro, ¿cómo diablos podía haberse producido? Nada parecía haberse caído en la cocina. Pero algo le decía en el fondo de su conciencia que eso no era todo. De pronto dio con la muela picada. Lo que le inquietaba era ese ligero tufillo a demonio asado que había percibido ante la puerta del taller de Bardés, cuando Ergaster estaba en su interior. Aunque esta vez venía acompañado de otro olor característico que, en realidad, acababa de surgir para sumarse al anterior. Él sabía que conocía ese olor, únicamente tenía que recordarlo… En efecto, era el olor del cloroformo.

   Apenas tuvo tiempo de adivinar lo que le iba a ocurrir cuando ya los hechos se precipitaban sobre él. Sintió que alguien le rodeaba el cuello con un brazo fuerte y sarmentoso, mientras que con la otra mano le tapaba la cara con un trapo húmedo. Alzó los ojos y vio el inefable rostro de Ergaster. Quiso debatirse pero el sujeto le tenía demasiado bien aferrado contra el respaldo del sillón, desde una posición ciertamente ventajosa para él. Luchó mientras pudo, hasta que acabó por perder el conocimiento.

        TERRA AMATA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                  I

 

 

   El comisario Tynianov tenía, según su propia expresión, el caso fotografiado. Había llegado el momento para él de pasar a la ofensiva. Los bocetos de Brik existieron tanto como el reino del preste Juan en oriente. Los que hicieron rico a Vergari, al tiempo que constituyeron la causa de su muerte, y aumentaron el patrimonio de los Roche, eran más falsos que la sonrisa de un inquisidor; según el comandante Schluter, los pintó una joven promesa de la pintura, Fabien Marandon, por encargo de esta poderosa familia, o de su abogado Dumon, la responsabilidad de cada uno se determinará en su debido momento, si bien lo más probable es que ésta, como todas las demás decisiones que emanan de ese auténtico centro de poder, haya sido tomada conjuntamente por el cabeza de familia, Julien Roche y su abogado. Por cuanto se refiere a los que supuestamente ocultaba Vergari no eran más que una fabulación colectiva, reforzada por el modus operandi observado en el asesinato del jardinero, que lo asimilaba a una tortura y cuyo objetivo no era otro que reforzar sicológicamente la veracidad de los primeros. Quizá la idea les viniera a partir del momento en que Vergari decidió entrar en ese negocio de prostitución con Lanzi, lo que equivalía a invertir una parte del capital obtenido, mediante la astucia y el ingenio de ellos, en beneficio de su principal competidor, Bardeau, cosa que debieron interpretar como una alta traición. A lo que debió sumarse el temor de que Vergari desvelara a sus nuevas compañías el valioso secreto de que era depositario, circunstancia tanto más probable cuanto que éstas no podían dejar de ejercer, de alguna manera, presión sobre el frágil Vergari para que les revelara el escondite de los muy probables bocetos restantes. Si esta presión fuera muy grande, Vergari podía lanzarlo todo a rodar contando el asunto con pelos y señales, lo cual Bardeau sabría explotar de la manera más ventajosa para él.

   Por otra parte, los detectives que se ocupan de la parte financiera del caso y le han seguido la pista al dinero, también han establecido un plano en que lo esencial encaja.

   La situación estaba pues lo bastante madura como para iniciar el ataque y éste debía concentrarse, en primer lugar, sobre la pieza más volátil del campo adverso, el autor material de los crímenes, una suerte de escualo de las profundidades que sólo se mueve en la oscuridad.

   Cuando Tynianov obtuvo la descripción física del individuo, pensó que no tardaría en caer atrapado en sus redes. Sin embargo, pasaron los días y a pesar de que un ejército de detectives peinó la ciudad tratando de recabar información sobre tan singular personaje, lo cierto es que no se ha llegado a nada concreto. Un indio de dos metros de altura, con unos zancos visiblemente desproporcionados en relación al tronco, no podía pasar desapercibido en una ciudad occidental y más en verano, sin la posibilidad de cubrir esa diferencia con una gabardina o un abrigo talar. A pesar de ello, sólo un puñado de testigos afirman haberlo visto, siempre de noche, y en lugares alejados unos de otros, lo que impide adscribirlo a un barrio o una zona en concreto.

   Tynianov decidió cambiar de estrategia. Sabía que esa especie de langosta gigante se había interesado por él. Las cámaras de Zarévich y alrededores confirmaron su presencia repetidas veces, particularmente el día en que se produjo la intrusión en su domicilio. Pues bien, le iba a facilitar la tarea. Se iba a mostrar, se iba a presentar abiertamente como cebo y, como hizo Montgomery con Rommel, lo iba a atraer hacia un lugar militarmente “tratado”, para librar allí la batalla decisiva. Si él mismo no lo ve, alguien se encargará de decirle que el comisario Tynianov deambula solo por la ciudad tratando de encontrar su paradero. En el fondo, le enorgullecía comprobar que el enemigo parece considerarlo tan competente como para tomar la decisión de eliminarlo físicamente. Desde luego, pensó, quien dirige las cosas del otro lado no tiene frío en los ojos y no duda un instante en cortar por lo sano para evitar males mayores.

   Las estrechas callejuelas de Niza la Vieja se hallaban repletas de turistas pululando de tienda en tienda, como abejas de flor en flor, emergiendo de repente bajo colgaduras de bolsos y chaquetas de cuero cataduras de los cinco continentes.

   Bajo la apariencia de una actitud distendida, los ojos del comisario escrutaban todo a su alrededor, sin descartar la lejanía en ambos sentidos.

   Sistemáticamente entraba en todo local de sabor o apariencia india, restaurante o tienda de objetos orientales, budas, telas, inciensos, especias, perfumes, y preguntaba por un sujeto cuya descripción atípica efectuaba de la manera más gráfica posible.

   Cuando agotó su repertorio en la zona, compró un cucurucho de socca y se sentó en una terraza, pidió una cerveza y comió tranquilamente ese manjar sencillo aunque sabroso, hecho de harina de garbanzo.

   Iaïtchnitsa tiene razón, los diablos pueden disimular su cola y sus garras en manos y pies, pero les delata su olor a asafétida. Dicen que basta con pensar en el diablo para que el príncipe de este mundo se presente de un modo u otro, visible o invisible, deseoso como se halla en todo momento de colaborar a nuestra pérdida. Tynianov pensaba intensamente en él, lo convocaba, lo invocaba. No podía estar ya muy lejos. A la vuelta de una esquina quizás, o en lo alto de uno de esos viejos apartamentos, observándole tal vez.

   La tarde estaba cayendo. Sí, Tynianov sentía su presencia. Pero antes quiso ir a contemplar el crepúsculo sobre el mar.

                                                    II

   Cuando Bardés hubo entrado en una situación estacionaria aunque fuera ya de peligro, Clara efectuó la primera de una serie de llamadas a Alba Longa para comunicarle la evolución satisfactoria del enfermo. Ante la pertinaz ausencia de respuestas, comenzó a hacer cábalas.

   Los médicos le explicaron que ahora el paciente dormiría durante varias horas. Razón por la cual decidió regresar a casa para tratar de encontrar una explicación al mutismo de Alba, que no podía evitar poner en relación con el interés que éste había manifestado por la mansión de enfrente y su misterioso inquilino.

   Lo primero que observó al bajar del coche es que no había ni una sola luz en la casa. Subió directamente a la primera planta y llamó a la puerta de la habitación del huésped. Ante la ausencia de reacción, entró en el cuarto. Todo parecía normal. Abrió el armario y comprobó que la ropa y demás efectos personales se encontraban todavía allí.

   Descendió a la planta baja y se puso a recorrerla. La casa estaba desierta. Se dejó caer en el sofá, liberando de nuevo la obsesión que la trabajaba. La vecina mansión de marras. ¿Habrá sido lo bastante como para introducirse en ella?

   Sin pensárselo dos veces, se levantó, salió a la calle y llamó al timbre de esa especie de leyenda arquitectónica. Mientras aguardaba, pensó confusamente en qué diablos iba a decirle al espectral personaje que iba a responder por el fono porta. Sin embargo su espera fue inútil. Insistió una vez más y luego otra. En vano.

   De regreso a casa, tomó de nuevo asiento en el sofá y decidió efectuar un último intento de llamada telefónica. El aparato devolvía de nuevo la señal característica, pero en esta ocasión otro sonido llamó su atención. Apartó el teléfono de su pabellón auricular y en efecto oyó que el móvil de Alba sonaba en algún lugar de la casa, no muy lejos. Salió del salón y entró en la vecina biblioteca. Encendió la luz. Al fondo, junto a la puerta cristalera, percibió un detalle inhabitual. Un libro abierto se hallaba tirado en el suelo. Lo recogió. Era un ejemplar de “La Divina Comedia”. Un valioso ejemplar. ¿Quién lo habría tratado de manera tan poco cortés? No podía creer que fuera el bibliófilo Alba Longa.

   Llamó de nuevo y aguzó el oído. Salió de nuevo al pasillo. Indudablemente el sonido venía de la cocina. Abrió precipitadamente la puerta alcanzando a ver cómo el móvil de Alba vibraba una última vez, solitario en medio del banco de trabajo.

   Lo menos que se podía decir era que Alba no había partido de manera premeditada. Es más, el detalle del libro tirado en el suelo, no podía ser explicado si no es por una alarma súbita, el anuncio de una explosión inminente, o algo así. Pero la casa estaba demasiado tranquila para ello.

   Sólo entonces se dio cuenta de que la cocina olía muy bien. Abrió el horno y en efecto vio que la comida había sido preparada, pero permanecía intacta.

   Llamó al cocinero. Éste había venido, en efecto. No había nadie en la casa. Ello era inhabitual, pero no insólito. Preparó el menú previsto para el día y se fue por donde vino. Clara le explicó lo ocurrido sin mencionar el comportamiento de Alba Longa y le dijo que, mientras Bardés no saliera del hospital, no hacía falta que cocinara nada, porque no estaba segura de que alguien pudiera comer en casa.

   Dos infartos durante la misma mañana era demasiado infarto. No obstante decidió examinar minuciosamente toda la casa, no fuera a encontrarse Alba indispuesto en alguna habitación recóndita.

   Al pasar por la escalera, de vuelta de su infructuosa inspección, se quedó mirando un instante la siniestra mansión vecina, tratando de encontrar un lugar por el que fuera posible acceder a su jardín y penetrar en ella. Pero no vio ninguna posibilidad, incluso para un hombre determinado como Alba.      El muro era alto y estaba coronado por una barrera de alambre de púas, como una trinchera. El exterior no hacía falta inspeccionarlo, lo conocía como la palma de su mano.

