
PRIMERA PARTE
I
La cutre esfera blanca graduada con trazos negros, colgada de la pared desconchada y leprosa del despacho de guardia de los suboficiales, indicaba las ocho menos tres minutos cuando el sargento Germán Solórzano empujó la puerta, jamás cerrada, del cuchitril y se dirigió, como era su costumbre, sin parar mientes en nada más, directamente a la ventana para contemplar el sol matutino refulgiendo en las anchas y rozagantes hojas de los plátanos de sombra, que exhibían su plenitud de principios de junio. Después su mirada cayó, más allá de la carretera, sobre la mancha negra i fría de debajo del puente, donde corría presurosa, angostándose, el agua de la acequia. Pero a las ocho en punto se sentó, pensativo, en su silla de funciones y apoyó los codos sobre la mesa, como olvidado de sí mismo. Sí, aquí hay mucho carroñero que acude a comer carne de buitrera y para cuando vengan a hacer el cuartel nuevo, cerca del río, tal vez ya no esté aquí.
Con gesto displicente movió el ratón del ordenador para que se iluminara la pantalla. Ya está, el día puede comenzar con su cortejo de miserias, grandes y pequeñas, y dentro de este aparato, cuya limpieza deja bastante que desear, quedará constancia imperecedera de él, mediante el lacónico y particular estilo narrativo de un cuartel de la guardia civil, lo que constituirá un miligramo más de memoria en sus tripas, un grano de arena que lo lastrará un poco más y contribuirá a dificultar la apertura de los programas, la recuperación de los informes, hasta que sea transmitido a los ordenadores de los tribunales, tan valetudinarios y obsoletos como éstos, para que allí se distribuya el lote de penas y absoluciones, que no provocará catarsis alguna, ni personal ni colectiva, y el mundo seguirá dando tumbos, hundiéndose cada vez más en el lodazal, llenándose y vaciándose las cárceles y los cementerios; sí, también en los cementerios hay entradas y salidas, entran cuerpos, salen cenizas, cierto que ello requiere un proceso y lleva tiempo, pero la sociedad moderna, con su proverbial sentido práctico, ha conseguido abreviarlo de manera notable con los crematorios. Y llenándose y vaciándose, sobre todo, cuentas bancarias.
Como una momería insulsa hecha a espaldas del sargento, el reloj de pilas dio las ocho y diez.
-¿Da su permiso, mi sargento?
-Adelante.
-Se ha producido un tiroteo a las puertas del hotel Riviera. Parece ser que hay tres víctimas mortales. Los avisos de rigor están dados. Un coche patrulla le aguarda abajo.
-Nada, pues no hay sino ir para allá.
Unos minutos más tarde, el sargento Germán Solórzano contemplaba la ciudad a cámara rápida, como en una escena de cine cómico, mientras la circulación densa de esa hora punta se hacía a un lado al oír los alaridos de la sirena, cual si se tratara de un coche de la leprosería. La economía de movimientos, la convicción y rotundidad de cada gesto de estos conductores especializados, puede constituir una fuente de inspiración para la construcción de todo un estilo de vida e incluso un instrumento eficaz para tratar el mundo, con su repertorio de figuras. Por éstas o por aquellas ya estaban en la carretera del mar, desplazándose a una velocidad de vértigo. Pero el sargento ya se había acostumbrado a ello y logró concentrarse en su caso principal, siguiendo una vez más la reproducción de todos sus hilos e imbricaciones que había surgido como un tumor en su cabeza, sabiendo que de nada valía efectuar elucubraciones prematuras sobre lo que se iba a encontrar a las puertas del hotel Riviera.
Y lo que se encontró fue lo siguiente: un camión de bebidas bloqueando la boca de un callejón sin salida que conducía a las puertas del hotel y, más allá de ellas, al chiringuito rodeado de hamacas y sombrillas que ocupaba la playa reservada del establecimiento. Ante el camión, un lujoso automóvil de gran cilindrada y cristales tintados, con la puerta del lado conductor abierta de par en par. El cuerpo de este último se hallaba unos pasos más adelante, yaciendo en el suelo cuan largo era. Y lo era bastante. Largo y también ancho de espaldas, llenando un voluminoso traje negro, lamentablemente echado a perder por el pespunte de una suerte de máquina de coser que utilizara balas en vez de aguja, y empuñando todavía una pistola de gran calibre. He aquí la primera de las tres víctimas. Para encontrar las otras dos tuvo que caminar hasta una de las puertas del hotel. Allí estaban, como si de repente les hubiera venido en gana tumbarse a tomar los primeros rayos de sol, a imitación de otros inquilinos que sin duda ya se hallaban en el momento de los hechos repantigados en las hamacas, sorbiendo un zumo de frutas y contemplando la vasta inmensidad de azul loción para después del afeitado. Pero claro, cuando uno se acercaba más notaba que estaban igualmente acribillados de balas. Ninguna falta de certificado de defunción para determinar su actual estado civil. Se trataba de dos hombres que, al igual que el anterior, debían estar rozando la treintena. También como el otro, vestidos como para una gala. Todos llevaban caladas ya gafas de sol de una marca particularmente cara.
Tras ellos un auténtico escenario de guerra, lunas, ventanales, puertas cristaleras, todo pulverizado, diríase que por la onda expansiva de una formidable explosión. Dentro las paredes aparecían como salpicadas por alguien que hubiera dado un manotazo plano sobre un plato de chocolate líquido. Sillas y mesas derribadas y algún que otro jarrón reventado.
El sargento Solórzano dirigió entonces su atención al exterior del local. Le bastó un solo vistazo para distinguir lo que andaba buscando. El típico utilitario de lujo, con vidrios tintados y capacidad para transportar a un pelotón de soldados con armas y bagajes. Por cierto, desde allí pudo observar que todas sus puertas se hallaban abiertas. Nada nuevo bajo el sol, una encerrona de las más clásicas. Los dos guardaespaldas separados, un pequeño grupo para “tratar” al conductor, otro algo más numeroso para “tratar” al objetivo y a su gorila de proximidad. La operación ha debido durar escasos minutos. Arriba estarían aguardando vehículos rápidos y ahora mismo se hallarán todos en el Nepal tomándose un café calentito a los pies del Himalaya.
Sólo entonces entró el sargento en el hotel Riviera, haciendo crujir sus botas sobre la capa de vidrio molido. El personal de servicio estaba bastante afectado, como es natural. Una mujer sufría un ataque de nervios y alrededor de ella se afanaba un grupo sujetándola y atendiéndola. Los demás miraban a lo que se movía, pero sin ver realmente. El maître del hotel parecía conservar todas sus facultades, razón por la cual, al ver que el sargento entraba, se dirigió a él, presentándose.
-¿Hay algún herido?
-No. Aquí todo el mundo está aterrorizado, pero físicamente bien.
-¿Conoce a los fallecidos?
-Por supuesto. Son unos habituales desde siempre. Se trata de Carlos Santoña y de sus guardaespaldas.
El maître se llevó la mano izquierda a la boca y carraspeó. Pero el sargento no formuló la embarazosa pregunta. Ya había oído hablar de Carlos Santoña, aunque no lo conocía personalmente. Pero sobre todo había oído hablar de Lorenzo Santoña, capo conspicuo de la mafia local.
-Quiero una copia del registro que comprenda las últimas veinticuatro horas.
El aludido se volvió al recepcionista y le hizo un signo con la cabeza. Éste asintió y se puso frente al ordenador. Inmediatamente se escuchó el sonido de la impresora como un moscardón que sobrevolara un velatorio.
-Aquí la tiene –dijo el recepcionista, que parecía recuperado de su modorra.- En ella figura el nombre completo del cliente y dirección, así como la habitación que ocupaba.
Un murmullo de voces previno al sargento de la llegada del personal habitual en estos casos. Salió. En efecto, la policía científica ya estaba manos a la obra. El médico forense examinaba los cadáveres. Las ambulancias hacían girar sus luces amarillas pero permanecían silenciosas, al igual que todos sus servidores, quienes se mantenían a cierta distancia, aguardando la autorización para cargar su mercancía, por la cual sabían que ya nada podían hacer excepto transportarla al depósito de cadáveres. El sargento se dirigió a los primeros y les mostró el número de las habitaciones que ocupaban las víctimas. Luego les señaló, al fondo del callejón, casi junto a la entrada de la playa, la furgoneta con sus puertas abiertas.
Una suerte de instinto le hizo levantar la cabeza y mirar en la dirección opuesta, hacia lo alto del callejón. Tres hombres trajeados en el mismo estilo que los difuntos bajaban por en medio del asfalto. Un número de la guardia civil, con la metralleta terciada, se interpuso con la intención de impedirles el paso, pero ellos parecían ignorarle y avanzaban, imperturbables, como si se tratara de un simple muñeco de cartón piedra, relleno de paja.
Antes de que la cosa pasara a mayores, el sargento Germán Solórzano gritó al guardia:
-¡Que pasen!
Cosa que hicieron como si nada de lo que ocurría a su alrededor tuviera algo que ver con ellos. El primero peinaba canas, los otros dos eran evidentemente sus guardaespaldas.
Al llegar a la altura de los yacientes, se inmovilizaron. Tanto, que daban la impresión de haber parado el tiempo. Tan sólo se oía el leve murmullo del mar, a una hora en que se hallaba todavía sereno.
Al cabo, el que abría la comitiva, cayó de rodillas, hundió la cabeza en la pechera ensangrentada de una de las víctimas y rompió a llorar.
El suboficial que se hallaba al mando de la policía científica le dijo a Solórzano:
-Esto no lo podemos permitir. Puede alterar ciertos factores del escenario.
Pero éste repuso:
-El dolor de un padre es sagrado. Cuando concluya, prosiga usted con su trabajo.
II
-El desayuno está listo, padre. Vamos a la mesa.
Juan Benedito ayudó al anciano a levantarse. Fue un trabajo lento y laborioso alcanzar la silla que el hijo había dispuesto, ligeramente apartada para que pudiera sentarse con comodidad. Hecho esto, le enganchó una servilleta al cuello y le acercó el tazón de café con leche a los labios.
-Con cuidado padre, que no hay ninguna prisa.
Esta primera tentativa había resultado un rotundo fracaso. Poca cantidad de líquido debió llegar al estómago. Juan cortó un pequeño pedazo de bollo y lo acercó a los labios del viejo. Hubiera querido no mirar para no ver aquello, pero no podía ser. Eso debía pasar por él, enteramente, además, pues era hijo único y hacía falta más, pero mucho más, para que él se echara atrás por algo. Probó de nuevo con la leche. La boca temblaba tanto al sorber que el líquido chorreaba por ambas comisuras. Con otra servilleta que conservaba en la mano izquierda secó concienzudamente la barbilla y una parte del cuello. En eso sonó el timbre.
-Intenta no moverte para nada. ¿De acuerdo?
El viejo asintió. Juan descolgó el fono porta.
-¿Quién?
-Nuño.
-Sube.
Era la voz de Nuño, en efecto. Pero, por si las moscas, tras pulsar el botón que abría la puerta de abajo, se acercó a la cómoda del recibidor y de un cajón sacó una bruñida pistola.
Cuando Nuño llamó por segunda vez, en este caso al timbre de arriba, Juan lo observó detenidamente a través de la mirilla. Y únicamente cuando se cercioró de que estaba solo y tranquilo le abrió la puerta.
-Pasa al comedor. Le estoy dando el desayuno a mi padre.
El jovencísimo Nuño observó distraídamente cómo Juan volvía a poner el arma en su sitio y pasó adelante. Tras saludar al anciano, se sentó en un sillón. La delicada operación podía reanudarse.
-¿Ha pasado algo?
-Varias cosas.
-Elige una de ellas y comienza.
-Pues esta noche Carlos Santoña se ha reunido con un grupo de empresarios y financieros de alto vuelo en el Riviera.
-Esto huele a una reestructuración del esquema de blanqueo. Como si fueran a cambiar a una velocidad superior. No me extraña, dado el tratamiento de favor que el capitán Cardoso les está acordando. Ello se hará, por supuesto, a expensas nuestras. Son habas contadas. ¿Qué más?
-Precisamente Cardoso y Calatrava se hallan ahora mismo reunidos en la casa de campo del primero.
-¿Sin la presencia de Lorenzo Santoña? Eso sí que es una novedad. Debe empezar a sentirse viejo, el animal, cuando delega así en la persona de su hijo y de su primer lugarteniente. Siempre ha sido un poco flojo de tripas. Es verdad que ya no estamos para muchos trotes, pero de ahí a ponerse a sopa y buen vino a los cincuenta y cuatro años…
-¿Tienes una fotocopia de su carnet de identidad, que conoces su edad exacta?
-No, pero fuimos juntos al colegio y después al instituto.
-Ya.
-¿Quién acompañó a Calatrava? Porque eso también puede ayudar a esclarecer el misterio.
-Calatrava fue solo.
-¿Solo? Eso tiene miga….
-Cierto…
-Es una confianza digna de encomio.
El resto de la frase la guardó para sí. Semejante transferencia de poder al hijo pasa…. Pero al lugarteniente…
El anciano lo distrajo de sus pensamientos. Cual niño goloso, reclamaba su interrumpido desayuno. Juan respiró profundamente y se propuso que en esta ocasión su padre tomara verdaderamente un poco de leche. Así fue, este intento salió algo mejor que los precedentes.
En eso sonó el móvil de Nuño.
-Es Fernando.
El joven se echó el teléfono a la oreja. Enseguida abrió unos ojos como platos, se revolvió en su asiento. Juan lo miró de reojo mientras perseveraba en su intento. Los términos e interjecciones que empleaba Nuño no eran nada tranquilizadores, pero Juan estaba hecho de esta pasta, a saber, cuanto más se agitaba su entorno, más sereno se ponía él. El mejor cumplido que solía hacer a cualquiera era éste: “tienes la sangre de horchata”. Pero a quien mejor se le podía aplicar esta reflexión era a él mismo. Así que esta vez a su padre no se le escapó ni una gota de café con leche, por lo que dio un gruñido de satisfacción. Nuño había colgado ya y lo estaba mirando fijamente, como asombrado.
-Bueno, ¿qué diablos pasa?
-Carlos Santoña ha sido acribillado a balas a la salida del hotel Riviera, esta mañana, un poco antes de las ocho. Le han dejado como un auténtico gruyere, a él y a dos de sus guardaespaldas.
Juan dejó el tazón y la servilleta sobre la mesa, sin oír aparentemente las protestas de su padre. Su mirada cayó en algún punto situado en la mesilla baja; alguna miga, alguna minúscula mancha debió retenerla. Sus ojos, abiertos de par en par, lucían una córnea enorme, lunar. Cualquiera hubiera asegurado que se trataba de una mirada serena, sosegada. Pero quien le conocía sabía que por delante de ella estaban desfilando todos los diablos del averno juntos y también que alguna que otra idea no muy santa le andaba bailando ya, malévola.
-Bueno, no hay sino decretar, como primera provisión, el estado de alerta máxima y toque de queda general. Hasta nueva orden. Seguidamente ya veremos. Encárgate de que se cumpla a raja tabla y de inmediato. Ahora todas las miradas están sobre nosotros.
III
A Gabriel Cardoso le tienen sin cuidado las multas, por eso su estilo de conducir, particularmente la moto, una Kawasaki dotada de una potencia telúrica, aunque silenciosa como una serpiente y capaz de pasar de la inmovilidad absoluta a la ruptura de la barrera del sonido en cuestión de muy pocos segundos, es muy suyo, sin parangón alguno en toda la comarca. Le tienen sin cuidado por dos razones que cualquiera podría entender, por eso no hay que sorprenderse si él lo ha visto enseguida. La primera es que le sobra dinero para pagar cuantas le vinieran, que no serían pocas, sin que tuviera la menor incidencia la gravedad de las mismas, que también alcanzaría cotas elevadas, pues el aspecto pecuniario de la sanción sería comparable en su caso al efecto de la picadura de un mosquito a través de la espesa piel de un elefante. La segunda es que su padre es el capitán de la guardia civil y posee una goma de borrar inagotable, lo que resulta decididamente práctico por cuanto se refiere al aspecto jurídico de la cuestión. Así que cruza la ciudad como un suspiro apenas visible y audible. Pero claro, endiabladamente peligroso, porque si a la velocidad se suma la contundencia del formidable monstruo de acero y la de un cuerpo con tanta carne como puede poseer un buey listo para la matanza, el impacto alcanzaría una fuerza de choque descomunal, tanto es así que cabría preguntarse si no ha matado ya a un número indeterminado de peatones, cuyos cuerpos no se han encontrado jamás y figuran todavía en las listas de desaparecidos.
Gabriel Cardoso está tan gordo porque efectúa un trabajo intelectual. Que consiste en hacer fructificar su dinero, para lo cual la legalidad o ilegalidad del procedimiento es sólo una cuestión de detalle sin mucha relevancia, y en presionar a los morosos. Por lo demás es un buen ciudadano, pues se interesa por la política, si bien su posición en la materia resulta un tanto ecléctica, por no decir versátil. En efecto, unas veces subvenciona a una figura local y las elecciones siguientes a su rival. Las malas lenguas aseguran que las más de las ocasiones subvenciona a ambos, consiguiendo, de este modo, tomar él mismo las decisiones de política municipal que realmente le interesan; en cuanto a las otras, ya se pueden tirar de las orejas e incluso arrancar el pelo a puñados, que eso le trae sin cuidado personalmente, si bien admite que en ello reside la sal de la política.
Sería injusto afirmar que su éxito profesional procede únicamente de la profundidad de su bolsa, pues ello supondría pasar injustamente por alto sus dotes de estratega. Cierto que también en este dominio restallan las malas lenguas, que las hay en todos sitios y para todo, las cuales sostienen que la inteligencia que guía los pies y las manos de Gabriel Cardoso no es otra que la de su padre. Otros replican que, sea quien sea quien escriba el guión, él lo interpreta a las mil maravillas y eso ya conlleva una cualidad notable.
Antonio Corrientes, por ejemplo, está a punto de experimentar en carne propia la agudeza intelectual de Cardoso. Para Corrientes, Cardoso no es sino el hombre que le permite pagar puntualmente las letras del coche, de la casa, del apartamento en la playa, del chalet en la montaña, etc., a cambio de muy poco, estampar una firma aquí y otra allá, defender en los plenos, en tanto que concejal de urbanismo, algún que otro detalle técnico, cosas así. No es una insignificancia, desde luego, pero hay límites. Uno no se puede suicidar políticamente por un puñado de monedas. Sobre todo teniendo en cuenta que el coche, la casa y todo lo demás ya están casi pagados. Comprenderá que si quiere que siga poniendo firmitas en protocolos de esto y de aquello y que continúe embelesando los plenos con mi piquito de oro, para que él siga sacando pingües beneficios con los contratos millonarios que yo le facilito, tendrá que ser razonable, deberá añadir un poco de agua a su vino.
Todos esos argumentos los iba haciendo desfilar una y otra vez por su mente mientras aguardaba en esa terraza particular de un restaurante de lujo colgado, como un nido de gaviotas, en los acantilados del mar. Ello a pesar de su inamovible teoría para las citas: « Tú eres la figura principal de toda reunión, por lo tanto todo el mundo espera tu llegada como agua de mayo, el mejor modo de incrementar la ansiedad y de redoblar tu ascendencia sobre los asistentes es llegando al menos un cuarto de hora tarde. »
Sólo que, a pesar de haber aplicado, como siempre, tal principio, había gozado del tiempo suficiente como para beberse, a pequeños sorbos, más de media botella de un excelente vino blanco, servido en hielo, que le aguardaba en la mesa por orden expresa de Cardoso, quien se resistía a aparecer. No sé de qué le sirve montar en una moto supersónica, con bula para todo, si al final llega tarde a todas las citas. Lo que pasa es que es un niño mimado, un hijo de papá, eso es, un cabeza de chorlito incapaz de tomar medidas realistas a las circunstancias que le rodean. De ahí esa actitud desajustada.
Tres cuartos de hora más tarde de lo convenido, el voluminoso cuerpo de Gabriel Cardoso cubrió al fin el umbral de la puerta cristalera que daba acceso a la terraza reservada.
-Veo que acerté con la elección del vino.
En efecto, la botella se hallaba totalmente vacía. Con las almendras saladas, los cacahuetes, las aceitunas rellenas, etc. Y el calor de la hora central del día. El vino helado había constituido una tentación permanente.
-Por otra parte –repuso Corrientes- es difícil no acertar con un vino así.
Un camarero siguió inmediatamente al recién llegado, libreta en ristre.
-Otra botella igual, con los entrantes convenidos. Después para mí me traes un arroz del señorito. Y a este caballero lo que desee. Evidentemente con el plato fuerte vendrá una nueva botella de este excelente vino blanco.
-Yo tomaré lo mismo –terció Corrientes.
-¿Desearían una ensalada?
-Por supuesto, tráigala.
Antonio Corrientes miraba hacia el horizonte del soberbio paisaje marino que se desplegaba ante sus ojos, manchado aquí y allá por albas velas sedientas de viento. Seguro que ni siquiera intenta el menor esbozo de excusa, el niñato obeso, el obús de cañón gigante de la primera guerra mundial. Eso sería traicionarse a sí mismo.
-Me gusta esto como cantina, porque, por su discreción, puede utilizarse igualmente como despacho. Pero hay que variar. Pobre del ratón que sólo conoce un agujero.
Lo que tú necesitas no es un agujero, sino el túnel que pasa por debajo del Canal de La Mancha. Aún así, Corrientes se incorporó, pensando que iba a dar comienzo la reunión de negocios, que constituía el verdadero objetivo de la comida. En lugar de ello, Cardoso se puso a hablar de sus temas favoritos: las motos, los coches y las putas de alto vuelo. Lo cual, junto con las comilonas, los vinos y licores selectos y la cocaína, constituían la esencia misma de su existencia, su razón de ser, su meta en la vida. Mientras hablaba, los camareros llenaban la mesa con platitos de sepia a la plancha con su salsa verde, chipirones, pulpo preparado con diversas recetas, pimientos del Padrón, queso, foie-gras, morcillas, chorizos, patatas bravas, ostras, en fin, toda la parafernalia. Y Cardoso lo iba probando todo a medida que llegaba, ponderándolo con avidez y entusiasmo, sirviéndose vino sin parar y sirviéndoselo a Corrientes, de modo que pronto tuvo que convocar la segunda botella, tercera para Corrientes.