   Aquella mansión solitaria, inquietante en su desolación, misteriosa por su antigüedad, la había asustado durante su infancia. La imaginación infantil la poblaba de los seres más temibles que ofrecía la mitología a su alcance: brujas, ogros, vampiros y toda la caterva de criaturas pérfidas que iba conociendo. Pero después, entrada en la adolescencia, la olvidó, pareció borrársele de la mente. Su conciencia no la registraba. Tanto es así que ahora parecía descubrirla. Y comprendió que su presencia era como una de esas espinas clavadas en la carne que uno acaba por olvidar a fuerza de familiarizarse con su dolor. Algo así como un instinto inconfesable que uno quiere ocultar incluso a sí mismo, pero que, insumiso, se revela, y rebela, en los sueños, a veces. Clara se sintió acechada por miedos antiguos. Más aún, por una suerte de temor ancestral. Como si esa casa contuviera la parte negra de la existencia, todo lo que la historia de la humanidad oculta, lo inefable, lo prohibido, lo maligno, lo maléfico, el reverso de la conciencia, su oscura rebotica donde se guarda un secreto terrible, una auténtica desolación, el misterio que atormenta e invalida al hombre y a sus más preciados ideales.

   Cuando notó que dos gruesas lágrimas le resbalaban por las mejillas, comprendió que estaba recibiendo el contragolpe de las emociones del día. Una pizca salada y amarga de depresión, consecuencia de la punzada de terror que había sentido al encontrarse, todavía a medio despertar, con la grave crisis de su abuelo, superada de inmediato por la necesidad de actuar con urgencia, pero que ahora le pasaba factura.

   El comportamiento de esa suerte de Caballero de la Triste Figura que tenían como vecino era ciertamente sospechoso, así como la misteriosa desaparición de Alba. Pero llamar a la policía por ello le pareció prematuro. Era preciso tranquilizarse y volver al hospital. Todo se aclararía pronto. Y si no todo, al menos lo esencial. La ausencia de Alba Longa que, de seguro, se debe a una nimiedad, a un accidente de poca monta imprevisto. Después de todo, ¿qué sabe ella de su vida? Y por otra parte, su abuelo estaba fuera de peligro. Serenidad y buenos alimentos.

   Ello le recordó que tenía un festín aguardándole en la cocina. Bajó, se sentó a la mesa y dio buena cuenta de una parte de él, pues, de hecho, no había comido en todo el día. Por no tomar, no había tomado ni siquiera un solo café.

   Tras ello, cogió su bolso y se dispuso a irse al hospital.

   Permaneció un instante mirando el móvil de Alba. Comprobó el estado de la batería. Satisfactorio. Si vuelve, podrá llamarme, pensó.

                                               III

    Alba seguía debatiéndose en sueños como Jacob con el ángel, cuando el pertinaz sonido del timbre acabó por despertarlo del todo. Respiraba con dificultad pues tenía la boca amordazada. Se encontró sentado en el suelo, fuertemente atado a un pilar. El decorado que se ofrecía ante él no era nada tranquilizador. Una mesa baja, cubierta con un mantel blanco, como una suerte de altar en miniatura en cuyos extremos ardían dos gruesos cirios y en medio de ella, sobre una bandeja de plata, un formidable cuchillo cuya lámina, en forma de pez, refulgía con la luz de las velas. Cuando sus ojos se hubieron habituado a la penumbra, comenzó a distinguir los detalles de un salón en el que podía haberse grabado una película ambientada en los años veinte del pasado siglo. Por lo demás, en cuanto cesaron los timbrazos, todo permanecía sumido en un denso silencio que permitía distinguir el esporádico chisporroteo del pábilo de los cirios. Nadie había acudido a abrir la puerta. O por lo menos no había hecho el menor ruido. Quizá Ergaster haya salido. Todos los postigos estaban cerrados y no había modo de saber si era de día o de noche.

   Los ojos de Alba caían una y otra vez sobre el tétrico altar sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

   Aquello era, sin lugar a dudas, un mensaje evidente, una declaración de intenciones que carecía de la menor ambigüedad. Constituía, por otra parte, la confirmación de que el descubrimiento que había hecho era de tal importancia que implicaba la muerte de su autor. Pero, ¿por qué no haber acabado con él de inmediato? ¿Sería acaso Ergaster un sádico que gusta de teatralizar sus asesinatos? ¿O bien aguarda la confirmación de alguien?

   Los propios términos de la reflexión, sádico y teatralización del asesinato, levantaron las sospechas de Alba Longa, pues habían sido empleados en el artículo que describía el asesinato de Vergari. Ese asesino capaz de desmontar en piezas un cuerpo humano como si fuera el motor de un automóvil…. Podría ser Ergaster, en poder de quien se hallaba ligado de pies y manos. Ese cuchillo, escenificado de tal manera, parece constituir casi una prueba de ello y había estado continuamente tan cerca de ellos. Más aún, habían estado a su alcance, sin ningún obstáculo intermedio, ni siquiera durante el abandono de las horas del sueño. En todo caso, ahora lo que le tocaba afrontar era el ápice, el clímax de una horrorosa pesadilla.

   Debía pensar en algo. Por él y por quienes habitan la casa de enfrente.

   Bardés debía estar al corriente de la existencia de ese pasadizo secreto. No podía ser de otra manera. Es su casa. Y esa balanza fija en su escritorio…. Aunque el dispositivo hubiera estado instalado anteriormente, eventualidad en la que no creía porque la mansión de Bardés no parecía excesivamente antigua y debió ser de su propiedad desde su construcción,  el detalle de la balanza no podía sino haber llamado su atención. No, Bardés conoce la existencia de ese pasaje subterráneo y probablemente lo mandó construir él, quién sabe con qué propósito. Lo que ignoraba el pintor era que, en el otro extremo del mismo, se encontraba el siniestro asesino que toda la policía de Niza estaba buscando. Y que Clara, su nieta, se hallaba igualmente a su merced.

   Hay aquí algo oscuro, reflexionó Alba, que está en relación con la pintura…

   No obstante, la primera provisión era escapar de la situación en la que lo había metido Ergaster. Recuperar la movilidad.

   Trató de forzar un poco las ligaduras, pero se dio cuenta de que quien las había hecho era un auténtico experto.

   Su única esperanza provenía de Clara. Seguramente habrá intentado telefonearle. Puede incluso que haya regresado a casa. Eso parece probable. Ahora bien, a partir de ahí lo que haga será decisivo. ¿Qué haría él en su lugar? Lo primero ir a su habitación para comprobar si sus pertenencias se encuentran todavía allí. Lo están. A menos que Ergaster haya tomado la precaución de retirarlas. Si no es así, sabrá que tengo la intención de volver. También que algo me ha forzado a abandonar la casa precipitadamente y con las prisas he olvidado coger el móvil. Razón por la cual no respondo a sus llamadas. Por cierto, ¿dónde se quedó el móvil? En la biblioteca, seguro. Donde probablemente lo ha visto Ergaster y lo ha recogido. No, el móvil lo olvidé en la cocina, cuando fui a ver qué diablos era ese estruendo de cacerolas. Puede que no lo haya visto Ergaster, después de todo. En cambio Clara sí lo verá, porque registrará toda la casa por ver si me encuentro en ella. Y quizá me llame de nuevo desde allí y entonces mi teléfono sonará en el interior. Tal vez se dé cuenta. La mansión es grande, pero es una posibilidad. Un indicio más de que he salido porque algo realmente urgente me ha empujado a ello. Algo relacionado con la mansión de enfrente. ¿Por qué no? Ella sabía que esa mansión y su singular habitante habían atraído poderosamente mi atención. Incluso puede que haya sido ella la autora de los timbrazos que me han despertado. Afortunadamente no estaba Ergaster, porque podía haberla arrastrado también a ella hacia el interior. Eso le haría ganar tiempo. Ahora se arrepentía Alba de no haberle dicho toda la verdad a propósito de los manejos de tan peligroso individuo. Entonces sí hubiera llamado a la policía de inmediato. Pero ignorando eso, resulta poco probable que lo haga. No al menos durante unos días. Después de todo, Alba es mayor de edad y tiene derecho a cierta libertad de movimiento. Al menos durante cierto tiempo, después del cual ya se le puede dar por desaparecido y recurrir a la policía parece razonable. ¿Cuánto tiempo, cuarenta y ocho horas? ¿Aguardará Ergaster tanto antes de iniciar su macabra carnicería? Si la decisión depende de él, no es probable. La única débil esperanza es que la decisión dependa de otro, con un cierto ascendente sobre él, y que esa persona no esté disponible por el momento.

                                                 IV

   El comisario introdujo la enorme llave en la puerta de hierro del cementerio ruso y, como siempre, el mecanismo del cerrojo crujió y los goznes chirriaron. Los difuntos estaban avisados pues de la visita nocturna que se iba a producir. Ya que estaban todos allí, cansados de soñar, en la vida como en la muerte, con el regreso a la Santa Rusia. Tynianov avanzó despacio, con la linterna en la mano, leyendo los nombres esculpidos en las lápidas. Familiares, allegados, conocidos, la historia de la aristocracia rusa en el exilio se iba animando con el paso del comisario ante los sepulcros grises y los severos panteones.

   Sin prisa, se demoraba ante algunos de ellos. Surgían entonces figuras más o menos diluidas en las entretelas de la memoria. Viejos príncipes y militares de paisano que habían participado en los sucesos de 1917 y de la guerra civil, acudiendo a visitar a la condesa, o a participar en sus fiestas o recepciones; que daban las suyas en sus mansiones o propiedades rurales, y cuyas hazañas,  así como situación social y económica anterior a la revolución, circulaban de boca en boca. En voz baja cuando había que referirse a los brazos ejecutores del terror blanco, justificado en el fondo como una contraposición legítima al terror rojo.

   En la Riviera se hallaban en su casa, en su elemento,  casi todos habitando mansiones que pertenecieron a su estirpe durante varias generaciones, lo que les permitía formar parte de la Corte de invierno del Zar. Muchos de ellos, alegando razones de salud, residían permanentemente en la Costa Azul. La revolución no cambió gran cosa para ellos. Perdieron, eso sí, una inmensidad de tierras cada uno de ellos, pero gran parte de sus haberes los habían puesto desde hacía tiempo a buen recaudo, en Occidente.

   Lo que realmente echaban en falta era la Santa Rusia, el gobierno de Dios a través de su legítimo patriarca, el Zar. Aunque, cuando lo tenían, no vivieran en sus dominios de allí, sino que constituían un vago recuerdo, o bien sólo los visitaban de tarde en tarde. Después de todo, el propio Emperador y su familia hacían prácticamente lo mismo, trayéndose a Niza a todo su Gobierno durante largos períodos. Pero la Santa Rusia era para ellos un reino espiritual y una necesidad mística.

   La dinastía de los Romanov debía ser restituida al trono. Esa idea fija era el bastón de los viejos y la esperanza de los jóvenes.

   El régimen debía ser modificado, desde luego, adaptado a los tiempos modernos, para alguno de ellos debía incluso transformarse en una monarquía constitucional, como ya se le propuso a Nicolás II justo antes de los luctuosos acontecimientos de octubre, pero lo que no debía perderse era la santidad de ese gobierno directamente procedente de Dios, cuya legitimidad vendría reforzada, si cabe, por cuanto tendría de oposición al actual gobierno, que es el de Satanás.

   Algunas almas partieron libres de tal obsesión, rayana en la paranoia, como testifica la fecha de su fallecimiento, anterior a 1917. A no ser que, como algunos aseguran, se siga participando en el otro mundo de las cuitas de éste.

   Llegado ante el mausoleo de los Tynianov, encendió todas las velas que había en su interior. Retrocedió unos pasos y se arrodilló para formular mentalmente una plegaria por la condesa y por los demás difuntos que allí se alojaban.

   Una vez concluida la oración, dejó que su mente vagara libremente en pos de los recuerdos que resucitan a los muertos y permiten conversar con ellos, incidir en los viejos temas, renovar antiguos sentimientos, revivir escenas que no se han desvanecido para siempre, sino que aguardan el cálido roce del pensamiento para ser de nuevo carne palpitante donde fluye la sangre y la conciencia.

   Tras él, una sombra irregular se deslizaba entre las tumbas. Avanzaba rápida y silenciosamente, cubriendo tramos cortos, pasando de sepulcro en sepulcro.

   Tynianov permanecía imperturbable, ajeno a este mundo, sumido en el otro, envuelto ya en el tráfago de la apasionada vida de los muertos.

    La estrafalaria figura se irguió en la penumbra y comenzó a avanzar saltando de sepultura en sepultura, a fin de evitar la gravilla de la zona en que se hallaba el comisario.

   Tras abordar el túmulo situado a la espalda misma de Tynianov, se enderezó hasta una altura formidable y desenvainó un cuchillo con pretensiones de sable que refulgió a la luz de los cirios. En sus ojos brillaba también el destello de determinación salvaje que anima al ave rapaz nocturna cuando se dispone a abatirse sobre su presa.

                                                    V

   Bardés abrió los ojos y pareció sorprenderse del entorno inhabitual en el que se hallaba inmerso. Al ver a Clara sonrió. Su rostro se suavizó enseguida, el cejo que había fruncido se distendió, a pesar de que por los utensilios médicos que le rodeaban comprendió que se encontraba en la habitación de un hospital. Su nieta le devolvió la sonrisa y le tomó la mano.

   -¿Qué me ha pasado?

   -Has tenido un infarto. Pero los doctores dicen que ya estás fuera de peligro. Aunque necesitas descansar.

   Bardés sonrió una vez más.

   -Al final no tendré más remedio que moderarme en la alimentación y en el consumo de alcohol y tabaco. Puñetera vejez, que a su larga retahíla de males añade la sentencia de Tántalo. Desproporcionada pena, ante la insignificancia del delito.

   -Tendrás que moderarte sobre todo en el trabajo y abandonar por ejemplo la costumbre de pintar a las tres de la madrugada.

   -Yo nunca pinto a las tres de la mañana.

   Clara esbozó de nuevo una sonrisa.

   -No querrás añadir a tus muchos pecados el nefando vicio de la mentira…. Yo misma te vi trabajando en el taller a las tres en punto de la madrugada y tengo como testigo a Alba Longa, que estaba conmigo en la piscina.

   Bardés pareció un tanto confundido.

   -Bueno, me levantaría a leer un rato….

   -De noche o de día, trabajas demasiado, abuelo. A partir de ahora debes levantar el pie del acelerador. ¿Prometido?

   -Prometido.

   -Ahora duerme un rato más.

   El pintor obedeció y cerró los ojos. Al poco tiempo dormía otra vez.

   Clara trató de concentrarse en la lectura de una novela que había tomado la precaución de procurarse. No pudo porque una cierta desazón pugnaba por emerger a la superficie de su conciencia. Para leer, dice…. No se lee de pie, de pie se pinta. Y ese recuerdo de la figura de su abuelo, enhiesta, recortada en esa suerte de pantalla iluminada en que se había convertido el ventanal del taller de Bardés, le producía una vaga sensación de incomodidad.

   Cerró definitivamente el libro y lo dejó encima de la mesa. Fue incapaz de evitar un imperativo interior que la obligaba a rememorar las imágenes de aquellos instantes, tal y como habían quedado archivadas en su mente. Al hacerlo, emergió el recuerdo de una sensación similar a la que se experimenta cuando uno sabe pertinentemente que hace falta un doble lazo en el cordón de los zapatos para que éste no se desate en cualquier momento y una urgencia nos ha impedido hacer el segundo. Esa noche, un pensamiento no quedó atado y bien atado, pero el formidable trueno y la tormenta que sobrevino de repente suspendieron ese proceso mental inconcluso. Y luego lo olvidó. Ahora regresaba a la superficie. También la mirada de Alba se le antojó, durante unos instantes, sujeta a cierta perplejidad. Parecía como si fuera a decirle algo y luego se arrepintió. Algo evidentemente relacionado con la aparición de la figura de mi abuelo en el ventanal iluminado del taller.

   En ese momento llamaron a la puerta.

   -Adelante.

   Era Sophie.

   -Hola, pasa. Con el ajetreo olvidé prevenirte.

   -Entiendo. No pasa nada. Lo oí por la televisión. Y he pensado que debes estar agotada. Ahora que ya está fuera de peligro, podrías ir a descansar a casa. Yo me quedaría esta noche velando a Bardés.

   -Es muy amable de tu parte, pero la verdad es que no me siento cansada y ya me he hecho a la idea de pasar aquí la noche leyendo.

   -No me sorprende que no estés cansada. Eso lo hace el estrés. Pero no tardarás en acusar los efectos. Así sucede siempre cuando recae la tensión. Es entonces cuando uno se da cuenta de la intensidad de los acontecimientos que ha vivido.

   Sophie hizo una pausa para observar mejor a Clara. Notó que no estaba en su estado normal. Parecía presa de una intensa agitación interior.

   -Sí, te has llevado un buen susto y todavía no estás recuperada. Mira, vas a hacer esto: te vas a casa, te preparas una buena tila, lees un rato y verás cómo duermes toda la noche de un tirón. Bardés ya está fuera de peligro ¿no? Eso es lo que dicen en la tele y los periódicos. Mañana tendrás que estar bien despierta porque los medios de comunicación querrán conocer más detalles y vendrán a entrevistarte. También supongo que tendrás que realizar algunas gestiones administrativas en el hospital y demás….

   -Sí, Bardés está mucho mejor…. Ya he hablado con él. Ahora necesita descansar y dentro de unos días le darán de alta.

   -Entonces…

   -Ya no me preocupa tanto Bardés como el profesor Alba Longa.

   -¿Qué le pasa?

   -Ha desaparecido.

   -¿Cómo dices? ¿Sin avisar?

   -Sin avisar y dejando todas sus pertenencias, así como su móvil en casa.

   -Lo peor es el móvil, porque no le puedes llamar.

   -Así es…

   -¿Y hace mucho tiempo que desapareció?

   -Esta mañana, cuando ocurrió el accidente estaba todavía allí. Hablé con él y no me dijo nada especial.

   -No creo que debas preocuparte por eso. Es evidente que algo urgente le ha obligado a ausentarse. Pero ello no quiere decir que se trate de una cuestión de vida o muerte.

   -Urgente sí debió serlo, cuando el libro que estaba leyendo quedó tirado en el suelo.

   -¡Chica…!

   -¿Tú crees que hay motivos para llamar a la policía?

    Sophie reflexionó antes de responder.

   -No, yo pienso que, por el momento, la policía no va a tomarse la cosa en serio. No hace ni veinticuatro horas que ha desaparecido.

   -Sí, pero es que hay algo más…

   Clara dudó un instante antes de proseguir. Pero decidió hacerlo porque era consciente de que su mente se hallaba algo turbia y necesitaba de alguien con un razonamiento fresco. Intuía que el asunto requería cierta urgencia en el tratamiento y se sentía incapaz en ese momento de razonar con lucidez.

   -Verás…. Desde hace unos días, Alba está obsesionado por la presencia de un extraño personaje en la mansión situada justo al lado de la de mi abuelo, que yo creía abandonada desde siempre.

   -¿Extraño? ¿Por qué extraño?

   -No sé. La verdad es que tiene algo de siniestro. Además físicamente es, digamos…. Tiene una cierta desproporción… Las piernas son excesivamente largas para un tronco comparativamente pequeño. Y en conjunto debe medir más de dos metros.

   -Bueno, pero eso no quiere decir nada…. No será tu profesor partidario de la fisiognomía, ciencia que defiende una relación entre el exterior de una persona y su configuración mental, que incide en su comportamiento.

   -No, es justamente el comportamiento el que parece confirmar la rareza de su físico.

   -Es decir…

   -Todas las noches, a eso de las tres de la mañana, sale con una bolsa de basura…

   -Hasta aquí nada, o poco, de anormal…

   -No. Lo interesante viene después. Ignora por completo el contenedor, situado hacia la mitad del callejón, y sube hasta la esquina, donde aguarda un instante hasta que para un coche ante él. El conductor ni siquiera se toma la molestia de bajar, el propio Ergaster abre el maletero y deposita la bolsa en su interior, extrayendo de allí otra similar. Hecho esto, el coche arranca y él se vuelve por donde ha venido, se refugia en la casa, cuidándose muy bien de no dejarse ver y de no encender ni una sola luz.

   -¿Ergaster?

   -Así lo llama Alba Longa. Parece ser que un ancestro del Homo Sapiens se llamaba así y tenía las mismas características físicas que nuestro individuo.

   -Pues no sé qué decirte… Porque la verdad es que su comportamiento es extraño. No creo que disponga de un servicio de recogida de basura privado. Y si a ello se añade la desaparición del profesor…

   Clara se quedó pensativa. Pero a poco sus ojos brillaron.

   -Ya sé lo que voy a hacer. Voy a casa. Y si Alba no está, llamaré al comandante Schluter.

   Diciendo esto, recogió su bolso y salió de la habitación.