Para cuando llegó el arroz del señorito, este último sentía que el estómago se le había estirado como un cuero repleto de vino, pero no puso objeciones a que el camarero le sirviera la misma ración que a Cardoso. La cazuela de barro que quedó encima de la mesa contenía todavía el producto de varias hectáreas de arrozal.
-Concluyamos este sabroso cristal, que no debe sobrevivir a los aperitivos.
Diciendo esto llenó ambos vasos del frío líquido ambarino que ya estaba fragmentando la mente de Corrientes.
-Tráigame otra por favor.
A pesar de todo, Corrientes prefirió beber un par de sorbos antes de seguir comiendo. El arroz estaba estupendo, por lo que él solo se hacía un lugar en la cala de su cuerpo.
Cardoso seguía hablando como un descosido y Corrientes le seguía la corriente como bien podía. Sorprendentemente, el arroz se dejaba comer. Pero era consciente de que el exceso podía pasarle factura. A esa edad, la palabra exceso debe desaparecer del léxico personal de todo hombre con dos dedos de frente.
Con un gesto de héroe trágico se llevó a la boca la última cucharada.
-Hay que repetir, hombre, que está fenómeno.
-No te lo discuto, pero no me cabe ni la cabeza de un alfiler en el estómago.
-¿Y le vas a hacer ese feo al cocinero?
-Cardoso, por mí, al cocinero le pueden dar por el culo.
-¿Cabe tal supino desagradecimiento en un corazón humano? El buen hombre se esmera para ofrecernos ambrosía y néctar rojo y tú lo revuelves un poco con tu hocico y lo apartas con gesto altivo. Pero no te preocupes, de mí sé decir que más vale ser un hijo de puta que un desagradecido. Yo le haré los honores, de modo que esta noche duerma flotando en una nube de incienso.
Diciendo esto se llenó de nuevo el plato hasta los bordes.
-Tienes el alma de un filántropo. Tanta delicadeza me pone la carne de gallina y me hace sentirme como un gusano.
-A lo mejor no es sólo una sensación. Por cierto, hablando de filantropía, ¿lo vas a hacer, sí o no?
Antonio Corrientes se quedó estupefacto, más que nada porque el golpe le cayó cuando menos se lo esperaba.
-No puedo hacer una cosa así, es demasiado evidente y al mismo tiempo demasiado gordo.
Lo de gordo no lo dijo sin intención. Pero parece ser que los gordos no se contentan con menos. Corrientes prosiguió.
-Constituiría un auténtico suicidio político. Y considera que, si caigo en el lodo, de nada podría servirte ya. No olvides que mi presencia en el Ayuntamiento te ha sido de una gran utilidad. Digámoslo claro, ha sido un poderoso factor de lucro para ti. Ya sabes que no tienes sino que pedir por esa boca, siempre y cuando se trate de cosas realistas. No es éste, desde luego, el caso. Me consta que eres perfectamente consciente de ello.
-Por el mismo dinero y un par de botas tengo un reemplazante.
-Además, el alcalde nunca lo aprobaría.
-El alcalde déjalo de mi cuenta.
-Ya imagino que el alcalde podría que tener mucho que ganar con un asunto así, pero tiene también mucho que perder, más aún que yo.
-¿Tú me escuchas lo que te digo? No te estoy pidiendo que convenzas al alcalde. El alcalde déjalo de mi cuenta. Tú ocúpate tan sólo de tu cometido.
-Pues mira, no. Esta vez has dado en piedra. Los dos acabamos de descubrir, al mismo tiempo, mi límite. Nec plus ultra.
-Mucha gente se equivoca respecto a sus límites. Semejante error en la estimación viene sobre todo del hecho de que nadie suele introducir en sus cálculos la ayuda exterior. Teniendo en cuenta dicho factor, las potencialidades del individuo adquieren una elasticidad realmente sorprendente.
-¿Me vas a torturar? –Inquirió incrédulo Corrientes.-
-El vino te enturbia las ideas. Acabas de ensalzar la delicadeza de mi alma de filántropo y ahora te contradices tachándome de torturador…. No es ése mi estilo. Lo sabes. Me precio de emplear siempre argumentos que se formulan mediante palabras. A lo sumo mediante imágenes….
Corrientes se revolvió en su silla y quedó erguido como una grulla que, creyendo haber descubierto una presa, se ve frente a frente, a corta distancia, con su depredador. Cardoso lo observó muy a su sabor, parando un instante de mascar a dos carrillos. Luego sonrió y reanudó con ahínco su labor. Por último alargó la mano al vaso para vaciarlo de un solo trago antes de proseguir.
-¿Recuerdas la fiesta que hicimos en aquella casa de campo, antes de que te sufragara una campaña electoral de lujo? Pues bien, la casa estaba rellena del material electrónico más sofisticado.
Con el gesto resignado de quien efectúa un sacrificio personal intenso por el bien común, se levantó para extraer el teléfono móvil del bolsillo delantero de su vaquero.
-Toma, echa un vistazo a esto.
Puso su dedazo pantagruélico sobre la pantalla táctil y entregó el aparato a Corrientes. Se sirvió de nuevo vino, rebañó la cazuela del arroz y se aplicó de nuevo a la tarea de comer con la misma fruición que al principio. El silencio era tal que únicamente se oía el ruido de sus carrillos al mascar y, a lo lejos, los gritos alarmados de las gaviotas. Ni siquiera se dignó acordarle una mirada a Corrientes. Pero éste había palidecido tanto que su cara parecía enharinada adrede para una momería.
-¿Te imaginas que tu mujer y tus hijas vieran eso? Y no digamos del efecto que produciría en tus electores. Por no hablar de tus amigos y de tus enemigos. En una ciudad tan mojigata y carpetovetónica como la nuestra, cuyos muros se queman bajo este sol africano, y cuyos habitantes se conocen todos hasta la séptima generación.
Cardoso había dicho todo esto todavía sin mirar a Corrientes, por lo que no vio que éste se había puesto en pie y rodeaba la mesa para dirigirse precipitadamente a la barandilla de hierro que delimitaba el espacio de la terraza, separándolo del vacío. Pero cuando al fin lo percibió en su carrera, se ciñó al escueto comentario:
-Coño. No te irás a suicidar.
Corrientes se limitó a vomitar el entero contenido de su estómago y a verlo caer a lo largo del vertiginoso acantilado hasta dar con las rocas o mezclarse con el agua.
-Menudo desperdicio –musitó Cardoso. Y concluyó plácidamente su yantar.
IV
La familia casi al completo se hallaba en el comedor cuando Alba Longa empujó lentamente la puerta.
-¿Sales? –inquirió la madre, francamente sorprendida.
-Voy a ver a los amigos.
Todas las miradas se levantaron de pronto y se encontraron fijas en él. Era el veintiocho de diciembre, día de los Santos Inocentes.
-Tan raro es –confirmó- que algunos de ellos hace veinticinco años que no los veo.
Aún no sabía que se iba a encontrar con otros, para con los cuales el lapso de tiempo era bastante más dilatado.
-¿Va a estar Juan y aquel otro que tiene el pelo tan largo y tan rizado? –intervino su hermana. – Bueno, ahora lo tiene igual de rizado pero no tan largo. La moda ya no es la misma.
-¿Garriga?
-Sí, eso es, Garriga.
-Pues no, ellos no….
-Es que se me olvidó contarte una cosa. Los vi un día. Salieron corriendo de un bar para hablarme. Que tenían que verte. Que hacía demasiado tiempo que no os veíais. En fin, Juan me dio su número de teléfono. Espera. Mira, aquí lo tienes.
Alba Longa alargó la mano y se puso el papel en el bolsillo del abrigo.
-Vendré para cenar.
Octubre del año ochenta y nueve, en efecto. Los amigos más allegados se habían reunido para ofrecerle una fiesta de despedida. Alba Longa había decidido tomar el toro por los cuernos y marcharse a Francia para tratar de encontrar un trabajo en consonancia con los estudios que había realizado. Ni España quería de él, ni él se sentía ligado a esa sociedad floja y falsamente democrática que se había instaurado. Detestó la precedente y acogió con náuseas la que la relevó y que aún perdura. Desde entonces no había visto a muchos de ellos, a pesar de que regresaba todas las Navidades y todos los veranos. Algunos lo buscaron, otros no. Alba Longa era perfectamente consciente de que la culpa era enteramente suya. Cierto, hubo que estudiar más, pasar varias oposiciones. Alba Longa siempre tenía algo que hacer. Siempre había una excusa para encerrarse a cal y canto. Alba Longa quisiera ver el mundo a través de un espeso cordón sanitario, o más bien desde lo alto de un muro, no de mampostería sino de palabras. Alba Longa es un ser insociable, misántropo, egoísta y con ciertas veleidades literarias. El resultado, en palabras de su hijo, es que no tiene amigos. Pero ello es falso. La prueba es que ahora se dispone a verlos y en el fondo se alegra. Menuda cáfila de mampolones. Todos ellos cortados de una pieza, fieles a sí mismos, irreductibles en su autenticidad. Hacía falta estar loco para haberlos dejado de lado durante tanto tiempo. Claro que Alba Longa temía ser una suerte de loco, o de algo peor.
En cualquier caso un desarraigado. Las calles, incluso las principales, ya no parecen las mismas. En Francia se restaura, aquí se derriba y se construye de nuevo. Una pequeña ciudad de provincias como ésta, en el país vecino, se encuentra igual que hace doscientos o más años. Justamente aquel año, el año ochenta y nueve, la Galia celebraba el bicentenario de la Revolución francesa, glorioso acontecimiento que sirvió para liberar al proletario y al campesino del yugo de la aristocracia, para entregarlo directamente al yugo del especulador y del usurero, redactándose la Carta de los Derechos Humanos con objeto de abrir los ojos al pueblo y hacerle ver que la segunda esclavitud es infinitamente superior y preferible a la primera. Nadie puede detener el progreso.
¿Quiénes van a estar? Damián, el eterno maestro de ceremonias, el organizador nato, el administrador implacable que encontró en la eficacia y en la economía de movimientos la razón de su existencia, no se lo había comunicado. Con toda evidencia, no ha perdido el gusto por el golpe de efecto.
La ciudad era como un decorado de cartón piedra superpuesto a la ciudad auténtica, la antigua, la de hace treinta años. Alba Longa se sentía como el padre que ha estado tan ocupado con sus negocios que no ha tenido tiempo para ver crecer a su hijo y tiene la impresión de hallarse, en parte, ante un desconocido. Sólo en parte, claro, porque tras los nuevos rasgos viriles, reconoce algún trazo, una mirada, un gesto, del niño de antaño. O más bien al contrario, se sentía como el hijo que, por las mismas razones, no había visto envejecer a sus padres, porque el mundo y las ciudades y las calles y las casas y quienes las habitan, lo que hacen es envejecer. Así, Alba Longa, iba avanzando y dejando atrás recuerdos, viejas experiencias, incluso viejas sensaciones, que se produjeron allí y únicamente esa atmósfera precisa puede resucitarlos. Detalles en apariencia, pero Alba Longa comprende que cada uno de ellos era como una vela inextinguible que quemaba en su interior sin que él se diera cuenta.
El elegante local del centro en el que tenía que producirse la cita se hallaba todavía desierto a esa hora temprana de la tarde. Alba Longa pidió un café y eligió una mesa cerca de la ventana desde donde contemplar una buena porción de la plaza del Ayuntamiento. Cuántos errores, pensó, y cuán pocas ganas de volver atrás y corregirlos, si ello fuera posible.
Llegaron todos como volcados por un pañuelo, llenando de repente el local de una elación contagiosa, desinhibida, como si cada uno de ellos estuviera en la cocina de su propia casa. Y sobre todo como si no hiciera más que un puñado de días, menos de una semana, que no se habían visto. Estaban todos cambiados y eran exactamente los mismos. Donde hay confianza, da asco, dijo una vez Damián. Y las invectivas, las pullas, las chanzas, los regodeos en viejas anécdotas llovían por todas partes. La esencia íntima de cada uno, lo que verdaderamente se es en el fondo, no tenía secretos para los demás, porque se habían hecho los unos a la vista de los otros.
Carlos lucía una gorra con visera que lo asemejaba a un lobo de mar, probablemente para ocultar la calvicie frontal, problema heredado de su padre. Era el que más había frecuentado durante esos años. Aun así, podían transcurrir dos o tres sin que ello se produjera. Hernando se había ensanchado y también se parecía a su padre cuando tenía su edad. Sólo en una ocasión de habían encontrado por casualidad en un bar. A Damián también lo habría visto un par de veces durante todo ese tiempo, un cuarto de siglo. Sin embargo, Vicente remontaba a esa última cena de despedida.
-Mira –dijo este último-. Ése que pasa por ahí es Pepe Garriga. También él ha estado ausente durante más de veinticinco años. Y la chica que lo acompaña fue la razón de que se fuera. Un momento, que voy y los llamo.
Dicho y hecho. Salió disparado por la puerta.
Unos minutos más tarde regresaba flanqueado por Pepe y Miriam.
Pepe y Alba Longa se abrazaron efusivamente. Tras Pepe, estaba Miriam.
-¿Te acuerdas? –dijo ella.
Alba Longa repuso que sí, con un susurro, pero categóricamente, experimentando la sensación de que estaba flotando en el éter de uno de esos momentos de remisión que se producen contadas veces en la vida. Sus labios se desplegaron en una sonrisa sincera, pero no insistió en el tema. El silencio parecía haber reventado los tímpanos de todos con un estallido inaudible. ¿Lo sabrían ellos? Tan sólo tenía constancia que Pepe estaba al corriente.
-Venga. Sentaos aquí. ¿Qué queréis tomar?
Todo el mundo quiso un gin-tonic. Pepe se había casado, montó un restaurante en un pueblo del mar, tuvo hijos, nietos…. Y cuando la relación con su mujer se extinguió, regresó a casa, y volvió con Miriam.
– ¿Nietos?
-Nietos, sí….
-¡Pero qué bestia! ¿Cómo has podido hacernos esto?
-Yo se lo tengo prohibido a mi hijo –terció Damián.-
-Pues el que más y el que menos –intervino Carlos-, todos aquí estamos en condiciones de tenerlos. Y no creo que tarden en llegar.
-A mí ya me ha llegado –confesó Hernando.-
Alba le robó una frase para responderle:
-¡Quién te ha visto y quién te ve, matita de hinojo!
Luego, dirigiéndose a Pepe:
-Mi hermana había olvidado contarme que le pedisteis hace unos meses que me diera el teléfono de Juan. Y me lo ha dado hoy mismo. Mañana lo llamo sin falta.
V
Parapetado tras sus gafas de sol, el capitán de la guardia civil, Emilio Cardoso, se sentía como un genio dentro de una garrafa. Al primero que se le ocurra sacarlo de allí ya puede ir eligiendo su muerte. Acompañado de tres números, se dirigía, a través de los arrozales inundados, hacia la quinta del capo Lorenzo Santoña. El sol estaba todavía alto y refulgía con todo su vigor sobre la tersa superficie de las aguas. Lorenzo Santoña posee ahora una amargura que lo ennoblece, al tiempo que, por vez primera, lo asemeja a un jabalí acicateado por la quemante punta de un dardo. A pesar de ello tampoco puede esperar que el capitán de la guardia civil se pase la vida contemplándolo. Sí, claro perdió a su hijo, pero la vida continúa. Los negocios siguen su curso. Cuando uno sabe ponerse en el candelero, está muy bien, pero no puede esperar pasar desapercibido. En tales circunstancias, ciertas medidas se imponen. La protección que llevaba el chaval era francamente insuficiente, teniendo en cuenta que se trataba del hijo y principal lugarteniente de uno de los dos principales padrinos de la ciudad. Esto no es un guateque. Para aguantar el tipo en este baile, no basta con ser guapo e ir bien peinado, un punto más agudo que el diablo hay que ser. Y Santoña ya puede ser un jaque, que peca un tanto de dulce de sal.
El coche patrulla se detuvo ante una pesada puerta de hierro que daba acceso a la finca. No hubo que esperar mucho para que ésta se abriera, dejando ver a los hombres armados con escopetas de caza que la custodiaban. Una auténtica avenida de moreras conducía hasta la mansión, la cual se hallaba sobre una suave colina, rodeada de huertos de naranjos. Más hombres, portando esta vez armas automáticas, guardaban la casa desde las más diversas posiciones.
A lo largo de la fachada se extendía una vasta piscina, más allá de la cual, vestido de sobrio luto, se hallaba Santoña, sentado en una silla de hierro. Junto a él, una suntuosa mesa cubierta con albo e impecable mantel, ofrecía toda suerte de bebidas. El capo tenía la mirada fija en el suelo y parecía no haberse percatado de la llegada del capitán Cardoso. Pero cuando éste se detuvo a pocos pasos de él, alzó lentamente la mirada.
-¿Qué te parece si picamos algo mientras conversamos?
Cardoso alzó una mano para denegar cortésmente.
-Bastante proeza será si para la cena consigo meter algo. En Navidades los cristianos comemos como paganos.
-Una copita, tal vez…
-No gracias, estoy de servicio. Ya ves, he venido de uniforme.
-Viene bien, Emilio. Viene bien. Pues es al hombre de uniforme al que quiero hablar primero. Vamos a dar un paseo. Sería una lástima desperdiciar este suave sol invernal.
-Sé de lo que me quieres hablar….
-¿Lo sabes?
-No puede ser de otra cosa. Pero te aseguro que estamos haciendo lo que podemos y más. Los procedimientos habituales no funcionan, no conducen a nada. Quien quiera que lo haya hecho, ha sido más hábil de lo que parece.
-Quien quiera que lo haya hecho….. Tú y yo sabemos de sobra quién lo ha hecho….
-Pues yo no lo tengo tan claro. No consigo entender qué pretendería con ello. Hemos encontrado un statu quo que conviene a todos. El pesebre es grande. Hay comida de sobra.
-Depende también del apetito que uno tenga. Los hay que matarías una res para ellos solos y tras ella se comerían la mesa en que ha sido servida. Nada es bastante, porque comen con los ojos y ven grande.
-De acuerdo, pero ¿qué plan tiene? ¿Qué objetivo hay detrás de ese acto? Estarás de acuerdo conmigo en que la venganza personal hay que excluirla de plano. Estamos hablando de un cerebro, no frío, sino helado y calculador. Ahora bien, dime ¿qué pretendía al comerse esa ficha? ¿Acaso que reacciones como una alimaña malherida y que desencadenes una guerra que os aniquilaría a los dos?
-Confieso en que no veo el plan. Pero también tú convendrás en que nadie hace una cosa así sin un plan. Luego el puto plan existe. ¿Y quién más indicado para concebirlo que tu más directo competidor? Hasta los niños de teta saben que hay que seguirle la pista al dinero. Mira, sólo te pido que te encierres tú y tus guardias sólo unos días en el cuartel y que te tapes los oídos con una buena cera de abeja.
-Y permitir que tú lo hagas todo en un montón. Dejar que te cargues a las dos personas con las que hago los únicos negocios que valen la pena, que sois tú y él. Y luego que viva de mi sueldo de funcionario…
Santoña se detuvo y bajó los ojos al suelo. El sol iluminaba las naranjas que lucían como lunas de verano. Se habían alejado de la casa y sólo se oía el murmullo lejano de los gorriones que sostenían sus altercados en la copa de un pino solitario que descollaba por encima de un mar verde y algún que otro canto de jilguero.
-Prueba estas naranjas –dijo al fin el capo.- Son puro arrope.
Y alargó él mismo la mano hacia la fruta.
Esta vez Cardoso le hizo caso. Y ambos se pusieron a pelar pacientemente sus respectivas bolas.
-¿Qué te parece? Dignas de la mesa de un cardenal, ¿no?
-Sí.
-Te voy a hablar con franqueza. Todo esto no es más que un negocio bien trabado, con innumerables ramificaciones. Yo puedo comprender ciertas cosas. Anda, dime qué te paga él por tu parsimonia en este asunto y así, por las buenas, sin discutir, yo me comprometo a pagarte el doble para que lo concluyas de un plumazo. Porque sé que puedes.
-Yo también te voy a hablar con franqueza. Hemos tejido juntos unos negocios. Ilegales, cierto, pero bien regulados. Los abusos entre nosotros están proscritos, por la seguridad conjunta. Por lo tanto, no te voy a sacar un dinero extra sin ninguna justificación razonable. El asunto de tu hijo, ni siquiera lo hemos evocado. Dejemos que la investigación siga su curso. Si se orientara hacia él, miel sobre hojuelas. Tendría que plegarse a las reglas. Su organización, lo mismo. Y sin duda quien lo sustituyera sería más maleable que él. No sólo es la única solución viable, sino que es también la más razonable.
-Mira, Cardoso. Por monstruosas que sean las criaturas, siempre hay un ángulo que las favorece. Una hiena es un animal repugnante para todo el mundo, excepto para los padres de la hiena. Para ellos es el hijo de sus entrañas. Quiero la cabeza del que me arrebató el mío. Quiero no sólo la cabeza, sino también el corazón y el hígado y la hiel y los riñones y hasta las entrañas de ese pedazo de cabrón que me lo quitó sin remedio, para hacerme una barbacoa y regarla con un vino que tengo, anterior a la Revolución francesa.
VI
Alba Longa marcó el número de teléfono que su hermana le había entregado. Escuchó varios pitidos característicos pero nadie descolgaba. Luego saltó el contestador liberando una voz vagamente conocida que parecía surgir de lo más profundo de las cavernas interconectadas del tiempo. Apretó el botón y se dijo que llamaría más tarde. Más tarde sucedió lo mismo, así que llamó el día siguiente, con idéntico resultado. Era el treinta de diciembre.