                                               VI

   Tynianov siguió contemplando la temblona luz que irradiaban las velas aun después de que comenzara a silbar la balacera a sus espaldas. Cuando oyó que un cuerpo se desplomaba sobre la gravilla, del otro lado de la sepultura que se encontraba tras él, se volvió para mirar. No llegó a distinguir nada. Aguardó a que se calmara el tiroteo.

   -¡Basta! –Gritó por si acaso, aunque ya nadie disparaba.-

   Se puso en pie y rodeó la tumba. Echó mano al bolsillo para sacar una linterna. La alumbró y dirigió el haz de luz hacia el flanco de la sepultura. Su sorpresa fue grande cuando comprobó que allí no había nada. Enfocó la linterna en varias direcciones sin detectar movimiento alguno. Lápidas, cruces, estatuas, durmiendo un sueño de siglos. A su izquierda crujía la gravilla, aplastada por los pies de sus hombres que acudían precipitadamente, pensando sin duda que se aprestaban a cobrar una pieza de precio. En lugar de eso, se encontraron con un comisario irritado, contra su costumbre.

   -¡Habéis errado el tiro! ¿Cómo podéis haber hecho una cosa así?

   Tras lanzarse unos a otros miradas de sorpresa e incomprensión, se dispersaron para tratar de dar caza al fugitivo. También el comisario avanzó entre las filas de tumbas y mausoleos, inspeccionando sistemáticamente cada rincón.

   -¡Encended las luces! –Gritó de nuevo.-

    Unos potentes focos iluminaron todo el cementerio como si fuera de día.

   Tynianov siguió buscando, cada vez con menos convicción. Todo el personal se puso a secundarlo. El teniente Gastaldo telefoneó a los diversos grupos que montaban la guardia en los lugares estratégicos. Nadie había visto nada de particular.

   El registro duró más de media hora hasta que Gastaldo osó admitir que se había revelado infructuoso.

   El comisario no podía ocultar su indignación.

   -A ver. Mostradme las imágenes captadas por las cámaras infrarrojas.

   Un agente acercó un ordenador portátil que colocó sobre la lápida por encima de la cual el escurridizo criminal se había paseado. Todos se pusieron a visualizar las imágenes.

   El ángel de la muerte parecía volar sobre las tumbas. Se detuvo un instante a la espalda misma de Tynianov, hubiera podido apoyarse en su hombro de haberlo querido. Sus cabellos largos flotaban todavía en el aire, balanceándose por el parón repentino. Desenvainó el temible cuchillo, alzándolo con toda la longitud de su brazo para asestar con él el mayor golpe posible al cuello del comisario. Entonces recibió un impacto en el hombro izquierdo que lo desestabilizó visiblemente. Hecho que confirmó llevándose la mano derecha, sin soltar el cuchillo, a la parte alcanzada. Finalmente cayó, o se dejó caer, eso último no estaba muy claro, del otro lado de la sepultura. En ningún momento se le vio levantarse, ni siquiera un bulto escurrirse por ningún lado. Después ya se veía al comisario rodear la tumba, encender la linterna y desesperarse.

   Cuando pararon la escena, un agente dijo:

   -Yo disparé primero, comisario. Y estaba seguro de haberlo alcanzado en el hombro. Las imágenes parecen confirmarlo.

   -Nadie puede ir muy lejos con un impacto de bala así, en el hombro- abundó el teniente Gastaldo.- Y ya sería bastante prodigio que una sola bala le hubiera alcanzado.

   -Este pájaro no es como los otros –replicó, cortante, el comisario.- Y sí ha conseguido alzar el vuelo. ¿Levantamos el campo?

   -No veo la necesidad de permanecer aquí durante más tiempo.

   -Está bien. Regresemos a comisaría.

   Durante todo el camino, Tynianov permaneció enfurruñado y muy poco comunicativo.

   Al llegar, pidió que le mostraran de nuevo las imágenes en pantalla grande.

   Así lo hicieron. La escena era realmente impresionante, pero el comisario no pudo detectar ningún detalle que le ayudara a explicar la misteriosa desaparición de ese demonio de pajarraco.

   Ya habían encendido las luces, cuando la teniente Vargas pidió que volvieran a pasar las imágenes. Apagaron de nuevo y así lo hicieron.

   -¡Paren! ¡Paren aquí!

   La teniente se había levantado de un salto y colocado delante de la pantalla. Con el índice señalaba la losa que cubría una sepultura.

   -Retrocedan un poco y observen esa losa.

   El cursor se paró en la barra de abajo y la hizo retroceder un centímetro. Todo el mundo se puso a mirar fijamente la losa indicada y, ante la sorpresa general, ésta se levantó ostensiblemente, antes de volver a caer. Se produjo un breve silencio de cementerio. Tras el cual, como de concierto, se produjo una desbandada general hacia los coches. Una auténtica jauría motorizada, con sirenas y luces giratorias, salió aullando de comisaría.

   Antes de abandonar la vía rápida en la salida San Agustín, acallaron las sirenas, pero no disminuyeron la velocidad.

   Entraron en tromba en el cementerio.

   -Ésta es la sepultura –susurró la teniente Vargas.-

   Sin pensarlo dos veces, entre dos agentes, levantaron la losa. Los demás echaron mano a las pistolas. Dentro, unos cuantos huesos desorganizados perforando lo que debió ser una tela. Pero nada más.

   -Observe, comisario. Hay sangre reciente.

   -Examinen de nuevo el terreno, por ver si hay más rastros de sangre.

   El comisario regresó al mausoleo de los Tynianov, donde seguían ardiendo las candelas que él había puesto durante la visita anterior, se sentó en una sepultura y procuró calmarse.

   Al rato regresaron sus hombres.

   -Los rastros de sangre conducen hacia la puerta oriental, por donde saltó al exterior y luego continúan en dirección al este.

   En eso sonó el teléfono de Gastaldo. Éste se puso a escuchar atentamente, con los ojos muy abiertos. Tynianov supo que algo importante acababa de ocurrir.

   -Comisario, los Roche han sido asesinados. Los dos. Una bala en la sien de cada uno de ellos. Debieron dispararles con silenciador pues el servicio de la casa estaba al completo y nadie oyó nada.

   El comisario se puso en pie como si alguien hubiera accionado un resorte.

   -Gastaldo. Telefonee a Marandon y dígale que bajo ningún concepto salga de casa, si está en ella, ni abra a nadie. Que apague las luces y se mantenga alejado de las ventanas. Y si no está en casa que acuda de inmediato a la comisaría más cercana. Luego escoja una buena escolta y vaya a buscarle donde esté. Tome las máximas precauciones. Vargas. Haga lo mismo con Dumon. Una patrulla que siga el rastro de ese demonio alado. Vargas. Venga conmigo, telefoneará durante el camino.

   Subieron de nuevo al coche patrulla y el comisario dio al conductor la dirección del abogado Dumon. La teniente Vargas marcó su número en el móvil. No hubo respuesta.

   -Llame a su oficina. Es capaz de seguir trabajando a estas horas y de haber apagado el móvil para que nadie le moleste, o al menos nadie que no esté directamente relacionado con los asuntos corrientes.

   -Nada. No hay respuesta.

   El comisario cambió de idea y dio al conductor la dirección del edificio desde el cual Dumon dirigía los negocios de los Roche.

   -Y ponga la sirena, que es urgente.

   El teléfono de Vargas sonó. Ésta se tapó un oído con el dedo índice y aceptó la llamada.

   -Marandon tampoco responde. Gastaldo está de camino a su casa.

   Llegados al cuartel general de la ya difunta pareja de magnates, ambos policías saltaron del vehículo y Tynianov mostró la placa al guardián.

   -¿Está el abogado Dumon en su oficina?

   -Sí está, señor comisario.

   -¿Hay una línea interior para avisarle de que estamos aquí?

   -Sí, señor.

   El guardián compuso un número y aguardó con el auricular pegado a la oreja.

   -No responde, comisario.

   -¿Está usted seguro de que no ha salido?

   -Completamente. No me he movido de aquí. Lo habría visto…

   -Hágame el favor de conducirnos a su despacho. ¿Tiene una llave del mismo?

   -Claro.

   -Llévela.

   El orondo guardián hizo lo que le decían, entró en el vestíbulo y se dirigió a un ascensor. Abrió la puerta del mismo para franquear el paso a los visitantes y pulsó el último número. Luego tragó saliva cuando vio que ambos policías sacaban su arma de servicio. El ascensor se paró y, tras dudar un instante, abrió la puerta del mismo y encendió la luz del corredor.

   -Es la puerta del fondo.

   -Muy bien. Deme la llave.

   El portero obedeció.

   Tynianov y Vargas avanzaron hacia la puerta. Debajo de ella había un resquicio de luz. El comisario dio dos golpes en el tablero. Silencio.

   -Soy el comisario Tynianov y quisiera hablar con usted, señor Dumon.

   Silencio todavía. Ningún ruido que delatara movimiento alguno.

   -Voy a abrir, prepárese para cubrirme, Vargas.

  Como ya se temía, al accionar el picaporte, la puerta no se movió. Recurrió a la llave y la abrió. Vargas y él entraron empuñando el arma.

   Dumon estaba caído de bruces sobre su escritorio. Su frente, justo encima del ceño, aparecía decorada con una especie de peca roja. La parte posterior del cráneo estaba completamente reventada.

   El comisario suspiró.

   -Esta gente tampoco se anda con chiquitas.

   Sobre el escritorio, junto al cadáver, se hallaban unas curiosas hojas amarillentas que sobresalían de un envoltorio blanco. La teniente Vargas rodeó la mesa para ver mejor.

   -Se trata de un curioso paquete postal. Lleva matasellos de Burgos, España. ¿Qué pueden significar estas viejas hojas de papel amarillento?

   La teniente Vargas empezaba a comprender algo.

   -No es papel, sino pergamino. Y lo que pueden significar, el comandante Schluter nos lo explicará mejor y de manera más certera. Pero yo creo saber de qué se trata. Dumon, probablemente también los Roche, habían descubierto el filón de la falsificación. Empezaron por la pintura, como ya sabemos, y una vez puestos, ¿por qué no ampliar el campo a otros objetos de arte? Por ejemplo, un manuscrito medieval español. Estamos hablando de la falsificación de alto vuelo. Esa gente no escatima en medios. A precio de oro compran material auténtico. Ésas que hay ahí son verdaderas hojas de pergamino, fabricadas probablemente durante la época medieval y destinadas al escritorio de algún monasterio, pero que, por alguna razón, los monjes no llegaron a utilizar. También se fabrica tinta con fórmulas antiguas. El resultado es muchas veces indiferenciable de los manuscritos originales.

   La teniente Vargas se pellizcó la barbilla con el índice y el pulgar en actitud meditativa. Dio unos pasos en dirección al comisario.

   -Un manuscrito medieval español…. ¿Sabe usted? El comandante Schluter me hizo un encargo hace unos días. Me pidió que averiguara quién es el profesor Alba Longa y qué relación puede tener con Bardés.

   -¿Y quién es?

   -Un profesor de español de la Universidad Sofía-Antípolis.

   -¿Y la relación con Bardés?

   -Ninguna…. Justamente.

   A buen entendedor, pocas palabras bastan.

   -Vamos a tener una conversación con Bardés –dijo.-

   -El caso es que acaba de sufrir un infarto. Lo han dicho por la radio y la televisión. Pero ya se encuentra fuera de peligro.

   -No perdemos nada en ir a ver si está en condiciones de hablar.

   -Claro que, si lo está, habrá que proceder con tacto.

   -Por supuesto, teniente.

    Cuando llegaron a la altura del portero, el comisario se dirigió a su acompañante.

   -Ah, teniente. Comunique el fallecimiento de Dumon.

   -Desde luego, comisario.

                                                      VII

   En la parte oeste de Niza, la ciudad ha colonizado colinas, se han construido mansiones y residencias con sus respectivos jardines bien arbolados, provistos de setos tupidos y elevados. Entre las distintas propiedades corren vericuetos que sólo pueden practicarse a pie. Ergaster avanzaba rápidamente a través de ellos, enlazando sin vacilaciones unos con otros. Tras los setos, las gentes platicaban en animada sobremesa de verano, al aire libre, ajenos al vapor de muerte que pasaba muy cerca de ellos. Tan sólo los perros le lanzaban lúgubres y temerosos ladridos. Pero nadie les hizo caso.

   Ergaster estaba furioso. Ese comisario de marras le había tendido una trampa. Había preparado cuidadosamente el terreno y lo había arrastrado hasta allí. Sabía pues que lo estaba vigilando de cerca. Lo que no sabe es que, en el momento que quiera, puedo entrar en su habitación y arrancarle el corazón de cuajo. Ahora, sin embargo, era él quien sufría, por lo que su cuerpo no solamente se llenaba de dolor, sino también de odio. Nadie jamás lo había tratado de ese modo. La gente, en cuanto lo ve, le tiene respeto. Y lo respetan más aún cuando ven lo que es capaz de hacer. Pero ya le arreglará las cuentas a ese policía en su debido momento. Ahora, lo urgente era regresar a su guarida y curarse esa injuria que le habían hecho en el hombro. Quizá antes debía atender a otro asunto. Justo en el momento en que había puesto a su prisionero a buen recaudo, recibió aviso de que se había presentado una oportunidad de acabar fácilmente con la vida de ese comisario, del que el jefe sospechaba estaba a punto de descubrir todo el pastel y que, insobornable como era, llevaría su investigación hasta sus últimas consecuencias. En cambio, quien estaba destinado a sustituirle, había demostrado en repetidas ocasiones ser mucho más razonable. Pero eliminar al comisario es tarea fácil, sobre todo desde que desbrozó el atajo que lleva hasta el corazón de su casa. Sin embargo, los jefes quieren y deben ser obedecidos en el acto. Así que salió de inmediato, olvidando que hubiera debido quitar de en medio los efectos personales de su rehén. Así, la nieta de Bardés y el propio Bardés, pensarían que, por una razón u otra, había abandonado la casa por su propio pie. Y como no contestará a sus llamadas…. Eso le hará ganar tiempo. En todo caso, al tipo lo ha perdido ya su excesiva curiosidad. Se encendieron las luces que señalan la apertura del mecanismo que da acceso al pasadizo. Y en la casa no había nadie más que él. Ese pájaro no puede volar libremente conociendo el secreto. Hay demasiados intereses en juego como para no tomar esa precaución evidente.

   Hubiera podido rodear la ciudad por el norte, a través de caminos que nadie frecuenta, excepto los que viven por allí, como había hecho tantas veces, pero ello le hubiera llevado demasiado tiempo. Lo mejor era bajar hasta la playa. Caminando por los guijarros de la misma, a cierta distancia del paseo de los ingleses, su diferencia era menos evidente. Algunos lo hacían, buscando el susurro del mar.

   A grandes zancadas, llegó Ergaster hasta las inmediaciones del puerto. Quedaba lo más difícil, pues tenía que abandonar la playa. Decidió que era mejor lavarse los vestidos, así como la herida, en el agua del mar y llevarlos mojados que exhibir la gran mancha de sangre en la parte de su hombro. La sal del agua le produjo un escozor punzante, pero su rostro no se alteró en lo más mínimo.

   Los habitantes de la cosmopolita Niza están habituados a cruzarse con la gente más estrafalaria del mundo y ya nada les sorprende, así que ni siquiera se volvían a mirarlo.

   Con los formidables instrumentos de locomoción con que la naturaleza le había dotado, pronto se encontró abriendo la puerta que daba acceso al parque de la vetusta mansión en que se alojaba. Fue a ver lo primero cómo se encontraba su huésped.

   Estaba despierto, muy despierto. Había comprendido plenamente el significado de la puesta en escena.

   Ergaster le obsequió con la más sádica de sus sonrisas, desplegada sin tapujos. Luego, el trabajo es más fácil si quien constituye su objeto está aterrorizado hasta la médula. Las serpientes cobra y cascabel podrían decir mucho sobre esta técnica.

   Así, Ergaster empuñó el cuchillo y le pasó al prisionero la lámina por debajo de los ojos, primero de uno y después del otro, para que sintiera la sutileza del filo. Después, sin dejar de sonreír, depositó de nuevo el cuchillo en su lugar.

                                              VIII

   Clara se hallaba prisionera en medio de los embotellamientos de esa ciudad congestionada que es Niza. Mientras avanzaba penosamente, una imagen le venía una y otra vez a la mente. La de esa figura recortada en el ventanal iluminado del taller de Bardés. Parecía como si un geniecillo maligno quisiera jugarle una mala pasada, pues la silueta de su abuelo era sistemáticamente reemplaza por otra mucho más irregular, que se correspondía tercamente con la de Ergaster. Su agudeza visual, sin ser mala, tampoco había sido nunca excesiva. No era alguien, en todo caso, que tuviera la impresión de disponer con sus ojos de un instrumento de precisión. Pero su memoria visual le devolvía un perfil nítido de Ergaster en la distancia, así como una mirada francamente alarmada, aunque momentánea, en el semblante de Alba.

   No es posible. Esto es un trampantojo de la conciencia, montado a mi pesar por los elementos producidos en acontecimientos posteriores. Es una alucinación sutil, un espejismo puramente mental.

   No quería tener prisa, como si inconscientemente quisiera darle tiempo a Alba para regresar, evitando así tener que componer el número del comandante Schluter; con lo que, en el mejor de los casos, podría tener que afrontar su escepticismo y en el peor, una investigación oficial, que siempre resulta incómoda y tal vez comprometedora, al menos mientras dure. Pero lo que más temía era la confirmación, por parte de la autoridad competente, de la desaparición efectiva de Alba Longa.

   Si éste se hallaba en un aprieto, si su vida corría peligro, ello era enteramente por su culpa. Alba estaría ahora muy tranquilo, disfrutando de sus vacaciones, si ella no lo hubiera recomendado como experto a su abuelo. Ese manuscrito, por añadidura de un grimorio, había traído consigo la negra. Y por si fuera poco, era falso.

   No quería tener prisa, pero cada vez que podía apretaba el acelerador y se deslizaba en huecos minúsculos, lo que provocaba indefectiblemente prolongados conciertos de claxon.

   -¡Pero si vosotros hacéis lo mismo cada vez que se os presenta la ocasión, banda de gilipollas! ¡Si no hay sitio en Francia, y pocos los habrá en el mundo, donde se conduzca peor que en Niza! ¡Y es aquí donde más intransigente se muestra la gente con los fallos de los demás! ¿Cuándo se van a dar cuenta de que no hay nada más inútil y estúpido que un claxon en un coche?

   Cuando llegó a casa se hallaba irritada y estresada. Se dirigió inmediatamente a la cocina para ver si estaba todavía allí el móvil de Alba. Lo estaba. Después pasó a la biblioteca. El valioso libro estaba todavía donde ella lo había dejado.

   Alba Longa todavía no había vuelto. No tendría más remedio que llamar a Schluter. De repente se sintió desanimada. Comenzaba, al parecer, a acusar el cansancio, consecuencia del día particularmente intenso que acababa de vivir. Se quitó los zapatos y se arrellanó en un sillón para tomarse un respiro y serenarse antes de efectuar la llamada.

   Como si buscara un argumento antes oficializar el asunto, decidió que primero echaría un vistazo a la habitación de su huésped, por si acaso hubiera venido a recoger sus pertenencias. Aunque le pareció poco probable, la idea consiguió animarla un tanto.

   Sin siquiera detenerse a ponerse los zapatos, corrió a la escalera. Mientras subía, oyó un ruido que se le antojó una percha al caer al suelo.

   -Está ahí.

   Y aceleró aún más la ascensión.

   Presa de la emoción, abrió sin llamar a la puerta y entró en tromba en el cuarto. Pero se encontró de bruces con un personaje que no era precisamente el que buscaba.

   Ergaster, durante un instante, se quedó tan petrificado como ella.

   Sin decir palabra, Clara dio media vuelta y salió corriendo hacia la escalera. A mitad de ella se volvió y vio que Ergaster la perseguía a grandes zancadas. Supo que no podría sustraerse por mucho tiempo a tan formidable perseguidor.

   Efectivamente, en el vestíbulo, cuando ya estaba aferrada al pomo de la puerta, sintió que la estantigua la asía por detrás, le pasaba un brazo por el cuello y con la otra mano le tapaba la boca.

   Ergaster la obligó a subir de nuevo a la habitación. La echó sobre la cama y le tapó la cabeza con una almohada, inmovilizándola. Clara pensó que la quería asfixiar, pues sintió sobre ella y sobre el cojín el peso de todo su cuerpo. Pero el otro, por su parte, desgarraba algunas camisas de Alba Longa, que luego utilizó para amordazar a su presa.

   Inmóvil y sin poder gritar, Clara se sintió alzada por unos brazos poderosísimos y cargada sobre el hombro de aquella especie de pesadilla. Su terror fue incrementado porque, en una fulguración, antes de que la subieran a lo alto, había visto sus ropas manchadas de sangre y por un momento creyó que era la de ella. Pero luego comprendió que eso no podía ser y que Ergaster debía estar herido, aunque no por ello debilitado.