El treinta y uno, por la mañana, sonó su móvil. La pantalla mostraba un nombre: Juan. Desde la última vez que había hablado con él habían transcurrido veintidós años. Lo recordaba muy bien porque el objeto del encuentro había sido invitarle personalmente a su boda. Juan rechazó la oferta sin darle explicaciones. Alba se mostró momentáneamente contrariado, pues él sí había asistido a la suya. Pero su temperamento no abundaba en insistencias ni preguntas indiscretas. Ello no les impidió pasar una excelente velada como suelen hacer dos viejos amigos que se reúnen tras varios años, ya entonces, de haberse perdido de vista. Fueron de aquí para allá, entrando y saliendo de discotecas y de bares de moda, bebiendo como cosacos y hablando largo y tendido de sus cosas. Alba Longa ya vivía en Francia y Juan hacía tiempo que ya no era un simple camello sino que, de lo que se desprendía de su discurso, había alcanzado cierto peso en la red de distribución de droga a nivel, por lo menos, comarcal.
Abrió la comunicación.
-Alba Longa. Si todavía existes, debes ser más viejo que el más viejo de los penates de Roma.
-Un auténtico dinosaurio.
-Por todos los diablos. Se te ha hecho la voz de tu propio fantasma.
-Si los fantasmas existieran, se nos habrían aparecido al menos una vez, de las tantas que hemos ido a cazar pájaros a medianoche, bajo los árboles del cementerio.
-Vaya que sí. Con fantasmas no nos hemos topado jamás. Pero aquél cadáver, con el féretro abierto, que pudimos contemplar expuesto, aquella noche de invierno con niebla, a través de la ventana de la sala en que se despide el duelo, me ha curado de espanto para toda la vida.
-Lo estoy viendo como si lo tuviera delante.
-Pues no tendríamos más de doce o trece años. ¡Qué demonios hacíamos nosotros en el cementerio a media noche! Y es que había que acompañarte, porque si no, te ibas solo.
-Muchas veces lo hice.
-Lo sé, lo sé. Nosotros nos íbamos a la verbena y tú a buscar los sepulcros.
-Ya entonces se podía prever que la cosa no iba a acabar muy bien.
-Al contrario, para ti ha ido bien. Otros no pueden decir lo mismo…
-Eso es discutible. En fin, me hubiera gustado hablar de todo esto en persona.
-Lo siento, había olvidado el móvil en el coche ¿Te vas pronto?
-El dos.
-Todavía podemos ir mañana a almorzar.
-Mañana es el uno de enero. Supongo que esta noche te irás de cotillón y amanecerás a la hora de rezar las vísperas.
-Con esta gota que tengo ya no estoy ni para cotillones ni para rezos complicados. ¿Y tú? ¿Sales esta noche?
-Tampoco. Tras las uvas en familia, a la piltra de cabeza.
-Pues nada. Nos vemos mañana. ¿Te pasas por mi casa? Mi padre habla muchas veces de ti y le gustará verte.
-Perfecto. ¿A qué hora?
-¿A las nueve te vale?
-A las nueve está muy bien.
-Pues hasta mañana. Alba Longa.
-Por cierto, ¿sabes tú quién me puso ese puñetero apodo? Lo voy a tener que asumir durante toda la arrastrada vida.
-No tengo la menor idea. Seguramente sería un cabrón con ribetes de genio.
-A juzgar por el éxito que ha tenido su fórmula, habrá que convenir en ello… Bueno, hasta mañana, a las nueve.
VII
El pasado 28 de diciembre, el capitán Emilio Cardoso, comandante del puesto objeto de la investigación, rindió visita al capo Lorenzo Santoña en la quinta que este último posee a las afueras de la ciudad. Se presentó acompañado de tres números, cuya identidad e historial adjunto en el fichero que conlleva la presente, todos ellos de uniforme. A la vista del coche patrulla, la sólida puerta de la finca se abrió dejando ver a unos cuantos hombres armados que la custodian día y noche. La entrevista duró una hora y treinta y cinco minutos y se inscribe en la serie de contactos regulares que el capitán mantiene con los jefes de las dos mafias principales de la ciudad, el mencionado Lorenzo Santoña y Juan Piedrahita, de los cuales he dado cumplida cuenta en precedentes informes. Debo dejar constancia de que resulta difícil acercarse a dicha finca, ya que la vigilancia de la misma se ha reforzado mediante numerosas patrullas que rastrean los huertos de los alrededores. Razón por la cual los detalles precisos, objeto del encuentro, no han podido ser registrados. Se puede colegir, sin embargo, que, además de los asuntos corrientes relativos a los negocios crapulosos que mantienen, no puede sino haber surgido sobre el tapete la cuestión del asesinato del hijo de Santoña y de la lentitud de las diligencias que lo afectan. Ello me lleva a constatar que, en efecto, la investigación ha entrado en un auténtico marasmo, con la evidente intención de que progresivamente alcance un tal nivel de putrefacción que la haga irrecuperable. Las piezas a convicción van desapareciendo una a una, las deposiciones de los testigos se modifican, algunos de ellos incluso se retractan, el seguimiento del caso por los agentes a él afectados se hace con patente desgana, por no hablar de negligencia. Todas las evidencias, a un nivel superficial, indican que el capitán Cardoso encubre a Juan Piedrahita, lo cual permite colegir lo arduas que deben ser las explicaciones que el primero plantee al segundo. No obstante, un análisis más detenido complica sensiblemente el asunto, habida cuenta de la ausencia de un móvil verosímil. Dado que desenterrar el hacha de guerra, en tales circunstancias, no sólo no beneficia a nadie sino que de ello podrían seguirse consecuencias desastrosas.
31 de diciembre de 2013.
No se puede servir dos amos a la vez. A menos de ser uno mismo el verdadero y único amo de todo: el mismísimo diablo en persona. En cualquier caso, alguien está jugando con cerillas en un depósito de gasolina. Convendría atar bien los cabos antes de que estalle la guerra y todo salte por los aires. Aunque toda esta ave carroñera no merezca otra cosa que un tiro entre ceja y ceja, siempre puede haber daños colaterales. Parece que conviene aguardar todavía un poco para ver hasta qué punto llega la responsabilidad de cada uno y comenzar la gran limpieza, el zafarrancho de combate. Entonces quitaremos a unos cuantos peones de la circulación durante cierto tiempo y los que manejan los hilos de la droga desde lo alto, que posiblemente sean quienes manejan todo desde lo alto, los reemplazarán por otros y el comercio continuará, aquí mismo o un poco más adelante. Es por el dinero, obviamente. Lo peor es que podría haber algo más que el sucio dinero que corrompe cuanto toca. Una voluntad manifiesta de envilecerlo todo y a todos, de ponerlo todo patas arriba, invertido, los vicios y las taras en el lugar de los valores y las cualidades, el antihéroe en el pedestal de héroe; así ocurre en novelas, en películas, en videojuegos. El objetivo es lograr una masa compuesta por individuos drogados, embrutecidos, sin moral, sin proyectos, sin respeto por nada, ni siquiera por sí mismos, y no digamos ya de la nula capacidad por integrar un esfuerzo común. Qué duda cabe que, de ese modo, las masas son más fáciles de manejar, de encauzar. Nos estamos convirtiendo en una sociedad de muertos vivientes, a merced de la voluntad de las élites. Y da escalofríos pensar en cuál puede ser la voluntad de las élites, cuando ponen tanto empeño en preparar el terreno.
El sargento Germán Solórzano apagó el ordenador con un gesto de desgana. Estas fechas lo ponen siempre de humor tenebroso. Claro, siempre de acá para allá, barriendo los patios de los templos, al pie de las pirámides, de la basura y la lepra, la sangre podrida y el pus que los cubre; mientras que allá arriba, en el vértice, intuye que los sacerdotes y los iniciados se embriagan y ríen con sarcasmo del mal que han provocado allá abajo. Ése es el significado simbólico de las pirámides, desde las del antiguo Egipto hasta la del Louvre, doblada esta última de la pirámide invertida del subsuelo, la de los valores invertidos. Para que la pirámide de arriba se mantenga incólume, la de abajo debe invertirse. En estos días de alegría generalizada, bullanguera, estentórea, postiza y forzada, Solórzano deambula solo por las calles, sin familia, sin amigos, sin anclaje, contemplando un mundo que, a sus ojos, se hunde sin remisión en una hedionda ciénaga.
Delante de él, una mujer con un niño en brazos y otro de la mano escarba dentro de los contenedores. Un latigazo de náusea, que a duras penas logra sofocar, sacude todo el cuerpo de Solórzano. La mujer ha encontrado algo y lo lleva a la boca de los niños, primero a la del pequeño y luego a la del mayor, que lo saborean con deleite. Luego hunde de nuevo la cabeza en el contenedor y come ella misma. Solórzano tiene ganas de gritar, de romper los cristales de los coches a puñetazos. Pero teme asustarla. Corre, sin embargo, hacia ella, porque tiene que interrumpir aquello cuanto antes. Cuanto llega ante ella, tiene ya la cartera desenfundada. La mujer lo mira horrorizada. Pero sus ojos se abren como platos cuando ven que aquel hombre ha pellizcado un billete de veinte euros, el primero que ha encontrado, y se lo entrega.
-Toma. Compra algo decente para cenar, al menos esta noche.
La mujer no pudo, o no supo, contestar. Probablemente era extranjera. Toda ella permaneció impasible, como una estatua de cera. De repente, la mano en que sostenía el billete se crispó, desapareciendo el papel dentro del puño cerrado. Ninguna fuerza, de este mundo o del otro, podría arrancárselo ya.
VIII
Las plaquetas de los timbres exhibían dos nombres conocidos. Alba Longa ya lo sabía. Damián vivía en el tercero y Juan en el primero. Por lo que se refiere a Damián, él sí debió salir de cotillón y regresado a la del alba sería, eso si es que estaba ya en casa. Pulsó el timbre de Juan.
-Sube.
Alba Longa no tomó el ascensor, por sólo un piso. Subió los escalones con cierta precipitación. En el umbral de la puerta se encontró con un hombre mayor, que le sonreía con cara de luna llena en la penumbra. Dios. No es que hubiera envejecido abiertamente. Si acaso había madurado en exceso. Juan siempre había sufrido de alopecia. Antes de los dieciocho años ya tenía la frente despejada. Pero a partir de entonces Alba solía sorprenderse a menudo de lo bien que su amigo sabía conservar los cuatro pelos que le cubrían la parte superior del cráneo, que él peinaba con raya partida en el centro de la cabeza, y todos los demás por supuesto, a base de lociones, de potingues y quién sabe de qué otras cosas más. Ahora, sin embargo, su cabeza era una blanca bola de billar. También había engordado algo, sin llegar a estar obeso. Se abrazaron.
-Pero si estás igual, coño. No has cambiado un átomo. Ni una arruga, el mismo perfil. Igual. Hay que ver lo que hace llevar una vida sana y ordenada.
-¿Cómo voy a estar igual, después de veintiún años? Cuando enciendas la luz, verás la cabeza llena de canas.
Juan encendió, en efecto, la luz del recibidor.
-No es para tanto.
-Pimienta y sal, como dicen los franceses.
-Pasa, que sólo falta calzarme y nos vamos. Mi padre no ha podido salir. Está enfermo, ¿sabes? Le he dado el desayuno y se ha vuelto a dormir.
Alba no se atrevió a preguntarle por su madre, a la que no se mentaba para nada. Pero Juan le salió al encuentro de su pensamiento.
-Mi madre faltó hace ocho años. Y también una de mis tías. La otra sigue allí, dando guerra.
Allí era unas siete u ocho casas más allá, donde vivían antes, en dos números contiguos, sus padres y las hermanas de la madre, que se habían quedado para vestir santos. Ese piso lo había comprado Juan cuando iba a casarse.
-En cambio, me ha salido un hijo de dieciocho años.
-Hombre, Juan, es lo que toca. Yo también tengo un hijo de dieciocho años.
-¿Qué digo de dieciocho años? De dieciocho meses.
Alba estalló en una carcajada, todo lo discreta que pudo en atención a la fecha y a la hora.
-Eso ya no es tan normal –repuso.
-Es medio ruso. Su madre es rusa, en todo caso. Hemos comparado fotos de cuando yo tenía esa edad y somos clavados. Ayer vinieron, un poco antes de las doce, con gambas y champán. No estaba previsto, pero en fin, mi padre está chocho con el chaval. Anda, sube, le dije.
Mientras hablaba, se calzaba las botas trabajosamente.
-¡Maldita gota de todos los cojones!
Concluida la operación, se encasquetó una gorra que le daba el aire marcial que se correspondía con su carácter.
-Listo.
Con un chasquido, Juan abrió un cerrojo que crujió con autoridad. Alba se sorprendió de que su amigo hubiera echado el cerrojo sólo para ponerse las botas y volver a salir. La puerta era pesada y silenciosa, recubierta por dentro de una chapa de acero de por lo menos dos dedos.
En la calle no había ni un alma y el silencio era inverosímil.
-Veo que has cambiado de coche.
-El otro se dio de narices contra un jabalí. El animal no sé cómo quedaría, pero el coche estaba para el desguace. Saltó una paredilla que divide los dos sentidos, por lo que no lo vi llegar y no pude reaccionar. Simplemente aterrizó delante del capó, dándole al coche tal testarazo que parecía haber chocado contra un pilón.
-Vaya, ésa será la mejor pieza que hayas cobrado jamás.
-No es seguro que la palmara. Percibí una sombra que salía disparada por la derecha. Además era noche cerrada y no quise bajar allí, sin ninguna luz.
-Hiciste bien. Un jabalí herido es peor que un torpedo. Una auténtica máquina de matar.
-Ni siquiera pensé en eso. Pero no podía sino comprender que si paraba el coche, era muy probable que no volviera a arrancar. Por lo menos el radiador se habría destrozado y estaría haciendo aguas por todas partes. Así fue, en efecto, cuando llegué a casa, eché un vistazo por debajo y vi cómo acababa de perder el líquido que le quedaba.
-Bueno, la pérdida material se reemplaza. Más se perdió en la guerra de Cuba. Dicen.
-Sí, eso dicen. ¿Hacia dónde pongo la proa?
-Vamos a la playa. Allí estaremos tranquilos un día como hoy.
Efectivamente, el paseo marítimo estaba desierto, a pesar del magnífico sol de invierno que tibiaba el paraje. Un silencio tan rotundo en tales lugares crea una atmósfera de fin de mundo.
-Tenemos todos los bares a nuestra disposición. Entremos en éste, por ejemplo. La vista del mar es buenísima.
Juan pidió dos tercios y varias cosas para picar. Pacotilla. No los bocadillos y la ensalada que es lo que se suele usar. Tras esos tercios vinieron otros, y luego otros, hasta que allí había más tercios que en Flandes. Alba había perdido la cuenta. Y platicaron largo y tendido. En unas horas colmaron con palabras un paréntesis de veintiún años. Juan le habló con franqueza, sin ocultar nada. Ninguno de los dos podría decir cuándo se conocieron, desde cuándo eran amigos. Desde siempre. Juan sabía que no era juzgado. Lo que hay, juega. Así son las cosas y no se pueden cambiar. Y había mucho. Además del tráfico de drogas, había sido cuestión de tráfico de armas, proxenetismo, blanqueo de dinero, empresas tapadera, venta de coches robados, negocios con mafias extranjeras: marsellesa, rusa, colombiana. Y también luchas, encerronas por arrebatar alijos, que a veces se saldaban con muertos. Juan había dado órdenes que habían vertido sangre. Él mismo había personalmente vertido sangre, asesinado. Pero el que se mete en ese mundo ya sabe a lo que se expone. Hombre para ganar, hombre para perder. Hombre para vivir de la crápula mientras sea posible, hombre para diñarla cuando le llegue la hora. O cuando cometa un error. Entre todas aquellas historias atroces que no se daban de vagar y que Alba Longa, con tanta cerveza y tanto dato, tenía dificultades en seguir el hilo, una cosa sí le llamó poderosamente la atención. Es que Juan empleaba a menudo el pasado.
-Nos han gustado las armas y hemos vivido de ellas. Nos hemos construido una vida con arreglo a nuestras preferencias, a nuestras aficiones. Hemos realizado nuestra vocación y no nos hemos arrepentido.
Ese tiempo verbal pasado, ¿era acaso una manera de asumir la precariedad de su existencia como consecuencia directa de su vida pasada? ¿O por el contrario era una manera de dar a entender que se había, en cierto modo, jubilado de ese particular modus vivendi? Ambas posibilidades eran igualmente inquietantes. Porque jubilarse en ese oficio no resulta fácil. Bueno, hoy en día no es fácil en ninguno, dada la ineptitud de la gente que nos gobierna y las malas entrañas de quienes nos dirigen. Pero en el ambiente de la camorra, jubilarse significa haber encontrado la fórmula, mítica o mágica, para cubrirse las espaldas. Alba Longa estaba lejos de creer que Juan Piedrahita era un ingenuo, así que le hizo confianza.
-Tu abuelo te compraba rifles de balines para todos. Recuerdo que tenías dos rifles simples y uno de repetición, que se recargaba bajando y subiendo el cañón, y una pistola también de balines. Pero también te compraba libros, que luego leíamos todos. Me viene a la memoria “¡Oh, Jerusalén!”, de Dominique Lapierre y Larry Collins, una biografía de Rommel, un libro de viajes fantásticos, de grandes exploraciones y en general muchas novelas célebres.
-Más tarde fuiste tú-completó Alba Longa-, que empezaste pronto a manejar algo de dinero, quien hizo subir un grado la calidad y el alcance del armamento, al adquirir dos fusiles del calibre veintidós, uno con cerrojo y el segundo semiautomático. Verdaderas armas de guerra.
-Cierto, a Kennedy se lo cargaron con un calibre veintidós.
-Recuerdo aquel día, debía ser por estas mismas fechas de Navidad, que nos fuimos detrás de la colina de los Santos, a matar ratas de partida con esos fusiles. Venía ese amigo tuyo, coño, ¿cómo se llama? Ése que era abstemio y una vez le paró la guardia civil para un control de alcoholemia y le dijo el guardia “hombre, una copita de vez en cuando no le hace mal a nadie.”
-Ah, sí. Ése era Enrique.
-Nos pusimos los tres a disparar a las ratas y el agua de los marjales parecía hervir alrededor de ellas. Y cuando tocábamos a una la hacíamos saltar varios metros por los aires, a pesar de la distancia que se encontraban.
-Lo recuerdo perfectamente. Que después se levantó una niebla tan espesa que parecía leche condensada y después de dar vueltas y vueltas ya desesperábamos de salir de ese laberinto.
-Entonces éramos ya algo más maduros. Fuimos con tu coche.
-Lo que tampoco se me olvida es la legendaria puntería de Alba Longa. Lo que tú hacías a veces…. Lanzar un balín al suelo, echarte de golpe la culata a la cara y hacerlo desaparecer de un tiro certero, eso es inaudito. O aquella otra vez que mataste a un gorrión a una distancia increíble. Apenas era un puntito negro sobre una pared de ladrillos rojos.
-Aquello fue pura casualidad. Levanté el punto de mira a ojo de buen cubero, para tener en cuenta la elíptica del tiro.
-A ojo de buen cubero, pero acertaste. Eso no había nadie que lo hiciera. Y otra cosa, la rapidez. Estábamos todos escondidos bajo las ramas de un naranjo, esperando a que los pájaros se posaran en las de una higuera. Cuando nosotros veíamos que el pájaro se dirigía a la rama y se agarraba a ella, echábamos mano al rifle, pero apenas lo habíamos levantado, o a lo sumo echado la culata a la cara, ya el pájaro caía rodando por los aires, chocando de rama en rama, abatido por tu disparo.
-Ya es hora, creo, de que te explique el truco. El follaje de los naranjos, de los miles de naranjos que rodeaban la higuera, impedía detectar al pájaro que se acercaba a la misma hasta que estaba prácticamente dentro de la higuera. No había que mirar hacia arriba, sino hacia abajo. A ras de suelo se veía deslizarse mucho antes la sombra del ave. La cual yo ya sabía que venía y por dónde venía. Entonces me preparaba. El fusil apuntaba ya en la dirección correcta. Por lo tanto, un segundo después de haberse posado el volátil, salía el disparo.
-Bien callado te lo tenías.
-En esta región, si se quiere avanzar con precaución por el campo, conviene mirar más por abajo que por arriba. Así es como se ve venir al dueño del huerto, que no gusta de ver cómo su higuera es acribillada a balinazos, o al guardia forestal…..
-Creo que durante el servicio militar fuiste tirador de élite, ¿verdad?
-Sí.
-No podía ser de otra manera, del biberón pasamos al manejo de las armas, llevando al mismo tiempo vida de soldado. Sobre todo en verano, que no querías cazar porque los pájaros se hallaban en pleno período de reproducción, jugando, como quien no quiere la cosa, nos imaginábamos en territorio enemigo, tomando posiciones adversas, reptando o a la carga, con el fusil en ristre, así, durante horas y horas, a veces en condiciones extremas de temperatura o de lluvia, exactamente lo mismo que se hace en el ejército. Para terminar nos íbamos a nadar en el río.
-Para terminar y a veces para empezar también.
-Una vez descubrimos a un guardia forestal que se proponía seguramente dar una buena lección a esa manada salvaje que tantos destrozos hacía en los campos, eso hay que reconocerlo, y para ello escondió primero su bicicleta entre los naranjos, luego se metió él dentro de una pequeña acequia seca en ese momento, a aguardar a que llegáramos. Nosotros lo estábamos observando a distancia. Entonces le diste instrucciones a Garriga para que, con dos o tres más, dieran toda la vuelta e iniciaran en efecto un avance prudente por ese camino, dando algunas voces, manifestando su presencia. Cuando el guardia saltó de su escondrijo, dispuesto a atraparles, cayó sobre él una verdadera lluvia de plomo, disparada por cuatro o cinco tiradores que estábamos apostados entre la hierba del camino elevado que sirve de parapeto al río. A esa distancia, cada impacto sería equivalente, a lo sumo, a una picadura de avispa, pero el pelele bailaba como en una ópera bufa. Todos soltamos una enorme carcajada y el pobre diablo no sabía en qué dirección correr, ni a quién atrapar primero. Desgraciadamente para él ninguno de los grupos estaba a su alcance. Aquello fue ya una rudimentaria pero auténtica operación militar.
-Sí, los guardias me conocían. Una vez su jefe le dijo a mi abuelo: si conseguimos echarle el guante, se le va a caer el pelo, por muy nieto tuyo que sea. Sin embargo, por mucho que lo intentaron, ninguno lo consiguió. Ellos vigilaban los caminos, pero nosotros no los utilizábamos. Avanzábamos a través de los huertos, como si de una selva se tratara, y aparecíamos en un punto o en otro como por ensalmo y desaparecíamos de la misma manera.