   El tipo la estaba llevando al taller de su abuelo. Una vez allí, se produjo algo singular. La biblioteca del fondo se abrió en dos, franqueándoles el paso hacia lo desconocido. Luego la emprendieron con una escalera estrecha. Entonces fue cuando comprendió algunas cosas.

   Llegados a la otra casa, a lo que parecía un salón decorado y pertrechado a la antigua, Ergaster la depositó en el suelo. Entonces Clara se encontró cara a cara con Alba Longa, maniatado y amordazado como ella. Lo que vio a continuación disparó su terror hasta cotas tan elevadas que casi le impedían respirar. Esa especie de altar, con un mantel blanco, las velas y, en medio, esa variedad de alfanje cuya hoja relucía con un brillo maligno.

                                                 IX

   El comisario Tynianov y la teniente Vargas, tras informarse del número de la habitación de Bardés, subían ya con el ascensor, pensando que, al contrario de ellos, el clímax de la noche, después de las horas críticas que habían vivido, estaba comenzando a descender.

   Ese inoportuno infarto de Bardés les iba a obligar ciertamente a ser discretos y tangentes. Pero quizá algo puedan sacar en claro en un primer momento.

   Nada más salir del ascensor y comenzar a avanzar por el pasillo, ya notaron cierta inquietud y precipitación en el ambiente. El personal parecía andar un tanto azorado de acá para allá, con la alarma plasmada en sus rostros, pero sin decir esta boca es mía.

   Cuando entraron en la habitación indicada se encontraron con una cama vacía y una joven presa de una agitación intensa. Varias enfermeras entraron, pero no dijeron nada y salieron enseguida.

   El comisario se dirigió a la joven y le mostró su placa.

   -¡Ah… La policía! –Exclamó ella, con evidentes muestras de alivio.-

   -¿Qué ha pasado? ¿Dónde se encuentra Bardés?

   -Ha desaparecido.

   -¿Cómo desaparecido, si acaba de tener un infarto?

   -Se encontraba mucho mejor, pero aun así es una locura.

   -¿Quién es usted?

   -Soy una empleada de la familia. Trabajo en la galería que regenta Clara Bardés en Villefranche. Me enteré de lo sucedido y vine a echar una mano. Me llamo Sophie Modesti.

   -Vamos a ver, señora Modesti, siéntese, tranquilícese y cuénteme todo lo sucedido desde que entró en esta habitación para echar una mano. Sin escatimar detalles.

   Sophie obedeció y tomó asiento. Los otros dos hicieron lo propio, colocándose ambos ante ella.

   -Verá, comisario. Al llegar estaba Clara aquí, a la cabecera de su abuelo, velándole. Bardés dormía, pero Clara me dijo que ya se había despertado y había podido hablar con él. Le ofrecí reemplazarla esta noche y ella, en un primer momento, rechazó amablemente la oferta. Pero yo me di cuenta de que no estaba en su estado normal.

   -¿Qué quiere decir con eso?

   -Pues que parecía muy preocupada.

   -Es normal, su abuelo acababa de sufrir un infarto…

   -Eso le dije yo. Pero ella misma me aseguró que Bardés estaba ya fuera de peligro. Lo que confirmaba cuanto se había dicho en los periódicos. Y añadió que quien más le preocupaba en ese momento no era su abuelo, sino el profesor Alba Longa. Incluso estaba pensando en llamar a la policía.

   Ante esta última frase, tanto el comisario como la teniente se irguieron en sus asientos.

   -¿Qué motivos tenía para preocuparse por el profesor?

   -Había desaparecido sin recoger sus efectos personales, lo que incluye su móvil, por lo cual no podía llamarle. La desaparición debió ser repentina porque el libro que estaba leyendo quedó tirado en el suelo. Y se trataba, según parece, de un libro de gran valor.

   -¿Le dijo desde cuándo echaba en falta al señor Alba Longa?

   -Desde esta mañana.

   -No es mucho…. Después de todo, Alba Longa es un adulto y…

   -Es que hay algo más….

   -Adelante. Cuéntenoslo todo.

   -Verá, parece ser que durante los últimos días el profesor Alba Longa había desarrollado una verdadera obsesión por un personaje extraño, que más que habitar, daba la sensación de esconderse en una mansión vetusta y abandonada, situada a la espalda misma de la residencia de los Bardés.

   -¿Extraño, dice usted? ¿Sabe en función de qué elementos se cifraba su extrañeza?

   -Pues por lo pronto en su comportamiento. Todas las noches, a eso de las tres de la madrugada, salía con una bolsa de basura en la mano, pasaba olímpicamente del contenedor que se encontraba en mitad de la calleja y subía hasta la esquina. Allí aguardaba la llegada de un coche. El conductor ni siquiera se tomaba la molestia de bajar. El tipo en cuestión abría el maletero, depositaba la bolsa en su interior, recogía otra, y con las mismas regresaba a su casa.

   -Un comportamiento ciertamente sospechoso…

   -Luego está el aspecto físico….

   El comisario Tynianov y la teniente Vargas intercambiaron una mirada inquieta.

   -¿Qué particularidad ofrecía su aspecto físico?

   -Según la propia Clara, su aspecto era escalofriante… El profesor Alba Longa lo llamaba Ergaster porque, como esa especie de homínidos, tenía unas piernas exageradamente largas en comparación con su tronco. Todo en un gálibo de más de dos metros de altura.

   La señorita Modesti se quedó de piedra. La desaparición de los dos policías fue algo visto y no visto. Le pareció que en el lapso de un parpadeo se esfumaron, estaban allí sentados antes de él, y después de él sólo había dos sillas vacías. Una fuerza tremenda los había aspirado a través de la puerta. Y no podía creer que, de una conversación tan animada, hubiera podido pasar tan súbitamente a la soledad más perfecta.

   No le habían dejado explicar cómo, a poco de partir Clara, Bardés se despertó y le pidió que fuera a buscar un médico, porque quería consultarle algo. Cuando regresó, después de haberles dado el recado a las enfermeras. El pintor ya no estaba. Había tenido tiempo para vestirse, calzarse y tomar las de Villadiego.

                                                    X

   Alba se volvió para ver regresar a Ergaster con un bulto a cuestas. Cuando lo depositó frente a él descubrió con consternación que ese bulto era Clara. La dejó con la espalda apoyada a una columna gemela a la que él estaba atado. Ambas columnas se unían en lo alto formando un arco.

   Los grandes ojos expresivos de Clara oscilaban entre él y el entorno, hasta que cayeron sobre el macabro altar que mediaba entre ellos. Una indecible tristeza le invadió al leer en aquellos ojos sublimes el potro desbocado de un terror irreprensible.

   Notó que un sofoco de rabia le inflamaba el rostro, hasta el punto que, ajeno al dolor, forcejeaba con todas sus fuerzas para desembarazarse de las ligaduras. Pero fue inútil.

   Estaban a merced de ese desequilibrado. Y con Clara igualmente prisionera y Bardés hospitalizado tras un infarto de miocardio, nadie iba a notar su ausencia. La única débil esperanza provenía de quienes le habían infligido esa herida en el hombro, que probablemente lo estarán buscando para acabar el trabajo.

   Ergaster estaba tan ocupado renovando y afianzando las ligaduras de Clara, con objeto de dejarla atada a la columna, al igual que su otro prisionero, que no vio unas luces rojas que comenzaron a parpadear a su espalda. Alba sí las había visto, pero no quería llamar la atención del carcelero de aquella miserable ergástula, de modo que sólo lanzaba, cuando podía, intermitentes miradas hacia esa parte. Así vio emerger lentamente la figura de Bardés, quien, para su gran alivio, empuñaba una pistola.

   El pintor se fue acercando hasta situarse a unos cuantos metros del atareado Ergaster.

   -Desata de inmediato a mi nieta –le dijo de manera perentoria pero sin levantar la voz.-

   El aludido giró levemente la cabeza para lanzarle una mirada cargada de rencor, mientras escamoteaba un pequeño cuchillo que había utilizado para cortar de cuando en cuando la cuerda, en función de las necesidades. Alba miró fijamente a Bardés, dispuesto a hacerle un signo, lo más explícito posible. Pero éste lo ignoraba por completo y sólo tenía ojos para el temible adversario. Alba se percató de otra cosa que, al parecer, se le había escapado a Bardés. Y es que, en caso de que se materializara la reacción que sin duda preparaba Ergaster, desde ese ángulo jamás dispararía Bardés, por temor a que los proyectiles alcanzaran a su nieta.

   Así sucedió en efecto. Con la rapidez de un relámpago, Ergaster lanzó el minúsculo cuchillo que impactó sobre la zona del corazón de Bardés, mientras que éste sólo alcanzó a levantar instintivamente la pistola, pero no disparó. El pintor cayó cuan largo era y se quedó inmóvil en el suelo.

   Clara lanzó un grito ahogado por la mordaza, si bien perceptible, lo que no hizo sino aumentar la satisfacción en la sonrisa de Ergaster.

   -Ahora –dijo-, no tenemos por qué respetar a la nieta.

   Luego, durante unos minutos, desapareció de su vista.

   Regresó con un estuche de cuero que abrió ante ellos. Dentro había una colección de cuchillos de todos los tamaños, algunos de ellos muy pequeños y sutiles.

   Al mostrarlos, sonrió como si de un trofeo recién adquirido se tratara.

   Seguidamente, de un tirón, abrió la camisa de Alba de arriba abajo, haciendo saltar los botones. Eligió un pequeño cuchillo del tamaño de un bisturí y con la punta marcó un punto en el tórax de Alba Longa.

                                                XI

   De nuevo, el coche patrulla en que viajaban el comisario Tynianov y la teniente Vargas volaba por las calles de la ciudad, atronándolas con el estridente sonido de la sirena. Los demás vehículos se apresuraban a quitarse de en medio como podían, porque intuían que, en esta ocasión más que en otras, el conductor mostraba muy pocos miramientos.

   La teniente Vargas, con un oído tapado y el móvil en el otro, solicitaba la intervención de las fuerzas especiales.

   Durante el trayecto, Gastaldo la llamó de nuevo para comunicarle que Marandon había sido igualmente asesinado con un tiro en la sien.

   Antes de entrar en la zona donde se hallaba la residencia de Bardés, el comisario ordenó al conductor que apagara la sirena y sólo conservara, de momento, las luces giratorias.

   Entraron como una tromba en la callejuela.

   -No frene bruscamente, por favor.