-Claro, cuando llegué al ejército, a infantería de marina, que no es moco de pavo, me encontraba en mi elemento. Tanto es así que reenganché. Permanecí cinco años en el cuartel de Cartagena. Tú viniste una vez a visitarme, ¿recuerdas?
Alba Longa lo recordaba perfectamente. Juan lo había hecho entrar en el recinto militar sin pedir permiso a nadie y le mostró los terrenos de entrenamiento y todo cuanto había que mostrarle allí.
-También estábamos hechos a la sangre –prosiguió.- En cierta ocasión nos despertaron una noche, a algunos de los más veteranos. Nos ordenaron que subiéramos a las lanchas. Y salimos a mar abierto. Por lo menos tres horas de navegación. Al cabo clamaron zafarrancho de combate. Yo me instalé ante una ametralladora pesada. Me señalaron el objetivo. Unas luces que bailaban a lo lejos. Me puse a disparar con toda mi alma, peine tras peine. Cuando dieron el alto el fuego y nos acercamos a examinar la embarcación enemiga, ésta chorreaba sangre por los cuatro costados. No creo que nadie escapara de la masacre. A mí me concedieron sesenta mil pesetas de las de entonces.
Alba Longa vació de un trago la que creía era última botella de cerveza de un día que había visto desfilar muchas.
-Ya hemos estado bastante aquí. Cambiemos de sitio –propuso Juan.-
IX
Cambiaron de lugar, pero no de costumbres. Más tercios de cerveza. Aquello ya no era Flandes, sino Troya.
-A pesar de las sesenta mil pesetas, el plan no daba para mucho, la verdad. Fue un buen entrenamiento, cierto, pero bastaban cinco años. Aquí yo tenía más marcha. Así que regresé y reanudé mis antiguos contactos. Evidentemente cambié el “modus operandi” y las cosas se aceleraron. Mientras yo estaba ausente, alguien conocido se había hecho un lugar preponderante por estos lares. ¿Conociste a Lorenzo Santoña?
-Poco. Pero ese poco fue lo bastante como para decirte que nunca fue santo de mi devoción.
-Pues tampoco lo es de la mía.
-Sin embargo, era muy amigo de Mario. Y, a través de él, daba la impresión de tener buenas relaciones contigo.
-Digamos que hubo un tiempo en que las relaciones fueron correctas, en atención sobre todo a Mario. Después la cosa cambió.
-Para mí era uno de esos tipos cuya sola visión enfada. Lo que los franceses llaman una auténtica “tête à claque”. Cuando leí “Crónica de una muerte anunciada”. ¿La has leído?
-Sí, claro.
-El personaje de Bayardo Sanromán me devolvía irremisiblemente a ese tipo. Pero hubo una anécdota que empeoró sensiblemente las cosas. Mi futuro cuñado trabajaba de socorrista en una piscina. Y estaba hablando en mi presencia con un amigo suyo que también ejercía ese oficio, pero debía ausentarse obligatoriamente un día para atender a otro asunto que no admitía demora. No había modo de encontrar un sustituto. Mi cuñado no podía, desde luego, porque tenía que atender a su puesto. Los vi tan preocupados que al final me decidí a intervenir. Yo lo haría, pero claro, ya sabéis, no tengo título, les dije. Los otros dos admitieron que ello constituía, en efecto, un riesgo considerable. Pero al mismo tiempo era una solución. Por un día no va a pasar nada. Así que, ni corto ni perezoso, llegada la fecha en cuestión, me presento a las ocho de la mañana en la piscina de ese pueblo. El personal de servicio estaba al corriente de mi llegada. Me reciben, me muestran las instalaciones, el cuarto que me estaba reservado, con su teléfono, su mesa, unas cuantas sillas, el botiquín, etc., me recuerdan los horarios y me dejan a mi albedrío. La mañana transcurrió con toda normalidad, a pesar de que la piscina se llenó hasta la bandera. A eso de las dos de la tarde, la cosa se calmó. Los bañistas se fueron a comer, unos a sus casas, otros al restaurante que se hallaba en el interior del recinto. Serían las cuatro de la tarde, cuando todo el mundo procuraba hacer la siesta a la sombra o mataba el tiempo charlando en el bar o jugando al dominó, entró en escena un grupo bastante agitado y vociferante, constituido por una veintena de personas, todos varones, entre los cuales figuraba nuestro Lorenzo Santoña. Según parece, habían reservado una gran mesa para una cena de despedida de soltero. Eran las cuatro y ya estaban allí, todos pasablemente bebidos y con la intención manifiesta de provocar alboroto. Lo cual no tardaron en conseguir pues, apenas instalados, vieron a una chica guapa y sin pensárselo dos veces la echaron vestida a la piscina. La belleza no estaba vestida por casualidad. No sabía nadar. Me tiré al agua y la saqué. Apenas salida por la escalerilla, que ya la cogían y la echaban de nuevo. Era Lorenzo Santoña quien diría las operaciones y tomaba la parte más activa en ellas. Me volví a tirar y la volví a llevar hasta la escalerilla, pero en esa ocasión le recomendé que se quedara agarrada allí. Con el tiempo he aprendido a prevenir y neutralizar ese cortocircuito que a veces se produce en mi mente, pero entonces no sabía. Trepé por la escalera con una furia que me dio a mí más miedo que a ellos, porque semejante estado desconoce los límites y no se detiene ante la barrera que separa la vida de la muerte. Reconozco que, más que los actos en sí, que eran repugnantes por lo simiescos, era la pasta de la cara de Santoña lo que más contribuía a ponerme en ese estado. Afortunadamente conformaban una tupida barrera de veinte, impidiendo que alcanzara al personaje objeto de mi resquemor. Si es así, les dije, una vez recuperado el dominio de mí mismo, voy a llamar a la guardia civil. Y con las mismas me dirigí al cuartucho, descolgué el teléfono a la vista y oído de todos. “¿El cuartel de la guardia civil? Le llamo desde la piscina municipal. Soy el socorrista. Un grupo de unos veinte incontrolados está provocando incidentes que pueden llegar a adquirir un carácter grave. La situación se me escapa de las manos, dado el número y el grado de intoxicación etílica que presentan dichos individuos. Solicito una intervención urgente de la guardia civil. Está bien, aguardo su llegada.” Ese lenguaje de resonancia oficial tuvo la virtud de disipar un tanto las miasmas alcohólicas que nimbaban sus testuces vacunas. Allí estaban, indecisos, sin saber a qué santo encomendarse, sin resolverse a recuperar su anterior tono agresivo y provocador o bien tomar las de Villadiego, cuando todavía era tiempo de hacerlo. Yo me recliné en una jamba de la puerta y me puse a observar sus reacciones. Por supuesto que, sin el título de socorrista en el bolsillo, no había marcado el número de la guardia civil, ni ningún otro. Pero eso ellos no lo sabían. Algunos discutían entre ellos sobre la determinación que debían tomar. Otros salieron para vigilar desde la puerta. Nadie se acordaba ya de la chica, que aprovechó para hacer mutis por el foro. No habían pasado más de tres minutos desde la supuesta llamada, cuando se oyeron carreras. Algunos de los que habían salido a la calle regresaban precipitadamente. Ya están ahí, dijeron, sin parar de correr, dos motoristas de la guardia civil. Fue una desbandada general. Pronto se les vio saltando la tapia del fondo de la piscina. Algunos de ellos no lo conseguían, o se caían, pero lo volvían a intentar con desesperación. Santoña sí lo consiguió de los primeros y desde entonces no lo he vuelto a ver. Claro que después me tocó sufrir a mí, al ver que, en efecto, un guardia de uniforme entraba en la piscina. Pero se limitó a saludarme con toda normalidad. Yo estaba que la camisa no me llegaba al cuerpo. Y el guardia que se va derecho al bar. Pide una botella de agua mineral fría para salir enseguida a compartirla con su compañero que le aguardaba fuera. Una puta casualidad. Pero los veinte cabrones estaban todavía corriendo como conejos campo a través.
-A veces, el azar hace bien las cosas. Pues bien, como te digo, ese tipo había ocupado todo el espacio. Por lo que tuve que mostrarle algunos de los nuevos procedimientos que había aprendido para hacerle comprender que lo razonable era hacerse a un lado, con objeto de dejarme al menos un sitio para que pudiera proseguir mis interrumpidas actividades. Hoy en día, podemos afirmar que hemos llegado a un consenso tácito para distribuirnos de manera equitativa el trabajo. Cada cual conoce sus marcas y sus dominios, procurando no pisar territorio enemigo. Y aquí paz y allá gloria. Aunque últimamente ha tenido la desgracia de que le maten al hijo. Al único hijo, por lo que anda algo pachucho el hombre.
-Bueno, eso no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Ninguna otra desgracia se le puede comparar. La ley natural ordena que los hijos vean morir a los padres, pero no al contrario. Si esta ley no se cumple, el dolor que engendra es inhumano.
-Una de las cosas que he aprendido, al evolucionar en este medio, es que uno no ha de tener peores enemigos. A lo sumo oponentes, adversarios. Los asuntos pueden dar muchas vueltas y no es infrecuente encontrar ayuda, interesada, desde luego, donde menos se lo espera. Nadie está completamente desprovisto de utilidad. Tan sólo hay que encontrar el modo y el momento para sacarle partido. Eso hasta la guardia civil parece haberlo admitido. Menudas juergas nos hemos montado, aquí y sobre todo fuera, con unos cuantos de ellos. No todo ha sido diversión, por supuesto, también hay que concederle su importancia al negocio. A Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. No han salido perdiendo con practicar una actitud tan comprensiva. Por desgracia se ha producido últimamente un incidente. Surgió un problema, una nimiedad, y a uno de ellos no se le ocurre sino ponerme en detención preventiva. A mí no me molesta, le dije, estar charlando un rato con vosotros, pero mi padre está enfermo y tengo que ir a darle las comidas. No vivo lejos, vuelvo enseguida. Pues no lo entendía, el tipo. ¿Ah, sí? Les dije. De ahora en adelante se acabaron las fiestas y el cachondeo. Menos mal que el comandante del puesto sabe dónde le aprieta el zapato. Tú lo conoces, Emilio Cardoso.
Alba Longa lo conocía muy bien. Habían sido compañeros de clase durante todo el bachillerato. Su padre ya había sido comandante del puesto y ahora lo era él.
Se estaba haciendo tarde. El tiempo había pasado raudo. Era preciso volver. Alba no salía de su asombro al considerar el poco efecto que le había hecho tanta cerveza. En lo más recio de su juventud no hubiera podido soportar la quinta parte. Ahora se sentaba al volante como si nada. Eso sí, no tenían que pararles para un control de alcoholemia.
Detuvo el coche a la puerta misma de su amigo.
-Siento no poder subir a saludar a tu padre.
-No importa, ya lo harás cuando vuelvas. Supongo que no vamos a dejar pasar otros veintiún años antes de encontrarnos de nuevo.
-Cierto que no, pero la próxima visita será consagrada enteramente a tu padre. Díselo.
-Así lo haré.
-¿Sabes? Hay material más que suficiente para hacer un libro con todo esto.
-Pues si te animas lo hacemos. Cambiando, eso sí, la onomástica y la toponimia.
-No se hable más. Este verano ponemos manos a la obra.
X
Es el mes de junio. Alba Longa contempla el esplendor de la primavera. La campiña normanda ha florecido al fin. La naturaleza, aplastada durante tantos meses por la lluvia, la nieve o la bruma helada, surge rozagante como un desafío al cielo. Alba Longa ha trabajado el pequeño huerto que tiene al fondo del jardín. Ahora está todo sembrado. Incluso algunas plantas empiezan a brotar de la tierra. Sentado en un banco, las ve crecer. O bien lee.
Suena el móvil. En la pantalla aparece un nombre: Damián.
-¿Qué tal van las cosas por el jardín de las Hespérides?
-Esto no es un jardín de las Hespérides, sino una casa de putas. Y las cosas van mal.
-¿Y eso?
-Mira. Prepárate a una mala noticia.
-Estoy preparado –mintió Alba Longa, porque, ¿cómo se iba a preparar ante lo que desconocía?
-Juan ha muerto.
-¿Juan? ¿Qué Juan? –mintió de nuevo porque sabía perfectamente de qué Juan se trataba, pero aquello daba un tumbo demasiado inverosímil. En cierto modo, Juan acababa de resucitar y ahora estaba muerto de nuevo. ¿Qué clase de burdel es esto?
-¿Qué Juan va a ser, coño? Juan Piedrahita, el que vive debajo de mi apartamento. Mi hijo acaba de llamarme para comunicármelo. Allí está la guardia civil y no deja entrar a nadie.
Alba Longa había temido tanto esto, que le parecía haberlo vivido antes. No se jubila uno de semejante tipo de empresas. Porque desde el preciso instante en que cayó la fatal noticia, se enquistó en su mente la idea de que había sido asesinado.
-¿Se sabe algo ya de lo ocurrido?
-Sólo que se lo encontró su padre, muerto, arrodillado ante la cama. Como no venía a darle el desayuno, el hombre fue como pudo a reclamarlo a su habitación.
-Los padres nunca deberían ver morir a sus hijos –musitó Alba Longa, sin saber muy bien lo que decía.-
-Pues ya ves, nuestra religión nos enseña que el Padre envió a su propio hijo para que, con su muerte, redimiera al género humano.
-A lo mejor es por eso, por lo que no voy yo a misa.
-Menudo puchero se va a hacer contigo Pedro Botero, con sus famosas calderas. ¿Podrás venir al entierro?
-Al entierro me va a ser imposible. Le pediré a mi padre que me represente. Por el contrario, cuando vaya, a mediados del mes que viene, me gustaría darle el pésame personalmente a su padre. Pero sé que está el hombre inválido y probablemente no abra la puerta, si es que todavía sigue allí….
-Yo me encargo de arreglarlo.
-Bueno, pues en cuanto sepas algo nuevo, llámame.
-Descuida. Hasta pronto.
¿Qué hemos hecho –se preguntó Alba Longa- del poderoso, irrefrenable vigor de nuestras ilusiones?
SEGUNDA PARTE
I
Un pésame es sólo una fórmula elegida entre un repertorio no muy amplio, que se deja caer, las más de las veces, a la puerta de la iglesia o del cementerio, con cierta fugacidad, en parte justificada por la existencia de esa fila, más o menos larga, que se constituye a tal efecto. Resulta, en general, un trámite embarazoso que suele ejecutarse con una celeridad casi culpable. Sin embargo, cuando ese pésame posee un sentido más etimológico, menos gastado, entonces constituye un ejercicio pasablemente difícil. ¿Qué podría decirle él a ese hombre plácido, casi cachazudo de puro pacífico, en cuyo pecho iba a soplar, de manera inevitable, las brasas del dolor encendidas por la pérdida del hijo, que sirviera realmente de algo, que aportara un leve consuelo, un grano minúsculo de anestésico? Alba sabía que eso es casi imposible, o por lo menos no se improvisa. Tiene que pasar un ángel y tocar a los presentes con su ala y esparcir un perfume celeste, de lo contrario no hay nada que hacer. Así que decidió renunciar a elegir una de esas fórmulas. Llegado el momento, su lengua se desatará, o se quedará anudada, poco importa. Hay veces en que no salen las palabras, sino los mudos fantasmas de las palabras, que resuenan en todas las conciencias. Prefirió recordar, mientras caminaba por las calles de la infancia, aquel hombre calvo, con cara de luna llena o, como dicen en el pueblo, de pan quemado; en verano, sentado siempre a la puerta de su casa, desde que se alargaban un poco las sombras al atardecer hasta pasada la medianoche cuando se iba a dormir, con sólo una leve pausa para la colación, y en invierno, eternamente sentado en el sofá, frente a la tele, pusieran lo que pusieran. Nunca lo había visto reír, pero tampoco enfadarse, ni siquiera inquietarse por algo o ponerse mínimamente nervioso. Inalterable en su placidez. Al contrario de su mujer, que era una bola de nervios, siempre haciéndole reproches y preguntas al hijo y, como además estaba sorda, aquél tenía que gritarle las respuestas. Todo eso se desarrollaba ante el padre como un serial televisivo latinoamericano al que se le presta poca o ninguna atención. Alba Longa deseó que semejante carácter pudiera ayudarlo a sobrellevar la desgracia en la pura rebotica de su vejez.
En la casa de al lado vivían las dos tías solteronas, las cuales tenían sin duda un oído finísimo, a juzgar por la celeridad con la que acudían para apoyar las tesis de la hermana casada. Juan las enviaba enseguida a todas al rey que hace quince. Ellas se escandalizaban, pero venían ya las dos con el dinero que le iban a dar cuando se fuera. Y cuando hubo que comprar la bicicleta, eran las tías las únicas autorizadas a hacerlo y nadie más. Lo mismo cuando le llegó el turno a la moto y más tarde al coche. Las tías corrían con muchos gastos, faltaría más.
La vista de la conocida placa de timbres alineados le devolvió muchos años atrás, a un presente poco halagüeño. Pulsó el botón que correspondía al timbre de Damián. Éste ya lo estaba esperando, por lo que se limitó a decir:
-Sube.
Lo recibió con su mujer, la cual apartaba también con sus manos una espesa telaraña de tiempo.
-La tía de Juan, Adelina, se ocupa ahora de su cuñado y ha aceptado venir a recibirnos.
Alba Longa tenía la vaga impresión de que Juan le había comunicado algo importante acerca de sus actuales relaciones con su tía. Pero los vapores alcohólicos que circundaban su cabeza eran tan densos aquella mañana que, no sólo no recordaba los detalles, sino que ni siquiera era capaz de determinar si dichas relaciones eran buenas o malas. Y ahora el anciano se hallaba a la merced de esa incógnita sobre su cuñada. Si Alba debía referirse a sus propias impresiones, éstas no eran muy tranquilizadoras. Según él, la tía tenía una vena. Más marcada aún que la de la madre de Juan, que hablaba sola, o para el cuello de su camisa, y la sordera no la excusaba lo suficiente.
En fin, bajaron los tres al primero, sonaron el timbre y abrirse la puerta y levantarse un telón fue todo uno. Alba ya había previsto, y temido, una función teatral semejante. La tía fijó los ojos en él con expresión patética y un esfuerzo desesperado por convocar unas lágrimas que no venían, pero daba igual, ella hacía parpadear los ojos y se llevaba el pañuelo a la nariz, como si realmente estuviera llorando a lágrima viva. Acto seguido se acercó a Alba y lo besó.
-Estás igual. Exactamente igual que cuando tenías doce años y venías a por Juan, para iros los dos con las bicicletas. Y ahora ya ves lo que nos ha hecho Juan, se ha ido solo, para no volver más.
Pausa entrecortada por un llanto inverosímil.
-Pero pasad, pasad. Aquí está mi cuñado.
Los hizo entrar al salón. Lo que vio Alba entonces era también una lección de anatomía, digamos, diacrónica. Aquella cara era similar a la que él guardaba en su recuerdo, no muy distinta, en verdad, a la de Juan, quien no se le parece al padre dicen que es un cerdo, pero había sufrido una deformación y una decrepitud semejantes a las que experimenta un melocotón olvidado en una despensa durante varios meses. El volumen del conjunto se había arrugado, deformado, disminuido, los ojos y la boca se habían hundido, de modo que miraba y hablaba desde el fondo de tres cavernas oscuras, tétricas y profundas. Sí, el tiempo había pasado. No es ningún mito. Sólo que Alba había sido privado de referencias tan elocuentes como ésta.
El anciano no parecía triste. Sonreía. Alba pensó que era tal vez la primera vez que lo veía sonreír. Le agarró la mano a Alba y la apretó entre las suyas durante unos segundos.
-Sentaos. Sentaos –dijo al fin.-
Luego, sin transición, dirigiéndose a Alba Longa, le espetó:
-¿Te acuerdas aquella vez que, junto con otra pareja, alquilamos una casa en la montaña de Lobera, para pasar una semana allí?
-Claro que lo recuerdo.
Y tanto como se acordaba. La casa en cuestión era una finca enorme, plantada de huertos de naranjos y otros frutales, lindando con un bosque de pinos, en la falda de la montaña. Un espléndido y desconocido terreno de caza. Alba, que había sido invitado, se trajo en su equipaje dos rifles de balines y pasaron unos días sencillamente alciónicos, acechando y acosando aves de un tamaño superior al que estaban habituados.
-¿Y del hijo de mi compañero de trabajo? Juan decía: sus pies apestan.
Esta última frase la pronunció varias veces. Y cada vez que llegaba al verbo apestar, fruncía el hocico aún más, si cabe, de lo que ya lo tenía en su posición normal, de modo que resultaba cómico, al tiempo que trágico, verle. Alba Longa comprendió. El anciano se había vuelto niño. A pesar de eso, ¡Dios! ¡Qué pedazo de memoria! El detalle de los pies pestilentes era rigurosamente cierto. Y aquello databa de más de cuarenta años atrás. Alba Longa hubiera sido incapaz de recordar, por sí solo, un pormenor semejante a tal distancia temporal.
-¿Queréis tomar algo? –Propuso Adelina.-
-No, no. Gracias. –Denegaron al unísono Alba Longa y Damián.-
-No queremos molestar –agregó este último, como para suavizar la negativa.-
-Si no es ninguna molestia.
-Bueno, pues yo te ayudo a prepararlo –Se ofreció Elisa.-
-¿Qué os apetece? ¿Una cerveza? ¿Un café con leche?
-Un café solo –concedió Alba Longa.-
-Venga, otro para mí –se vio casi obligado a decir Damián.-
-¿Y tú? –Preguntó Adelina a su cuñado.-
-Un café con leche y unas pastas.
Las dos mujeres se fueron pues a la cocina. El anciano, como si tuviera un brazo interminable, siguió pellizcando cosas de un pasado remoto y las sacaba a relucir, cual si fueran objetos de un valor incalculable, diamantes o canicas. Realmente, su memoria, no solamente estaba en perfecto estado, sino que cabía calificarla de prodigiosa. Lo cual contrastaba grandemente con su aparente demencia senil. Tanto que Alba Longa no sabía a qué atenerse. Una cierta resignación melancólica era seguida de cerca por una risa infantil. Damián estaba tan perplejo como él.
-Y ya veis, se ha ido… Se ha ido. Yo sí que me decía… Sí que tarda hoy en venir a traerme el desayuno….
Como si las mujeres hubieran estado esperando esta palabra, llegaron con la bandeja.
Elisa tomó para sí la tarea de hacerle tomar al viejo su café con leche y las pastas. Entonces se dio cuenta Alba Longa de su estado físico real. Si el mental planteaba dudas, el físico ninguna. No solamente era imposible para él sostener la taza, sino que los labios le temblaban tanto que la mayor parte del líquido le chorreaba por la barbilla y caía sobre la bandeja.
Cada cual tomó su café en silencio. Procurando no prestar atención a los patéticos esfuerzos del enfermo. Cuando éste concluyó la colación y le hubieron limpiado media cara con la servilleta, prosiguió:
-Voy a su cuarto y me lo encuentro de rodillas, con los brazos estirados sobre la cama. Vestido. Pero bueno –le dije- ¿qué haces ahí? ¿Es que no has dormido esta noche? Y al ver que no me contesta, me acerco, lo agarro del hombro y lo sacudo un poco. Estaba tieso, como si fuera de cartón. Después no sé qué hice. Cuando me quise dar cuenta, la casa estaba llena de gente.
-¿Cómo que no sabes qué hiciste? Abriste la puerta, saliste a la escalera y empezarías a dar voces. Por eso estaba la casa llena cuando yo llegué. Adelina –me dijo una vecina- ven enseguida que algo pasa en casa de tu sobrino. Y ya estaba la guardia civil aquí dentro.
-Que te digo que yo no abrí. ¿Cómo voy a abrir, si no puedo?
Y diciendo esto, el viejo levantó ambas manos temblorosas.
-Pues ese día pudiste. ¿De qué otro modo se puede explicar que hubiera más de diez personas aquí dentro?
-Yo no abrí –replicó el viejo, categórico.-
La tía nos hizo un gesto, a escondidas del cuñado, como quien dice: chochea. Y prosiguió:
-Eso sí, la guardia civil se portó muy bien. No echó enseguida a la gente a cajas destempladas, como se podía esperar, sino que escuchaba lo que decía cada uno con mucha paciencia, me pareció a mí. Y luego no precintaron el apartamento ni nada, para examinar las cosas con más detenimiento. Yo sé que eso es lo que suele hacerse cuando muere de repente una persona relativamente joven, pero no nos quisieron molestar más. Ya teníamos bastante.
II
Desde que le mataron al hijo, Santoña se dio al deporte. Necesitaba estar cansado. Es como si los pensamientos los segregara el cuerpo, no el espíritu. Si aquél está fatigado, las sensaciones parecen surgir más atenuadas y, si son fatídicas, hacen menos daño. En verano era la natación. Apenas salía el sol, se metía en la piscina. Nunca había sido buen nadador. De joven, cuando iba a la piscina, o al mar, era para divertirse. Ahora trataba de aguantar dos o tres largos seguidos, descansaba y volvía a comenzar. Pero permanecía varias horas en el agua. Hasta que venía su mujer y lo hacía salir.
-Mírate las manos y verás cómo las tienes de grilladas.
-Tú también tendrías que probar a nadar. Llorarías menos.
Ella no quiso responder. De nada servía perseverar en el tema. El sudario de tristeza que les había caído encima no desaparecería jamás. Ambos se tumbaron a recoger con sus cuerpos el tibio sol de las primeras horas de la mañana.
En eso llegó Ángel Calatrava. Santoña reconoció el sonido de sus zapatos, siempre nuevos, sobre las baldosas. Se levantó trabajosamente. Si el objetivo era cansarse, lo había alcanzado.
-¿Has desayunado?
-Sí.
-Pues vamos a beber algo. ¿Lo de siempre?
-Sí.
Santoña sirvió dos vasos completos de whisky con hielo. Mientras tanto su mujer hacía mutis por el foro. Antes solía quedarse e incluso intervenir en esas conferencias en la cumbre, pero desde que no está su hijo ha perdido todo interés. Antes era él quien debatía los asuntos con su padre, los afinaban juntos, trataban de prever todas las consecuencias de cada paso. Ahora sólo queda ese Ángel Calatrava, como hombre de confianza de su marido. No es mal chico, desde luego, pero ya no es lo mismo. Y, al fin y al cabo, si su marido abandonara todos esos negocios turbios, sería mucho mejor. ¿Qué más necesitan para aguardar el instante de caerse muertos?
Santoña y Calatrava se sentaron en sendas hamacas, bajo la lona.
-¿Todo sigue igual? –Inquirió el primero.- ¿Ningún movimiento atípico?
-Nada, los negocios corrientes siguen su curso normal.
-¿Ninguna rivalidad entre los dos lugartenientes?
-Ninguna. Continúan trabajando como antes. Como si no hubiera pasado nada.
-O son prudentes, o el traje les viene ancho. Las dos cosas pueden ser, porque, por una parte el jefe difunto tenía mucho que enseñar; por la otra, mandaba mucho y los jóvenes podían relajar su sesera, amparados en su autoridad y en sus cualidades olfativas que, preciso es reconocerlo, se hallaban bastante desarrolladas. Él, en su caso, sí hubiera aprovechado para cambiar la baraja e imponer nuevas reglas y, en cierto modo, marcar una época distinta. Nada mejor que eso para asentar la propia autoridad y evitar los problemas que suele provocar la ausencia de una cabeza bien visible, esculpida sobre piedra berroqueña. Bueno, pues los vamos a poner a prueba, a esos mozalbetes, a ver de qué pasta están hechos. Empezaremos por la cocaína, el primer golpe debe ser contundente. ¿Cuándo les llega la remesa?
-Les acaba de llegar una. Así que hasta el próximo mes no hay que esperar nada en ese ámbito.
-Mejor. Así podremos preparar bien la encerrona. Quiero una auténtica operación militar, estratégicamente infalible y llevada a cabo con munición de la de verdad.
-¿Suelen estar ellos en primera fila?
-Sí. Aunque jamás los dos a la vez.
-Claro. De lo contrario hubiera sido demasiado fácil. Mañana mismo, a esta hora, me convocas a las cabezas más esclarecidas en el terreno de los golpes de mano. Y por otra parte ya puedes ir eligiendo a los que van a intervenir directamente en la operación. Quiero a los mejores. Luego nos sobrará tiempo para ensayar una y otra vez hasta que el nudo salga perfecto.
-Muy bien. Pues así se hará, punto por punto.
-Lo que más lamento es no haber tenido tiempo de montar una encerrona similar contra el otro, Juan Piedrahita. O bien alguien se me ha adelantado, o bien es verdad que la ha diñado solo y quien me lo ha robado es el destino. Hay que joderse, a veces, con las decisiones del destino. Ahora que, si no me llegan a parar los pies, ni siquiera el destino hubiera sido lo bastante rápido como para detener el golpe.
III
Damián siempre había sido de poco dormir. Hablando, claro está, de las horas de la noche. Porque, por cuanto se refiere a la siesta, ni la conocía. Dormir es quitarle tiempo a la vida, sostenía. En ello se notaba su optimismo, por encima, o por debajo, de la causticidad de todas sus opiniones y de la mayoría de sus frases. Alba Longa no estaba de acuerdo en ese punto preciso. Para él, el sueño era una oportunidad que se le robaba a la vida para darnos un golpe bajo y no siempre, porque en ocasiones las pesadillas son huesos duros de roer. Además, un sueño suele ser una soberbia lección que nos da un maestro interior con una eficacia estremecedora. Ello constituye, hoy en día, una evidencia científica, sobre todo tras los trabajos de Freud y Jung. Pero no quiso discutir cuando Damián le propuso tomar un café a las cuatro de la tarde de un tórrido día del mes de julio.
La ciudad parecía un cementerio, en el sentido que Alba atribuye a los cementerios, es decir, un lugar privado hasta de fantasmas.
Damián era un pragmático en política y en gestión de empresa. Alba le iba perdonando las cosas que decía a medida que éstas iban surgiendo. Paulatinamente, su mente se fue desviando hacia el tema de la muerte de Juan, que, en realidad, lo atormentaba más de lo que él quisiera. La cosa no tenía remedio, cierto, pero había algo que le cortaba la resignación, reemplazándola por una vaga inquietud que rozaba la irritación. De modo que aprovechó una pausa de Damián para preguntarle.
-¿Qué es de tu amigo, Emilio Cardoso?
Emilio Cardoso no solamente había sido amigo de Damián, sino también correligionario. Ambos militaron en Falange. No la Falange de Franco, sino la auténtica, la del Ausente, aseguraban ellos. Alba Longa experimentaba una cierta frustración al discutir con aquellos sofistas, especialmente Cardoso, porque parecían defender las mismas tesis que él. No era un ingenuo, desde luego, sabía qué era el fascismo y concentraba su atención en tratar de dar con la muela picada, que pusiera en evidencia la existencia de la caries en la boca del fascismo. Pero Cardoso era hábil, de eso no hay duda. Y por otra parte, recordaba Alba, en aquellos tiempos, nadie sino ellos aceptaba hablar de política. ¿Acaso sabían?
-Pues ha seguido los pasos de su padre. Es el comandante del puesto de la Guardia Civil.
-Ha seguido los pasos de su padre, después de haber dado un rodeo…. Tengo entendido que se le aplicó la ley antiterrorista.
-Recordarás que, durante los primeros años de la democracia, se metió…. Nos metimos…. En varios líos…. Prácticamente unos petardos que hicimos explotar en algunas manifestaciones, sin consecuencias para nadie. Pero ello nos trajo complicaciones… Fuimos fichados y todo el rollo…. Cuando se calmó la cosa, cogió los bártulos y se fue a la Legión. Allí lo acabaron de arreglar. Licenciado ya, pero todavía en Melilla, pegó unos cuantos tiros, sin herir a nadie, desde luego, y se le aplicó la ley antiterrorista, por lo que tuvo que poner los pies en polvorosa y no paró hasta Argentina. Allí se enroló con los montoneros e hizo carrera. Yo tengo un recorte de periódico en el que aparece en reunión con Menem. Finalmente se acogió a una amnistía, regresó y su padre le recibió con los brazos abiertos en la Guardia Civil. Hoy en día ha alcanzado el grado de capitán.
-La última vez que hablé con él –recordó Alba Longa- estábamos los dos de permiso y me describió algunos pormenores del entrenamiento a que se les sometía. Recuerdo que contó cómo les hacían pasar junto a perros dormidos y, si llegaban a despertarlos, consideraban que el ejercicio había sido un fracaso. Después supe, claro, lo de su huida a Argentina, porque aquello fue muy sonado. Pero lo hacía todavía allí.
-Tardó bastante en poder regresar. Pero al final lo hizo. ¿Quieres que lo llame? Le encantará hablar contigo.
-Otro día, si acaso…..
Alba Longa sabía que no podría resistir la tentación de evocar el caso de Juan y prefería prepararse antes, porque no había olvidado que sus relaciones con la Guardia Civil, tras haber pasado por un largo momento francamente bueno, últimamente se habían deteriorado.
IV
Al pasar, de vuelta a casa, junto a los soportales, cuyos ojos cavernosos y sombríos observan desde hace más de un siglo los amplios ventanales del Ateneo, y que hoy en día albergan las mesas exteriores de un bar, Alba Longa oyó una voz vagamente conocida. Se volvió y apercibió a Pepe Garriga haciéndole signos para que volviera sobre sus pasos.
-Desde luego que las cerezas no llegarán nunca a melones. Cuando te pones a soñar despierto, no ves a un negro encima de un montón de cal. Estamos solos aquí y ni siquiera nos has visto.
-No se me había ocurrido escudriñar bajo los soportales.
-Pues te tenían que haber silbado los oídos porque precisamente estábamos hablando de ti.
Efectivamente, al dar la vuelta al pilar de berroqueña, Alba pudo ver con quién estaba Pepe hablando de él. Con Miriam, por supuesto.
Alba se inclinó para saludarla con sendos besos en las mejillas. Pepe prosiguió:
-Fíjate que le estaba diciendo a Miriam que habría que hacer algo por entrar en contacto contigo y en ese momento ¡zas! Apareces tú delante. ¡Fantástico! ¿No?
-Depende de para qué. Si es para invitarme a un “all i pebre”, lo es, sin duda.
-De momento para invitarte a tomar lo que quieras.
E hizo un signo a la chica que se ocupaba de las mesas.
-¿Qué quieres tomar?
-Bueno, pues un café.
-Lo que pasa es que tengo que hablar contigo y en Navidad ni siquiera se nos ocurrió intercambiar nuestros números de teléfono. ¿No te imaginas a propósito de qué?
Alba Longa no pudo evitar echar una rápida ojeada algo nerviosa a Miriam, pero respondió con toda seguridad:
-Quieres hablar a propósito de Juan.
-¡Bingo! ¿Cómo lo has adivinado con tanto aplomo?
-Pues porque yo también quería hablar contigo a este respecto. Y si hubiera tenido tu número de teléfono te hubiera llamado.
-Antes de seguir la conversación vamos a intercambiar el dichoso número, no se nos vaya a olvidar de nuevo.
Ambos sacaron sendos móviles e hicieron lo necesario. Enseguida Pepe retomó el hilo del iniciado discurso.
-De manera que tú también querías hablarme sobre Juan. ¿Y qué querías decirme?
-Decirte no, preguntarte algunas cosas…. Cuando regresaste a tus lares, como un nuevo Ulises….
Alba no podía, por supuesto, decir esto sin una sonrisa en los labios. Y los tres sonrieron.
-No digas chorradas –le cortó Pepe, de buenos modos- y habla en cristiano… Cuando rompí con mi mujer y volví a casa, querrás decir, ¿no?
-Eso es. Entonces te juntaste mucho con Juan.
-Sí.
-¿Cómo lo veías tú?
-¿Físicamente?
-Sí, físicamente.
-Físicamente fenómeno. Si dejamos a un lado la gota, de la que se ocupaba tanto como de su tía muerta. Y ella alguna vez le pasaba factura. Pero nada serio.
En eso vino el café. Alba dio un sorbo corto en sí, pero largo en el paladar, antes de proseguir.
-¿Y no te contó si tenía problemas, preocupaciones? Enemigos tal vez…
Miriam se irguió un poco en su silla. Ella siempre había tenido dibujado en los labios un esbozo de sonrisa, pero los ojos solían ser fríos y en ese momento los tenía clavados en los de Alba.
-No me irás a decir que tú también crees que lo han matado. Yo que contaba contigo para que le quitaras la idea de encima a este botarate.
Y entonces el estilete de la mirada se volvió hacia Pepe.
Alba acusó el golpe. En su confusión, supo que había ido demasiado lejos, demasiado pronto.
-Verás….Miriam… A lo mejor ocurre que Pepe y yo sabemos cosas que quizás tú no sabes…
-Lo que yo sé –intervino Pepe-, ella lo sabe también.
-¡Y tanto que lo sé! ¡Pues si cuando te conocí a ti –dijo esto mirando no a Pepe, sino a Alba- Juan ya traficaba con drogas! Y eso data de los tiempos del rey que rabió….
Alba se turbó un poco más con la alusión a su antigua y fulgurante relación con Miriam. Pero se rió francamente con la expresión de ella, que no los rejuvenecía, por cierto.
Pepe intervino.
-Lo que sabemos nosotros es que Juan era un camello de alto vuelo. Ahora todo depende de lo que sepas tú….
Alba dio esta vez un prolongado sorbo al café, que ya estaba tibio.
-Pues lo que yo sé no es moco de pavo. La penúltima vez que lo vi, fue en 1992. Recuerdo el año exacto porque lo cité para invitarle a mi boda, que no vino. Y ya entonces había dado el salto de camello de alto vuelo a otra cosa… La última fue el puto primer día de este puñetero año. Al día siguiente de que nos encontráramos aquí mismo, durante las pasadas navidades, me dije, los he visto a todos, prácticamente; sólo faltaba justamente el que había insistido en que nos viéramos. Así que le llamé. No contestó a la llamada sino al cabo de un par de días, creo, porque se le había olvidado el móvil en el coche. Y eso, quedamos para almorzar el primer día del año, de buena mañana, cuando todo el mundo estaba durmiendo la mona de la san Silvestre y no había ni Dios por las calles. Eso de almorzar es un decir, porque no almorzamos nada. Todo fue bebido. Empezó a pedir él: dos tercios y algo para picar. Luego, sin darme tiempo a reaccionar, pidió él de nuevo lo mismo. Y después, cuando me puse a pedir yo, lo imité. Total, bebimos cerveza como si fuera limonada en el mes de agosto. Estábamos en la playa y fuimos a tres o cuatro sitios y en cada uno de ellos nos hartamos de pedir cerveza. Recuerdo que me dije: si esto lo hubiera tomado yo a los veinte años, estaría arrastrándome por los suelos. Pero ahora, nada, un leve mareo, como cuando se sale en barca por un día tranquilo. Eso sí, llegó un momento en que cada cinco minutos tenía que ir a mear. Él menos. Nos contamos todo lo que había que contar, que, por su parte, era mucho. También recordamos viejos tiempos, como no podía ser menos.
Alba Longa guardó silencio tratando de extraer de su memoria cuanto se dijeron aquella mañana. Ya lo había intentado en otras ocasiones y siempre llegaba a la conclusión de que muchas cosas se iban a perder para siempre. Fue tanto lo que Juan echó sobre el tapete. Y por momentos complicado de entender. Lo esencial quedó, desde luego; pero los detalles, algunos de ellos importantes, dadas las circunstancias, se evaporaron a la estratosfera a medida que se diluía la intoxicación etílica. Pepe se impacientó.
-Era mucho. Vale. ¿Pero podrías ser algo más preciso? Porque decir mucho no nos avanza gran cosa.
-Digamos que Juan dirigía una de las dos organizaciones mafiosas que operan en esta zona, donde comparten todas las maneras de delinquir que puedan acudir a tu imaginación y seguramente algunas más. Ni qué decir tiene que grandes sumas de dinero están continuamente en juego y que esa gente no se anda con chiquitas cuando se trata de arrimar el ascua a su sardina. Por lo tanto, Juan había dado órdenes que habían producido derramamiento de sangre. Él mismo la había derramado personalmente en varias ocasiones, empezando a hacerlo cuando estaba en el ejército. Mira Pepe, a los amigos, a los que vienen de más allá de las telarañas que velan el fondo oscuro de la caverna de la memoria, no los puedes juzgar. A poco que lo intentes caes en la cuenta de que sería como juzgarte a ti mismo. Yo le puse por primera vez un arma en la mano. Yo le mostré que se podía abatir un pájaro en pleno vuelo, o a muchos metros de distancia. Y juntos disfrutamos del inefable, recóndito, atávico placer de ver caer la presa desde las ramas más altas de un eucaliptus. Esos amigos hay que aceptarlos como son, porque hay demasiadas cosas en común, demasiadas experiencias compartidas. Juan era un tipo de una rara inteligencia natural y a lo poco que había estudiado y leído le sacó un partido extraordinario. Pero carecía por completo de sensibilidad. No era cruel, porque la crueldad implica fruición, deleite en el dolor ajeno. Era que el dolor ajeno le resbalaba como la lluvia por la piel, sin penetrar lo más mínimo en su interior. El sufrimiento de los demás, incluso si lo provocaba él, le dejaba totalmente impertérrito.
Pepe asintió. Y Miriam, por primera vez, se mostró realmente interesada en la conversación. Alba prosiguió como si estuviera hablando consigo mismo.
-Yo lo sabía. Y tuve la confirmación muy pronto. Una vez estábamos en la orilla del río. Oímos un tenue maullido y descubrimos un gatito recién nacido, junto a un saco abierto. Sin duda alguien lo iba a sacrificar echándolo dentro de un saco al río, como solía hacerse, pero en el último momento notó sin duda que le faltaban arrestos para pasar al acto y lo dejó abandonado allí. Coño, dije yo, ¿qué vamos a hacer con el animalito? Juan, sin alterarse en lo más mínimo, respondió: Lo único que puede hacerse con él. Y diciendo esto, le acercó la boca del cañón a la cabeza y apretó el gatillo, dejándole sólo un puntito rojo en lo alto del cráneo, acabando con su vida en menos de un segundo. Yo me quedé como hipnotizado por ese puntito rojo. Luego me pregunté si no convenía hacer lo propio con él. Introducirle un perdigón entre ceja y ceja. Pero él ya hacía rato que me había dado la espalda y se hallaba hablando con otros, de otras cosas. Los hay que nacen con una nariz aguileña o la boca torcida, Juan había nacido con una nariz griega perfecta y un corazón que sólo le servía para bombear sangre a todas las partes del cuerpo. Sin embargo, si poseyera todo el oro del mundo y tuviera que confiárselo a alguien, se lo entregaría a él, sabiendo que me restituiría hasta el más pequeño granito. Bueno, se lo hubiera entregado….
Los tres guardaron un prolongado silencio, que se fundía con el pesado sopor canicular que oprimía la ciudad desierta.
-En resumidas cuentas –concluyó Pepe- que un tratado de psicología y un código civil son dos libros que no tienen nada en común. Y que si tuvieras por amigo a un Atila y te lo mataran, se te encenderían las entrañas de todos modos.
-Si esto que acabas de decir, estuviera escrito, podría firmarlo sin la menor vacilación.
-Todo ello está muy bien –intervino Miriam-, pero nada de lo que has dicho hace de Juan un hombre asesinado. Paro cardíaco, estampó el forense en el certificado de defunción. Que yo sepa, nadie está libre de ello, ya sea mafioso o sacristán. Tu primo, mi ex-marido, es abogado, lo sabes, y yo he trabajado muchos años en su bufete. Esa gente maneja esos datos con pinzas y se guarda muy bien de establecer conclusiones prematuras.
Por un instante Alba Longa consideró cuánta suerte había tenido el sacamantecas de su primo, que era el único que se había casado con ella y le había hecho una hija.
-Vamos a ver –contemporizó-. Yo no he dicho todavía que tenga la certeza de que lo hayan asesinado. Únicamente puedo afirmar que albergo alguna sospecha de que así haya sido.
-Claro. Si parece que hayáis estudiado los dos en la misma escuela. Sospechas… Pero fundadas ¿en qué?