   Saltaron del coche y, sin apenas detener la marcha, la teniente Vargas sacó una tarjeta magnética del bolsillo y abrió la puerta del jardín más rápido que con una llave. Luego, con la puerta de la casa no tuvo necesidad porque estaba abierta de par en par.

   Dentro las luces estaban encendidas. El comisario se asomó al vano de la escalera y descubrió que la luz del pasillo del último piso estaba igualmente encendida, mientras que las plantas intermediarias se hallaban sumidas en la oscuridad.

   -Vamos por aquí.

   Llegaron al corredor iluminado, al fondo del cual había una puerta abierta y luz en el interior.

   Al penetrar, descubrieron la biblioteca abierta por la mitad.

   -Un pasadizo secreto –susurró Vargas.- ¿Qué hacemos, lo empleamos o aguardamos la llegada del FIPN?

   El comisario reflexionó un instante.

   -No, lo empleamos de inmediato. Pero con cautela. La situación, del otro lado, puede estar ya muy madura.

                                                   XII

   Antes de realizar la incisión, Ergaster miró fijamente los ojos de Alba Longa, para llenar su espíritu enfermo de la fruición que solía producirse ante el terror ajeno al alcanzar su ápice. Era como la explosión de sabor que estallaba en su boca cuando oprimía contra el paladar unos cuantos gajos de naranja en plena sazón. Satisfecho del delirio de pavor que asomaba a los ojos de la víctima, se complacía en prolongar el momento. Su sonrisa era tan sincera que Alba tuvo que sumar al miedo el asco de contemplar cómo de las comisuras del monstruo desdichado comenzaba a chorrear la baba.

   Sin embargo, una suerte de instinto animal lo previno, pues en el instante mismo en que dos figuras asomaban por la escalera iluminada, él volvió la cabeza en esa dirección. Esta vez las luces rojas parpadeantes tampoco habían servido de nada, pues habían permanecido así, lanzando sus fogonazos intermitentes, sin que nadie les prestara ya atención, desde que había entrado Bardés. Una fracción de segundo le bastó para comprender quién podía ser y, dispuesto a aplicar la ley de Talión, lanzó su brazo a un lado, el cual, como un latigazo, cayó sobre la pistola de Bardés, que él había tenido la precaución de colocar a su vera. Este movimiento sumamente brusco hizo errar el tiro del comisario. Pero Ergaster no lo erró, le acertó en el hombro izquierdo, saldando la deuda. Tampoco la teniente Vargas erró el suyo, que impactó en pleno pecho del funesto pajarraco que se había lanzado adelante, como si fuera a levantar el vuelo, pero que, al ser alcanzado por el disparo de Vargas, cayó contra el suelo, donde todavía tuvo fuerzas para girar sobre su propio eje y esgrimir el cañón contra aquélla. Pero la teniente no le dio la menor oportunidad de disparar. Antes de que pudiera completar el movimiento requerido, le metió una bala entre ceja y ceja.

   Sin perder un segundo, cayó sobre Bardés y comprobó que éste todavía respiraba. Tomó el teléfono y dio la orden de que entrara el personal médico directamente, pues la situación en el interior estaba bajo control.

   Unos segundos después se oyó una explosión cuyo objeto era volar la puerta de abajo, la cual disponía de una cerradura demasiado antigua como para calentarse la cabeza con ella. En un santiamén se llenó el salón de personal.

   Bardés fue evacuado de inmediato y unos minutos más tarde volvía a ingresar en el hospital. Tynianov bajó por su propio pie.

   -Si este cabrón ha logrado atravesar, de punta a punta, toda Niza con el mismo disparo en el hombro, bien puedo yo caminar solo hasta la ambulancia.

   Alba Longa y Clara fueron liberados ambos al mismo tiempo y cayeron en los brazos el uno del otro.

   -Vamos. Ya ha pasado todo.

   -¡Mi abuelo!

   -Se pondrá bien. Si se lo han llevado con esa urgencia es porque estaba vivo…

                 EPÍLOGO

   14 de Julio de 2016. Francia se dispone una vez más a celebrar su fiesta nacional. En el Paseo de los Ingleses ya empieza a notarse un ambiente especial, algo más subido que un simple atardecer de verano en una ciudad balnearia. Los hay que vienen de lejos para contemplar los espectáculos y el castillo de fuegos artificiales. Se escucha hablar mucho italiano, pero también ruso, inglés, alemán y árabe.

   De hecho, Alba está convencido, muy pocos, incluso entre los franceses, piensan en la revolución de 1789 y en la sucesión de acontecimientos controvertidos que desencadenó. Muy pocos, excepto los estudiosos o los alumnos que preparan un examen de historia, utilizan esta fecha, o cualquier otra, para reflexionar acerca de ellos, para juzgarlos de manera objetiva, poniendo en un platillo de la balanza lo que tuvo de positivo, de avance social, y lo que tuvo de negativo, de crueldad gratuita e incluso de retroceso social en el otro; que todo hubo, avance y retroceso, pero Alba no estaba seguro si esto podía decirse oficialmente, porque el paso siguiente sería obviamente poner la lupa sobre lo que tuvo de retroceso y de negativo, lo cual podría resultar embarazoso para las élites que rigen el país, sobre todo si se hiciera rigurosamente. Aquí, en este país, se tiene muy en cuenta lo que puede decirse y lo que no puede decirse, oficialmente. Y el criterio que separa ambas cosas no es el de plantearse la cuestión de si ello es verdad o mentira, sino en la conveniencia de decirlo o de callarlo y a quién puede molestar y cuáles pueden ser las consecuencias de ello. La diplomacia y el tacto están bien, pero la libertad de expresión, la verdadera libertad de expresión que incluye poner los dedos en la llaga, al precisar, por ejemplo, quiénes realmente dirigen el país entre bastidores, o el poder, el alcance y las convicciones radicales que tienen los grupos islamistas en Francia, particularmente en esta región, eso sería mucho mejor. Pero claro, indudablemente molestaría a tirios y troyanos, heriría susceptibilidades y podría alterar el orden público. Es mejor que el pueblo no sepa nada y continúe sirviendo de esclavo al gran capital. Es mejor esconder la cabeza bajo tierra y olvidar la amenaza terrorista que se cierne sobre el país. Es preferible no decir nada oficialmente, sin considerar que, quienes lo dicen extraoficialmente, están obteniendo entre las masas el consenso necesario para devolver Europa a una fecha anterior a 1940. Pero atención a lo que se dice, porque puede resultar inoportuno. Incluso para el hablador locuaz, a quien fácilmente se le tapa la boca poniéndole en ella la etiqueta de fascista, antisemita o católico ultramontano.

   Durante los últimos días, Alba había reflexionado mucho sobre la postura y la actitud de Bardés. Esa especie de broma pesada, con consecuencias económicas incalculables, que el pintor gastó a quienes son responsables de la mayoría de los males que aquejan a la humanidad desde hace siglos, y aunque pudo haberle costado la vida, no puede tampoco sino granjearle sus simpatías. “Quien roba a un ladrón, tiene cien años de perdón”, asegura el refranero castellano.

   Una silla azul libre, en un día como ése, constituía casi un milagro. Alba decidió aprovechar esa suerte inaudita para sentarse un momento ante la inmensidad azur, surcada por el ferri de Córcega y numerosos veleros y yates. Algunos bañistas nadaban todavía cerca de la orilla, mientras que muchos más, tumbados sobre los cantos rodados, tomaban los últimos rayos de sol de la jornada.

   Sí, Alba había perdonado a Bardés el mal rato que le había hecho pasar y ahora, respondiendo a una invitación de Clara, se disponía a visitarle en su cama de hospital, donde se reponía del segundo ataque al corazón en un solo día, aunque éste de naturaleza muy distinta al primero. También pasarían por la habitación donde el comisario Tynianov acababa de restablecerse de la intervención quirúrgica que se le practicó, con objeto de extraerle una bala alojada en el hombro izquierdo. De no haber sido por el comisario y la teniente Vargas, ni Clara ni él serían de este mundo.

   Bardés, sin duda, tratará de justificar su actuación, pero Alba no necesita de tal explicación. Le basta con comparar el significado y la utilidad de ese pasadizo secreto, así como sus efectos durante años, con las opiniones políticas, económicas y sociales expresadas por Bardés antes del desenlace de los acontecimientos, para comprender que no fue el afán de lucro, no podía serlo pues sus obras originales se venden a cambio de sacos de oro, el móvil que le impulsaba a las falsificaciones y a mantener el contacto con el ambicioso Dumon y el grupo mafioso que éste tenía establecido, con la probable connivencia de su patrón, sino sus convicciones personales, su particular visión del mundo y de las estructuras de poder que en él se manifiestan, así como su deseo de rebajar un poco a los que sobresalen demasiado, para alzar en consecuencia a los que están hundidos hasta el cuello, introduciendo así, a su modo de ver, un conato de justicia social. En todo caso un grano de arena. Su grano de arena.

   Se acercaba la hora de la visita, así que Alba tuvo que dejar la magnífica puesta de sol que se cernía sobre el tornasolado mar y dirigirse, caminando despaciosamente, hacia el hospital.

   Clara le estaba aguardando en el vestíbulo. Se saludaron.

   -Ven, pasaremos primero por el cuarto del comisario.

   Tynianov, al ver entrar la visita, dejó a un lado el libro que estaba leyendo y alzó una mano huesuda para estrechar las de Clara y Alba. Este último notó que los caracteres impresos en la tapa del libro eran cirílicos.

   -Tanto Clara como yo, deseábamos manifestarle nuestro inmenso agradecimiento por habernos sacado de la terrible postura en que nos encontrábamos.

   -Fue sobre todo gracias a la teniente Vargas, quien resolvió, de la manera certera que la caracteriza, la situación. De lo contrario, también yo lo hubiera pasado mal.

   -Transmítale igualmente nuestra más sincera gratitud –intervino Clara.- Realmente esa mujer, donde pone el ojo, pone la bala.

   Tynianov rió francamente.

   -En efecto. Es uno de nuestros mejores agentes. Eficaz no solamente en el manejo de las armas. Por cierto, profesor Alba Longa, el manuscrito estaba plagado de errores…

   -Yo no emplearía el término “plagado”, pero sí contenía alguno… Quien lo había traducido del latín al castellano del siglo XIII había hecho un trabajo globalmente correcto, aunque si ello recae en una sola persona siempre comete algún que otro error, generalmente por inadvertencia.

   -Ahí es cuando entra usted en juego… ¿Qué piensa hacer con su trabajo?

   -Lo entregué al fuego purificador.