-En la misma escuela no. Yo estudié en el Politécnico, bajo la férula de un hatajo de fascistas. Pepe en el Instituto, con los jesuitas. No había nada más.
-No te escabullas. Háblame de las pruebas.
-De las pruebas no. De los fundamentos de mis sospechas.
-Háblame de lo que quieras. De todos modos ya no trabajo en ello….
-Hace unos días fui a darle el pésame al padre y estaba presente su tía, la solterona. La Guardia Civil, aseguró, se portó muy bien con él, ni siquiera precintaron el apartamento, ni lo registraron. Nada. ¿Es ése el procedimiento normal cuando el fallecido es una persona relativamente joven?
Miriam no contestó enseguida.
-No –dijo al cabo.- Y menos cuando se trata de un sujeto provisto de un pasado como el de vuestro amigo.
-Otra cosa. Tanto el padre como la tía tuvieron a bien relatarnos el modo en que vivieron los acontecimientos del día. El primero cómo descubrió el cadáver y lo que hizo después. La segunda cómo la previnieron de que algo anormal ocurría en el apartamento de su sobrino y cuando llegó se encontró a la Guardia Civil y a media finca en los pasillos. Yo no sé cómo entraron todos, comentó el padre, pero cuando me di cuenta estaba la casa llena. Entonces se inició una discusión entre los cuñados. ¿Cómo no lo sabes? Dijo ella. Tú les abriste. ¿Yo? ¡No! Aseguraba él. A ver quién… Si sólo estabas tú en casa cuando te lo encontraste. Pero el padre de Juan no daba su brazo a torcer: Yo no abrí la puerta a nadie. El hombre está, desde luego, muy enfermo. Parece que tenga el párkinson y el alzhéimer juntos, pero conserva una buena memoria. Minutos antes me había contado una anécdota que había ocurrido unos cuarenta años antes, aportando detalles rigurosamente ciertos. Y seguía empecinándose con terquedad senil: ¿Cómo iba yo a abrir? ¡Si no puedo! A guisa de prueba final, levantó una mano que le temblaba como un flan.
-Pretendes insinuar –concluyó Miriam, algo más seria- que alguien estaba con él cuando se produjo el fallecimiento.
-Y que por vete a saber qué razón no le interesaba que se supiera. De modo que tomó las de Villadiego, adoptando la precaución de hacer el menor ruido posible, por lo que ni siquiera se atrevió a cerrar la puerta.
-Eso no convierte a esa persona en un asesino.
-Cierto que no. Pero sí en sospechoso número uno. Y por añadidura culpable de no asistencia a persona en peligro. Uno no está muerto y bien muerto hasta que un doctor lo certifica. Antes rige la obligación de llamar a los servicios de urgencia.
-Un pinchazo que imite un paro cardíaco no es, desde luego, el “modus operandi” preferido por los tipos de la mafia –razonó Miriam, todavía escéptica-. Un mafioso que se precie suele elegir armas de fuego, generalmente armas automáticas que levanten mucho polvo y hagan mucho ruido.
-No había señales de violencia –concedió Pepe.- Admito que eso no hubiera podido maquillarlo un médico forense, aunque estuviera cubierto por la policía. Por lo menos quiero creerlo. Pero una persona de confianza…. Alguien sobre quien Juan no tuviera el menor motivo para sospechar….
-¿Estás pensando en alguien en concreto? Alba tiene razón en eso, tú fuiste quien más lo frecuentaste durante sus últimos meses de vida. Y no estoy diciendo que esa persona lo haya matado. Puede que sí y puede que no. Hay otras posibilidades. Por ejemplo que le hubiera entrado miedo. Ver morir a alguien es algo muy fuerte. Y si no hay nadie alrededor, siempre puede temer, aunque sea inconscientemente, que lo acusen de esa muerte.
-¿Y tú, Alba, -inquirió Pepe-, a ti que te contó todo el primer día del año, piensas en alguien en concreto?
-En concreto no. Si bien, por lo pronto, considero que hay muchas posibilidades de que fuera una mujer.
-No es descabellada la idea. Cierto que no lo es –admitió Pepe.
-Eso encaja –concedió, a su vez, Miriam.- Pero nos deja como sospechoso, aproximadamente, a la mitad de la población mundial.
-Pienso que algunas mujeres que habitan los poblados más apartados de Laponia pueden, razonablemente, quedar excluidas.
-En rigor no.
-Lo admito. Sin embargo no me negarás que lo más sensato es tomar, como primera hipótesis de trabajo, que esa mujer se halle entre las relaciones recientes de Juan.
-¿Tienes en mente alguna?
-Tengo a dos. El día del almuerzo virtual, mientras se calzaba trabajosamente las botas debido a la gota, mantuvimos la conversación siguiente: ¿Sabes? Tengo un hijo de dieciocho años. Le hice ver que ello era bastante normal. Yo mismo, sin ir más lejos, también tengo uno de esa edad. ¿Qué digo dieciocho años? ¡Dieciocho meses! ¡Ah! admití, eso ya no es tan normal. Pues sí, prosiguió él, hemos comparado fotos mías de la época con fotos de él y somos como dos gotas de agua. Nunca es tarde, si la dicha es buena. Felicidades, hombre. Anoche se presentó ella aquí, con el pequeño. Mi padre está loco con él. Eran casi las doce. Traía unas gambas y champán. Así que todavía celebramos la Nochevieja. Luego me dijo que era rusa y que la había puesto a vivir, a ella y al pequeño, en una casa de campo de su propiedad. Quizá aquella mañana todavía se encontraba durmiendo en su cama mientras yo estuve allí. También sé que hubo otra, en una época imprecisa para mí, entre su primera mujer y la rusa. La tía me enseñó algunas fotografías. Una morena bastante agraciada. Al parecer vivió con ella varios años y nunca han estado definitivamente separados. Asistió al entierro.
-Las conozco a las dos –confirmó Pepe.-
-¿Y sabes dónde viven?
-Sí.
-Grandioso –celebró irónicamente Miriam.
V
A Pepe Garriga siempre le han gustado los automóviles voluminosos. Ahora posee un modelo algo anticuado, pero que concede al conductor marca y empaque. Alba se instaló en el vasto asiento trasero, cuyo cuero le acogió con un solemne crujido. Veía desfilar las calles de esa ciudad en la que había quemado toda su juventud como quien enciende cigarros con billetes de banco, pensando que el dinero va y viene, que mañana encontrará el truco para reemplazar con creces lo perdido. Sin embargo llega un momento en que uno se sorprende a sí mismo soplando treinta velas sobre un empalagoso pastel y se pregunta ¿dónde diablos está ese futuro tan prometedor? ¿Qué se ha hecho de ese genio que iba a saltar como un pura sangre por encima de las barreras sociales y de la estrechez de miras de todos esos hijos del franquismo, criados entre algodones, que siempre lo habían tenido todo y que todavía estarán viviendo ahí, en esas casas señoriales, con amplios balcones para colgar colchas inmensas, recamadas de oro, durante las procesiones? Lo tenían todo, menos el fuego sagrado de los dioses. Ahora bien, el fuego sagrado de los dioses no lo tiene casi nadie y en estos países resecos del sur, al que lo posee se le tiene más miedo que a un nublado. Alba Longa metió entonces cuatro trapos en una maleta y se fue al extranjero. A los treinta años, cuando ya no hay gloria en nada sino para morir, para encender toda Galilea con palabras de fuego, para abrasar las almas y los corazones y no dejar piedra sobre piedra y quemar hasta la tierra y ponerlo todo patas arriba. Pero Alba Longa se fue al extranjero y pidió un empleo de profesor, para sumergirse hasta los ojos en un puchero en el que cuece la estulticia humana, la grasa que conforma la entera masa del cuerpo de casi todo hijo de vecino, aquí y en Pekín. De la masa humana no se puede extraer intelectuales ni poetas, tan sólo se puede sacar soldados, para la paz, porque la paz los necesita más que la guerra, si es que hay algo en esta tierra de Caín que no sea guerra, dentro y fuera del cuerpo, y si hace falta para la guerra, pues también para la guerra. Pero está visto que a los Maese Pedro que tiran de los hilos de las marionetas que somos todos les interesa que toquemos el fondo de ese puchero y nos sumerjamos en las heces hediondas de la corrupción. Pero no sólo a nivel privado, sino también, y sobre todo, a nivel institucional. A Alba Longa se le ha dicho infinidad de veces que él es la fuerza tranquila. Pero esa serenidad no proviene de otra cosa sino de la pura decepción, del desengaño, del desprecio profundo que siente por sí mismo.
Miriam hablaba. Exponía su razón de mujer.
-No os hagáis ilusiones. Lo que menos le interesaba a esta rusa era que Juan muriera. Con un hijo suyo, podía hacer valer su carta de opción al matrimonio, o por lo menos al estatuto de pareja oficial. A través del reconocimiento del hijo, podía obtener, en cierto modo, el reconocimiento propio. En todo caso, había ahí una vía a seguir, un filón a explotar. Máxime cuando se es una extranjera, que quizá no tenga ni los papeles en regla. Pero todo eso requería a un Juan vivito y coleando.
-Podían haberle ofrecido una gran cantidad de dinero y los papeles por añadidura, si tenemos en cuenta que, como sugiere Alba, la Guardia Civil podría estar implicada por un quítame allá esas pajas que pudo tener con Juan –opinó Pepe.-
Alba Longa corrigió:
-No se trataría precisamente de unas pajas. Y, por supuesto, no la Guardia Civil, sino algunos elementos altamente corruptos del cuerpo que todavía están por identificar, por mi mala cabeza, desde luego, porque Juan dijo nombres que, claro, no reconocí, porque debía tratarse de guardias jóvenes, nuevos aquí. O relativamente nuevos…. Si un día de estos hablo con Emilio Cardoso, puede que le saque algo. Pero antes tengo que prepararme, porque Emilio Cardoso no es dulce de sal.
-Si le hubieran ofrecido dinero y papeles –intervino Miriam-, ya no estaría aquí, habría volado a otros parajes donde gastarlo libremente sin levantar sospechas de ninguna clase.
Pero Pepe no estaba muy convencido.
-¿Qué prisa tiene? Si aquí vive como una princesa. Ya verás, la casa que se gasta no está nada mal, con piscina, en pleno campo. Un poco aislada, eso sí.
-Le durará mientras dure el padre de Juan…. Después, quien herede la echará.
-Por el momento está ahí. Y quién sabe si Juan no ha hecho testamento en su favor.
Alba Longa trató de ponerse en la piel de Juan. Podía hacerlo porque lo conocía como si fuera su bolsillo.
-Si lo ha hecho a su favor, o a favor del niño con un albacea, no se lo dijo.
El mundo es una creación mental, había leído Alba Longa. Entonces esos huertos que desfilaban a ambos lados eran la pura materia de su infancia, tal y como su mente de aquel entonces la había soñado y todo se le venía encima como una catarata de agua lustral. Le daban ganas de bajarse, de perderse en ellos, de tirarse sobre la tierra porque, entre naranjos, así es como se ve a quienes corren a tu lado y a los que vienen de frente y por detrás. Allí estaban todos, Juan, Carlos, Voro, Damián, Pepe, Vicente, Emilio Cardoso, Alba Longa y tantos otros….. Jugando a soldados, entrenándose para cambiar el mundo, bajo el sol que los hacía morenos como el palo de una azada, bajo la lluvia que los hacía recios, contra el viento que fortalecía su voluntad, nadando allá abajo, en el río, cuyas aguas verdes les enseñaban a no temer a lo desconocido y a ser libres.
A cambiar el mundo. Pero tenía que haber sido para bien.
-Aquí es –anunció Pepe, mientras arrimaba el vehículo a un lado.-
Se trataba de un huerto vallado con alambre reforzado con púas de hierro en lo alto. La vivienda era un chalet de madera, más propio de paisajes alpinos, si bien coqueto. Al bajar del coche y acercarse a la entrada vieron, en efecto, un pedazo del lapislázuli de la piscina.
Pepe hizo sonar un timbre oculto bajo una tapa de plástico blanco. Dos mastines silenciosos vinieron y apoyaron las patas delanteras en un travesaño de la puerta. Durante un par de minutos no hubo otra señal de vida. Los ojos de Alba no paraban de ir de un lugar a otro y sus oídos los tenía al acecho de la más insignificante señal acústica. No le pasó desapercibido el ligerísimo temblor de un visillo, en una ventana alta de la casa, una sola vez. Después percibió el voltear casi inaudible de las piezas de un cerrojo bien engrasado, que procedía de la parte opuesta del chalet. Era evidente que quien lo manipulaba pretendía hacer el menor ruido posible. Alba tenía todos los cordajes de su cuerpo en tensión, pero ninguno de sus dos acompañantes lo notó. Miriam y Pepe no tenían ojos sino para los dos perros quienes, a su vez, los miraban fijamente, en un silencio sólo poblado para ellos por el guirigay de las cigarras. Pero Alba sabía que, en verano, las hojas secas de los naranjos que cubren la tierra crujen bajo los pies como si fueran patatas fritas. Nadie hubiera podido salir del empedrado que rodeaba la casa sin que el finísimo oído de Alba Longa lo percibiera. De modo que lo percibió.
-¿Por qué sonríes? ¿Sabías que no iba a haber nadie?-Quiso saber Miriam.-
-Sí hay alguien. Ahora verás.
Alba sonreía porque el incauto, tras haber hecho más estropicio en la hojarasca que un toro bravo en una tienda de porcelana fina, ahora andaba a saltitos. Pero el mal estaba ya hecho. Y una sombra en el suelo aguardaba a que el cantamañanas acabara de alejarse para hacer su entrada en escena.
En efecto, una brava rubia, dotada con grandes ojos de aguamarina, instalada todavía en el cénit de su poder de seducción, se ofreció a sus ojos. Llevaba un bañador con tantos golfos que lograba descubrir más partes de su cuerpo que ocultaba, sobre el cual había colocado una falda muy corta, quizá a toda prisa. Alba Longa reconoció enseguida el gusto refinado y certero de su amigo.
-Pepe Garriga –exclamó e hizo una pausa como para reponerse del esfuerzo de haber destrozado por completo el apellido de mi otro amigo.- Me alegro de que hayas venido. Los amigos de Juan son siempre los bienvenidos aquí. Esperad un momento.
Cogió del collar a ambos mastines y los ató a sendas cadenas. Buenos cancerberos, pensó Alba. Haría falta ser un espíritu para pasar de incógnito junto a ellos.
-¿Es tu mujer?
-Es mi pareja –puntualizó Pepe.-
-Tanto gusto.
Las dos mujeres se besaron en las mejillas. Tras ello, inevitablemente, la amazona se quedó cara a cara con Alba Longa. Sus ojos lo escrutaban con tanto detenimiento y concentración que el objeto de tan escrupuloso análisis se sintió como el candidato a un oral de oposición. Pepe hizo tarde la presentación.
-Es otro amigo de Juan. Alba Longa.
-¡Rediós! –Salió de la boca de la rubia, asustando a todos los presentes.- Si lo sabía. Si tengo aquí fotos en las que apareces. Ya decía yo que esa cara…. Pero no has cambiado nada. ¿Eres un brujo, o qué? Alba Longa. ¡Joder! Las veces que Juan me ha hablado de ti. Si lo sé todo. Todo. A Juan le oí decir en varias ocasiones: Si algún día Alba Longa regresa y se pone de mi lado. Entonces, se acabó la historia.
Y diciendo esto agarró con ambas manos la cabeza de Alba y le dio un prolongado beso en la frente.
-¡Ven! ¡Venid! Me llamo María. ¿Lo sabías?
-Sí.
Lo agarró de la mano y lo condujo al interior de la vivienda. Lo hizo sentarse en un sofá.
-Sentaos. Sentaos.
Se fue directa al aparador y volvió cargada de álbumes de fotos, que repartió entre los presentes. Pero ella se sentó tan pegada a Alba Longa que éste sentía el calor de su cuerpo envolverle toda la piel. De cada foto podía decir el lugar en que fue tomada y las circunstancias aferentes. Cada álbum venía poblado de los más diversos comentarios, en los que Alba veía reflejados sus gustos, sus aversiones, muchas aventuras que había olvidado, sus flaquezas y también su fuerza. María lo trataba como lo que en realidad era, un viejo amigo. Su mano se posaba en la suya, en su antebrazo, en su hombro. Así las horas pasaron entre risas y mucha nostalgia.
Hubo un momento en que tanto se rieron, que lograron despertar al chaval, que dormía la siesta en la habitación de al lado. María hizo las presentaciones y le dio la merienda. Alba lo observó con detenimiento. Le pareció que había un aire de familia, pero consideró que toda conclusión era prematura. Juan, por su parte, estaba seguro y ello le bastaba.
La tarde comenzaba a decaer y Alba todavía no le había hecho a María ninguna de las preguntas que había venido a plantearle.
-Estuve con él –se decidió al fin- justamente el primer día del año…
-Lo sé.
-Me contó muchas cosas…. De las que deduje que era un hombre de los que necesitan protegerse bien las espaldas. Un detalle me inquietó en particular. Cuando se refería, digamos, a su vida profesional hablaba en pasado, como si fuera un capítulo cerrado. Me dio la impresión de que se había jubilado. Ello no dejó de inquietarme porque, claro, si uno se jubila en ese medio, todo el aparato de poder que lo rodea y lo protege, se desvanece. De ahí surgió la impresión de que mi amigo estaba en peligro. Pronto la deseché, sin embargo, porque me constaba que Juan era alguien que sabía atarse bien los zapatos. Cuando me comunicaron el fallecimiento, sin especificar todavía las circunstancias que lo envolvían, pensé que lo habían asesinado.
María lo miraba fijamente, sin parpadear. Tal inmovilidad le confirió, durante largos segundos, todo el misterio de una esfinge. De repente se levantó y fue al baño. Enseguida volvió con un objeto desconcertante en el contexto de la conversación. Se trataba de una maquinilla de afeitar banal que pendía de un hilo, el cual sujetaba María con los dedos índice y pulgar.
-Juan venía aquí cuando le daba la gana… No se lo reprocho. Él era como era y no ocultaba nada a nadie. Yo lo acepté a sabiendas de que no sería nunca un marido tradicional, quiero decir fiel y estable. Tampoco hubiera podido aunque se lo hubiera propuesto. No se lo habrían permitido. Eso tiene elegir la mala vida. Aún así, meses antes de morir, me dio la impresión de que había asimilado al fin que Iván era hijo suyo. Yo le dije: le he puesto Iván por ti y por mí, porque es hijo tuyo. Él, al principio, no se lo creía y bromeaba con ello, pero le traía muchos juguetes y lo trataba con un cariño inusual, si se tiene en cuenta de quién provenía. Pero esos días llegó a admitir de palabra lo que era evidente. Y no salía de estas cuatro paredes más que para lo esencial. En cuanto podía, regresaba. Lo que vivimos entonces, se acercaba mucho a una verdadera vida de familia. Por desgracia no duró mucho. Lo curioso es que la cuerda se rompió por donde menos se esperaba.
María alzó aún más la mano con la que sostenía el hilo de que pendía la maquinilla de marras.
-Una mañana, al levantarnos, fui al baño y me encontré con esto colgando junto al espejo. Juan venía detrás de mí y le dije: ¿Que tienes miedo de que se escape la maquinilla, que la atas así? ¿O es que te da pereza guardarla y ya la tienes lista para el próximo afeitado? Me sorprendió que la respuesta tardara tanto en venir y alcé los ojos. Lo vi en el espejo pálido como un cirio. Pero en seguida se repuso. Cogió el hilo y, de un tirón, lo rompió. Lo sostuvo así, delante de mis ojos. Entonces comprendí. Un ahorcado. Una amenaza de muerte. Salimos afuera a ver cómo estaban los perros. Se comportaban normalmente. Juan examinó cada puerta, cada ventana. No encontró el menor indicio. No es que dude que entraran, dijo, estoy evaluando su grado de profesionalidad. Y es elevado. Me quieren a mí, razonó. Si yo me voy, vosotros estáis a salvo. Si os llevo conmigo, adonde vayamos estaréis en peligro. Enseguida recogió su cartera y se fue. Ya no lo volví a ver más.
-Juan llevaba barba –recordó Alba-, pero aún así utilizaría maquinillas de afeitar para definirla, o arreglarse las patillas o el cuello….
-Utilizaba sobre todo la tijera, pero es verdad que tenía maquinillas.
-¿Eran de la misma marca que la que encontraste colgada en el espejo?
-No, ven y verás.
Lo condujo al baño.
-Mira. Ésta es una maquinilla muy simple, de sólo dos hojas. Juan era un sibarita y aunque no las usara mucho, compraba las mejores, de tres hojas. Éste es todavía el último paquete que usó.
Era evidente que no se trataba del mismo producto. Mas no era el paquete que le tendía María lo que atraía la atención de Alba, sino unos pocos pelillos cortos, de barba, que habían quedado en el lavabo.
-Bueno, quien entró se trajo su propia maquinilla –dijo, por todo comentario.-
Regresaron al salón.
-A pesar de esta amenaza, no sé qué pensar. Oficialmente Juan ha muerto por paro cardíaco. El médico forense lo ha certificado. Lo más probable es que, si alguien quería eliminarlo, el que está allá arriba se les ha adelantado. Para el caso es lo mismo, Juan está muerto y sepultado y tanto el uno como los otros son demasiado poderosos para castigarlos por su muerte. Del uno dicen que es todopoderoso y de los otros poco les debe faltar.
-¿Y quiénes crees tú que son “los otros”?
-¿Quién sabe? Gentes salidas del ambiente en que estaba él. Algún negocio sobre el que no se habrían entendido. Si quieres que te diga la verdad, ello ha ocurrido muchas veces desde que conozco a Juan. Sólo que, hasta ahora, quien se había llevado la mejor parte era él. ¿Y tú, Alba Longa, qué piensas tú?
-Yo pienso lo mismo, pero me remuerde la conciencia. Sin que sepa muy bien por qué.
-Estamos todos más o menos igual. Es como si nos hubieran herido con una bala perdida. Sin razón, sin culpable. Obra de la fatalidad. Sé que Juan ha sido para ti, para todos nosotros, una gran pérdida, pero de nada sirve amargarse ante lo que no tiene remedio. Ya encontraré el modo de explicarle a mi hijo quién era su padre, cómo vivía, y el hecho de que, a pesar de ello, lo quería. El hecho, sí, la vida no es sino un encadenamiento de hechos, que nadie ha previsto ni convocado y que ocurren porque sí.
Alba Longa se levantó muy despacio. Pepe y Miriam lo imitaron.
-Me alegro de haberte conocido, María. En muchos aspectos, Juan era un tipo con suerte.
-Yo no te he conocido. Te he reconocido, Alba Longa. Vuelve cuando quieras. Esta es tu casa y aquí está tu amiga.
-Reconozco y aprecio el valor de esa amistad. Y lo tendré en cuenta.
Esta vez fue Alba quien se acercó a María y la besó en la mejilla. Los otros dos hicieron lo propio.
Aún no habían hecho quinientos metros de recorrido con el coche, Alba Longa tocó el hombro a Pepe.
-Tuerce ahí, a la izquierda.
Pepe se sorprendió, pero hizo lo que le pedían.
-Aquí tenía mi abuelo un huerto.
-¿Y tú crees que es momento de venir a ver el huerto de tu abuelo?
-No he dicho que vengamos a ver el huerto de mi abuelo. Hemos entrado porque sé que hay una era donde podrás disimular el coche.
-¿Disimular el coche? ¿Para hacer qué? –Se alarmó Miriam.-
-Vamos a volver sobre nuestros pasos.
-¿Y para qué tendríamos que hacer tal cosa?
-Para verle la cara al tipo que se ha pasado hoy la tarde más aburrida de su vida. Venid por aquí. Hay que caminar siempre por los márgenes de los campos, pisando sobre la hierba.
De vez en cuando Alba se echaba a tierra, oteaba hacia en todas direcciones y luego proseguía su avance.
-Tenemos suerte, el viento sopla de la parte que nos conviene.
-¿Qué tiene que ver el viento con esto?
-Los animales que cazan siempre avanzan hacia la presa con el viento en la cara. A partir de ahora vamos a progresar con sumo cuidado. Nos guardaremos particularmente de pisar las hojas secas de los naranjos, que están por todas partes.
Miriam y Pepe trataban de remedar la forma de avanzar de Pepe, el cual cada vez se mostraba más cauteloso. Al final se quedó quieto, escrutando entre las ramas. Les hizo una señal para que se acercaran. El espectáculo que se ofreció a sus ojos no carecía de cierta fuerza telúrica. María se hallaba completamente desnuda, apoyada con ambas manos sobre la balaustrada de la piscina. Su cuerpo de yegua poderosa se ofrecía en ángulo recto a un tipo bronceado que la penetraba con gran fruición por detrás. María se ondulaba rítmicamente, subía y bajaba la grupa, recibía y se empinaba por atrás pidiendo más. Lo pedía todo y hubiera hecho falta ser un eunuco para no darle hasta la última chispa de fuego vital.
-Puede que esta tarde se haya aburrido como una ostra, en el fondo del huerto. Pero ahora se lo está pasando fenómeno –comentó Pepe.-
-¿Lo conoces?
-Pues de momento no… La luz ha bajado bastante. A esa distancia… Y en cueros además…
-¿Y tú, Miriam?
-No.
-Vaya. Esta ciudad es un pueblo. Aquí todo el mundo se conoce. Al menos de vista.
-Pues yo no consigo identificarle.
María había empezado relativamente suave, con los movimientos técnicos de una hetaira resabida, pero luego se dejó abrasar por una pasión devoradora, con toda evidencia irrefrenable, que la hacía gemir y hasta gritar sin ninguna retención. Los perros iban y venían junto a ellos sin manifestar el menor signo de inquietud o de alarma.
-No tengo más remedio que hacer esto –dijo Alba.-
Echó mano a su bolsillo y sacó el móvil. Por fortuna había cambiado últimamente a uno bastante sofisticado. Puso el zoom al máximo y tomó una instantánea.
-¿Lo conoces ahora?
-Sí. Es un guardia civil.
-¿Estás seguro?
-Tan seguro como he de morir. Juan me lo presentó en tanto que tal y después lo he visto varias veces de uniforme.
VI
Habían convenido en que, al día siguiente, después de haber consultado con la almohada los acontecimientos que acababan de presenciar, se verían en la cafetería de debajo de los soportales para tratar de sacar alguna conclusión. Alba Longa sorbía ya su café cuando vio que Miriam acudía sola.
-¿Y Pepe?
-Ésa es la pregunta del millón de dólares: ¿Dónde diablos está Pepe?
Alba Longa se quedó un tanto confuso. Aquello no pintaba bien. Miriam prosiguió.
-Esta mañana, a eso de las ocho, se ha ido a comprar el pan y unas ensaimadas para desayunar. Y ya no le he vuelto a ver el pelo.
-Supongo que le habrás llamado al móvil.
-Naturalmente. Y sonó en casa. Se lo había dejado cargándose, en la cocina.
-Ni Pepe, ni Dios, sale hoy en día de casa, para una ausencia de más de diez minutos, sin el móvil.
-Sin embargo, bajé a ver si el coche estaba donde lo había aparcado y no estaba.
Alba reflexionó un instante.
-Por lo pronto podemos deducir que no se fue contra su voluntad. Quiero decir que no lo metieron en un coche y se lo llevaron. Lo cual no es poco decir. Debió ver algo y decidió seguirlo, o se le ocurrió una idea…. Ya sabes que Pepe es algo impulsivo. Lo raro es que no haya intentado llamarte por otros medios. Hace nueve horas que se fue, y eso no es moco de pavo. No sé, antes uno iba a un bar y llamaba desde allí. Le cobraban la conferencia y Santas Pascuas.
-Supongo que todavía habrá algún modo de hacerlo. Pero aún hace falta que conozca de memoria mi número. Lo que yo dudo.
-El suyo a lo mejor sí lo conoce.
Miriam se levantó y extrajo de los bolsillos de su pantalón dos teléfonos.
-Éste es el mío y éste es el de él.
Los depositó ambos sobre la mesa.
-Debiste llamarme antes.
-¿Y qué hubieras hecho tú? ¿Qué se puede hacer, sino esperar? Le he dejado una nota en casa para avisarle de que estamos aquí. Otra cosa que se me ocurre es que se haya ido con su mujer…
-Así. De repente. Le da la vena y se va a buscar a su mujer al quinto pino. He dicho que es impulsivo, pero no un esquizofrénico, ni que tenga un perdigón en la cabeza.
-Supón que haya venido ella a buscarle y le haya amenazado con provocar un escándalo en plena calle.
-¿Se dejaron de forma traumática?
-No. Se separaron de común acuerdo.
-Entonces es poco probable que haya ocurrido lo que tú dices.
-Lo sé, pero cuando uno no encuentra una explicación trata de revisar todas las posibilidades, por descabelladas que sean. Yo no he visto nunca a su mujer en persona y él habla poco de ella. Sólo sé que un día regresó. Él separado y yo divorciada. Era hasta razonable que volviéramos a vivir juntos. Ni siquiera mi padre puso pegas. Él que fue la causa principal de nuestra separación. Yo era menor de edad… Y mi padre lo amenazó con todo el peso de la ley si no abandonaba la ciudad.
-¿En aquella época eras menor aún?
-Tú no puedes hablar, porque cuando salí contigo tenía dieciséis años…
-No, si no lo critico. Pero me parecía que había pasado más tiempo.
-Cuando tú me dejaste, a poco te fuiste a la mili…. A tu vuelta ya estaba con él y me faltaba poco para los dieciocho, pero no los tenía.
-Yo no te dejé.
-Tú sí me dejaste. Bueno, yo te gasté una pequeña bromita y tú te lo tomaste tan a mal que cortaste por lo sano.
-Mira, Miriam. Ahora ya no tiene remedio. Pero te debo la verdad. En aquél entonces tenía veintidós años y todas las ilusiones de la juventud intactas. Hoy no me queda ya casi ninguna. Por eso puedo hablar de ello con toda franqueza. Entonces yo no estaba preparado, porque, por cuanto se refiere a la madurez, siempre he llevado muchos años de retraso. La verdad es que lo tuyo me dio tan fuerte, que tuve miedo de no poder controlarlo. No soy un cobarde.
-Lo sé.
-Pero aquella vez supe que estaba cabalgando un potro salvaje y que me iba a destruir. Cuando me encontraba contigo, no decía más que tonterías y el resto del tiempo no pensaba sino por ti y para ti. No te hubiera hecho feliz. A una mujer, en el fondo, no le gusta eso. Por otra parte, esa pasión me duró mucho y aún hoy siento que los rescoldos están calientes.
-Me alegra que me lo hayas dicho. Tarde, desde luego, pero lo has dicho.
-A estas horas, Miriam, sólo queda un tren: el de la amistad. Y ese tren no quiero perderlo.
Miriam puso una mano sobre las de Alba y sonrió.
-Ese tren no lo vamos a perder.
Alba tomó aquella mano y sonrió igualmente.
-Pero todavía no has tomado nada… ¿Qué quieres tomar?
-Una tónica.
Ya se iba a levantar Alba Longa cuando Miriam, con un gesto, lo detuvo.
-Espera. Vas a tener que pedir algo más….
Alba se volvió y, en efecto, por allí venía Pepe Garriga con una sonrisa de satisfacción.
-Espero que tengas una buena excusa para esto –le espetó Miriam nada más llegar ante la mesa.-
Pepe le dio un furtivo beso en los labios y tomó asiento.
-Esta mañana, al salir de la panadería, a ver si adivináis a quién vi.
-Al arzobispo de Urgel, vestido de pontifical –probó Alba Longa.-
-No. Deberás bajar unos grados en la escala de la santidad.
-A Mariano Rajoy.
-Frío, frío….
Alba Longa cambió de registro y se puso serio.
-Viste al guardia civil semental. ¿Y qué pasó después?
-Al mismo que viste y calza.
-Bueno –intervino Miriam-, vestido y calzado todavía no lo hemos visto.
-Pues esta mañana estaba vestido. Eso sí, de paisano. Y me lo encontré a bocajarro, a tres metros de distancia había un coche parado, con la ventanilla abierta. Y en la ventanilla, él. Un camión de reparto de bebidas le impedía el paso. Mi propio coche se hallaba a cincuenta metros. No me lo pensé dos veces. Me puse a seguirle. No iba solo, otro agente de paisano lo acompañaba. Salimos de la ciudad y, al rato, se metieron en la autopista en dirección a Alicante. Pusieron el coche a ciento cincuenta. Tú vas a ciento veintiuno y te fríen. Nada, comenzaron a jalar kilómetros. Yo estaba dispuesto a seguirlos a donde quisieran. El depósito estaba lleno. Pero llegaron a la salida de Jávea y abandonaron la autopista. Total, se metieron en uno de esos restaurantes de la playa que tienen mesas en la propia arena. Me pareció que lo más discreto era comprarme un bañador y una toalla para ponerme a tomar el sol, no muy lejos de ellos. Así lo hice. No tardó en llegar una tercera persona. Para mi sorpresa, era conocida. Alguien de aquí. Se llama Ángel Calatrava. Alguna vez acompañé a Juan a ciertas fiestas privadas. Este Ángel Calatrava acompañaba siempre a Lorenzo Santoña. No sé si te acuerdas de él. Iba al Politécnico y en aquellos tiempos era amigo de Juan y de Mario. Sin embargo últimamente las relaciones con Juan parecían haberse enfriado, pero se hablaban.
-¿Recordáis que os dije que había en esta zona dos organizaciones mafiosas que habían logrado llegar a un acuerdo para repartirse el filón de este pedazo de costa? Una de ellas la dirigía Juan. Ya lo sabéis. La otra la dirige Santoña.
-Pues entonces a lo que he asistido es a un contacto entre dos representantes de ese núcleo podrido de la guardia civil de aquí y uno de la banda de Santoña.
-Ahora vamos a tratar de recomponer ese puzle. Quizá no tengamos todavía todas las piezas, pero vamos teniendo algunas.
-La primera evidencia –razonó Miriam- es que María está en contacto, íntimo por cierto, con ese núcleo podrido de la guardia civil local. La segunda es que éste mantiene relaciones con la banda de Santoña. Ahora veamos qué podemos hacer con ello. Y la conclusión más inmediata que se me ocurre no favorece a María: las relaciones de Juan con esos guardias no eran buenas últimamente, hemos dicho que si Juan fue asesinado, lo fue probablemente por una mujer que disponía de toda su confianza y dicen que no hay sino el enemigo interior para dañar. Por cierto, la maquinilla, a María le hubiera sido muy fácil colgarla ella misma, fuera o no fuera ésta de la misma marca que utilizaba Juan. Si María tenía ya relaciones con el semental, puede que éste le embutiera algo más que su miembro viril: la idea del asesinato a cambio de compensaciones.
-La teoría se sostiene –admitió Pepe-. Sobre todo si introducimos el otro factor: los contactos de los guardias civiles con la banda de Santoña. Quizá a ellos les resultara más interesante tratar con una sola banda en lugar de dos. Y por razones que ignoramos hubieran preferido la banda de Santoña a la de Juan. De ahí el deterioro de relaciones con este último. ¿Qué piensas tú, Alba?
-Todavía nos queda una pieza por encajar…. El asesinato de Carlos Santoña, hijo de Lorenzo. Se trata del acto hostil más antiguo que conocemos, ¿podría haber sido el desencadenante de todo lo demás? Si fuera así, qué lógica movía todos estos hechos. Y lo más importante: ¿quién y por qué asesinó a Carlos Santoña?
-¿Crees que fue Juan? Y por eso luego lo mataron a él.
-En ese caso no lo matarían los guardias, sino los sicarios de Santoña. Pero ya ves que, si ha sido un asesinato, la guardia civil se ha tomado mucho trabajo en maquillarlo. Sobre todo si se tiene en cuenta que, en tal caso, tuvieron que comprar al médico forense. Demasiado riesgo para tan pocas nueces. Por otra parte, ¿qué ganaría Juan con desencadenar esa guerra?
-Eliminar al cerebro de la organización adversa, quizás.
-Tengo entendido que Carlos Santoña era un personaje capaz, pero no llegaba todavía al estatuto de cerebro de la organización, ni tenía en sus manos las riendas de la autoridad. Hubiera sido un digno sucesor del padre, no lo dudo. Pero no era aún esa piedra angular que, si se quita, se derrumba el edificio entero. En tal caso, Juan habría tenido que asesinar al padre.
-Quizá –apuntó Pepe- nos conviniera examinar de cerca a ese Ángel Calatrava. Hasta ahora no nos ha ido mal observando con detenimiento a los diversos personajes que van apareciendo en esta historia.
-Te voy a ser sincero. Yo no voy a tardar en tener que irme lejos. Pero vosotros os quedaréis aquí. Estamos jugando a los aprendices de brujos, nosotros no disponemos de los medios de la policía, y las consecuencias podrían ser muy graves. Si Juan estuviera vivo y hubiera que salvarle la vida, te aseguro que nada me detendría hasta llegar al final del proceso. Pero Juan está perdido para siempre; por mucho que hagamos, no vamos a conseguir sacarlo de la sepultura y decirle: “Lázaro, levántate y anda”. En cambio, si las partes interesadas llegaran a tener noticia de que estamos escarbando en este asunto, que parece tener mucho calado, lo que estaríamos iniciando no es la lucha de David contra Goliat, sino la de una hormiga contra un mamut. Peor, contra dos mamuts. El buen sentido dicta que nos detengamos aquí.
-Yo pienso de la misma manera –confesó Miriam.-
-Pensar es una cosa y sentir otra.
Estaba visto que Pepe no estaba dispuesto a dar su brazo a torcer.
-Sí, el corazón tiene sus razones que la razón ignora –comentó Alba.-
-No vamos a dejarlo ahora –insistió Pepe- que hemos ido tan lejos….
Y mientras decía esta frase, alzó unos ojos que exhalaron un brillo particular. Las siguientes palabras las pronunció con mucha suavidad:
-Dijimos que hubo dos mujeres en la vida de Juan, aparte de su primera mujer que está ya muy lejos. Y la segunda viene justamente por ahí…..
VII
Alba Longa pudo contemplar a una agraciada morena, de buen talle pero sin exageración en las formas, que caminaba distraídamente por la acera de enfrente. Ya la había visto en foto cuando fue a dar el pésame al padre de Juan. Pepe se puso en pie, dispuesto a hacerle una señal con la mano, pero al ver que ella no podría percibirla optó por llamarla.
-Marta.
La morena levantó la mirada y lo reconoció enseguida. Alba la contempló mientras se acercaba. Decididamente Juan no se conformaba con menos de lo sublime. Cuanto más cerca estaba, más se ponían en evidencia sus encantos, al revés de lo que suele suceder en la mayoría de las mujeres. No hicieron falta las presentaciones.
-¡Tú eres Alba Longa!- exclamó.-
El aludido asintió. Resultaba palmario que Juan solía tenerlo presente muy a menudo. No había que sorprenderse. ¿Acaso no lo hacía él también? Los amigos son los pilares que sostienen el templo de la juventud.
-He visto tantas fotos tuyas…. Y Juan me ha contado tantas cosas de ti…. Me dijo que eras la única persona en el mundo capaz de abatir un pájaro en vuelo con un rifle de balines. Y también que solías echar un balín en el suelo y lo hacías desaparecer de un tiro. También me relató otras hazañas, no solamente de puntería….
A saber qué más le contaría Juan de él a esa morena, pensó Alba Longa. Aunque no hubo presentaciones, sí hubo besos de todos contra la morena y de la morena contra todos. Se sentaron.
-Me alegra haberte conocido en persona. Creí que ello no iba a suceder nunca. Oyendo a Juan, Alba Longa era una leyenda.
-De leyenda nada. Un sainete.
-No seas iconoclasta. De todos modos no lograrás destruir tu propio mito. A veces Juan decía cosas que sonaban a proverbio, pero él aseguraba que no eran proverbios, sino afirmaciones de Alba Longa. Y en otras ocasiones se preguntaba ¿qué hubiera hecho Alba en esta situación? Enseguida él mismo se contestaba: ya sé lo que habría hecho. Y lo ponía en práctica de inmediato.
-Eso son amigos…
-También me contó que os visteis el primer día del año y que no habías cambiado en absoluto. Encontrarse contigo era como retornar al pasado.
-Otra exageración.
-¿No hay una historia en la que el personaje principal no envejece nada porque es su retrato el que lo hace en su lugar?
-El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde.
-Eso es.
-Había algo de diabólico en ello ¿no? ¿No tendrás tú un pacto con el diablo?
-Si así fuera no me tendría que ir, dentro de unos días, de vuelta al curro….
-¿Te vas ya?
-¡Qué remedio!
-Por cierto. Juan me dio algo para ti.
La reacción de los otros tres contertulios fue fulgurante. Se irguieron en sus respectivos asientos como accionados por un resorte.
-Algo…. Como qué
-Un paquete. Un paquete cerrado, que no debía abrir por nada del mundo. Y que era preciso entregarte en caso de que Juan muriera.
Como no había nadie alrededor, el silencio fue de entierro.
-Me dio tu número de teléfono…. Me dijo que vendrías para pasar el verano, como siempre.
Nadie osaba decir esta boca es mía.
-Lo sé, lo sé. Ya casi ha pasado el verano y no te había llamado… Pero es que esto a mí me da mala espina. O más claro: me da miedo. Y sea cual sea su contenido, no va a salvar a Juan.
Marta, sin saber lo que hacía, se apretaba una mano contra la otra.
-Pero no sé. Ahora, al verte, me ha entrado como…. remordimiento. Por él…. Por ti… Por todos vosotros. Y no sé. Después de todo quizá sea mejor abrirlo. Juan era muy listo. En vida de él, siempre le hice caso. ¿Tú qué piensas, Alba Longa?
-Lo que yo pienso es que, después de muerto, debemos seguir manteniendo la misma confianza en él.
-Dadme diez minutos y estoy de vuelta con el paquete.
No llegó a consumir tanto. A su vuelta estaba algo azorada. Había corrido. Llevaba contra su pecho un paquete envuelto en papel de regalo verde, atado con una cinta roja. Lo depositó delante de Alba Longa.
Era como un mensaje de ultratumba. Y todos se habían quedado fascinados mirándolo.
Alba Longa tomó el extremo de la cinta entre los dedos índice y pulgar, disponiéndose a tirar de él y deshacer el lazo. Pero cambió de opinión. Soltó la cinta.
-Esto puede ser una caja de Pandora. Os puede comprometer seriamente. Juan me lo dirigió a mí. Yo solo debo asumir la responsabilidad de abrirlo.
-¿Estás loco? No puedes hacernos esto –protestó Pepe.-
-Debo hacerlo. Es mi obligación.
Mientras decía estas palabras, Alba Longa agarró el paquete y se fue.
VIII
Después de cenar, Alba Longa se retiró pronto a su habitación. Puso el paquete verde sobre la mesa y lo estuvo contemplando durante un buen rato, intacto. Finalmente tiró de la cinta y deshizo el lazo. Desplegó el papel. Dentro había una caja del tamaño de las de zapatos, pero bastante menos profunda. Levantó la tapa. El interior contenía un manuscrito muy bien encuadernado a base de cuero repujado. El papel de las páginas era color crema, de excelente calidad. El texto estaba escrito con tinta negra y la letra, sin ser un prodigio artístico, no carecía de personalidad. El auténtico oficio de Juan había sido tipógrafo en una imprenta, por lo que escribía bien, utilizando correctamente los puntos y las comas. Tampoco cometía faltas de ortografía. Al final únicamente había dos páginas en blanco. La caja contenía asimismo un par de llaves, pegadas al fondo con cinta aislante, seguramente para que no hicieran ruido al mover el paquete.