   -Sabia decisión. ¿Sabe? En realidad su salud se la debe en última instancia al comandante Schluter, que fue quien primero albergó sospechas respecto a su presencia en la mansión de Bardés. Encomendó a la teniente Vargas un informe sobre su persona. Luego nos encontramos que, junto al cadáver de Dumon, se hallaba un paquete postal proveniente de España, conteniendo hojas de pergamino de la mejor calidad. Hojas que, por cierto, pronto hubieran formado parte del suministro que Ergaster, como usted lo llama, se encargaba de introducir en el taller de Bardés y de sacar luego los comprometedores desperdicios, dentro de esa famosa bolsa de basura. El material que se utiliza a estos efectos suele ser altamente sofisticado y característico, por lo que es necesario deshacerse de él de una manera rápida y eficaz. Ése era el cometido de nuestro singular personaje. La relación en todo caso con Bardés era evidente y fue esa circunstancia la que nos movió, en ese preciso instante, a efectuar la visita al pintor.

   -También yo estuve a punto de llamar al comandante –confió Clara,- pero Ergaster me lo impidió en el último momento.

   -Quiero confesarle una cosa, señorita Bardés. Como policía, debo censurar y perseguir cualquier acto que implique falsificación, ya sea de documentos o de obras de arte, pero desde el ámbito personal, sabiendo por qué lo ha hecho, albergo una sincera simpatía por la acción de Bardés. Espero que contraten a un buen abogado, susceptible de sacarles de esta delicada situación con el mínimo de perjuicio. Por otra parte, mientras no se modifique substancialmente la situación, y no creo que ello ocurra en breve, insisto en que deben extremar las medidas de precaución. Los guardaespaldas que han sido asignados a Bardés formarán parte de su vida durante mucho tiempo. No la alarmaría si no tuviera mis reales razones para hacerlo. Téngalo siempre presente: toda precaución es poca.

   -Entiendo, comisario. Mi abuelo es consciente de que ésa será su manera de expiar sus faltas.

   -Gracias de nuevo, comisario. Le deseamos un pronto restablecimiento.

   -Muy agradecido por la visita.

   Bardés estaba dos pisos más arriba. Sentados a la puerta de su habitación, dos agentes vestidos de paisano controlaban el acceso a la misma. Ya se habían habituado a Clara, pero Alba tuvo que presentar su documento de identidad y explicar el objeto de su visita.

   El pintor se encontraba en un estado mucho más satisfactorio de lo que cabía esperar. Al ver entrar a Alba Longa lo obsequió con una amplia sonrisa de actor de cine.

   -Me alegro de verle por aquí. Así puedo pedirle personalmente disculpas por el fregado en que le metí. Mi comportamiento hacia usted es inexcusable, aunque sí he tratado estos días de encontrarle una explicación. Lo único que puedo decir es que, en el fragor de la batalla, a veces un general puede dar órdenes precipitadas con el afán de obtener la victoria y el resultado es que con ello puede sacrificar inútilmente vidas de soldados. En mi descargo diré que no lo hice por dinero, sino por aversión a una sociedad injusta.

   -Lo sé. Estoy absolutamente convencido de ello. Y no le guardo ningún rencor. Al contrario, tal como ha dicho el propio comisario Tynianov, a nivel personal albergo una gran simpatía por el enorme sacrificio que ha hecho, en pos de lo que consideraba una buena causa.

   -Más de treinta años invertí en ello. Pintando lo mío y lo de los demás. Falsificando también lo mío y lo de los demás. El resultado, sin embargo, es alentador. No se habla de ello, porque cundiría el pánico, porque se produciría una reacción en cadena en la estructura económica mundial, cuyas consecuencias serían imprevisibles, pero la verdad es que, hoy en día, nadie está seguro de poseer el original de los grandes maestros de la época actual y de las pasadas. Esa especie de “supermoneda”, ese valor de cambio infinitamente superior a cualquier otro, en que han convertido artificialmente los objetos de arte más prestigiosos, con la finalidad de hacer con ellos beneficios financieros virtuales, que no tienen otra repercusión económica más que la que se le atribuye sobre el papel, si esta situación real se divulga, quedará totalmente desvalorizada y provocará pérdidas fabulosas en esas élites que han dejado de lado, en parte, el oro, para invertir en obras de arte. Y si pierden en el terreno de la economía, también perderán en el del puro poder. Ahí está la madre del cordero. Usted es español, por su edad colijo que ha vivido el último tramo del franquismo. Convendrá conmigo en que ese régimen caciquil, heredero directo del estado de cosas que quedó en occidente tras la caída del imperio romano y regentado por la Iglesia católica, es nefando, hipócrita, injusto e indigno. Pero el lado opuesto es quizá peor, en todo caso no menos funesto, animado por añadidura de un rencor ancestral, que busca vengar viejas inquinas, de manera indiscriminada. Observe la miseria material y moral en que vive hoy la gente, digamos, común. Ya no hay tregua invernal, ya no se transmiten las tradiciones y las viejas historias ante el fuego del hogar. Ahora se trabaja todo el año como se hacía antiguamente en tiempo de cosecha. Trabaja el hombre y también la mujer. Eso no es malo. Lo malo es que trabajan los dos por el equivalente de un solo sueldo antiguo. El nivel de vida de esa moderna pareja trabajadora es semejante al de sus padres con un solo sueldo y muchas veces inferior. Eso sí, rodeados de una gran cantidad de objetos en su mayoría inútiles. Los niños son entregados, desde su más tierna edad, a manos mercenarias. Sin embargo, lo peor está todavía por venir. La mayor industria de este mundo es hoy la propaganda, cuyos engranajes se engrasan con cantidades fabulosas de dinero. ¿Y cuáles son los objetivos de esa propaganda? Lo vemos en todos los flecos de su vestido: corrupción, inversión de valores, viceversa, el mundo patas arriba, el obispillo gobernando todos los meses y todos los días del año. Siempre es carnaval y no hay nadie, absolutamente nadie, que no esconda bajo la máscara intenciones inconfesables. Los héroes se han eliminado de los censos de todas las novelas y obras de teatro que se publican. En las películas, y no en todas, dado que los héroes cinematográficos actúan más que piensan, se mantienen algunos de ellos, pero siempre fuertemente coloreados por un matiz ideológico, por una connotación y una simbología social. La razón es que una humanidad corrupta es mucho más maleable que una humanidad sana. Quienes nos hacen esto, señor Alba Longa, nos quieren mal. “Tabula rasa”. Si se quiere recuperar la decencia, la humanidad deberá hacer “tabula rasa”.

   Clara se levantó y tomó entre las suyas las manos de Bardés.

   -No te fatigues ahora. Comprendemos tus razones, abuelo. Ahora buscaremos un buen abogado que nos saque de ésta. Y luego se acabó. Por lo que a ti respecta, ya has cumplido. No te habrás ido sin ponerles una china en el zapato a quienes tanto te irritan. A partir de este momento vamos a tener la fiesta en paz. Ya has visto que esa gente no está conformada precisamente por monaguillos gazmoños o cloróticas señoritas que cantan en el coro. Tu actividad en ese sentido debe cesar de inmediato. Y de momento estás castigado sin salir de casa. Hasta nueva orden. El lado bueno de la cosa es que te has hecho dos buenos e inseparables amigos.

   Al decir esto hizo un gesto para designar a los dos guardaespaldas que custodiaban la entrada.

   Tanto Bardés como Alba sonrieron discretamente.

   El resto de la velada transcurrió en amena conversación abordando deliberadamente otros temas. Hasta que empezaron a sonar las sirenas de las ambulancias, una tras otra, en número excesivo. Al final se armó un estridente concierto cacofónico. Aquello no era normal. Alba se asomó a la ventana, pero desde allí no pudo ver nada. Salió al pasillo y percibió una ligera inquietud en los ojos de los guardaespaldas, así como cierta agitación entre el personal del hospital.

   Entró de nuevo y no se atrevió a dar ninguna explicación de ese fenómeno que era, a todas luces, inhabitual. Era tan inmediato pensar en un atentado, particularmente en el Paseo de los Ingleses, en esa fecha tan simbólica, contra la masa de espectadores que se dispone a contemplar, un año más, los fuegos artificiales, que no alcanzaba a imaginar que las autoridades hubieran podido dejar de tomar todas las precauciones que se imponían y más. No después de lo ocurrido en noviembre pasado y de las conclusiones a las que, todo individuo normalmente constituido, no podía dejar de llegar.

   Al rato comenzaron los gritos en el pasillo. Se asomó de nuevo y lo que contempló era el desconcierto total, todo el mundo corría de un lado para otro, dándose órdenes a voz en cuello.

   Se atrevió a preguntarles a los guardaespaldas si sabían lo que estaba sucediendo.

   -Parece que ha habido un atentado en el Paseo de los Ingleses. De momento la situación es muy confusa. Pero a juzgar por las ambulancias que están llegando, diría que la cosa ha sido grave.

   En eso, quien había hablado recibió una llamada y se apartó un poco para tratarla discretamente. Una enfermera llegó empujando un carrito. Su serenidad contrastaba con la agitación general. El otro guardaespaldas se acercó para pedirle las credenciales. Ella produjo un documento del bolsillo de la blusa. El vigilante la dejó pasar y volvió a la ventana para mirar atentamente lo que ocurría abajo.

   Cuando entró Alba en la habitación, la enfermera acababa de ponerle una intravenosa a Bardés. Luego se despidió de ellos y salió.

   -Da la impresión que se ha armado la de Dios es Cristo ahí fuera.

   -¿Qué ha sucedido, lo sabes?

   -Lo que tenía que suceder. Aquí y en cualquier otro lugar de Francia: un atentado. Si saben que lo único que están esperando es una oportunidad para hacerlo…. Y que cualquier sitio es bueno. Dicen que están en guerra, pero no toman las medidas que se imponen en un país en guerra.

   -Esperemos que en esas ambulancias sólo vengan heridos…

   -Esperémoslo.

   -En cualquier caso, con esa situación ahí fuera, no te puedes ir de momento. Quién sabe si los terroristas andan todavía sueltos, recorriendo la ciudad, como hicieron en París.

   -No es prudente, desde luego, salir –admitió Alba.-

   Clara alzó la vista y se dio cuenta de que Bardés se había quedado dormido. Se acercó a él para taparle mejor con las cobijas. Luego volvió a sentarse junto a Alba.

   Lo que no sabía todavía es que su abuelo no se iba a despertar nunca más. La enfermera de la serenidad en medio del caos había acabado con su vida mediante una inyección letal, para después desaparecer sin dejar rastro y sin que nadie pudiera más tarde dar razón de ella ni de su presencia en el hospital.

 

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