Alba volvió al principio. Las primeras líneas corrían del modo siguiente:
“Alba Longa. No sé quién te pondría ese apodo, pero te lo puso bien puesto. Yo, en cambio, si estás leyendo ahora estas líneas es que he pasado a mejor vida. Al menos espero que lo sea, porque si es verdad lo que dicen los curas de ella, me tocará pasarme la eternidad sumergido hasta el colodrillo en una de las calderas de Pedro Botero. En todo caso, prometo que, si me lo permiten, volveré para contarte cómo ocurren las cosas aquí. Antes, sin embargo, quisiera hablarte de asuntos que son todavía de ahí. Se trata de detalles que, de habértelos contado cuando nos vimos, te hubieran comprometido inútilmente. En cambio, en el momento presente, es decir, ahora que me estás leyendo, su conocimiento puede ser útil para bastante gente. Particularmente para algunas personas que me son muy queridas. Leyendo estas páginas sabrás, caro Alba Longa, que fui amenazado de muerte, asesinado después, de eso no te quepa la menor duda. A ese respecto no te puedo dar más precisiones, pues, en el momento de escribirte las desconozco. Me voy a dejar sorprender por el ingenio de mis verdugos. Debes saber igualmente que hice todo lo posible, lo cual no es poco, para frustrarles los planes, pero no lo conseguí. La prueba es que estás tú leyendo todas estas divagaciones. Por fin sabrás igualmente el nombre y las razones de quienes me mataron, o al menos dieron la orden de que así se hiciera. Y hay algo más, un favor que quiero pedirte. Ya te digo que puedes ser muy útil a ciertas personas que cuentan mucho para mí, al tiempo que podrás erigirte en formidable instrumento de justicia…. Si es que un tipo como yo puede hablar de justicia… Probablemente la palabra más adecuada sea venganza. Es igual, estoy seguro de que esta palabra no conseguirá amedrentarte. Te lo pido a ti porque el encargo no carece de dificultad, pero al mismo tiempo entra plenamente en las competencias de Alba Longa. No conozco a nadie de quien pueda decirse que, si decide hacerlo, lo conseguirá sin la menor duda.”
Así rezaba la primera página de introducción al libro de Juan. Alba pasó una buena parte de la noche leyendo, meditando e incluso estudiando su entero contenido. Luego fue a consultarlo todo con su almohada. No fue tarea fácil.
La del alba sería cuando había tomado una decisión. Entonces, ya más tranquilo, logró dormir un buen trote.
Se levantó, pues, algo tarde. Mientras tomaba el desayuno recibió una llamada de Miriam.
-¿Puedes venir esta mañana?
-Naturalmente. ¿Al lugar de siempre?
-Sí.
-¿A qué hora te parece bien?
-Ahora mismo.
-Vale. Voy para allá.
Por el camino, inventaba y elegía los argumentos que les iba a dar a cambio de la verdad sobre el contenido del paquete.
Al entrar bajo los soportales los distinguió de inmediato, entre otra mucha gente, pues el lugar, desierto por las tardes, se hallaba bastante concurrido a media mañana. Ambos se habían sentado en la dirección adecuada para verlo nada más entrar en escena, en cuanto pusiera el pie en la zona que abarcaba su campo de visión. Están impacientes, consideró Alba Longa, en tanto que avanzaba hacia ellos. Se llevarán un chasco.
-¿Qué tal? ¿Habéis dormido bien? –dijo, por decir algo; no exento, por cierto, de una leve carga de ironía, pues si él hubiera estado en su lugar también habría dormido sobre ascuas, pensando en cuál podía ser el contenido del paquete dichoso.
Por toda respuesta, Miriam, con disimulo, sacó del bolso una maquinilla que pendía de un hilo.
-La he encontrado esta mañana, colgada del espejo.
Alba Longa cayó anonadado en su silla.
-Pensar que esos tipos han estado a tan sólo unos metros de nuestra cama, mientras dormíamos –comentó Pepe, algo pálido.-
Alba reflexionaba intensamente.
-Os sugiero que esta noche os instaléis en el apartamento de Miriam. Eso los retrasará. Una operación así, de cariz militar, se estudia antes de ejecutarla. Deben reconocer el terreno antes de intervenir. No creo que os inquieten más durante las próximas veinticuatro horas.
-Tengo un revólver –anunció Pepe.- Juan me lo regaló.
-Excelente. Turnaos para dormir. No estéis separados. No os acerquéis a las ventanas.
-Esta noche puede que no vengan. Pero ¿y mañana? ¿Y pasado?
-Una noche. Sólo hay que pasar una noche así, Miriam. Mañana las cosas habrán cambiado mucho. ¿Tenéis que volver al apartamento de Pepe?
-No. Lo esencial lo llevamos con nosotros.
-Perfecto. Mañana, a las diez en punto, nos vemos aquí. Venid con el coche. Lo dejáis aparcado en esa calle –señaló la calle perpendicular a la que se encontraban.- ¿Vale?
-No vemos en absoluto a dónde quieres ir a parar –dijo Miriam.- Pero si tú dices que vale, vale.
-Tranquilos. Alerta, pero tranquilos. Todo está atado y bien atado. Ahora tengo que irme. Hasta mañana a las diez.
X
Al día siguiente, a la hora convenida, Alba Longa dobló, con cierta aprensión, la esquina del bar, pero se tranquilizó enseguida al ver que Miriam y Pepe se encontraban allí, sanos y salvos. Se hallaba algo soñoliento, aunque satisfecho.
-Una mañana magnífica, que anuncia el mes de septiembre.
-Entre nosotros –confesó Pepe-, a mí el mes de septiembre me importa lo que tú ya te imaginas. Por mí, como si lo quieren borrar del calendario, a él y a todos los santos que contiene. Lo que de veras me importa es saber si viviré mañana.
-Vivirás una eternidad y media. Tu tío Pablo, que en paz descanse, pronosticó que morirías por exceso de salud. Pero tú, tu salud la has castigado tanto que ahora eres inmortal. ¿Queréis tomar algo más?
La pareja había desayunado café con leche y algo de bollería, por lo que contestaron negativamente. Alba hizo un gesto a la chica que atendía las mesas y le pidió un café solo.
Tanto Pepe como Miriam sabían que de nada serviría hacerle preguntas, si Alba había decidido no contestarlas. De modo que lo dejaron divagar libremente sobre los temas más diversos.
Apenas había aterrizado el platillo volante del café sobre la mesa, sonaron tres tiros que levantaron un palmo sobre sus sillas la totalidad de los traseros que poblaban la terraza del bar. A ello siguió un par de segundos de silencio absoluto. Luego vinieron los gritos, la turbamulta. Pepe se levantó de un salto y salió a la acera. Los demás se precipitaron tras él. Tan sólo permaneció sentado Alba Longa, tomando tranquilamente su café, a sorbos lentos y pausados, y Miriam frente a él, mirándole con ojos como platos.
-Esto es obra tuya, ¿verdad?
Alba depositó con toda parsimonia el café sobre la mesa.
-En cierto modo sí. Y el baile no ha hecho más que empezar.
Así fue. En ese preciso instante sonó una ráfaga de arma automática en la dirección opuesta de la calle. La policía municipal, que salía ya del Ayuntamiento empuñando las pistolas, tuvo que dividirse en dos pelotones. Pepe volvió para contar lo que había visto.
-Hay un tío tirado en medio de la plaza. Parece que lo han dejado frito.
Otros disparos, y hasta explosiones, provenían de las más diversas direcciones. Las sirenas comenzaron a aullar por todas partes. La pequeña ciudad de provincias se había convertido en un pandemónium. Algunos aseguraban que se había producido un Golpe de Estado.
-Aprovechemos este río revuelto para hacer lo que tenemos que hacer –dijo Alba Longa, con tanta calma que parecía encontrarse en la sala de lectura de una biblioteca municipal.-
Fueron avanzando no sin cierta dificultad, sorteando los grupos de curiosos, hacia la calle en que estaban aparcados los vehículos.
-¿Dónde tenéis el coche?
-Allí.
-Cuando yo llegue con el mío a vuestra altura, abrid el maletero.
Así lo hicieron. Alba Longa sacó una pequeña maleta de su automóvil y, como si de una bolsa de playa se tratara, la trasladó al de sus amigos. Una vez allí, al abrigo de las miradas ajenas, descorrió un poco la cremallera y levantó una esquina de la tapa. Sus amigos no daban crédito a sus ojos: estaba repleta de billetes de banco.
-Ya no corréis peligro. No obstante, mi consejo es que toméis una parte de este dinero y os vayáis a dar la vuelta al mundo en ochenta días. El resto, ya encontraréis el modo de gastarlo a fuego lento. Eso sí, cuidad del pequeño Iván. Que no le falte de nada. Aunque pienso que no va a ser necesario; su padre lo habrá pertrechado, de una manera o de otra, para la vida dura que le aguarda.
-¿Y la madre? –Quiso saber Miriam.-
-La madre no lo sé todavía. Esta historia tiene algunos cabos sueltos que, con la urgencia, no ha habido tiempo para atar. De momento.
-Nos volveremos a ver…. Supongo.
-Claro. El verano que viene.
XI
Por la presente doy curso al postrer informe sobre la causa actual. En efecto, cuando ya estaban ultimados todos los detalles de la diligencia encaminada al arresto de los números objeto de la investigación, según había indicado en entregas anteriores, se produjo un acontecimiento luctuoso que precipitó una serie concatenada de sucesos que anularon, en parte, las previsiones de la misma, a saber: El día veinticinco del actual, Gabriel Cardoso, soltero, veinticinco años, vecino de esta localidad e hijo del capitán Emilio Cardoso, comandante de este puesto y principal encausado, fue encontrado muerto en un ático de su propiedad. La causa evidente y certificada por médico forense fue herida de bala, calibre 12.7, presentando una perforación en la zona frontal del cráneo, orificio de entrada, con orificio de salida en la zona parietal. Se da la circunstancia que la víctima llevaba en la frente, justo encima de la herida de bala, una pegatina con una inscripción en ella que rezaba lo siguiente: “Ojo por ojo, diente por diente”. Es de notar que dicha pegatina no presenta la menor huella dactilar, si bien los equipos de la policía científica no han presentado todavía un informe definitivo. Esta circunstancia fue considerada como un “casus belli” por el capitán Emilio Cardoso. A este respecto, desearía poner de relieve, a efectos de investigaciones posteriores, que la celeridad con la que éste procedió al asesinato de Lorenzo Santoña, de su lugarteniente Ángel Calatrava y de otros dos miembros de la banda, en tan sólo el primer asalto de una larga serie, lo convierte en uno de los principales sospechosos del asesinato de Carlos Santoña. También desearía hacer constar respecto al capo Lorenzo Santoña, que, según pruebas reunidas por mis colaboradores, antes de ser abatido por las balas de los agentes de Emilio Cardoso, sin duda habiendo presumido cuál había sido el verdadero asesino de su hijo, ya había encomendado a sus sicarios la ejecución del capitán Cardoso, la cual se cumplió de inmediato, falleciendo ambos hombres casi simultáneamente. Ello no significó sino el principio de una larga serie de enfrentamientos, cuya consecuencia ha sido la práctica aniquilación de ambos grupos crapulosos, acordando por momentos a la ciudad el aspecto de un campo de batalla en el que se enfrentaban dos ejércitos organizados, con empleo de armas de guerra, incluidos explosivos de potencia regular.
Por cuanto se refiere a las consecuencias más directas que inciden en esta investigación, debo señalar que, salvo tres casos, que por el momento siguen en paradero desconocido, los encausados han fallecido como consecuencia de los graves acontecimientos que acabo de relatar. Quedando a su entera disposición:
Teniente Germán Solórzano, 25 de agosto de 2014.
TERCERA PARTE:
EL LIBRO DE JUAN.
En su casa de Normandía, sentado en un sillón ante el buen fuego de la chimenea, Alba Longa se dispuso a pasar la velada releyendo el libro de Juan. Parece ser que no le habían dado permiso para venir a contarle la vida cotidiana del infierno, así que tendría que contentarse con su palabra escrita. Sin embargo, el libro de Juan era más que palabra escrita. Al leerlo, le parecía escuchar su voz, se le aparecían en su mente los ademanes, las expresiones, los rasgos físicos de su amigo. Tras lo que decía, vislumbraba lo que callaba. Percibía sus silencios y el modo con que subrayaba ciertas expresiones con inflexiones muy suyas en la elocución. “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios…. Todas las cosas por Él fueron hechas…” La palabra es espíritu, convoca el espíritu de los vivos y de los muertos, confiriendo eternidad a todo lo que ha sido mencionado, escrito. Si nos hemos enredado los unos a los otros con palabras, no moriremos jamás.
“Alguien dijo que escribir es inscribir la palabra en el tiempo. Y eso da mucho juego. Pero en realidad la idea me la aportase tú, cuando me sugeriste la posibilidad de escribir un libro con mis modestas, aunque impías, andanzas. La estratagema me permitía decirte y no decirte ciertas cosas. Decírtelas, si convenía, en el momento oportuno, sin estar yo presente. Sin estar ni siquiera con vida. Y no lo estoy. Pero te hablo. Ahora mismo me estoy riendo de lo terriblemente sencillo que es este recurso, a la par que ingenioso. Es como el huevo de Colón, pero a ver quién es el guapo que lo planta sin conocer el truco. Afortunadamente trucos conocemos un montón. La vida nos ha obligado a hacer por conocerlos. La vida, que la rige el diablo, pues de él dicen que es el príncipe de este mundo. Y también se dice que, para cenar con el diablo, hace falta una cuchara muy larga.
Bueno, basta de habladurías. Lo que quiero revelarte es lo siguiente: Ese equilibrio complicado y frágil entre la banda de Santoña, la de Cardoso y la mía, no llegaba a satisfacer la ambición de Cardoso. Ya lo conoces, como todos los que empiezan teniendo una visión política del mundo, acaban considerándolo a través de proporciones desmesuradas, toda extensión les parece insignificante, toda cantidad se les antoja exigua.
Pues bien, una vez más, mi propia policía se reveló más eficaz que la policía oficial. Según los informes que aquélla puso a mi disposición, Emilio Cardoso había puesto en ejecución un plan, bastante clásico por cierto, para hacerse con el control de la banda de Santoña. La posibilidad de hacerse con la mía, mediante tal procedimiento, la había desestimado por una razón que pocos conocen, ni siquiera los propios interesados, pero él sí había conseguido averiguarla. Y es que yo no tenía a un heredero, como Lorenzo Santoña, sino a dos y últimamente a tres. Quiero decir con ello que Fernando y Nuño, mis dos lugartenientes, son, al propio tiempo, hijos míos. Los cuales, tal y como había hecho Santoña con el suyo, los formé para ser auténticos capos de raza. Hombres de a caballo, si lo prefieres. Entonces Cardoso eligió la banda de Santoña, pues le resultaba más fácil eliminar a un hijo que a dos. En fin, a lo que iba. El plan de Cardoso era introducir, como primera provisión, un caballo de Troya en la banda de Santoña. Para ello se tomó el tiempo necesario, pero lo consiguió. Ese caballo de Troya se llama Ángel Calatrava.
Una vez éste ganó la plena confianza de Santoña, hasta erigirse en el tercero de a bordo, Cardoso pasó a la segunda fase de la operación: eliminar a Carlos, el hijo de Santoña. De este modo se aseguraba el futuro y la posibilidad de manipular el presente, pues Santoña solía escuchar, en primer lugar, al hijo, que era, preciso es reconocerlo, un muchacho capaz, y en segundo, a Calatrava. Después se formaba su propia opinión. Con la muerte de Carlos, su opinión suele aparecer bastante coloreada por la opinión de Calatrava. Y ello suele favorecer notablemente a Cardoso, incluso si ello vulnera los acuerdos conmigo. De ahí que, últimamente, mis relaciones con ellos, particularmente con Cardoso, pues estoy al corriente de sus manipulaciones, se hayan deteriorado.
La tercera fase puede que no se aplique, pero presumo que consiste en la eliminación del propio Santoña, en caso de mostrarse recalcitrante con respecto a algún negocio de envergadura suficiente como para justificar una medida tan drástica.
Ahora bien, nuestro flamante capitán de la Guardia Civil no contaba con que yo descubriera a tiempo sus proyectos y colocara mis peones allí donde más le estorbaban. Desde luego, no podía consentir que se saliera con la suya, pues ello significaba la unión de dos poderes contra uno solo. La balanza estaría demasiado desequilibrada y, en este medio en que evolucionamos, ello significa la muerte segura para el perdedor, que, en este caso preciso, iba a ser yo. Pero Juan Piedrahita es un hueso demasiado duro de roer, incluso para Cardoso, y no dudé en hacérselo sentir. En fin, que nos hemos convertido en dos lobos sanguinarios que se acechan permanentemente y en cuanto uno de los dos caiga en la menor distracción, el otro le hincará los colmillos en la yugular.
Francamente, no creo que sea él quien se lleve el gato al agua. Pero si llegas a leer estas líneas, eso significa que así fue. ¡Qué le vamos a hacer! Un descuido lo tiene cualquiera…. Pero lo que no va a tener Cardoso es la última palabra. Y ahí es donde entra en juego Alba Longa: mi arma secreta. Mi arma de destrucción masiva. Yo siempre lo he dicho: si alguna vez Alba Longa y yo unimos nuestras inteligencias y nuestras competencias, que tiemble el mundo, porque nos lo vamos a beber como si de un huevo se tratara.
Habrás visto que el manuscrito no venía solo, sino acompañado de unas llaves. Se trata de las llaves de un ático, el de un edificio sito en la calle San Vicente Ferrer, número 27. Al entrar, abre todas las persianas y ventanas, pues será verano. En la pieza de mayor superficie, que hace funciones de salón-cocina, hay una barra americana y en uno de sus extremos, un taburete. Siéntate en él. Mira a través del ventanal que tienes enfrente, a lo lejos, exactamente a mil ochocientos metros, hay un edificio casi idéntico al que tú te encuentras. Con toda seguridad iluminado si se trata de un día entre semana, a partir de las doce de la noche. Ahora vuelve sobre tus pasos hacia la entrada. Junto a ella hay un armario empotrado. Y en él un M82AI Barret, con mira telescópica. Uno de los mejores fusiles del mundo. Sácalo de la funda con cuidado, pues es una joya, una suerte de Stradivarius en la orquesta de la muerte. Una vez lo tengas bien asido con ambas manos, regresa al salón, toma de nuevo asiento en el taburete, apoya bien los codos en la barra americana del modo en que te sientas más cómodo. Orienta la mira telescópica hacia la terraza del ático de enfrente. Verás a un tipo gordo en calzoncillos. Parece un cerdo, ¿verdad? Además de parecerlo, lo es. Probablemente se esté masturbando mientras ve películas pornográficas, o fumándose un porro, o bebiendo como un cosaco. Se trata de Gabriel Cardoso, el hijo de Emilio. Una auténtica podredumbre de persona, un crápula, un alma tan negra como la de su padre, pero sin complejos. Ahora viene aquello. Contén la respiración, Alba Longa, apela a tu pulso legendario, al arte de guiar la bala hasta el propio punto en que se ha clavado tu pupila certera, infalible. Piensa en tu dedo índice. El dedo no aprieta el gatillo, es tu alma, tu espíritu, lo que lanzará el impulso justo, el gramo exacto de fuerza que lo accionará. Ya está. Ha sido como tirarse un pedo silencioso, que alivia y no irrita el oído. Nadie ha escuchado nada porque el silenciador es perfecto. El cuerpo del ballenato no se ha movido. Pero observa bien, vuelve a apelar a tu pulso. Percibirás un puntito rojo en el centro del cráneo de ese deshecho, de esa vergüenza pública. Vuelve ahora al armario, coloca el rifle en su funda, ya pasará alguien a recogerlo, eso puede hacerlo cualquiera. Alza los ojos. En el estante superior hay dos maletines, uno negro y otro verde oscuro. Toma el rojo. Ve al dormitorio. Ábrelo. Dentro encontrarás todo el material que necesitas para la fase siguiente: unos guantes, una mascarilla, una especie de tela blanca, una pegatina donde está escrito lo siguiente: “Ojo por ojo, diente por diente”, recuerda que no debes tocarla sin guantes. Ya sabes que cuando llegues al teatro de operaciones no debes tocar nada sin guantes y ponte la mascarilla, así como esa especie de sombrero de cirujano. Los instrumentos que esos tipos poseen hoy en día son la mar de traicioneros. Por supuesto, también las llaves que necesitas para entrar en el portal y luego en el ático. La pegatina se la pones en la frente, justo arriba del puntito rojo. Que se vean bien ambas cosas, que impacte en las fotos.
Luego vuelve al ático primero. Abre de nuevo el armario. Deja el maletín negro en su sitio con todo lo que contenía, sin olvidar nada. Toma el verde. No es una paga por lo que has hecho. Es la recompensa que merece tu talento, el de toda una vida en un mundo que sólo sabe premiar a los imbéciles. Cierra persianas y ventanas, apaga las luces y lárgate con viento fresco. Mientras bajas por el ascensor considera que, no solamente has vengado mi muerte y protegido la vida de mis hijos, sino que vas a armar un revuelo y una balacera como no se veía en estos pagos desde los tiempos de la guerra civil. Después, cuando salgas al aire libre, respira hondo, olvida lo que has hecho y vete a dormir a pierna suelta. Ah, y mañana no te levantes muy tarde, porque hay en el cine un matinal que pone buenas películas, todas ellas de vaqueros.
Ahora, Alba Longa, hay que poner un punto final. Y después de él no habrá nada. Sólo silencio. Ese silencio, ese blanco infinito. El enigma que todo hombre debe resolver por sí mismo. Nadie puede ayudar a nadie. Ni los padres a los hijos, ni los amantes entre sí, ni los amigos entre sí. Es el lote que corresponde a cada uno de los hijos del hombre. Si hay alguna grandeza en ellos, está en diluirse con serenidad en él. Ya ves, unas cuantas líneas y todo habrá terminado. Sólo se me ocurre decir una cosa para rellenarlas: no me juzgues, Alba Longa, cuando sientas que vas a caer en ese abismo, ponle un bocado a tu pensamiento y tira con fuerza de las riendas. Esto ha sido una comedia. Te lo digo yo. Los actores no pueden desempeñar otro papel más que el suyo. A veces he intentado desempeñar otro papel y ha sido imposible. Todas las fuerzas del cielo y de la tierra se han conjurado para hacerme volver a las roderas. Siempre he temido tu juicio más que el de Dios. Porque Dios a lo mejor no existe y tú has sido mi mejor amigo, aunque vivieras lejos. Si uno conserva los amigos de verdad, mantiene la dignidad. Ya no hace falta nada más, ni para vivir, ni para morir. Adiós, Alba Longa. No hay Dios en la palabra adiós, sino un inmenso vacío blanco acechando entre los trazos negros. Adiós.
